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RESUMEN del libro de cuevas
Angelica Caceres
Angelica Caceres
14-07-2011 19:58
No lo lei todo pero creo que puede servir para quien lo necesite. Suerte


UNIVERSIDAD SAN CARLOS DE GUATEMALA

El desarrollo oligárquico dependiente del capitalismo
Con la realización de la acumulación originaria se inicia en América Latina un complejo proceso de tran¬sición a través del cual el modo de producción capitalista va supeditando a las formas productivas anteriores e imponiendo su legalidad en las formas sociales correspondientes, pero sin dejar de estar, a su vez, sobredeterminado por las condiciones histórico-concretas en que tiene lugar su desarrollo. Estas condiciones están constituidas en lo esencial por dos hechos: el de que el capitalismo no se implante aquí mediante una revolución democrático-burguesa que destru¬ya de manera radical los cimientos del antiguo orden, y el de que nazca y se desarrolle subordinado a la fase imperialista del capitalismo. Los dos hechos guardan estrecha relación entre sí y se determinan mutuamente.
Recordemos en primer lugar que en el sector agrario, ¬que junto con el minero constituye el principal polo de desarrollo del capitalismo latinoamericano, la transición se realiza de manera bastante similar a la que Lenin calificó de vía junker (nobleza alemana) y que nosotros denominaremos vía reaccionaria u oligárquica. En su libro El desarrollo del capitalismo en Rusia Lenin plantea este problema en los siguientes términos:
O bien la antigua economía terrateniente, ligada por millares de lazos con el derecho de servidumbre, se conserva, trasformándose lentamente en una economía puramente capitalista, de tipo “junker” (Nobleza alemana). En este la base del tránsito definitivo del sistema de pago en trabajo al capitalista es la trasformación interna de la economía terrateniente basada en la servidum¬bre; y todo el régimen agrario del Estado, al tras¬formarse en capitalista, conserva aún por mucho tiem¬po los rasgos de la servidumbre. O bien la revolución rompe la antigua economía terrateniente, destruyen¬do todos los restos de la servidumbre y, ante todo, la gran propiedad terrateniente ... Con otras pala¬bras: o bien la conservación de la masa principal de la propiedad de los terratenientes y de los principales pilares de la vieja “superestructura”; de aquí el papel preponderante del burgués liberal-monárquico y del terrateniente, el rápido paso a su lado de los campesinos acomodados, la degradación de la masa de campesinos que no sólo es expropiada en enorme escala, sino que, además, es esclavizada por los distin¬tos sistemas de rescate propuestos por los “kadetes” y oprimida y embrutecida por el dominio de la reac¬ción ... O bien la destrucción de la propiedad de los terratenientes y de todos los pilares principales de la vieja “superestructura” correspondiente .
El propio Lenin advierte que hay en esto cuestiones muy peculiares y complicadas que resolver, puesto que son posibles las más variadas combinaciones de los elementos de tal o cual tipo de evolución capitalista; observación perfectamente válida para el caso de Amé¬rica Latina, en donde la misma acumulación originaria reviste particularidades como las ya analizadas. Sin em¬bargo, parece claro que en el desarrollo de nuestro capitalismo agrario existe una especie de unidad en la diversidad dada por el hecho de que este desarrollo ocurre -salvo en contados puntos de excepción- ¬de acuerdo con una modalidad que lejos de abolir el latifundio tradicional lo conserva como eje de toda la evolución. José Carlos Mariátegui señaló, hace ya casi medio siglo, que “en el Perú, contra el sentido de la emancipación republicana, se ha encargado al espíritu del feudo -antítesis y negación del espíritu del bur¬go- la creación de una economía capitalista”. Roger Bartra, por su parte, sostiene que toda la primera etapa de desarrollo del capitalismo agrario mexicano se hizo por un camino que puede identificarse como la vía junker en su versión “porfiriana” En otras situa¬ciones nacionales la incorporación de elementos de semiesclavitud o semiservidumbre es de tal magnitud, que hasta ha dado pábulo para que el mismo punto de arranque del modo de producción capitalista sea percibido como una especie de retorno a los peores rigores del régimen colonial. Este “retorno” no es tal sino en apariencia, pero el mantenimiento y hasta la recreación de formas semiesclavistas o semiserviles a lo largo del proceso es un hecho muy real, que por sí solo está definiendo una modalidad específica de desa¬rrollo. Wheelock escribe que en Nicaragua:
Al plantador capitalista le fue ventajoso conservar para su empresa aquellos atributos de las relaciones precapitalistas que le representaban una mayor extracción de ganancia. Dividió el trabajo, introdujo su organización empresarial, pero conservó las formas de vinculación colonial no sujetas ni a salariado ni a regulación de la jornada de trabajo. En el agro nica¬ragüense precisamente, está bastante generalizado el régimen de salariado aparente o marginal caracteri¬zado por el hecho de que el trabajo no origina pagos en dinero, o cuando más, una parte en dinero y otra parte en efectos u otras “gracias”- alimentos, uso de habitación, asentamiento en parcelas, suministro de artículos de primera necesidad y herramientas, etc. Este cambio de especies por trabajo puede aparecer superficialmente como una relación de tipo feudal o “semifeudal”, pero en realidad, tanto por la estructura social en la que se inscribe, como por el destino de la producción a la que valora con el trabajo, no es otra cosa que la envoltura de una explotación capita¬lista desvergonzada.
