Traducciòn aproximada para mera orientaciòn del lector. Debe ser revisada y mejorada
(Ext. de "René Guénon et l'actualité de la pensée traditionnelle", actas del coloquio internacional de Cerisy-La-Salle, 13-20 de julio de 1973. Editado por Archè, Milán, 1980)
MARINA SCRIABINE
Si es particularmente difícil hablar de la contra-iniciación, y, puesto que estoy obligada a ello, de la contra-tradición, no es ciertamente porque sea complicado seguir sus huellas o constatar sus efectos. Su omnipresencia se muestra por el contrario a los ojos de los menos prevenidos, y es esta misma impregnación general, esta penetración de elementos anti-tradicionales incluso allí donde debería existir alguna oposición, lo que constituye la principal dificultad para delimitar el tema y proponer lo esencial. Dificultad que aún es mayor debido al hecho de que, por vasto que sea el campo por explorar en la actualidad, no podríamos atenernos estrictamente a nuestra época, pues, aunque menos aparente a medida que remontamos el curso del tiempo, la contra-iniciación no deja de ser, en sentido literal, tan vieja como el mundo, ya que comienza bajo el árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, y se prosigue a lo largo de la historia, en cuyas etapas más significativas es posible observar su desarrollo.
Afortunadamente, la obra de Guénon nos suministra en este dominio un punto de partida particularmente sólido. Diría incluso que, en lo referente a las etapas de la contra-tradición, su voz es a veces particularmente profética, y ciertas de sus afirmaciones, que en su época podrían parecer un poco excesivas o incluso perfectamente inverosímiles, resuenan hoy en nuestros oídos con una asombrosa evidencia y aparecen imbuidas de una actualidad alucinante. Tendré ocasión de citar algunas en el curso de esta exposición. Sin embargo, Guénon no aclara ciertas cuestiones que necesariamente deben plantearse cuando se reflexiona sobre la contra-iniciación. Señalemos por otra parte que estos silencios son simétricos con respecto a aquellos que se encuentran en los propósitos del autor cuando se trata de la iniciación, lo que hace muy probable la hipótesis de una discreción voluntaria.
Estas reservas, que señalo a continuación para evitar repeticiones, se refieren al problema de una eventual existencia "localizada" de los centros contra-iniciáticos, de los dirigentes eventuales de la contra-iniciación, de sus relaciones con las fuerzas negativas e infra-humanas que manejan, y de los medios que pueden utilizar en vistas a su objetivo. Incluso en los capítulos 24 a 30 del Règne de la Quantité et les signes des temps, que tratan más especialmente de la contrainiciación, estos temas son dejados en la sombra. Y como, después de todo, no son de ninguna utilidad para el reconocimiento de las fuerzas antitradicionales y de la lucha que se puede entablar contra ellas, puesto que, de todas maneras, si existen estos centros y sus jefes, están situados más allá de las experiencias y de los encuentros que podemos tener, es normal que sean por el contrario más directamente denunciados los agentes de la contra-iniciación conscientes o inconscientes con los que tropezamos cada día, aquellos en los que nosotros mismos podemos convertirnos, así como las fuerzas que se ejercen sobre los acontecimientos cotidianos con los que nos mezclamos diariamente. Dicho esto, los caracteres mismos de la contra-iniciación y de la contratradición son por el contrario mostrados con una claridad incisiva, y sus diversos aspectos desenmascarados con un rigor implacable.
El término mismo de contra-iniciación indica inmediatamente su objetivo; todo lo que forma parte de este sombrío dominio constituye el reflejo invertido de la iniciación, su imagen "satánica". El objetivo de la iniciación es el conocimiento liberador que conduce al hombre a través de los diversos grados de la jerarquía iniciática "desde la simple vinculación hasta la identificación con el centro, y no solamente hasta el término de los pequeños misterios, cuyo centro es la individualidad humana, sino aún hasta el de los grandes misterios, cuyo centro es el del ser total, es decir, en otros términos, hasta la realización de la Identidad Suprema" (Aperçus sur l'initiation, p. 281). El fin de la contrainiciación es entonces, inversamente, el descenso hasta lo infra-humano.
