Estimaciones sobre el texto sin contexto,
la trama sin la urdimbre
o el nombre sin la Idea
“Muchos de los términos del pensamiento tradicional sobreviven como clichés en nuestro lenguaje de cada día y en la literatura contemporánea,
donde, como otras ‘supersticiones’, ya no tienen significado real para nosotros. Así, hablamos de un ‘dicho brillante’ o de un ‘ingenio
brillante’, sin la menor consciencia de que tales frases se apoyan en una concepción original de la coincidencia entre la luz y el sonido...”
Ananda Kentish Coomaraswamy
“…el retórico no conoce más que el tropo mismo, el participio pasado pasivo, la dictio
translata, la expresión totalmente invertida, ya transferida: ¡el retórico aprecia demasiado su colección de muestras y de tipos! Los tipos de dicción, abstraídos de sus contextos y de la intención significante, se parecen a los coleópteros o a las mariposas de vitrina, apartados del aire donde vuelan, del sol que los irisa, del viento que los
desvía y de los perfumes del verano. Sólo hay maneras, sólo hay tipos amanerados, deshidratados por la desecación conceptual…”
Vladimir Yankélévitch
Antes del desarrollo de las consideraciones conviene efectuar una aclaración fundamental que se refiere, implícita o explícitamente, al motivo central de nuestra anotación cual se halla resumido en los sentidos tradicionales encerrados en los términos “texto” y “contexto”. Tales sentidos, que no conciernen exclusivamente a dichos términos, proceden de una matriz ideal (en el sentido empleado por Platón) y se hallan casi completamente desaparecidos en el horizonte mental de aquellos modos que configuran la modernidad. Podríamos decir, respecto a estos términos, que hay ampliaciones sobre el primero en nuestro apunte “El simbolismo del libro” y sobre el segundo, en cada oportunidad que lo empleamos, nos estamos pronunciando también en el orden de su simbolismo con relación al tejido, y que aún conlleva el verbo latino contexere (entretejer, entrelazar) de donde procede la voz, y no al uso moderno de un “contextualismo” lingüístico o pragmático. En nuestro caso, la voz alude a las posibilidades de entrelazamiento análogo al “esquema de coordenadas” constituido a partir de la cruz de tres dimensiones cuyo diagrama ha sido sobreexpuesto tantas veces en el simbolismo [1] inherente al arte tradicional de todas las latitudes (por caso el ideográfico, el pictórico o el caligráfico) y es también perfectamente aplicable al orden textual tal como la misma voz lo sugiere (adviértase el preciso simbolismo de la fig. ilustrativa). De esta manera, es obvio que el término no se refiere tan sólo a las determinadas proporciones, sino que primeramente sugiere el conjunto de todas las posibilidades o su matriz ideal.
Las consecuencias de la pérdida de dicha matriz en el mundo moderno, cual no concierne a una inventiva ni a la especulación humana, sino a un conocimiento presencial (por el cual, además, se nos remite a un “hecho” que rige el orden de la existencia universal, y su impronta se halla indeleblemente grabada en la propia naturaleza de las cosas) han producido un hondo impacto en las formas de expresión y comunicación contemporáneas. Hasta las propias voces antiguas y sagradas de la humanidad (véase nuestro apunte “Lenguaje primordial y traducción moderna”) son traducidas y cortadas de su contexto, vaciadas de contenido y arrastradas o manipuladas dentro de un repertorio de conceptos analíticos y categorías descriptivas sin siquiera rozar sus verdaderas e indefinidas posibilidades (no culturales, no abstractas ni metafóricas) establecidas desde el origen mismo de la humanidad [2].
Una vez efectuada la aclaración de principio, podríamos decir que entre las tantas particularidades (respecto a las ideas) [3] que dificultan el uso contemporáneo de los conceptos persisten aquellos vocablos que aún mantienen la misma forma, pero que son entendidos opuestamente o con distinto significado. Este fenómeno, por el cual desaparece el contexto o el carácter sustancial de un elemento lingüístico y se traslada a otro que no le comporta, resulta un buen ejemplo de una serie de contagios o formas contaminadas que (dentro de la serie de reelaboraciones históricas) han dado lugar a las construcciones de palabras - en su sola forma - y se transformen, carentes de mímesis (imitación) [4] en otros elementos meramente expositivos [5] o ya puramente “lingüísticos”. Por otro lado, y más allá de su uso antiguo y legítimo ha sido, entre otros, el giro del epithetum ornans (respecto a la relación habiente entre la ornamentación expositiva del texto y el ego de su autor) dentro de la retórica clásica tardía lo que ha contribuido a su entronización en occidente. Dichos elementos, productos de una “descontextualización” [6] son considerados residuales dentro del marco que compete al simbolismo tradicional del libro.