Nos encontramos con seguridad ante un caso de ex¬plotación capitalista, pero resulta dudoso que todo el tejido social en que ella tiene lugar pueda ser reducido a la condición de simple “envoltura”, que cuando más configuraría una situación de “desvergiienza”. Refi¬riéndose al terrateniente que trasforma a sus trabajado¬res en asalariados y produce con vistas a la ganancia y no al ingreso, Marx insiste en que no se trata de un cambio únicamente formal:
Que la forma que percibe su renta se modifique, o la forma en que se paga al trabajador, no es por cier¬to una diferencia formal, sino que supone un tras¬trocamiento total del modo, mismo de producción (de la agricultura) tiene, pues, supuestos que se basan en determinado desarrollo de la industria, del comer¬cio y de la ciencia, en suma, de las fuerzas produc¬tivas... la producción fundada en el capital y el trabajo asalariado no sólo es formalmente distinta de otros modos de producción, sino que presupone igual¬mente una revolución total y el desarrollo de la pro¬ducción material.
Ahora bien, la peculiaridad de una vía de desarrollo cargada de “envolturas” como las mencionadas consis¬te en que no efectúa ese “trastorno completo del modo de producción” del que habla Marx, o sea que no rea¬liza una trasformación radical de las relaciones hombre-¬naturaleza mediante la introducción de conocimientos, técnicas e instrumentos verdaderamente modernos, sino que más bien asienta su evolución en un redoblamiento de la explotación de los productores directos. El solo hecho de que el punto de gravitación de esta evolución esté constituido por la extracción de plus valor absoluto basta para poner de manifesto su carácter reaccionario:
Marx insiste reiteradamente en que el factor especí¬ficamente progresista, que distingue de manera de¬cisiva a la producción capitalista de formas de explo¬tación anteriores, es ante todo la plusvalía relativa. La explotación voraz basada en el alargamiento de la jornada de trabajo es de otro modo la misma en el fabricante capitalista que en el boyardo feudal.
La vía “oligárquica” seguida por nuestro capitalismo no conduce desde luego a un estancamiento total de las fuerzas productivas, pero sí es una de las causas princi¬pales de su desarrollo lento y lleno de tortuosidades, mayor en extensión que en profundidad. Resulta claro, por lo demás, que en América Latina el ritmo de este desarrollo varía en razón inversa del grado de “hibrides” de las relaciones sociales de producción. Allí don¬de los elementos semiesclavistas o semifeudales siguen “envolviendo” por largo tiempo el movimiento del capitalísimo, las fuerzas productivas se desarrollan de manera en extremo morosa y desigual; en las áreas en que el trabajo libre se impone como regla, ese desarrollo es incomparablemente más acelerado y homogéneo. Un ejemplo de la primera situación podemos encontrar en la hacienda porfiriana típica7, mientras que la segunda situación pudiera ilustrarse con la estancia rio¬platense, donde las fuerzas productivas se desarrollan con bastante celeridad hasta el límite permitido, por la estructura latifundista de la propiedad.