La contra-iniciación comprende, también, grados. Aunque Guénon no haga mención de ello explícitamente, se podrían indicar las dos etapas descendentes que él señala: el "endurecimiento" que corresponde al materialismo y la "disolución" que sucede a éste y que se caracteriza por la invasión de las fuerzas psíquicas inferiores, correspondientes a la parodia invertida de los "pequeños" y los "grandes" misterios en el proceso de un oscurecimiento progresivo. Se podría ver en efecto una cierta correspondencia entre los "pequeños misterios" que reintegran al hombre en su estado "original" realizando todas sus posibilidades humanas en el paraíso terrestre, y el materialismo (al cual Guénon ya juzgaba superado en su época) con su individualismo, su culto del hombre y del mundo material y sus ideas acerca de la felicidad alcanzada por medio del progreso científico. Mientras que el retorno al caos, el instinto gregario, el rechazo de toda jerarquía, la fusión en el grupo, la masa, falsifica, en la fase de la disolución, el estado supra-individual e incondicionado alcanzado en los "grandes misterios". Los medios propios de la iniciación son la enseñanza iniciática, que difiere esencialmente de la enseñanza profana ya que el iniciado se convierte en aquello que conoce, y la comunicación de una influencia espiritual, gracias a la vinculación regular a una organización iniciática tradicional, que hace posible la realización iniciática. La contra-iniciación lanza sus ataques sobre estos dos puntos.
Como le es necesario, para disimular sus verdaderos objetivos, falsificar todo aquello que destruye, la contra-iniciación se esforzará en sustituir la enseñanza tradicional y sus métodos por la enseñanza puramente profana, y la transmisión iniciática regular, para quienes a pesar de todo experimentan la necesidad de ello, por las organizaciones pseudo-iniciáticas que aún hoy continúan pululando. Y, al igual que los centros iniciáticos adaptan sus métodos y sus ritos a las épocas y a los medios humanos en los que están llamados a ejercer su acción, preservando lo esencial, la contra-iniciación, que, debido a que no tiene nada que preservar, dispone de más "libertad" en sus medios, ensaya y a menudo llega a usar en su provecho lo que debería serle más contrario, y no rechaza infiltrarse incluso en el corazón mismo de las organizaciones iniciáticas. No insistiré demasiado en los múltiples procedimientos utilizados, pues Guénon lo hizo mucho mejor que yo, y obras como Le Règne de la Quantité o losAperçus sur l'initiation son muy explícitas en este punto.
Quisiera, por el contrario, insistir sobre un aspecto que nos atañe directamente hoy en día y que, si bien ya fue denunciado por Guénon debido a su asombrosa lucidez, ha tomado en nuestra sociedad una importancia catastrófica; quiero hablar aquí del dominio exotérico y, más especialmente, de lo que concierne a la civilización occidental: la religión cristiana. Tras haber dividido, debilitado y a veces incluso enteramente destruido a las organizaciones iniciáticas, las fuerzas anti-tradicionales debían atacar un dominio que, en tiempos de Guénon, parecía aún bastante sólido: la religión. Ahora bien, en sus reiteradas protestas, cuya virulencia a menudo ha sido imputada a ciertas tendencias "reaccionarias", Guénon no ha dejado de alzarse contra la importancia cada vez mayor otorgada a lo "social" en los medios católicos; una frase como la siguiente:
"Que se examine imparcialmente lo que hoy en día se enseña en nombre de la Iglesia, y que se nos diga si es posible encontrar algo más que simples consideraciones morales y sociales (Symboles fondamentaux de la science sacrée, p. 314), que podría parecer bastante extraña en su época, reviste hoy una singular actualidad. En este trabajo de destrucción del exoterismo religioso, la analogía de sus medios con los de la lucha contra el esoterismo iniciático es patente, pues se corresponde con la consecución de objetivos análogos. La tradición religiosa, en efecto, utiliza, para conducir al hombre a la "salvación", medios análogos a los de la iniciación para hacerle acceder a los estados supra-individuales: la transmisión regular, que se remonta a sus orígenes no humanos por medio de hombres cualificados y consagrados a estas funciones, de las influencias espirituales (por los ritos y los sacramentos apropiados), y la enseñanza doctrinal que el fiel debe aplicar en su vida en vistas a su perfección espiritual. Es evidente que es sobre ambos puntos que vemos ensañarse a la contrainiciación, desencadenarse con una violencia que demuestra la importancia de lo que está en juego. Los ataques contra el sacerdocio regular, contra los ritos, contra la doctrina y la autoridad espiritual, no ocultan el objetivo a alcanzar: la destrucción de la Iglesia; su carácter anti-tradicional es tan evidente que la pasividad de la gran mayoría de los cristianos, y el número creciente de adhesiones a semejantes desviaciones, incluso entre los sacerdotes y algunos obispos, demuestra que la subversión de los espíritus ha alcanzado ya un grado tal que ni siquiera el propio Guénon esperaba verla instaurada tan rápidamente.