El contexto ausente
De tal modo, y desde el punto de vista de dicho marco tradicional, vale alegar que, en rigor, todo texto en sí mismo, es un fragmento derivado de un texto superior o mayor (correspondiente en nuestro caso a la idea arquetípica) y que deviene aislado por razones determinadas al principio ex abrupto y final truncado de todo proceso nominalista.
Dentro de dicho proceso, ya hace tiempo que las lenguas y los medios de comunicación modernos han perdido el vínculo de contexto, y hoy estamos viendo el uso generalizado de las diversas maneras (incluyendo todo tipo de idealismos y logicismos) con las que se fractura al propio texto [7].
Esto se debe, entre otras cosas, a la confusión de la sustancia del contenido [8] con la forma del contenido [9] o cuando el conjunto de expresiones estables (simbólicas, numéricas, gráficas o de entonación) contiguas a una idea son abandonadas y suplantadas por distintos elementos inestables e hipotéticos; o cuando desparece la relación de necesidad entre la significación y el significado surgiendo la arbitrariedad del signo lingüístico como rasgo típico y constante en el discurso de ciertas mentalidades [10].
Además, podríamos decir que esta suerte de dilogía o juego de palabras no se halla ausente en numerosas expresiones hoy denominadas como “tradicionales”. Es decir, cuando las ideas tradicionales se desvían por afectación, reniegan improcedentemente de lo natural (en referencia al método de la processio) o caen procesadas por medios desemparentados de su matriz aritmo-geométrica con la cual se haría posible anticipar la armonía universal procedente de un modelo original o tipo supremo (con fines de ajustar la expresión a la alusión y al carácter motivado tanto como a las proporciones y a las correspondencias convenientes). Esto mismo, al modo del ars artium de Tomás de Aquino y de Petrus Hispano, del ars discendi de Petrus Ramus o del ars magna de Raimundo Lulio, son sólo algunos ejemplos tardíos de lo que ha terminado por desaparecer en occidente, surgiendo entonces otro objeto y otro tipo de intereses acordes a la mentalidad respectiva.
El Reino de logomaquia
Evidentemente, nos estamos refiriendo a la “ornamentalidad” literaria o la ostentación dialéctica, cualquiera fuere su estilo, al modo de una Fermeture constituida en canon literario impuesto por el criticismo, y por lo cual deviene también en una suerte de logomaquia [11] que aparece cuando las palabras se transforman en meras etiquetas agresivas, y cuyas principales características suelen presentarse dentro de una paradójica amalgama que siempre elimina la analogía inversa (clave de todo símbolo tradicional, incluido el lenguaje) como ineludible referencia del contexto [12]
Así, desde el punto de vista tradicional [13], muchas de las situaciones críticas y de orden irreversible que acompañan al mundo contemporáneo, se encuentran estrechamente relacionadas a ciertos modos de pensamiento o hábitos mentales de los cuales podríamos aseverar, por su parecer sin ser, son igualmente incorregibles. Ello, en carácter de consecuencias derivadas de la desintegración (casi completa en occidente) de los conocimientos tradicionales y de la respectiva degradación intelectual que se extiende a todos los niveles [14].