... si la disolución y expropiación de la comunidad campesina, hubiese sido decretada y realizada por un capitalismo en vigoroso y autónomo crecimiento, habría aparecido como una imposición del progreso económico. El indio entonces habría pasado de un régimen mixto de comunismo y servidumbre a un régimen de salario libre. Este cambio lo habría des¬naturalizado un poco; pero lo habría puesto en grado de organizarse y emanciparse como clase, por la vía de los demás proletarios del mundo. En tanto, la expropiación y absorción graduales de la “comuni¬dad” por el latifundismo, de un lado lo hundía más en la servidumbre y de otro destruía la institución económica y jurídica que salvaguardaba en parte el espíritu y la materia de su antigua civilización.
A su debido tiempo analizaremos con detenimiento este problema, de vital importancia para la comprensión del específico carácter asumido por la lucha de clases en América Latina. Observemos entre tanto que en el otro extremo de la estructura social el desarrollo reaccio¬nario del capitalismo produce un fenómeno correlativo del anterior, es decir, una rémora en la conformación de una burguesía realmente moderna. La burguesía nace aquí confundida y entrelazada en su origen y su estruc¬tura con la aristocracia terrateniente, y este hecho no deja de repercutir a su turno sobre el desarrollo económico, aunque sólo fuese porque en este caso
“el capitalista, o mejor el propietario, criollo, tiene el concepto de la renta antes que el de la producción”. Samir Amin señala, a este propósito, un significativo contraste entre el comportamiento económico de la bur¬guesía de los países “centrales” y el comportamiento de la clase dominante de las naciones “periféricas”:
Lo que ocurre es que en las formaciones del capitalismo central, los ingresos dominantes son los bene¬ficios capitalistas, mientras que, en la del capitalismo periférico, suele ser la renta del propietario de la tierra, clase dominante beneficiaria de la integración al mercado internacional. En una economía capitalis¬ta, los beneficios constituyen la renta elástica que responde más a las variaciones de la coyuntura. Los beneficios excepcionales realizados en períodos prós¬peros son a su vez invertidos... En una economía agraria integrada en el mercado internacional, no ocu¬rre lo mismo. Las rentas de los propietarios terratenientes, que se elevan en la fase de prosperidad, no se invierten sino que se gastan (y en gran parte en bienes de importación).
Por nuestra parte quisiéramos recordar que incluso la oligarquía terrateniente argentina, protagonista del primer “milagro” latinoamericano, no tardó en conver¬tirse en un serio obstáculo para el desarrollo de su país tan pronto como el modelo agroexportador fue afectado por la crisis de 1929. Aldo Ferrer lo dice con toda claridad:
La gravitación de este grupo no llegó a impedir el desarrollo del país en la etapa de la economía prima¬ria exportadora, dada la decisiva influencia de la ex¬pansión de la demanda externa y la posibilidad de seguir incorporando tierras de la zona pampeana a la producción. Sin embargo, después de 1930, cuando las nuevas condiciones del desarrollo exigían una trasformación radical de su estructura económica, la permanente gravitación del pensamiento económico y la acción política de ese grupo constituyó uno de los obstáculos básicos al desarrollo nacional15.
La despiadada explotación que en la mayor parte de los casos ejercen los “junkers” locales sobre el produc¬tor directo plantea además otro problema para el desa¬rrollo económico, al imponer rígidos límites a la expan¬sión del mercado interno. Por supuesto sería erróneo afirmar que tal mercado no llega a configurarse durante el período denominado “oligárquico”; como observa Gutelman con respecto al proceso mexicano:
... Al contrario de lo que indican las apariencias y de lo que se afirma con demasiada frecuencia, el porfirismo estimuló la formación de un mercado interno que permitía al capitalismo adquirir impulso. Es verdad que el nivel de vida de la mayor parte de la población mexicana, y muy especialmente del cam¬pesinado, era bajísimo. Hasta se puede afirmar, basándose en las cifras de la producción agraria desti¬nada al consumo interno, que el nivel de vida des¬cendió fuertemente en términos reales con relación al período inmediatamente anterior. Sin embargo, estas cifras sólo en apariencia contradicen la hipóte¬sis del desarrollo del mercado interno. En efecto, la amplitud de este último no es función de la demanda potencial de productos ni del volumen real del con¬sumo sino de la demanda expresada monetariamente. Ahora bien, aunque el nivel de consumo global del campo mexicano tendía a disminuir fuertemente du¬rante la época porfiriana, la parte de su consumo individual que se expresaba por una demanda mone¬taria tendía a su vez a crecer paralelamente al pro¬ceso de proletarizacíón, es decir, paralelamente al aumento del número de asalariados. Es la moneta¬rización de una parte creciente del consumo (aunque éste disminuyera en volumen absoluto) lo que per¬mitió la formación del mercado interno mexicano. También es éste el único fenómeno que, como es natural, interesa al capitalista en la fase de acumula¬ción primitiva capitalista16.
