La vibracion sonora primordial - Las referencias de Rene Guenon II - Oscar Freire
La vibración sonora primordial
Algunos aspectos de su simbolismo
( Parte 5ª )
“Dame ese suspiro, y toma en su lugar mis oraciones”
Rûmî
Las referencias de René Guénon (II)
Precedentemente, habíamos expuesto un breve cuadro teórico concerniente a las referencias de René Guénon, y aunque preveníamos que no se presenta en el tema la completitud de las correlaciones literales del autor no obstante, se verá (de acuerdo a lo que decíamos sobre su método) como sintético en cuanto otro modo de la constatación eficaz o de la verificación de los datos tradicionales, y cuya naturaleza (de acuerdo a las cualidades del intérprete) no solamente habrá de permitir lo que atañe a la síntesis, sino también un alcance mayor.
De esta manera, ampliando algo de estas cuestiones, también podríamos indicar que las relaciones de la razón discursiva y su coherencia lógica no hacen más que servir de apoyo básico, es decir, sólo como soporte para la intuición intelectual, a los fines de que esta pueda ser ejercida de algún modo [1]. Tal es aquí, la eximia presentación del autor de referencia en la combinación de un lenguaje depurador y literalmente claro para la justificación en los enunciados dados simultáneamente “en principio” y “en carácter distintivo” (perfectamente asimilados) como partes idóneas de las aplicaciones ortodoxas del Sänkhya y del Vaishêshika como el mismo advertía [2], y que se suman a la explicación de las proposiciones de naturaleza simbólica y sintética, como pueden ser en este caso también, cierta adecuación al modo de los mahä-väkyas de la tradición hindú.
Se comprenderá que en dichas apelaciones, ineludibles para la intervención de un lenguaje con carácter elucidario (y tal como lo ejecutó Guénon a lo largo de su obra) pueden cambiar las formas (para dicha justificación explicativa) pero permanece la Verdad; representando un modo (como lo puede ser cualquier otro de la misma índole) revelador de un conocimiento íntimo, de una presencia perenne en la misma Fuente universal [3].
Justamente, el anterior cuadro teórico representa (en las posiciones de grado que correspondan) la correcta aplicación del consecuente respecto del antecedente [4], ya que en la mayoría de los casos no se sabe distinguir, por ejemplo, ni las superposiciones (de cosas y atributos entre sí) ni las superficiales contrariedades entre las afirmaciones y las negaciones (en las múltiples variedades que pueden tomar una apariencia por otra, ya sea quantum ad subjectum, ya quatum ad objectum) [5] Obsérvese, que la naturaleza del problema, en cuanto a un cuadro teórico tradicional (que es literal y alusivo a la vez en tanto su comprensión) es posible de resolver sin presentar dificultades ni contradicciones, siempre que sepamos distinguir una adecuación de una inadecuación, y con la previa condición de poseer “el sentido de las proporciones” [6] dentro de nuestro estado de conocimiento.
Esto, no deja de orientar hacia la sugerencia primera sobre la necesidad de aquello que transmite la noción tradicional de ocultación (con relación a lo aludido sobre el antecedente) [7] pero, antes de ello, se deberá comprender el orden cosmológico dado, en tanto que la palabra “orden” sea entendida como suele expresársela tradicionalmente, es decir, en representación de la ley del ritmo; en este caso, en estrecha relación con la explicación en el orden metodológico [8]; por lo cual, ciertas simetrías dadas por añadidura en el aspecto escriturario no dejarán de advertirnos que estamos ante una adecuación de orden rítmico.
La “constante rítmica”
Por otro lado, cabe reiterar lo ya consignado analógicamente en las proposiciones de conjunto, respecto a la índole esencial del Verbo como instaurador de todo aquello manifestado. Desde cierto punto de vista secundario puede entenderse esto como un despliegue en distintos grados o niveles (“en fila y en orden”) y que comprende a la existencia corporal en carácter de cómo contenido, y dependiente de las condiciones del tiempo y del espacio implicados, a su vez, en un impulso o “circulación” [9] - ya sea como vibración u ondulación - y correspondiente a una fase subordinada como decíamos (téngase siempre presente el status analógico de estas cuestiones siempre con relación al principio y no con la manifestación) de un orden extra-sensible en el cual estas últimas, por principio de unidad, no se diferencian [10].