Situaciones, que tampoco pueden dejar de hallarse conectadas con las novedosas y falsas expectativas contemporáneas en torno de las ideas de “tradición” y de “realización” al no poder desprenderse de la influencia proyectada por la idea de cultura profana con relación a una “clase media” [15] que, en sus apariencias y maneras, pretende en la mayoría de los casos (salvando las excepciones de rigor) validar sus “profesiones” o “diplomas” en la conformación de una supuesta “elite intelectual” llamada en lo que fuere, a “restaurar la tradición”. Aunque lo más notable del llamado seudo-tradicionalismo (que conlleva el falso esoterismo), y probablemente lo más grave, sea aquello de no saber discernir el medio respecto de su fin, es decir, confundir la Verdad con cualquiera de sus representaciones, ya que estas de ningún modo o tipo son fines en si mismas [16]. Piénsese, a modo de referencia, que en un ambiente normal, vital y legítimo, ningún modo de expresión por más transparente o espiritual que fuere mediante el cual la verdad se adecue o exprese significa que “sea” o contenga la verdad. Más bien, siempre hay consciencia (en todo contexto tradicional) que toda adecuación, modo o tipo no son más que “movientes”, es decir soportes de orientación hacia una visión esencial que trasciende todas las formas, y por lo cual una fijación o adhesión exclusivista que no vislumbre la superación de las etapas de cualquier camino que sea, significará una suerte de “petrificación”, y no dejará de implicar un “acto de idolatría” [17]. A este respecto resultan significativas unas palabras de Ananda K. Coomaraswamy :
“[…somos bien conscientes de que en este mundo humano no puede haber un conocimiento o expresión conceptual de la verdad excepto en algún modo; justamente como no puede haber una belleza perceptible excepto de algún tipo. Lo que es verdadero en todas las verdades o lo que es bello en todas las bellezas, no puede ser ello mismo una de estas verdades o bellezas. Como dice Dionisio, ‘Si alguien viendo a Dios comprendiera lo que vio, no vio a Dios mismo, sino a una de esas cosas que son Suyas’. La creencia en la Revelación o Audición no significa que las palabras mismas en que la verdad se expresa contengan en ningún caso la verdad, sino más bien que apuntan a ella, pues como dice Santo Tomás de Aquino, ‘Toda cosa tiene verdad por naturaleza según el grado en el que imita el conocimiento de Dios’; ‘nuestro intelecto considera a Dios según el modo derivado de las criaturas’, y finalmente, ‘la cosa conocida está en el conocedor según el modo del conocedor’. Todos los conceptos de Dios, aún los más íntimamente adecuados, son así hechos según el hombre; como decimos en la India, ‘El toma todas las formas que son imaginadas por Sus adoradores’. Muy ciertamente, no ha de ser concebido como confinado, o plenamente expresado, por ninguna de estas formas. Quien es El mismo la única forma de todas las formas, y trascendente con respecto a todas y cada una de las formas…más de un maestro cristiano a afirmado que ‘Nada verdadero puede decirse de Dios’… Una adhesión exclusiva a un solo dogma, a un solo grupo de símbolos verbales o visuales, por muy pertinente que sea, es un acto de idolatría; la verdad misma es inexpresable.]”. (Shrî Ramakrishna y la Tolerancia Religiosa)
Así, de tales ideas tradicionales en el proceso posmoderno, no solo se hace abstracción de su común origen silente, sino desconociendo además el aspecto análogo inverso al que nos referíamos y que, como elocuencia, media entre ellas y la vibración. Ni hablar, vale reiterarlo, del desconocimiento numérico o de aquel conjunto de signos que, como ideografía, rememoran uno u otro aspecto en cualquier expresión gráfica tradicional y cuyo dominio resume las combinaciones de toda ciencia tradicional como soportes adecuados de una orientación eficaz [18].
El epithetum ornans como exposición del ego
De esta manera, en el traspaso a un “tropos de sentido” y de este a un “tropos de dicción” [19], en las respectivas traducciones, interpretaciones y explicaciones, vemos como se diluye una idea original, ya que el correspondiente abecedario, vocabulario e imaginario se transforman en un sistema cerrado de frases tautológicas que se satisfacen a sí mismas, tal como las que suelen caracterizar al tratamiento profano de las palabras y a las definiciones fijas (juicios definitorios) o el verbalismo.
Así mismo, en la relación habiente entre degradación intelectual y hábito mental no estamos refiriéndonos únicamente a la cuantificación conceptual, sino también de aquello que le motoriza respecto al individualismo, es decir al ego (al que no se debe confundir con la individualidad) utilizado como valor central en un sistema educativo basado en la distorsión de la Realidad y en la ilusión de cotidianeidad que más tarde o más temprano inciden en la causa de sufrimiento y en la entronización e identificación con las opiniones, criticismos [20] y creencias falsas.
Además, en otro nivel, el mismo proceso se verifica en la confusión entre personalidad e individualidad [21] entre esoterismo y exoterismo o entre Tradición y posmodernidad, y cuyos resultados, por obedecer exclusivamente al orden expositivo, intrínsecamente ligado al epithetum ornans (más allá de su sentido glosemático) no alcanza el grado de mímesis, es decir, el nivel operativo de la significación, por lo tanto no logra incidir en la modificación del ego [22].