Reflexión absolutamente pertinente, pero que no hace más que recordarnos que el proceso de acumulación originaria es al mismo tiempo un proceso de creación del mercado interno. Admitido este hecho, sin el cual simplemente no habría capitalismo, quedan por exami¬nar el grado de extensión y profundidad de ese mer¬cado así como sus posibilidades reales de expansión. En este sentido parecen claras las limitaciones impuestas por la vía reaccionaria de desarrollo, que en muchos casos se basa no solamente en el alargamiento de la jornada de trabajo sino también en la pauperización absoluta del productor directo.
Y hay un problema más, que tiene ya que ver directamente con la articulación entre las economías latinoamericanas y el capitalismo imperial: es el hecho de que buena parte de “nuestro” mercado interior no era más una prolongación del mercado metropolitano. Esto es notorio sobre todo en las situaciones de “enclave”, donde los salarios podían ser incluso más elevados que en el resto de la economía (que en estos casos es predominantemente precapitalista), pero sin que ello signifique la creación de un verdadero mercado nacional. El ejemplo de Centroamérica es típico en este sentido. Aquí:
Los salarios de los obreros bananeros son, normal¬mente, mayores en un cien a trescientos por ciento en relación al resto del país. El problema es que el consumo se canaliza a través de las llamadas “tiendas de raya” o “comisariatos”, empresas comerciales del enclave que venden al por menor artículos y manu¬facturas importadas y generalmente a precios favora¬bles (por tratarse de artículos cuya importación no paga impuestos). El funcionamiento de los “comisariatos” aísla de la economía de mercado local al sector laboral mejor remunerado del país, y aleja toda posibilidad de vincular la potencialidad consu¬midora del obrero agrícola de la plantación con el mercado nacional, necesitado de una demanda capaz de inyectarle dinamismo22.
Y las bananeras centroamericanas no constituyen un caso de excepción. A título ilustrativo resulta intere¬sante trascribir la reconstrucción que hace Maren de lo ocurrido en la zona azucarera de Perú -y aun más allá- desde el momento en que la compañía Gilde¬meister, propietaria, entre otras cosas, de la plantación de Casa Grande, consigue la autorización para construir su propio puerto:
Tan pronto estuvieron listas las instalaciones, la com¬pañía comenzó a importar directamente de Alemania gran volumen de mercaderías para venderlas en el recientemente creado “bazar general” de la hacienda, que reemplazó a los tambos de los enganchadores. Estos artículos rápidamente se pusieron en venta a los trabajadores de Casa Grande a precios considerablemente más bajos de los que exhibían los artículos equivalentes en las tiendas minoristas de la región. En definitiva, los precios más bajos eran po¬sibles porque Casa Grande podía valerse de ventajas comerciales y de su condición de corporación con un alcance que trascendía los límites del territorio pe¬ruano. Por lo tanto, la compañía tenía a su disposi¬ción ilimitadas facilidades de crédito, acceso directo a los mercados mayoritarios alemanes donde realizaba importaciones en gran volumen, una red de trasporte propia y también el privilegio de no pagar un im¬puesto municipal, todo lo cual estaba fuera de las posibilidades de los comerciantes locales. Sin embar¬go, Casa Grande no se limitó según los términos de la concesión, a venderle sólo a los empleados de la hacienda, sino que abrió sus puertas a todos los con¬sumidores de la región. Poco después la población de los alrededores, así como los comerciantes de los pueblos de la sierra estaban enterados de las gangas que se podían conseguir en el bazar, al que acudieron multitudes y que a fines de 1918 era ya un negocio muy próspero23.
