La audicion en el contexto tradicional - Oscar Freire
“Los bellos sonidos provocan una superabundancia de eficacia e
instantáneamente, en un hombre de atención esmerada, es así como la consciencia se expande”
(Tantraloka, Tr. III, sloka 229, Abhinavagupta)
“Mi error ha desaparecido al escuchar el gran secreto sobre el Ser de tus propias palabras, las que Tú has pronunciado por mi bien”
Bhagavad Gîtâ
El tema es verdaderamente inagotable y conectado con múltiples modos de analogía. Piénsese, entre estos, que el término “audición”, además de sus relaciones recíprocas con el de “oído” y el de “sonido”, guarda relaciones simbólicas con el de “luz”, el de “ritmo” y el de “vibración”, tanto como estrechas asimilaciones con el de “Revelación” y el de “Intuición intelectual”, por lo cual exige consideraciones más extensas que intentaremos abordar y correlacionar oportunamente en otras anotaciones. Aquí, simplemente un breve comentario y un par de referencias.
Así, entre los diversos métodos de realización espiritual que toman en carácter de soportes a las aptitudes sensoriales [1] la tradición hindú esclarece notablemente la capacidad de orden trascendente que pueden producir las repercusiones y los efectos inherentes a la cualidad del sonido (considerado el más importante entre las cualidades sensibles). De tal modo, que tanto la audición como la recitación adecuada de ciertos mantras (de acuerdo a determinada afinidad, grado de atención y estado de corazón) puedan ser soportes válidos en la identificación o integración con la vibración primordial (spanda) y mediante ellos facilitar la apertura a un cierto rango no ordinario a partir del cual, y no de otra cosa, se pueda hablar, propiamente y por su intermedio, de la posibilidad y/o de la actualidad de un “corazón intelectual”.
Una vez asignada dicha cualidad al corazón se establece el alumbramiento o iluminación mediante su inteligencia, dando paso a la súbita fulguración (que algunos asimilan al estado interior de un gozo permanente denominado como ânandasakti) culminando en la identificación completa con el supremo Brahman. Tal es la virtud que puede encerrar el ritmo preciso de un canto inspirado o la recitación modulada y melodiosa dentro de un contexto tradicional [2].
En otras anotaciones, ya habíamos señalado sobre la importancia que adquiere la posibilidad de “entreoir”, no en el sentido de “un yo que escucha”, aquel Tono fundamental o vibración intelectual armónica coimplicada en el Ser (asimilada al Sol por muchas tradiciones), sino en aquel sentido del Sol como “Cantor arquetípico” cuya índole es “ser tono” (svara) y “procede como tono” (svara eti) (según la Brhadäranyaka Upanishad I.3.25. y Jaiminiya Upanishad Brähmana III.33. respectivamente) [3] tratándose en realidad de una integración al Acto original del que se puede aludir como una vibración resplandeciente, de orden no sensible, súbita e intemporal que, en parte, no sólo sugiere la índole de toda transmisión oral y la respectiva cualidad sutil del oído capaz de “oír” o recibir ese “aliento divino” [4] aún mediante sus efectos o resonancias armónicas [5], sino también de su natural recepción en la sede de la verdadera inteligencia representada simbólicamente por el corazón.
Vale reiterar que dicha inteligencia en el corazón debe referirse no en cuanto a la especificación anatómica de la condición corporal, sino con el estado sutil que le precede como su principio, cual sería un aspecto del Productor de las formas, y en tanto ese “aliento divino” al que nos referíamos - ya sea como luz o sonido - no se halla diferenciado, así como tampoco se corresponde estrictamente al aspecto condicionado en que estos aparecen en nuestro mundo. En otras palabras, aludimos al rayo celeste (en referencia a luz y al sonido en su estado indiferenciado) mediante el cual tal cualidad del corazón logra integrarse o establecerse en primera instancia con el Corazón del mundo, y por lo cual, además, es probable que resulte suficientemente evidente la importancia que casi todas las doctrinas sagradas le otorgan a a ciertas entonaciones debidamente aplicadas y “oídas” como soportes en el orden humano y en el aspecto sensible.
