El Maestro Manole y el monasterio de Argesh – Titus Burckhardt
I
A orillas del Argesh, en el valle ameno, viene el Príncipe Negro para conversar con nueve albañiles, maestros, compañeros, y Manole el décimo, su maestro supremo, para que elijan un paraje propicio en sus tierras dilatadas para alzar un monasterio.
Pero al pronto advierten mientras van de camino que un pastor les mira tocando su flauta. Al verlo ante sí, el Príncipe le habla: -"Bravo pastorcillo, que con dulces sones guías río arriba a tus corderos o vas río abajo con tu rebaño. ¿Acaso no has visto en tu ir y venir unos muros caídos y nunca acabados, entre pilares y avellanos?" –"Los he visto, señor: muros caídos, nunca acabados, y al verlos, mis perros aúllan y ladran, cual si presintieran que les ronda la muerte". El Príncipe escucha y parte con prisa. Sigue su camino con los nueve albañiles, maestros, compañeros, y Manole el décimo, su maestro supremo. –"¡Aquí están mis muros! Así, pues, compañeros, maestros albañiles, ¡manos a la obra! Sin perder un instante, tenéis que levantar y construir mi hermoso monasterio, sin igual en la tierra. Mis riquezas ofrezco y títulos de nobleza. Mas, si no lo hacéis, os haré emparedar vivos a todos".
II
Sin tregua trabajan y se eleva el gran muro, pero la obra acabada por la noche se cae. Durante tres noches, todo lo hecho se hunde. Enojado el Príncipe, los reprende. Furioso los increpa y hasta los amenaza con emparedarlos vivos. Los maestros albañiles y los compañeros tiemblan mientras trabajan y temblando trabajan, mientras que Manole, en el suelo recostado, se queda dormido, y un sueño asombroso contempla. Cuando al fin despierta, su sueño les cuenta: -"Maestros albañiles, amigos y compañeros, mientras dormía, tuve un sueño asombroso: oí que del cielo alguien me decía: lo que construís caerá con la noche, hasta que todos de acuerdo decidamos emparedar a la esposa o la hermana que la primera venga a traer al esposo o hermano mañana el yantar, al romper el alba. Si queréis, por tanto, dar cima y remate a este santo monasterio, sin igual en la tierra, habremos de jurar y comprometernos a inmolar y emparedar a la que primero venga mañana al romper el alba".
III
Al romper el alba, ligero salta Manole a lo alto del muro derruido y el camino a lo lejos escruta con ahínco. Pero, ¿qué es lo que ve el desdichado maestro? ¡Ana, su amada, cual flor hermosa de la pradera! Ve cómo se acerca, trayendo en sus brazos bebida y vianda. De rodillas, entre lágrimas, ruega al Señor: -"¡Derrama sobre el mundo la lluvia que inunda, haz que los ríos en torrentes se muden, que suban las aguas, que mi amada, sin fuerzas, no pueda avanzar!". El buen Dios, piadoso le escucha, y hace caer del cielo agua a torrentes. Mas la mujer, desafiando el peligro, las aguas y corrientes atraviesa, y Manole suspira, a la vez que su corazón se desgarra. Se signa, llorando, y ruega al Señor: -"Haz que sople el viento, un viento tan fuerte que curve los abetos, que desgaje los pinos y abata las montañas". Mas su compañera, desafiando al viento, con paso vacilante llega al fin agotada.
IV
Los otros albañiles, maestros, compañeros, se sienten aliviados al verla llegar. Manole la abraza, turbado la estrecha, y en sus brazos la lleva por la escala a lo alto. –"Nada has de temer, mi amada, pues estamos de broma y queremos jugar a emparedarte aquí".
Crece el muro y la sepulta, primero los pies, luego las rodillas. Mas su pobre amada ya no sonríe. –"Manole, amado Manole, ¡Maestro Manole, el recio muro me estrecha y mi cuerpo gime!". Pero él queda mudo, trabaja y se calla. Crece el muro y la sepulta, primero los pies, luego las rodillas, después la cintura y los senos al fin.
Ana, infeliz, ignora sus planes e implora: -"Manole, amado Manole, ¡Maestro Manole, el recio muro me estrecha y aprieta mis senos, gime mi niño!". Pero crece el muro y la sepulta de los pies a la cintura y luego los senos, también el mentón y la frente al final. Pero él construye tan bien que al final ya nada se ve. Pero sigue oyendo gemidos que escapan del muro: -"Manole, amado Manole, ¡Maestro manole, el grueso muro me estrecha y mi vida se apaga!".
V
A orillas del Argesh en el valle ameno, viene el Príncipe Negro, junto al hermoso río a elevar sus plegarias en el monasterio. El Príncipe y su guardia con asombro lo miran. –"Albañiles", -les dice-, "maestros, compañeros, sin temor, decidme, la mano en el corazón, ¿podría vuestra ciencia con facilidad hacer para gloria mía y en mi memoria un monasterio más bello?". Los diez albañiles, maestros, compañeros, desde el caballete de la alta cumbrera responden alegres, henchidos de orgullo: -"Cual nosotros, albañiles, maestros, compañeros, no hallarás otros iguales en toda la tierra.
Sabe, pues, que nosotros seríamos capaces de edificar donde quieras otro monasterio más bello, asombroso y resplandeciente". El príncipe escucha, y lleno de ira ordena quitar los andamios para que los albañiles, los diez compañeros, allí abandonados queden por siempre sobre el caballete de la alta cumbrera. Pero los maestros son hábiles, y se hacen alas para volar, con trozos de ripia... Uno a uno bajan pero allí donde caen cavan su tumba. Y el pobre Manole, el maestro Manole, justo cuando toma impulso y se lanza, escucha una voz que surge del muro, una voz amada, débil, sofocada, que gime y llora... –"¡Manole, amado Manole, oh maestro Manole! El recio muro me estrecha y aprieta mis senos y mi niño gime, y se extingue mi vida".
La escucha muy cerca y queda confuso. Desde el caballete de la alta cumbrera se lanza Manole y abajo, en el suelo, acaba su vuelo, y allí, donde cae, brotan aguas claras, saladas, amargas, pues con la mísera onda se funden sus lágrimas.