Si con el predominio de la vía “junker” el desarrollo del capitalismo latinoamericano adquiere ya un carácter reaccionario, con la intervención del capital monopólico tal carácter no hace más que consolidarse. En el ejem¬plo que acabamos de ver la compañía Gildemeister realiza un extraordinario affair, ya que de una parte abarata aún más el valor de la fuerza de trabajo empleada por ella, y de otra obtiene una superganancia en las transacciones comerciales con los afuerinos; pero todo ello a costa del estrangulamiento del mercado in¬terior propiamente peruano, o sea, restringiendo en grado sumo las posibilidades de industrialización de este país.
Se trata desde luego de uno de esos casos extremos que una articulación peculiar de elementos internos y externos permite que se configure una verdadera si¬tuación de “enclave”; mas no por ello deja de ilustrar una tendencia inherente a nuestra inserción en la eco¬nomía capitalista mundial. Situaciones de este tipo se apoyan en condiciones de privilegio, incluso político, como las señaladas por Klaren, pero tienen un fun¬damento económico más general y profundo que cons¬tituye la matriz misma del intercambio desigual:
Los capitales invertidos en el comercio exterior pue¬den arrojar una tasa de ganancia superior porque, en primer lugar, en este caso se compite con mercancías producidas por otros países con menores facilidades de producción, de modo que el país más avanzado vende sus mercancías por encima de su valor, aun¬que más baratas que los países competidores. En la medida en que aquí el trabajo del país más adelanta¬do se valoriza como trabajo de mayor peso específico, aumenta la tasa de ganancia al venderse como cuali¬tativamente superior el trabajo que no ha sido pagado como tal. La misma relación puede tener lugar con respecto al país al cual se le envían mercancías y del cual se traen mercancías; a saber, que dicho país dé mayor cantidad de trabajo objetivado in natura [en especie] que el que recibe, y que de esa manera, no obstante, obtenga la mercancía más barata de lo que él mismo podría producirla24.
Es verdad que lo característico de la etapa imperia¬lista es la exportación de capitales y no la de mercan¬cías, mas una cosa no excluye a la otra; baste recordar que el comercio mundial, que entre 1840 y 1880 creció a una tasa anual promedio de 3,3 %, en la fase si¬guiente, de 1880 a 1913, lo hizo a una tasa de 14%, al mismo tiempo en que se producían las exportaciones ya masivas de capital25. Y es que el enorme desarrollo de las fuerzas productivas que acompaña a la fase im¬perialista termina por derribar las últimas barreras proteccionistas “naturales” representadas por la insufi¬ciencia de las vías de comunicación y los costos relativa¬mente elevados del trasporte, y al hacerlo sienta una de las premisas necesarias para la consolidación de la división internacional del trabajo en su máximo rigor.
Aun en los casos en que el capital extranjero no intervenía directamente en la producción (caso del de¬sarrollo ecuatoriano por ejemplo) una alta “especiali¬zación” se impuso en virtud de las ventajas compara¬tivas que ella ofrecía a los “junkers” y grandes comerciantes locales, que como es obvio actuaban movidos por el afán de lucro y no con miras a desarrollar sin grandes desequilibrios su país. Ahora bien, tal especia¬lización no sólo involucraba un intercambio desigual (entrega de más trabajo materializado del que se recibe a cambio), sino que además determinaba una deforma¬ción muy grande del aparato productivo local.