A modo de epílogo
De tal modo, sobre las ideas tradicionales encerradas en las nociones de “texto” y “contexto” podríamos culminar recapitulando las anteriores consideraciones, puesto que al margen de las innumerables operaciones semánticas constituidas dentro del marco interpretativo de aquello que hoy se discierne modernamente como “lingüística” (de situación, de conjunto o determinativo, etc.) y también como “literatura” (contexto literario, de análisis e interpretación o de propiedades, etc.), justifica la intención de establecer otra distinción de orden cualitativo concerniente a la nominación adecuada de “contexto” que trasciende el aspecto formalista del “orden de composición” o “tejido de ciertas obras” en tanto analogía con la realidad misma y en cuanto se lo entienda como el “seno de las Ideas” [23].
Para ello, hemos recurrido al punto de vista tradicional (comprendiendo a su respectivo simbolismo) en tanto en cuanto exprese la idea de “Datum datissimum” [24] (que no se basa en referencias formales ni en evidencias directa o indirectamente contradictorias) mediante el cual se nos indica de dicho “contexto” como “revestido” de perennidad (tal como se entiende del intermundo o reservorio de “las letras trascendentes”) en el sentido diagramático o plenum otorgado a una matriz “escrituraria” y que rige, a la vez, el proceso de todos los textos tradicionales y el despliegue de la manifestación (para ciertas asociaciones véase nuestro apunte sobre “Las letras y los números en el esoterismo islámico”). Esto mismo, está además signado por la combinación de dos elementos cruciales, uno activo (urdimbre) y el otro pasivo (trama) equivalentes a las ideas de verticalidad y horizontalidad tal como ello, decíamos, se desprende del simbolismo de la cruz [25].
En realidad, de tal proceso y de tal despliegue, entendemos se refieren a una sola y misma operación intelectual que implica al Absoluto, es decir, “aquello a partir de lo cual los mundos están tejidos, como urdimbre y trama” o “aquello a partir de lo cual el universo nació” con la condición, al decir de Sankaracharya, de “no tomar al Absoluto como un objeto directo mediante alguna relación general” [26] (B.S. Intro.).
Esto mismo, no hace más que establecer la índole y cualidad de todo texto sagrado escritural (incluidos los apéndices, comentarios y exégesis tradicionales) constituido como imagen, imitación o analogía de su modelo arquetípico. Se entiende de ello, la misma razón de explicitación de los textos sagrados que siempre apuntan a señalar (aún en las vocalizaciones nominales) el motivo de sus aspectos neutros y caracteres vivientes, ya que cada vocal no es un mero signo sujeto a la gramática o a la sintaxis (por el cual se describen expresiones claras) sino que (en primera instancia) por medio de un repertorio concreto, efectivo y práctico ordena conductas, es decir, corresponde estrictamente a un acto (como significativo del texto) lo cual no le impide ser simultáneamente acompañado por un símbolo (como significación del contexto) basado, entre otras cosas, en sus elementos radicales, numéricos o fonéticos como soportes adecuados para la intuición en la significación.
De allí también, que todos los componentes de un texto tradicional deben atenerse a funciones precisas en carácter de “energías actuantes” [27], de “palabras vivientes” (y que nunca se refieren a un contenido abstracto) como pueden ser, entre tantos ejemplos, el nombre [28], la afirmación [29] o el precepto tradicional que aluden a una intención (tender hacia), a una meditación (en el sentido de aquello que impele hacia la contemplación intelectual) y a una acción (ritual), resumidos estos en un objetivo que puede estar velado o revelado de acuerdo a cada caso, pero siempre conducente a la liberación de la naturaleza primordial del hombre, en tanto que, como fin elevado, pueda erigirse como soporte de una concentración (de lo inmutable y permanente) y en cuanto haya capacidad de traducirlo como no-identificación con todo aquello transitorio.
De esta manera, sobre el tema, consideramos haber señalado al menos algunos puntos de interés tradicional entre los cuales probablemente sobresalgan dos argumentos parabólicos por demás importantes, consistentes por un lado, que en las tradiciones respectivas las escrituras sagradas se constituyen en la “única” herramienta para la acción correcta [30], y por ende como único medio de conocimiento orientativo. Por el otro lado, en la evidente relación entre “liberación” y “no-identificación” para ser inherente a lo Absoluto no debe depender del esfuerzo ni de los méritos, ni tampoco debe ser asociada o entenderla como complementaria de la acción, puesto que el Absoluto es causa sui, es decir, totalmente independiente.