A este respecto, no por nada en tales tradiciones (como en tantas de las denominadas arcaicas) prevalece primordialmente el sonido entre los sentidos de orden sensible y la importancia que adquiere la virtud o capacidad de “oírlo” en su esencia. Por ejemplo, en el contexto védico al cual se refería René Guénon:
“[…la intuición intelectual inmediata…se designa con una palabra cuyo sentido más primitivo es ‘audición’, es precisamente para marcar su carácter intuitivo, y porque, según la doctrina cosmológica hindú, el sonido tiene el rango primordial entre las cualidades sensibles. ]”. (El hombre y su devenir según el Vedanta).
Notas
[1] Como puede ser la olfativa con relación al “perfume de las flores”.
[2] Cuando hablamos de “contexto tradicional” conviene reiterar una aclaración fundamental, consistente en que siempre nos situamos en el punto de vista sintético de las ideas y de las razones generales, como también referirnos a las pertinentes analogías y a las transposiciones adecuadas de los elementos particulares para encararlas por el lado esencial de las cuestiones (con relación al simbolismo universal que emana de una Tradición unánime) en su aspecto más profundo (en tanto sea explicable por aproximación, ya que en rigor las verdades de orden esencial o metafísicas son inexpresables e inimaginables) o “iniciático” si se quiere, motivo por el cual hemos intentado evitar mayormente (salvo alguna necesidad de relación explicativa al punto superior de referencia) las oportunidades de pronunciarnos específicamente respecto al sentido necesario (para una mayoría) de las formalidades exteriores o “exoterismos” que en cada caso correspondan (y que consideramos necesarios en su estado de normalidad de acuerdo al designio cíclico correspondiente) no solamente porque estos suelen contradecirse mutuamente o autoafirmarse en sus diversas configuraciones o estructuras externas (hasta de modo legítimo podríamos decir), sino también (aún más en nuestra época) se tiende a desconocer normalmente o incluso negar en ocasiones a los propios aspectos profundos que ellas mismas comportan (aunque las diferencias entre los “puntos de vista” interior y exterior no sean tan nítidamente determinantes en las denominadas como “arcaicas” ni en aquellas en las que prepondera el status metafísico). Asimismo, pretender involucrar a tales facetas exteriores de las tradiciones en una supuesta coincidencia general (en lugar de exponer y remitirse al punto esencial que es donde únicamente coinciden) equivale no sólo a desconocerlas por completo en el plano de sus lícitas diferencias (particularmente en las denominadas como religiones) además de violar las respectivas mentalidades, sino también a caer irremediablemente en la uniformidad y el sincretismo como también en esas confusiones entre esoterismo y exoterismo que son características acentuadas muy propias de las tendencias ideológicas horizontales de nuestro tiempo.
[3] Ya citado y estudiado por Ananda K. Coomaraswamy (véase el artículo “El beso del Sol”, nota nº11 publicado originalmente en el Journal of the American Oriental Society, Haven, 1940. Hay traducción española de Pedro Rodea
[4] Entre otros, el término es análogo al de “soplo espiritual”, “sonido primigenio”, “palabra primordial”, “canto del sol” o “rayo celeste” de acuerdo a las pertinentes correspondencias del simbolismo tradicional.
[5] Esto mismo, que también se refiere a un simbolismo muy conocido relacionado con “el lenguaje de los pájaros” (véase capítulo homónimo de René Guénon) se extiende sin embargo a diversas e inagotables analogías de todo orden natural. Por ejemplo, y tan sólo para seguir con el simbolismo adscrito al “reino animal” podríamos mencionar por casos “el canto del gallo” o “el mugido de la vaca” (magistralmente estudiados por Ananda K. Coomaraswamy dentro del contexto tradicional hindú (Véase op.cit.).