En efecto, el modelo de desarrollo volcado hada el exterior que sigue el capitalismo latinoamericano en su conjunto supone una estructura interna de gran des¬equilibrio entre las diferentes ramas de la producción, con una hipertrofia de las actividades primario-exportadoras y una correlativa atrofia de las actividades des¬tinadas al consumo interno. En el límite esto puede traducirse por la conversión de países enteros en una suerte de inmensa plantación, dando origen a economías ¬de deformación máxima como la cubana; pero aun cuando las cosas no llegan a ese extremo y el capitalismo evoluciona de manera más diversificada, la deformación es a menudo tan grande que ni siquiera se logra desarrollar, junto a la agricultura de exportación, una agricultura de consumo interno capaz de abastecer las necesidades de alimentación de la población local. En estos casos no se trata ya del simple atraso de la agricultura tradicional, como en la fase precedente, sino de verdaderas distorsiones, típicas de la estructura que hoy denominamos “subdesarrollada”. En México, por ejemplo, al tiempo que se incrementaba notablemen¬te la producción de algodón, cacao, caña de azúcar, tabaco, henequén, vainilla, etc., la producción de fri¬joles, maíz y trigo declinaba de un índice 100 en 1877 a índices de 79, 78 y 87, respectivamente, en 190726; y entre 1903 y 1912 se tenían que realizar importa¬ciones de alimentos por un valor de 121 millones de pesos27.
El mismo desarrollo industrial, allí donde llega a adquirir relevancia, refleja de una u otra manera las distorsiones inherentes a este tipo de desarrollo. En el México porfiriano ello se traduce por un neto rezago de la industria con respecto a la producción primario-expor¬tadora. Así, mientras la actividad agropecuaria de ex¬portación crece a un ritmo anual de 14,6% entre 1877 y 1883 y a un ritmo de 5,7% entre 1887 y 1910, y la minería se expande al ritmo de 4,7% entre 1895 y 1910, la industria de trasformación sólo alcanza una tasa anual de crecimiento del 3% entre 1877 y 1910. Además, la mayor parte de la expansión industrial se realiza siguiendo un patrón tradicional, a base de pequeñas unidades fabriles de baja eficiencia, o bien de¬sarrollando ramas complementarias de la actividad agro¬exportadora. En 1906, por ejemplo, estaban en opera¬ción 6.338 industrias de las que tres cuartas partes eran de alimentos28.
En la propia Argentina, que fue el país que mayor desarrollo industrial alcanzó durante el período “oli¬gárquico”, el modelo agroexportador no dejó de ocasionar serias distorsiones. Aldo Ferrer afirma que entre 1900 y 1930:
La industria nacional satisfacía sólo aquella parte de la demanda interna representada por los artículos de consumo de menor grado de elaboración o por bie¬nes de capital cuya producción, corno la industria de materiales de construcción, está fuertemente atraída en su localización por el mercado. La industria de trasformación de productos agropecuarios para la exportación, como los frigoríficos, ocupaba también un lugar importante dentro del sector manufactu¬rero29.
Esta estructura de la industria argentina -de la que Ferrer ofrece una imagen un tanto estática- no impe¬dirá que se realice un proceso de sustitución de im¬portaciones de bienes de consumo bastante precoz, puesto que en el quinquenio 1925-29 se produce ya localmente cerca del 90% de tales bienes30. Pero el mismo hecho de que la industrialización de un país se enrumbe por la vía de la sustitución de este tipo de importaciones sin desarrollar un sector productor de bienes de producción, implica ya una grave deformación del aparato productivo interno.
En todo caso, no cabe duda de que en el modelo de desarrollo del capitalismo que venimos examinando toda la acumulación gravita en torno de la actividad primario-exportadora, de suerte que aun el desarrollo industrial depende de los vaivenes y altibajos de ésta, que a su vez depende del movimiento general del ca¬pitalismo imperial. En este sentido resulta interesante constatar cómo los mismos autores que caen en la ilusión de suponer que su país ha avanzado por el camino de la industrialización gracias a un coyuntural “aflojamiento de la dependencia” terminan por con¬signar datos que prueban exactamente lo contrario. Caio Prado, por ejemplo, afirma:
La Gran Guerra de 1914-18 dará gran impulso a la industria brasileña. No solamente la importación de los países beligerantes, que eran nuestros habituales abastecedores de manufacturas declina y aun se in¬terrumpe en muchos casos, sino que la fuerte caída del cambio reduce también considerablemente la com¬petencia extranjera.