Notas
[1] Conviene aclarar que dicho simbolismo, en el orden textual, nada tiene que ver, por citar algunos ejemplos, con el seudo tradicionalismo o con el neo espiritualismo, ni con la corriente pictórica, poética o prosista iniciada en Francia en el siglo XIX, o con el llamado “movimiento modernista hispanoamericano”.
[2] Por sólo citar uno de los innumerables ejemplos, de esta degeneración de los diseños originales, piénsese en la subsunción iniciada por el orientalismo contra los términos árabes, por la cual y debido a su proteica influencia, ya es hoy contemplada (con excepción de los actuales y verdaderos sabios del Islam) como un caso cuasi generalizado.
[3] En el sentido otorgado por Platón
[4] Al margen del etiquetamiento del término y de la exclusividad que suele otorgársele con relación a lo “artístico” la voz concierne en realidad a una operación intelectual de orden universal que puede encarársela desde diversas perspectivas sin significar oposición, ya sea correspondiente a su principio o a su fin, y tal como, por ejemplo, se constata ello en los tratamientos de Platón y Aristóteles. En suma se refiere ello a una copia fiel (que puede imprimirse y tomar como soportes a diversas especies o formas) del modelo original o prototipo. En esto mismo, obsérvese la analogía con nuestro tema, respecto de aquello que se expresa (con relación a la copia/modelo) en lo concerniente al lógos, y del modo en que se expresa referido a la léxis, y que involucra inexorablemente al sujeto, es decir, a quien se expresa. La cuestión radica, esencialmente, en la posibilidad de discernir el aspecto intelectual, cuando se establece la desaparición del ego a favor de la mímesis y con relación al modelo imitado o un status de Realidad. Lo contrario sucede (y señalado por todos los métodos tradicionales) cuando el discurso testifica a su autor a favor de la exposición, apariencia o manierismo que le denuncian, como otras tantas señales, dentro de una indefinida gama de variantes.
[5] Decimos “expositivos” con relación al sentido de “sombras” y también con el de “apariencias”, lo cual va de acuerdo a la oposición de exposición/imitación, cuyo método ha sido establecido por Platón. Además, en ciertos ambientes tradicionales los diversos aspectos de la exposición son señalados como formas “fuera de contexto”. De esta manera, los errores e inexactitudes atribuidas, por ejemplo, a una determinada doctrina tradicional, suelen partir del resultado expresable sólo con las dificultades intelectuales de quien se expresa. En realidad, la profundidad de una expresión ortodoxa y tradicional – cual debe necesariamente incluir todos los niveles de realidad implicados - casi nunca presenta aspectos ambiguos para quien sepa tratarla con la respectiva comprensión.
[6] Entre los múltiples productos de dicha “descontextualización” sobresalen, por un lado el ejercicio del “literalismo” y la fragmentación referencial, y por otro lado la utilización de palabras, frases y corpus tradicionales dentro de un marco de opiniones erradas, constituyentes de los diversos grados de la modalidad expositiva que estamos referenciando.
[7] Si bien nos supeditamos a las cuestiones fundamentales y generales del tema, tratando de evitar entrar en detalles sobre sus derivaciones secundarias y “subproductos”, hay entre estos, un aspecto que ha tomado proporciones desmedidas al punto que se le considera un “paradigma de las comunicaciones”. Nos referimos al denominado “hipertexto”, el cual, en sus exageraciones, encierra aristas insospechadas (contempladas a la luz del punto de vista tradicional) con relación a la informática y al “neurocráneo” (véase nuestra breve anotación sobre “ ‘hiper nominalismo’ e intuición sensible”).
[8] Esto, como significación, alude primeramente a una fuente original, por ende, capaz de poseer por síntesis, la reunión de diversas formas radicales
[9] Es decir, como significado, cuando se representa exclusivamente mediante el orden gramatical.