El combate por la destrucción del sacerdocio se justifica desde el punto de vista anti-tradicional, pues su desaparición cortaría los lazos con el mundo superior, ya que, incluso aunque la autoridad espiritual, "por falta de sus representantes, hubiera perdido enteramente el "espíritu" de su doctrina, la sola conservación del depósito de la "letra" y de las formas exteriores en las cuales esta doctrina está de algún modo contenida continuaría aun asegurándole la potencia necesaria y suficiente para ejercer válidamente su supremacía sobre lo temporal, pues esta supremacía está vinculada a la esencia misma de la autoridad espiritual y le pertenece en tanto que ella subsista regularmente, por muy debilitada que pueda estar, al ser incomparablemente superior la menor parcela de espiritualidad que todo lo que depende del orden temporal" (Autorité spirituelle et pouvoir temporel). Y, un poco más adelante, en la misma obra, dice: "No obstante, en tanto que subsista una autoridad espiritual regularmente constituida, aunque sea desconocida por casi todo el mundo e incluso por sus propios representantes, aunque esté reducida a no ser más que la sombra de sí misma, esta autoridad tendrá siempre la mejor parte, y esta parte no podría serle arrebatada, porque hay en ella algo más alto que las posibilidades puramente humanas, porque incluso debilitada o dormida, todavía encarna la "única cosa necesaria", la única que no pasa". Tales son las razones que llevan a las fuerzas anti-tradicionales a destruir al sacerdocio en su transmisión regular, a desacreditar y después a suprimir los ritos, a introducir en la liturgia la lengua vulgar; he aquí lo que dice Guénon sobre este último punto:
"A este respecto, es importante ante todo no confundir las lenguas sagradas con las lenguas simplemente litúrgicas: para que una lengua pueda desempeñar este último papel, basta en suma con que sea "fijada", con que esté exenta de las continuas variaciones que forzosamente sufren las lenguas comunes" (Aperçus sur l'Initiation, p. 364). Esto le parece a Guénon tan importante que añade en nota: "El Protestantismo bajo todas sus formas, no haciendo uso más que de las lenguas vulgares, no tiene por ello liturgia propiamente hablando".
En definitiva, todos los esfuerzos tienden a instaurar una pseudo-religión y pseudoritos celebrados por pseudo-sacerdotes incapaces de transmitir la menor influencia espiritual o de administrar los verdaderos sacramentos.
"Cuando un pueblo ha sido desviado del cumplimiento de los ritos tradicionales -señala Guénon- todavía es posible que sienta que le falta algo y que experimente la necesidad de retomarlos; para impedirlo, se le darán "pseudo-ritos", e incluso se le impondrán si es necesario; y esta simulación de los ritos se ha llevado tan lejos a veces que apenas se reconoce su intención formal, y casi no oculta su objetivo por establecer una especie de "contra-tradición" (Initiation et réalisation spirituelle, p. 33). La gran fuerza de la contra-tradición es su "adaptabilidad" verdaderamente diabólica, lo que le permite desviar en provecho suyo las sanas reacciones suscitadas por sus propios excesos, corromper corrientes de pensamiento que le serían normalmente hostiles, e impedirles acceder a lo que aún subsiste de las organizaciones tradicionales. Éstas, en el estado de debilidad al que han llegado, se dejan investir por potencias profanadoras y por ideas tales como la "divinización de la humanidad, no en el sentido en el que el cristianismo permite considerarla de alguna manera, sino en el sentido de una sustitución de Dios por la propia humanidad". Podemos tomar dos ejemplos recientes particularmente característicos. Una adaptación de la Iglesia al medio humano de nuestro ciclo temporal era a la vez legítima y deseable.