Uno tiene pues la impresión de que la industria de Brasil se desarrolla en este caso autónomamente, desli¬gada del modelo agroexportador; sólo que, al analizar los progresos realizados entre 1907 y 1920, el mismo Prado explica:
En cuanto al carácter de esta industria censada en 1920 ella se conserva más o menos idéntica a la de 1907, en lo que respecta a su dispersión cuanto a la distribución porcentual de la producción. La modificación más sensible era el traslado de las industrias de alimentación al primer lugar, que pasan del 26,7% de la producción de 1907, al 40,2% en 1920. Esto se debe a la aparición de una nueva industria que tomará durante la guerra grandes pro¬porciones: la congelación de carnes. La estimulará el consumo creciente de los países beligerantes y la exportación brasileña de carnes, nula antes del con¬flicto, sube, en 1918, a 60.509 toneladas anuales.
En lo demás, el desarrollo industrial de Brasil no parece haber sido del todo halagüeño en aquel lapso: el consumo de cemento, por ejemplo, disminuye de 465 mil toneladas en 1913 a 51 mil en 1918; el de laminados de acero, de 251 mil toneladas en 1913 a 44 mil en 1918, a la vez que la importación de bienes de capital para la industria decae en cerca de un 80% entre las mismas fechas.
Ahora bien, esta presencia del capital imperialista en nuestro desarrollo implica por lo menos tres efectos negativos. El primero y más obvio consiste en la desnacionalización de la economía latinoamericana, con todas las derivaciones, incluso políticas, que ello supone. El segundo radica en el hecho de que tales inversiones constituyen un elemento más de deformación del aparato productivo local, puesto que se ubican, como es natural, en puntos estratégicos para el desarrollo de las econo¬mías metropolitanas y no en los que más interesarían para un desarrollo relativamente cohesionado de los países “anfitriones”. Y el tercero, en que tales inver¬siones son el vehículo más expedito para la succión de excedente económico. El capital imperialista fluye hacia América Latina atraído por la posibilidad de obtener superganancias en áreas donde, como lo señalara Lenin, “los capitales son escasos, el precio de la tierra relativa¬mente poco considerable, los salarios bajos, las materias primas baratas”; e incluso en aquellas situaciones en que aparece pagando salarios más altos que los del resto del país impone tasas de explotación sumamente ele¬vadas, con seguridad mayores que en los otros sectores de la economía nacional, dados los correspondientes niveles de productividad del trabajo. Aquí como en el caso de la venta de mercancías importadas más “bara¬tas” que las locales, el capital monopólico obtiene sus¬tanciosas superganancias que, al ser repatriadas, no ha¬cen más que perpetuar la inicial escasez de capital local.
De todos modos no cabe olvidar que el desarrollo del capitalismo no es otra cosa que el desarrollo de sus contradicciones específicas, es decir, de un conjunto de desigualdades presentes en todos los niveles de la estruc¬tura social. En este sentido, su modalidad de desarrollo en América Latina no constituye propiamente una in¬fracción de la regla, sino más bien una realización “extremista” de la misma. El desarrollo desigual ad¬quiere por eso aquí el carácter de una verdadera “deformación”, a la vez que la explotación y la consiguiente pauperización de las masas toman el cariz de una “su¬perexplotación”, sobredeterminados por un contexto del que podría decirse, parafraseando a Marx, que no sólo padece los males que entraña el desarrollo del modo de producción capitalista, mas también los que supone su falta de desarrollo, y donde “además de las miserias más modernas nos agobia toda una serie de miserias he¬redadas”38.
Con lo cual quisiéramos afirmar la idea de que el subdesarrollo latinoamericano sólo se torna comprensi¬ble al conceptualizarlo como un proceso de acumula¬ción muy particular de contradicciones que no derivan únicamente de los elementos históricos en que hemos enfatizado en el presente capítulo (“prusianismo” agra¬rio, “deformación” del aparato productivo capitalista debido a nuestra integración en el orden económico mundial, succión de excedente por el capital monopó¬lico), sino también de una heterogeneidad estructural más amplia, explicable en términos de articulación de modos diversos de producción, sin cuyo análisis resulta imposible entender el propio desarrollo concreto de los elementos estudiados hasta ahora.
Angelica Caceres
Angelica Caceres
14-07-2011 20:00
Fuente:
http://www.taringa.net/comunidades/inteligent/1825961/El-desarrollo-olig%C3%A1rquico-dependiente-del-capitalismo.html
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