[10] Dichas mentalidades, cuando se aproximan a las nociones tradicionales, no solo suelen justificar tales abandonos aduciendo argumentos “históricos” y/o “temporales”, sino también adjudicando denominaciones etiquetadas con el infaltable sesgo peyorativo, por caso los términos “arcaico” y “obsoleto”, y en abono de una supuesta “actualización” o “readaptación” al tiempo y a las mentalidades corrientes. La naturaleza falaz e ilusoria de tales argumentos surge de inmediato cuando comprendemos, no sólo la universalidad del simbolismo, sino de sus funciones operativas que son las mismas en todo tiempo y lugar. Bastaría con señalar que, para asimilar el núcleo de la cuestión, no es necesario resucitar “civilizaciones antiguas” ni “enfrascarse” en un “tiempo remoto” o realizar recortes imaginativos para encuadrar a la mentalidad contemporánea en previsión de un “futuro ilusorio”, pues de lo que se trata es precisamente de alcanzar el “seno de las Ideas” mediante la trascendencia del curso temporal que implica una cualificación individual a efectos de propiciar la concentración en el “instante” o “presente eterno”. Evidentemente, la dignidad sobrenatural del estado humano, que es la misma hoy como en el origen, no puede requerir planteamientos erróneos, sino señalar la composición de su tratamiento (otrora exhaustivo) abandonado o perdido en el mundo moderno, y por lo que bien vale (salvo las modalidades aún sobrevivientes y las formas más o menos vigentes) la tarea de contrastar a este con los mundos tradicionales. A este respecto, podríamos reiterar parte de una cita de Ananda K. Coomaraswamy que ya habíamos consignado en “Lenguaje primordial y traducción moderna” (nota 9) en el sentido: “…que cuando un autor ha hecho una idea suya propia puede emplearla de manera completamente original e inevitablemente, y con el mismo derecho que el hombre a quien ella se presentó por primera vez, quizás antes de la aurora de la historia”. (Figures of Speech or figures of Thought, Cap. VII).
[11] Dicho término se toma como para expresar una confusión de orden “terminológico” con la cual se adulteran los sentidos de las nociones originales. Se infiere también el sentido de “altercado” por su segunda raíz. Es decir, extendiéndose a un combate, debate o disputa de palabras entre dos o varios interlocutores que toman los mismos términos en sentidos opuestos o diferentes. Igualmente, sirve para designar a la “cosa literaria” o a los argumentos solamente verbales por los cuales en carácter de conceptos se exageran, se omiten o se definen erróneamente las ideas.
[12] Es decir, solamente se gravita dentro de un círculo cerrado en tanto en cuanto la alternancia entre el estilo indirecto e hipotético y las definiciones cerradas o restricciones exclusivistas, cuales además, dan lugar a las ilusiones generadas por la gramaticalidad y la sonoridad del parlamento. Asimismo, no será en vano reforzar respecto al primer aspecto o “estilo hipotético” que desde el punto de vista de la lógica tradicional toda hipótesis es, en rigor, un invento en cuya plasmación interviene preponderantemente la imaginación (aún hoy, esto mismo es consignado, aunque residualmente, en algunos manuales de lógica). De este modo, ante la contemplación de una sociedad globalizada basada sobre hipótesis imaginarias transformadas en paradigmas y que avanza de malas crisis a otras peores cabe una pregunta de la Lógica: ¿Hasta que punto se ha dañado a la Verdad o Realidad de la Existencia en “este mundo” contemporáneo cuyos pilotes son tales paradigmas?.
[13] Siempre que decimos “punto de vista tradicional” nos estamos refiriendo a uno de sus tantos aspectos o acepciones inopinadas y que en este caso concierne a un sentido de “centralidad” por el cual también se vincula al de “neutralidad” e “imparcialidad”, es decir, aquel “punto de vista” que toma en cuenta la esencia o principio de alguna cosa, línea o forma (integritas) sin necesidad de adherirse solamente a una posición de parte. Por otro lado, recordemos que las cosas se originan de sus esencias cuales, en rigor, no pueden percibirse con los órganos sensibles ni definirse con palabras.
[14] De tal pérdida y depreciación, sin dudas que hoy por hoy, el lenguaje se constituye como en aquel elemento más sintomático, puesto que en su estado tradicional o normal siempre se ha remitido con su carácter simbólico y anticipatorio no sólo a saber reflejar lo visible [Ser] e invisible [no-Ser], además de expresar el orden proporcional de la processio, sino también a conducir al conocimiento de Dios como Principio, aunque no sea (aquello imposible) de conocerlo como Si-mismo.
[15] Para una comprensión cabal de este punto se hace indispensable remitir a un trabajo específico de René Guénon denominado “La unión de los extremos”, y que corresponde al cap. XXIX de “Iniciación y realización espiritual”. Igualmente, véase nuestra anotación “René Guénon y la vía Malâmatiyah”
[16] Adviértase, que estamos hablando generalmente, y no nos estamos refiriendo a lo que corresponde específicamente con la contrahechura de esos medios, ya que ello excedería el marco de esta anotación. De todas maneras, en calidad de referentes, siempre vale el reiterar la recomendación a un estudio de primera mano, atento y persistente (es decir, no fragmentario ni superficial) de las obras completas de René Guénon y Ananda K. Coomaraswamy (de ser posible en los idiomas originales y en las ediciones más antiguas) donde las cualificaciones respectivas podrán hallar las posibilidades de una seria reflexión teórica, además de una orientación precisa y detalles suficientes sobre el punto.