Así, entre las tantas analogías del caso, podríamos ejemplificar con aquella que se expresa dentro del simbolismo del libro, más claramente en lo que se refiere al “Libro del universo”, esto mismo corresponde a su “prefacio”, y cuyo resumen, muestra a la manifestación o proceso cosmogónico a partir de la ondulación sonora original o como modificación del primer movimiento elemental que, además, suele ser expresado y homologado en sus respectivas correlaciones, tal como puede ser la letra, el número y subsiguientes operaciones. Por ejemplo y en parte, señalemos el simbolismo dado (respecto del alfabeto árabe) en la emisión “tintórea” (cuya fase complementaria corresponde a la reabsorción) que es primeramente del Alif a la Bâ’, y secundariamente, aparece en la impregnación de las gotas de tinta (en el elenco de las demás letras) para escribir la obra del universo (Véase “Las letras y números los en el esoterismo islámico”).
Es más, tal ejemplo no deja de acordar, en el conjunto de dichas analogías, con otras representaciones, tal como vienen ser aquellas aparentemente limitantes, pero que conllevan, de todos modos, el punto central que se encuentra figurado entre un principio o antecedente (la indiferenciación que representa la homogeneidad o la síntesis primordial) [11] y un causado o consecuente (la quiebra determinante que da lugar al resultado de los elementos con sus oposiciones) [12]; y, donde, entre otras cosas (algunas no tan fáciles de explicar) es posible reconocer los diversos niveles en que el éter como elemento primordial (correspondiente a la cualidad del oído en las tradiciones ortodoxas hindúes ) es extendido universalmente y para cada modalidad, sin confundirse con ellas [13].
De tal manera, respecto a estas modalidades, también se hace posible concebir un orden o “aritmología” referida a la tradicional “ciencia de los números”, y que salvo las modificaciones [14] (o niveles de los puntos de vista) en la justificación explicativa, no deja esta de identificarse con la “ciencia del ritmo” [15] a los fines de un cierto conocimiento de sus relaciones cósmicas. Tales relaciones, pueden comprenderse (entre múltiples estimaciones) como dando las proporciones exactas de los “tres mundos” dentro de un compendio armónico.
No obstante, cabe la aclaración, en lo concerniente a dicha combinación armoniosa, que no debe interpretarse tan sólo en sus efectos [16] o en aquello dado (por ejemplo) como el condicionamiento de una “secuencia” de sonidos; o como la disposición acompasada en la sucesión de las cosas, así como pueden reflejarse en el orden sensible [17], ya que su comprensión cabal sólo es otorgable en la unidad que representa el principio de las cosas, y nunca en las cosas por sí mismas [18].
Así, lo que comprende al núcleo de tal “sucesión” armoniosa de las cosas, se refiere a una ciencia con objeto propio y de orden universal que posee equivalencias en todas las doctrinas sapienciales de la humanidad y se constituye como el contenido profundo de todas las artes tradicionales. Aunque debemos aclarar, respecto de tal conocimiento [19] que en coincidencia con las condiciones actuales de arritmia generalizada (salvo en reducidos y determinados sectores) lamentablemente, se halla al parecer, casi completamente agotado en el mundo contemporáneo.
Notas
[1] Tal como lo reiteraba en sus escritos, refiriéndose a la capacidad de aquellos pocos a quienes el autor se dirigía realmente, manteniéndose atemperado ante quienes no comprendían los temas abordados, sin dejar por ello de refutar las exhibiciones erráticas sobre el “conocimiento”, de defenderse de las difamaciones y de los ataques personales o de rebatir oportunamente y con autoridad intelectual a sus impugnadores. Ya hemos tenido la oportunidad de explayarnos en otras anotaciones sobre la naturaleza de las hostilidades generadas contra René Guénon por parte de ciertos personajes y grupúsculos durante un período cercano a cuatro décadas. Asimismo, hemos indagado sobre la índole de las posturas y actitudes del autor frente a tales ofensivas cuales, curiosamente, no han dejado de producir ciertas confusiones, perplejidades y sospechas, hasta en quienes han alternado en el círculo íntimo de sus próximos y allegados.
