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GUERRA SECRETA - René Guénon

8 de abril de 1939


En nuestro anterior artículo de Diorama, hemos señalado que es propio de una visión completa, tradicional, del mundo, más allá de la realidad corpórea, y antes de la propiamente espiritual, un orden intermedio de fuerzas e influencias “sutiles” y también hemos dicho lo que hay que pensar con respecto a ciertas concepciones atribuidas por los etnólogos a los “primitivos”. Hemos también hablado del “chamanismo” y, en esta ocasión, aludimos a la utilización posible de ciertas fuerzas, en casos de ese tipo, por parte de potencias enfocadas a la subversión y a la destrucción tradicional.

Residuos psíquicos

Creemos oportuno precisar ahora esta idea, cosa que nos permitirá entrar en un orden de problemas que pueden interesar ya más de cerca de los lectores de esta página. En efecto, podría sorprender que los vestigios de lo que fue originariamente una tradición auténtica, en ciertos casos se presten a una verdadera y propia acción de “subversión”. Tal caso se puede parangonar sin más al de cuando los restos psíquicos que deja un ser humano tras de sí al pasar, con la muerte, a otro estado que, abandonados a partir de ese momento, por el “espíritu”, pueden ser usados del modo que sea. Espiritismo y magia tienen que ver esencialmente con residuos de este tipo. Ya sean utilizados conscientemente por un “mago”, o bien inconscientemente por los espiritistas, que creen ingenuamente estar tratando con las ánimas de los difuntos, los efectos más o menos maléficos que pueden resultar de ello no tienen evidentemente nada que ver con la cualidad propia del ser al que estos elementos han pertenecido con anterioridad. Ya no se trata más que de una categoría especial de fuerzas ni materiales ni espirituales, que nosotros llamamos influencias errantes, residuos psíquicos que, como máximo, conservan solamente la apariencia ilusoria de aquel ser.

Lo que hay que tener en cuenta para comprender tal similitud, es que las influencias espirituales en sentido propio, es decir, trascendente, deben encontrar cierto número de “soportes” apropiados para entrar en acción en nuestro mundo, primero en el orden psíquico y posteriormente en el corpóreo, de manera que aquí se produce algo análogo a lo que presenta el ser humano en la jerarquía de sus elementos. Si posteriormente se retiran tales influencias, sea cual fuere la razón, sus antiguos “soportes” corpóreos, ya se trate de lugares o de objetos, pueden quedar cargados de elementos psíquicos, que serán incluso tanto más fuertes y persistentes cuanto más poderoso fuese el elemento espiritual que de ellos hizo uso. De esto se sigue lógicamente que el caso en el que se trata de centros tradicionales importantes, extinguidos desde hace más o menos tiempo, en definitiva es el que mayores peligros supone a este respecto, sea porque simples imprudentes provoquen reacciones violentas de los “conglomerados” psíquicos que subsisten, o bien, y sobre todo, cuando se trata de personas que se adueñan de dichos residuos para manejarlos a su antojo y obtener resultados de conformidad con sus designios.

Uso de los residuos

El primero de los dos casos que acabamos de indicar basta para explicar, al menos en parte, el carácter nocivo que presentan ciertos vestigios de civilizaciones desaparecidas cuando son exhumados por gentes que, al igual que los modernos arqueólogos, ignoran todo lo referente a estos asuntos y por ello mismo se comportan como verdaderos imprudentes. Ello no quiere decir que no pueda haber a veces otro tipo de cosas. Una antigua civilización ha podido degenerar en su último período y sus restos conservarán entonces la huella de este hecho bajo la forma de influencias psíquicas del orden más inferior. También puede ocurrir que, incluso al margen de todo proceso degenerativo como el anteriormente descrito, haya lugares u obje¬tos preparados especialmente para prevenir cualquier posible violación: ya que tales precauciones no tienen en sí nada de ilegítimas, si bien el hecho de conferirles demasiada importancia no sea un indicio de los más favorables por la prueba que supone de la existencia de unas preocupaciones bastante alejadas de la pura espiritualidad, y tal vez incluso de cierto desconocimiento del propio poder que en ella reside, sin que se necesite recurrir a tales ayudas.