El propio Guénon denunció la intransigencia y la estrechez de ciertos medios católicos. Por otra parte, podría parecer que las reformas del Vaticano II podían cumplirse en el respeto a lo esencial, es decir, a la integridad doctrinal e institucional.
Pero las fuerzas anti-tradicionales ya habían penetrado demasiado profundamente en las conciencias como para que los inevitables rechazos que acompañan a toda reforma no fueran tan mayoritarios como para quebrantar profundamente el conjunto de la Iglesia, roída por el espíritu antitradicional. ¿No es típico del reino de la cantidad ese papel dominante continuamente reivindicado por la "base", es decir, por la masa que niega toda jerarquía y que se esfuerza en sustituir la corriente de lo bajo hacia lo alto frente a la corriente de las influencias espirituales que se ejercen de arriba abajo por la vía regular de la jerarquía sacerdotal? Y lo que hace posible tales aberraciones es ante todo que se imagina comúnmente que la aceptación de una jerarquía supone el reconocimiento de una preeminencia personal del superior y el desprecio por la base, mientras que, para disipar el equívoco, bastaría con distinguir, cosa que siempre ha hecho la tradición, el valor de la realización (la Iglesia ha canonizado a hombres del pueblo, a mendigos e iletrados) y la competencia y la cualificación de la función.
Pero como esta confusión es mantenida por aquellos cuyo papel debería ser mostrar su falsedad, hay pocas esperanzas de verla desaparecer. En efecto, como ya señaló Guénon, "...cuando los representantes auténticos de una tradición han alcanzado tal punto que su manera de pensar no difiere sensiblemente de la de sus adversarios, uno puede preguntarse qué grado de vitalidad tiene aún esa tradición en su estado actual" (Initiation et réalisation spirituelle, p. 83). Y, aunque en este caso no se trata en general de contra-religión, sino de pseudoreligión, Guénon indica que "de una a otra pueden haber muchos grados por los que se efectúe el paso casi insensiblemente y sin que nadie se aperciba: es éste uno de los especiales peligros inherentes a toda usurpación, incluso involuntaria, sobre el terreno propiamente religioso" (L'Erreur spirite, p. 309).
Otro hecho que quisiera señalar es la sana reacción contra nuestra civilización "de consumo" y sus perspectivas mediocres o sórdidas, contra la injusticia que es su marca. Pero esta revuelta legítima, estas aspiraciones hacia razones de vivir más válidas y hacia la liberación de un mundo servil, ha sido recuperada en una parte importante por las fuerzas anti-tradicionales, y desviadas sea hacia fines puramente profanos, es decir, hacia corrientes políticas negadoras de lo espiritual, sea hacia agrupaciones pseudo-iniciáticas, pseudo-religiosas, que se disuelven en las búsquedas anárquicas de una espiritualidad sin fundamento, en enfermizas recuperaciones de fragmentos de tradiciones extrañas no adaptadas a nuestra mentalidad, hacia todos los movimientos aberrantes, abiertos a las influencias más sospechosas, a menudo dirigidos por falsos magos, falsos maestros, falsos gurús y charlatanes de toda especie, y ello cuando no se hunden en la droga y la decadencia física. De manera que el auténtico despertar que parece manifestarse en una renovación carismática debe preservarse de las infiltraciones que no dejan de introducirse en las comunidades que se separarían de un sólido apoyo doctrinal y de una vinculación regular a la Tradición. Existen en efecto en este caos razones para no desesperar, pues, a pesar de sus esfuerzos, la contra-iniciación no ha podido destruir completamente a las organizaciones iniciáticas que subsisten, especialmente la Franc-Masonería y el Compagnonnage, que parecen incluso por añadidura retornar a ideas más próximas a su vocación; sin duda, los núcleos religiosos vinculados a la Iglesia se conservarán, pues, si bien dice el Evangelio, "veréis la abominación de la desolación instalada en los santos lugares", lo que no solamente se refiere a la ruina de Jerusalem, también dice que "las puertas del infierno no prevalecerán" contra la Iglesia. Y esto nos conduce a decir algunas palabras acerca de la contra-iniciación y la contratradición en las Escrituras. He hecho alusión al capítulo 3 del Génesis.