[2] “…el Vashêshika se ha ocupado de la teoría de los elementos, que son los principios constitutivos de los cuerpos, con más detalles de los que hubieran podido comprender las demás ramas de la doctrina; es menester precisar no obstante que uno quedará obligado ha hacer llamada a las antedichas ramas, y sobre todo al Sänkhya, cuando se trate de buscar cuales sean los principios más universales, de los cuales proceden los elementos.” (“La teoría hindú de los cinco elementos”. V.I., agosto-septiembre de 1935. Agregado en “Estudios sobre el hinduísmo”).
[3] Evidentemente (también relacionado en cierto grado con la primera nota) nos estamos refiriendo al núcleo de la cuestión, precisamente, de aquella que ha suscitado numerosas objeciones no tan sólo entre los contradictores de nuestro autor, sino también entre aquellos que han proclamado una cierta “simpatía” respecto de sus obras (entre los que no faltan quienes reprochaban su “hinduísmo”). Recordemos, en este punto, que auténticos sabios hindúes han estimado a la obra de Guénon con el signo de la infalibilidad y como el producto penetrante de un verdadero brahmán (en el sentido universal del término) por lo cual vale la comparación con lo expresado en el Atharva Veda Samhita (V.18.15). Esto es (con cierto sentido anagógico) respecto a “Las flechas verbales de un brahmán que ‘traspasan’ a sus detractores”. De este modo, podemos considerar a los varios ejemplos de las oposiciones mencionadas, como producidas en realidad por una entidad que pretende hallar contradicciones donde no las hay, y generadas mayormente por opiniones limitadas; que al ser responsables de una interpretación del orden localista y/o privativo, caen respecto al conocimiento de los fundamentos universales, no tan sólo en la inadecuación entre el enunciado y la realidad, sino también en la ignorancia de aquello respectivo a dicho conocimiento y a sus objetos de conocer (como viene a ser la confusión entre esoterismo y exoterismo); tal es así, que cada uno puede plantarse entera e impecablemente como judío, cristiano o musulmán (como de cualquier otra tradición) sin dejar por ello de ser, esencialmente, un “pensador” integral. Es más, de las tradiciones ortodoxas que se originen en la revelación ninguna puede, en rigor, negar, desestimar o subestimar a otra de la misma índole. Bien lo confirmaba Shankarâchârya en sus comentarios a los textos sagrados hindúes (Brahma-Sütras - 2º Ad., 1º Pd.) quien en consonancia con sabios de todas las tradiciones reveladas expresaba claramente que la revelación es antes que la tradición. Así, apoyándose en el Dharmasütra (Mim. Sütra. I,3,3 ) citaba lo siguiente: “Donde hay contradicción entre la revelación y la tradición, la tradición se debe ignorar. Y si no hay contradicción, se tomará en cuenta la Tradición que por precepto debe ajustarse a la revelación”. Se observará, que en sánscrito original, los matices en la grafía del término que significa aproximadamente “tradición” corresponden a una traducción basada en la diferencia de magnitud de la letra inicial; y, por lo cual, tradición con mayúscula es (en este condicional) la que se sujeta a la revelación tratándose así, en el sentido más elevado, de una [única] identidad que no se distingue en otra. Desde ya, aún teniendo en cuenta a otros niveles de referencia y respecto a los legítimos visos formales adaptados y entendidos en plural, deberíamos concluir que no hay escritura sagrada, que por sí y en su núcleo esencial, contradiga a otra en la misma Verdad o condición de revelación. Por otro lado, si necesariamente debe considerarse el estado de decrepitud de algunas formalidades, no por ello hay que descartarlas mientras subsistan algunos signos vitales, imponiéndose las funciones de asistirlas y restaurarlas en la medida de las posibilidades (una labor ardua y esforzada a la que René Guénon consagró su vida y su obra) por lo menos, hasta tanto las pruebas fehacientes (confirmadas por “quien aparezca” o corresponda) que atestigüen un agotamiento o desaparición completa de los vestigios del entendimiento divino en un receptáculo formal. Se entiende de esta manera, que tanto los juicios apresurados, como las contradicciones, negaciones o inadecuaciones del tema no se hallarán en las revelaciones, sino en las limitaciones de algunos de sus intérpretes.