Mas, aparte de todo esto, las influencias psíquicas subsistentes, desprovistas del “espíritu” que antes les dirigía y reducidas de esta forma a una especie de estado “larvario” (las larvas antiguamente eran consideradas precisamente como residuos psíquicos de los muertos), pueden reaccionar perfectamente por sí mismas ante una provocación cualquiera, por muy involuntaria que ésta sea, de manera más o menos desordenada, y que, en todo caso, no tiene relación alguna con las intenciones de quienes las utilizaron anteriormente para acciones muy distintas: como, en otro orden de cosas, más o menos ocurre con las incoherentes manifestaciones de los “cadáveres psíquicos” que a veces intervienen en las sesiones de espiritismo y cuyo comportamiento carece de la menor relación con lo que, en cualquier circunstancia, habrían podido o querido hacer las individualidades de las que constituyen los vestigios y de las cuales reflejan aproximadamente la “identidad” póstuma, con gran estupor de los ingenuos que creen seriamente estar tratando con los “espíritus” de los muertos.
Por lo tanto, las influencias en cuestión pueden en muchas ocasiones ser ya suficientemente nocivas por el hecho de haber sido abandonadas a sí mismas; ello obedece sencillamente a la propia naturaleza de estas fuerzas del “mundo intermedio” y na¬die puede evitar que así ocurra, de la misma forma que tampoco se puede evitar que las fuerzas físicas, corpóreas, en ciertos casos produzcan accidentes, de los cuales ninguna voluntad humana ha de considerarse responsable.

Mas, por otra parte, estas mismas influencias se encuentran a disposición de quien sepa captarlas, como también ocurre con las fuerzas físicas. Es por tanto natural que unas y otras puedan servir para los designios más diversos, e incluso opuestos, según sean las intenciones de aquel que se haya adueñado de ellas y las dirija. Y si pertenece al frente de las potencias oscuras, es evidente que se les dará utilización completamente diferente de la que originariamente podrían haberles dado los representantes cualificados de una tradición regular.

Tradiciones semi extinguidas


Todo cuanto hemos dicho hasta ahora se aplica a los vestigios dejados por una tradición completamente extinguida. Mas, para¬lelamente a este caso, conviene considerar otro: el de una antigua civilización tradicional que se sobrevive, digámoslo así, a sí misma, en la medida que su degeneración ha sido llevada hasta tal punto que el “espíritu” habrá terminado por retirarse definitivamente: determinados conocimientos, que en sí mismos no tienen nada de “espiritual” y que no dependen más que del orden de las aplicaciones contingentes, podrán seguir transmitiéndose, sobre todo los más inferiores; mas, naturalmente, serán desde entonces susceptibles de todo tipo de desviaciones, pues ellos tampoco representan más que meros “residuos” de otro tipo, al haber desaparecido la doctrina pura de la que debían normalmente depender.

En semejante caso de “supervivencia”, las influencias psíquicas anteriormente puestas en acción por los representantes de la tradición podrán volver a ser “captadas”, incluso al margen de sus continuadores aparentes, pero en adelante ilegítimos. Aquellos que verdaderamente hayan de utilizarlas a través de éstos tendrán de esta forma la ventaja de contar, como instrumentos inconscientes de la acción que pretenden ejercer, no solamente con una serie de objetos supuestamente “inanimados”, sino también con hombres vivos que igualmente pueden servir de “soportes” a tales influencias, y cuya existencia actual les confiere naturalmente una “vitalidad” mucho mayor. Este era precisamente el punto al que aludíamos al considerar un ejemplo como el del “chamanismo”, si bien, por supuesto, con la reserva de que tales significados no se pueden aplicar indistintamente a todo cuanto se quiere clasificar con esta designación más bien convencional.