[17] Por supuesto, que esto mismo, en nada mengua la importancia y validez que compete a las formulaciones doctrinales o al “exoterismo” tradicional cuando corresponda aplicarlo, como corresponda establecerlo y para quien convenga asimilarlo, siempre que no se pierda de vista su carácter estrictamente preliminar y su función de acompañamiento a las verdades profundas. Y, sobretodo, siempre que a tales formulaciones no se las extraiga del contexto para usarlas exclusivamente (al modo del “literalismo”) en estado de ignorancia. Inclusive, para conveniencias e intereses personales o políticos (Véase nuestro apunte sobre “René Guénon y el esoterismo islámico”).
[18] Dichas combinaciones se remiten a reflejar en el ámbito de la manifestación (el horizonte visible que limita entre lo invisible superior y lo invisible inferior) las operaciones inherentes al orden celeste. Resulta obvio el inferir que con la desaparición de las ciencias tradicionales igualmente han desaparecido los conocimientos y recaudos concernientes a lo “invisible inferior”. Como para dar una idea ejemplar, bastará mencionar un caso no de los menores consistente en la diferencia cualitativa habiente entre los elementos “por encima” del horizonte de la manifestación y aquellos “por debajo” que constituyen el espectro de bandas electromagnéticas, algunos de los cuales portan ciertas propiedades enigmáticas conocidas y “ritualizadas” por los antiguos, pero al dejar de ser contenidas y “amuralladas” han perdido su carácter de ser eventualmente fugitivas; y, hoy por hoy, ya oficializadas, emergen libremente.
[19] Circunstancia oracional cuyo sentido no puede dejar de ser racionalista a fuer de pasar por incoherente, lo cual, sin embargo, no le impide caer, entre tantas anomalías, en la permanente contradicción subjetividad-objetividad.
[20] Una de las características del criticismo moderno o aquel pseudo-tradicional, consiste en su ineptitud para alcanzar las ideas y acompañar un tratamiento de principios que animen las razones generales de las cosas. Por ende, sus operaciones se limitan sólo al terreno horizontal de los efectos secundarios y de las ideologías mundanas donde se libra la “disputa de los egos” (véase la nota [11]), y que son originadas en el fondo precisamente por esas razones determinadas a los poderes de “este mundo”.
[21] Sobre personalidad e individualidad a menudo se ha prestado su tratamiento a una doble confusión, producto entre otros, de la abstracción literaria, de una metafísica imaginaria o de un esencialismo extremo. Para dar una idea de tal confusión bastaría traer a colación un par de citas.
La primera se refiere a una circunstancia de adolescencia consignada autobiográficamente por Abû al-Abbâs al Mursî quien en ocasión de encontrarse viendo un teatro de sombras recibió de uno de sus maestros las siguientes palabras:
“¡Ay de quien, embargado de admiración, contempla las imágenes del teatro de sombras. Siendo el mismo una sombra, si bien lo mira! ”
La otra cita concierne a un fragmento de carta enviada por René Guénon a Vasile Lovinescu (El Cairo, 5 de enero de 1936):
“La cuestión de las cualificaciones no se refiere a la personalidad, sino solamente a la posibilidad de tomar a la individualidad humana como base de la realización”
[22] Además, de esto mismo se deriva aquello que implica un desconocimiento de determinadas vibraciones vía influencia espiritual (entre tantas de sus “actividades” estas operan en la intención, “atracción por semejanza” y en la orientación, ”acción concordante” en alusión de cierto grado sutil donde en primera instancia se “reunifican” las “almas”) y puede alcanzar con su negligencia una expresión de máxima gravedad cuando el ego, como tal, logra “reunir lo disperso” al revés, es decir organizar psíquicamente y asociar externamente a un “conjunto de egos” mediante el acceso a la manipulación e inversión de los símbolos como de los conceptos pretendidamente “tradicionales”. Dicha tendencia, en el mundo moderno, viene creciendo y propagándose de un modo ya esperado (puesto que la fase antitradicional ha sido superada) aunque sin dejar de ser alarmante, y se la puede reconocer por medio de sus múltiples señales y por las derivadas “acciones incorrectas”, las cuales son precisa y primeramente dadas por la incompatibilidad del ego con el símbolo. Luego, por las inclinaciones exageradas, las combinaciones absurdas o imposibles y la utilización de ciertos elementos hipnóticos dentro de una estructura recreada imaginativamente, ya de alguna cosa intervenida, parcializada o directamente inventada (por supuesto, que esto mismo, no se refiere ni afecta al número de personas que realizan serios esfuerzos en aplicarse al estudio de la tradición de un modo objetivo e imparcial a efectos - ya que la hora y el lugar lo exigen - de no salirse del contexto - sin mengua de la participación en una forma exterior consagrada - y de no caer dentro de alguno de los cuadros del falso esoterismo). Así, lo que obedece a un patrón del falso esoterismo viene repercutiendo en otras esferas. Sobre estas repercusiones hay estudios tanto en detalle como en sus términos generales, por lo cual pueden consultarse los interesantes trabajos de Ibn Asad.