[4] Reiteramos que usamos la palabra “antecedente” en su significación tradicional, es decir, en tanto su originalidad; y, tal como puede ser igualmente, en el sentido cusano de la expresión que conlleva la noción de “anterioridad determinante” referida al “ipsun in se antecedenter et absolute non aliud”.
[5] Surgidas en realidad de una inversión que coloca al primero en la posición del segundo, y por lo cual cabe insistir en la injerencia generalizada de los significados privados como productos de aplicaciones erróneas que el entendimiento sustrae de los objetos a conocer. En otras palabras, es aquí, la correcta posición del consecuente en su alusión de “audición-revelación” que nos permite “localizar”, por así decirlo, al exacto punto de partida donde se hace posible descorrer el velo de la dualidad sujeto-objeto, como superpuesta a la No-dualidad. Igualmente, que el trascendo de dicha aplicación sólo puede darse en la superación de las particularidades de la substantia (la percepción sensorial mezclada con la potencia imaginativa) o elevándose por encima de las posibilidades del propio entendimiento, y tal como, en la consonancia de universalidad, también lo han enseñado, por ejemplo y en detalle, los sabios judíos, islámicos y latinos de la edad media (impropiamente llamados como “místicos contemplativos”).
[6] Asimismo, nótese que René Guénon denominaba exactamente como “El sentido de las proporciones” a un artículo que devino en el capítulo IV de “Melanges” de donde aprovechamos a llamar la atención sobre el primer párrafo y los últimos, no solamente por tener relación con lo que decimos, sino también porque, en dichos párrafos, nuestro autor pareciera responder eficazmente sobre ciertos ítems de referencia a los detractores contemporáneos y futuros (algo habitual en los autores tradicionales como parte de un cuerpo doctrinal) más allá de cualquier tipo de particularismo o individualismo, y con relación no sólo de la distinción fundamental, sino también de cierta complementariedad en la Sapientae/ignoratiae. (Véanse los apuntes ya citados “René guénon y la vía Malâmatiyya” y “Las ‘funciones magisteriales’ en René Guénon”).
[7] Igualmente, y por ejemplo, en aquel el sentido “encantatorio” magistralmente aludido por Rûmî: “No es ajeno mi secreto a mi canto, más no lo oye el oído, ni lo ve el ojo”. (Masnavi).
[8] Todo aquello que se implica de lo dicho no deja de estar relacionado, en parte, con la naturaleza de los estudios tradicionales, no sólo en tanto una adecuación, sino también, en carácter de apéndices en el marco del simbolismo del libro al que estrictamente se suscribía René Guénon en el tratamiento de su obra escrituraria, y que en el sentido tradicional abarca lo formal, lo figurativo y lo aritmético a la vez. Entre otras cosas, esto mismo se refiere, por un lado, a la índole del lenguaje aplicado visualmente a los principios arquitectónicos tradicionales, y por otro lado, a la acción de nombrar (de nombre) cuya ascendencia (tanto como la acepción literal) corresponde estrictamente al orden auditivo. Es decir, el “ojo” y el “oído” en representación simbólica de la luz y del sonido (recuérdese que, superando el sentido ordinario de cualidades sensibles, estos se hallan como indiferenciados en la vibración primordial).
[9] Cabe apuntar, que los términos “impulso” y “circulación” deben entenderse “participativamente” en el sentido de una de las aristas de la analogía tradicional que contempla la continuidad y la completitud de los estados por irradiación o distribución de un [único] proprium (de Sí mismo).