Guerra secreta


Una tradición que se ha desviado hasta hacer posible semejantes abusos, está verdaderamente muerta como tal, en la misma medida que aquella para la que no existe ninguna visible continuación. Si todavía estuviese viva, por poco que fuese, semejante “subversión”, que en definitiva no es más que una inversión de cuanto subsiste para poderlo utilizar en un sentido antitradicional por definición, evidentemente no podría producirse en modo alguno. Conviene, sin embargo, añadir que incluso antes de que las cosas llegasen hasta ese punto, y a partir del momento en que las organizaciones tradicionales están disminuidas y debilitadas como para no ser capaces de una resistencia adecuada, agentes más o menos directos de la subversión pueden introdu¬cirse en ella y trabajar para apresurar el momento en que tal “subversión” sea posible. No está claro que lo consigan en todos los casos, pues todo lo que todavía conserva algo de vida puede recuperarse; mas si en el ínterin sobreviene la muerte, el enemigo ya se encontrará en la plaza, valga la expresión, y estará perfectamente dispues¬to a sacar partido de ello y a utilizar para sus propios fines el “cadáver” de tal tradición. Los representantes de todo cuanto, en Occidente, todavía posee un carácter tradicional auténtico, en nuestra opinión, harían bien en prestar la máxima atención a maniobras de este tipo, ahora que todavía es tiempo, ya que, a su alrededor, los signos amenazadores constitutivos de las “infiltraciones” de este tipo se manifiestan con toda claridad a aquel que sabe reconocerlas.

Otra consideración que no carece de importancia es la siguiente: si toda fuerza oscura tiene interés en adueñarse de los lugares que fueron sede de antiguos centros espirituales, tantas veces como pueda, no es únicamente por causa de las influencias psíquicas que en ellos se acumulan y que hasta cierto punto permanecen “disponibles”; es también por la situación particular de estos lugares, pues resulta evidente que no fueron escogidos arbitrariamente por el papel que les fuese asignado en una época u otra y respecto a una u otra forma tradicional. La “geografía sagrada”, cuyo conocimiento determina tal elección es, como cualquier otra ciencia tradicional de orden contingente, susceptible de ser desviada de su uso legítimo para ser aplicada al revés. Si un punto resulta “privilegiado” para servir a la emisión y a la dirección de ciertas influencias psíquicas cuando éstas constituyen el vehículo de una acción espiritual, no lo será menos cuando estas mismas influencias psíquicas sean utilizadas de una manera completamente diferente para unos fines contrarios a toda espiritualidad. Tal peligro de desviación de ciertos conocimientos, del que tenemos ocasión de considerar un ejemplo particularmente claro, explica –digámoslo de pasada- gran número de reservas que son perfectamente naturales en una civilización normal, pero que los modernos demuestran ser perfectamente incapaces de comprender, puesto que en general atribuyen a una voluntad determinada el hecho de “monopolizar” tales conocimientos, lo que en realidad no es más que una medida destinada a impedir que se abuse de ellos en la medida de lo posible. Por otra parte, y a decir verdad, esta medida pierde su eficacia en el caso de que las organizaciones depositarias de tales conocimientos, dejen penetrar en su seno a una serie de individuos no cualificados e incluso, como acabamos de decir, a agentes de la subversión, uno de cuyos más inmediatos objetivos será entonces precisamente el de comprender tales conocimientos.

De cualquier forma, ya se trate de los propios lugares, de las influencias que permanezcan vinculadas a ellos o bien de unos conocimientos del tipo de los que acabamos de mencionar, puede recordarse a este respecto el antiguo adagio que reza: ”corruptio optimi pessima”.

Y es precisamente de “corrupción” de lo que es el caso hablar, incluso en el sentido más literal de la palabra, ya que los “residuos” de que se trata, como ya decíamos, son en este caso comparables a los productos de la descomposición de lo que fue un ser viviente. Se trata en suma de una especie de “necromancia” que actúa con restos psíquicos diferentes a los de las individualidades humanas y que ciertamente no es menos peligrosa que la otra, ya que con ello dispone de unas posibilidades de acción mucho más extensas que las de la vulgar brujería. El mundo de las tradiciones y de las fuerzas, de las cuales depende el destino de la civilización, todo aquello de lo cual los acontecimientos históricos y los cambios visibles no son más que el efecto, tal es el campo en el cual se desenvuelven tales maniobras tenebrosas; y hace falta precisamente decir que nuestros contemporáneos están ciegos, al no tener ni sospecha de esta guerra, aunque ellos sean los primeros en sufrir sus efectos destructores.

* “Guerra Segreta” (18 de abril de 1939). Reescrito por el autor para el capítulo XXVII: “Résidus psychiques” (“Residuos psíquicos”) de Le Règne de la Quantité et les Signes des Temps, París, 1945.

Fuente:

https://expedicionfomalhaut.wordpress.com/2011/10/01/guerra-secreta-rene-guenon-precisiones-necesarias/



Me gusta la chacra dar de comer a los patos rezar el rosario y levantarme temprano
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