Si admitimos que relata el primer acto de la contra-iniciación, se puede quizás considerar también como la primera prueba iniciática que pudiera, si fuera franqueada, hacer acceder al hombre integral, al hombre perfecto edénico de los "pequeños misterios" a los cuales corresponde su estado, hasta el estado de Identidad Suprema de los "grandes misterios".
No pienso que la idea de ver juntos en este acontecimiento (sea cual sea, por otra parte) a la iniciación y a la contra-iniciación deba sorprendernos mucho, puesto que el "mal" resulta de la división de la unidad fundamental. Y esto se aplica por supuesto a la ciencia, que no es en absoluto mala en sí, como se afirma demasiado a menudo por una interpretación abusiva del nombre de "árbol de la ciencia", sino que lo que es radicalmente malo y corrupto es la división de la ciencia en sagrada y profana, cortada ésta de su raíz luminosa. La misma confusión se ha producido en cuanto a la moral, que, cuando está separada de sus raíces, cae en el sentimentalismo o en lo arbitrario, y es contra esta moral que Guénon se alzó en numerosas ocasiones: "es solamente cuando la moral ha perdido todo carácter tradicional que se puede verdaderamente hablar de un "residuo" sin valor y de una pura y simple superstición" (Initiation et réalisation spirituelle, p. 74). Esta división, esta ruptura de la unidad original, afecta desde entonces al lenguaje edénico y opera el desdoblamiento de los símbolos. Guénon ha insistido numerosas veces sobre el doble simbolismo benéfico y maléfico de la serpiente. La serpiente del Génesis mantiene hasta la caída esta doble virtualidad indivisa. Un pasaje del Génesis nos dice claramente que la serpiente no era, originalmente, ese ser reptante y repugnante, ya que Dios dijo: "Sobre tu vientre caminarás y polvo comerás todos los días de tu vida" (Gen., 3, 14), lo que significa que no era así hasta entonces. Pero hay otros episodios bíblicos en los cuales la contra-iniciación aparece claramente, y su análisis desde este punto de vista constituiría un tema de investigación lleno de sentido. En cada uno de ellos podemos ver a la división afectar particularmente a tal o cual aspecto de la tradición. Caín consuma con el asesinato la ruptura entre muerte y sacrificio.
El episodio de los hijos de Noé concierne a una transgresión de las prohibiciones rituales (Guénon señala el simbolismo del vino y de la embriaguez como conocimiento).
Después llega el oscurecimiento del lenguaje, es decir, de la palabra de conocimiento, que se consuma con los constructores de la torre de Babel. En Sodoma, la contrainiciación opera la ruptura entre sexualidad y espiritualidad (agresión contra las huestes angélicas de Loth) y provoca así el castigo de las ciudades culpables. Pero, en los tiempos bíblicos, la fuerza de la Tradición todavía viviente logra la victoria, al menos por un tiempo, sobre las maniobras anti-tradicionales. Estas posibilidades defensivas irán debilitándose. La tentación de Cristo en el desierto nos presenta una especie de resumen o de relato que asimila a la contra-iniciación, con sus grados, que reflejan invirtiéndolas las pruebas iniciáticas, con las tres tentaciones demoníacas. El primer grado, el utilitarismo, está simbolizado por la invitación a transformar las piedras en pan. Es necesario, para mejor penetrar el significado del relato, recordar el simbolismo de la piedra, que Guénon ha desarrollado más de una vez: la piedra angular, la piedra filosofal, la clave de bóveda, etc., que el demonio propone convertir en pan material, en alimento consumible y efímero, y ello por la fuerza misma del espíritu ("si tú eres el Hijo de Dios"). A esta prostitución del intelecto, a sus desviaciones de los fines para los cuales ha sido dado, Cristo opone el conocimiento iniciático y perfecto por el cual el espíritu existe ("toda palabra que sale de la boca de Dios").