[10] Aquí mismo, no sólo se hace posible la inferencia sobre la doble naturaleza luminiscente y sonante de la actividad cósmica (análoga a la fuerza vital concerniente al estado humano) aludida en todo corpus doctrinal, sino también, su conexión con los símbolos, ritos y “encantaciones” que implican los métodos tradicionales de realización intelectual. Al respecto y en parte, podríamos traer a colación (entre las tantas referencias) las nociones de “Eco radiante”, “bellas palabras”, “canto resplandeciente” o “Palabra luminosa” de algunas naciones aborígenes; refiriéndose, a la revelación y evocación de todas las cosas, es decir, a la alusión de simultaneidad que concierne al esplendor de la luz en principio y a la pronunciación de la Palabra primordial.
[11] Recordemos, que (tal como ha sido aludido por los autores tradicionales mencionados y especialmente clarificado por René Guénon) el equilibrio perfecto (distinguido de cualquier equilibrio relativo) que corresponde a la indiferenciación sólo puede darse en la unidad primordial, y no en fase alguna del proceso cosmogónico o en cualquier término de la dualidad. Esto mismo, es lo que refuta concepciones curiosamente arraigadas tales como aquella de la “conciencia cósmica”.
[12] Sin que dichos elementos, en rigor, dejen de poseer un carácter seminal u homeoméricos (del gr. óDe lo que se implica, también es posible rebatir ciertas nociones “descontextualizadas” tales como la de “vacío”, ya que todos los órdenes de manifestación se hallan completados o (valga la expresión) “llenados” por el éter.
[13] Sobre la verdadera naturaleza del éter véase a René Guénon en la referencia ya citada: “La teoría hindú de los cinco elementos”.
[14] Debe tenerse en cuenta, que la modificación es producto de la acción, por lo tanto de carácter provisorio y efímero del ser dentro de la esfera o pertenencia contingente, siendo su posibilidad, de acuerdo a toda doctrina tradicional, radicada en principio de la acción, es decir, en lo inmutable, antes del cambio.
[15] Véase datos asociados en: “Ritmo y proporción en el arte islámico”.
[16] Puesto que, miradas per se, conllevan una naturaleza contradictoria.
[17] Entre tantos ejemplos, podríamos mencionar el Harmonices mundi (1619) de Johannes Kepler, que siguiendo a su anterior obra: Misterium cosmographicum (1596) trataba de demostrar la concordancia planetaria basado en un sistema geométrico, cuyas relaciones entre las proporciones poliédricas y las escalas musicales aspiraban a comprobar la “Armonía de las esferas”. Admitiendo su fracaso en este punto, probablemente debido a la naturaleza cuantitativa de sus observaciones, Kepler abandonaría las investigaciones del tema, declarando la incompatibilidad de sus deducciones con el movimiento planetario. Finalmente, y a tono con su sinceridad, Kepler reconoció la probabilidad de que dicha “Armonía” pudiera darse por única vez, en el mismo momento de la “creación”.
[18] En otras palabras, se observará que en estos temas, el único modo de explicación asequible es la analogía tradicional, puesto que tales disposiciones atinentes a la naturaleza sensible se refieren a muy otra cosa en el estado extra sensible; y, por lo cual, se demuestra además, que todo conocimiento verdadero es esencialmente “sintético” y no puede adolecer de un defecto de principio.
[19] Así, en un ejemplo cabal que resume todo lo antedicho podríamos mencionar a Nezahualcòyotl (1402-1472), rey del Señorío de Tezcoco (México prehispánico) quien portaba las cualidades de saber apelar a tal conocimiento (y respecto a dichas distinciones) en sus composiciones “encantatorias”, tanto como en sus diseños artísticos y obras arquitectónicas. Por ejemplo: “¿Acaso en verdad es lugar a darse a conocer el sitio del misterio?” (Véase nuestro apunte “Las versificaciones ‘encantatorias’ de Nezahualcòyotl”).