[23] De acuerdo al sentido otorgado por Platón.
[24] Sobre algunas consideraciones del término “dato”, consúltese nuestro apunte “El dato tradicional y la cuantificación moderna”.
[25] Véase obra homónima de René Guénon
[26] Esto mismo, implica consciencia de conjunto y sentido de analogía respecto a todo nombramiento, mediante los cuales se revela la distinción adecuada de orden cualitativo entre las nociones de “texto” y “contexto” siendo admirablemente aludida por el mismo Sankaracharya quien al señalar, para un conocimiento de contexto, la necesidad de ciertos requisitos o cualificaciones previas (referidas a un perfeccionamiento de prácticas anteriores) no ha dejado sin embargo de decir lo siguiente: “…los textos védicos que hablan del absoluto lo muestran únicamente por su conocimiento. Y como el conocimiento no es producto de preceptos, un ser humano no está impelido a conocer. No se adquiere conocimiento, por ejemplo, mediante el contacto del ojo con el objeto” (ibid).
[27] El libramiento de acción y emisión de poder de toda fórmula consagrada se vislumbra en la concatenación rítmica de las sentencias impregnadas de determinada vibración, por lo cual se advierte, en todos los casos, que es el ritmo el elemento de liga entre el texto y el contexto por lo cual también permite comprenderlo debido al modo de la respectiva mentalidad [tradicional] de conjunto, ya que la dinámica (esencia) rítmica de las frases hace que estas sean concurrentes, en sus diversos grados de posición, a la misma unidad de la inspiración, la cual no es susceptible de transmisión por vía discursiva (coherencia lógica y gramatical) o dialéctica.
[28] Todo nombre verdadero (pues los hay falsos) debe ser una copia fiel de la Idea, es decir, una imagen eficazmente lograda, y por lo cual, en rigor, se deja asentado el sentido tradicional de que únicamente se puede nombrar a la Idea, y sólo por ella es posible instituir y representar, es decir, ejercer la aptitud de nombramiento.
[29] La naturaleza de la afirmación consiste en su virtud intrínseca de simbolizar la referencia contextual, por lo cual aquí, y en el plano que compete a las posibilidades, no erraba Leibniz cuando decía: “Toda doctrina es verdadera en lo que afirma y falsa en lo que niega”, entendiendo que toda doctrina verdadera es de naturaleza positiva y que todo enunciado negativo se basa en relaciones de privación (en el sentido de la abstractas) es decir, en sus propiedades y proposiciones falsas. Por transposición inversa a otro plano de referencias, la cuestión puede hallar vinculaciones con la denominación tradicional de “negación de la negación” que en cierto sentido de fondo puede llegar a traducirse como una afirmación total o “suprema”.
[30] Uno de los tantos aspectos que rodean a este punto involucra al equilibrio del mundo circundante, es decir, a la relación del sujeto con el objeto por medio de la acción (esto se halla relacionado a la doctrina del hombre verdadero como nominador divino. Véase un ejemplo en Platón, Crat. 431 d-e). Así, un determinado orden de cosas implica sujetar las acciones a las cosas (vale recordar que el término “cosa” guarda cierta relación de sentido con el término “causa”). Se infiere de esta consideración, que las “acciones correctas” deben proceder de las “denominaciones correctas” (tanto de la pronunciación como de los signos de la palabra).