El segundo grado ya no es la simple satisfacción de las necesidades materiales del hombre, sino que aquí el espíritu debe servir al culto del hombre. Los grados superiores (los ángeles) deben servir a los niveles inferiores ("que no tropiece tu pie en piedra alguna"). Es esta tentación de los poderes, esta atracción por los fenómenos extraordinarios, por los prodigios, un peligro en toda vía iniciática denunciado muchas veces por Guénon, que en la caída simbólica de lo alto del Templo revela toda su perversidad. La respuesta "no tentarás al Señor tu Dios" (Mt., 4, 7; Lc., 4, 12) es una clara advertencia a no usar lo que es divino para saciar una voluntad de potencia que nada tiene de espiritual (tirarse del templo hacia abajo es abandonar lo espiritual por lo terrestre). Habría mucho que decir sobre la oposición entre tentación y prueba.
En fin, el tercer y último grado es alcanzado cuando no es siquiera el hombre lo que es adorado, sino el demonio, el "príncipe de este mundo", las potencias inferiores, sean cuales sean los nombres que se les dan, y ello para poseer no ya "poderes", formas degeneradas de una potencia auténtica, sino la pura ilusión, la pura nada de un mundo separado definitivamente de toda comunicación con el principio supremo, sobre el cual el hombre abandonado a las potencias inferiores ejercería un dominio insignificante, verdadero infierno y condenación en el sentido propio del término. A este último grado de decadencia, a este fondo del abismo, se opone el punto más elevado, el principio supremo: "Adorarás a tu Dios y sólo a él rendirás culto".
Y esto nos lleva directamente a otro tema de la contra-iniciación constantemente retomado en los Evangelios, el de la riqueza material, y más especialmente la posesión del dinero. Conviene señalar una vez más la asombrosa agudeza de la mirada que Guénon fija a veces sobre acontecimientos de los que prevé el desarrollo, no por un don de "clarividencia" -mostraba hacia este género de "poder" una gran desconfianza- sino por la sola lógica de la interpretación tradicional. He aquí lo que decía respecto al dinero, tras haber recordado que la circulación de las monedas no siempre había tenido la función únicamente profana que conocemos, sino que podía tratarse de algo que estaba "verdaderamente cargado de una influencia espiritual", cuya acción efectivamente podía ejercerse por medio de los símbolos que constituían su "soporte normal": "Para volver más especialmente a la cuestión de la moneda, debemos añadir que a este respecto se produce un fenómeno digno de señalar: y es que, desde que la moneda ha perdido toda garantía de un orden superior, ésta ha visto incluso a su valor cuantitativo, o lo que en la jerga de los "economistas" se denomina "valor de compra", disminuir cada vez más, si bien puede concebirse que, en el límite al que se aproxima progresivamente, habrá perdido toda razón de ser, incluso toda razón práctica y material, y deberá desaparecer de la existencia humana" (Le Règne de la Quantité, p. 112). Uno no puede impedir, leyendo estas líneas publicadas en 1945, pensar en nuestras "crisis monetarias" en las cuales el mundo se debate desde hace años sin que encuentre una salida.
Es necesario unir estas reflexiones sobre el dinero a la extrema severidad que manifiesta Cristo a este respecto. En el episodio del impuesto del César, Jesús hace que le muestren un denario y pregunta de quién es la esfinge que lleva. Hay aquí como una constatación solemne de la desaparición de los símbolos sagrados, quizá anticipada, pero Cristo siempre se sitúa fuera del tiempo en las declaraciones importantes. El hecho de que la moneda lleve la esfinge del César indica su aspecto profano y profanador. Así pues, es preciso dar el dinero al César, al príncipe de este mundo (y esta asimilación es perfectamente tradicional). Lo mismo se proclama en otras ocasiones:
"No se puede servir a Dios y al dinero. Es preciso echar a los mercaderes del templo. Más difícil es para un rico...", etc. En fin, los treinta denarios de Judas consuman la maldición definitiva del dinero. Es sin duda éste lo que más integralmente pertenece al reino de la cantidad, es decir, a las potencias inferiores. Por ello no vehiculará más que influencias maléficas, corrupción y muerte. Será también al arma más potente de la contra-iniciación, la más eficaz para penetrar en todos los dominios. Al parecer, se puede ver en el dinero la imagen invertida, la caricatura satánica de la Eucaristía que une a los hombres en la "comunión" con el principio, mientras que el dinero alimenta entre sus adoradores un interés sórdido y lleno de odio. Si, como cree Guénon, debe desaparecer un día, ello será sin duda para dejar lugar a influencias inferiores más sutiles, aunque no menos nefastas.
No se puede tratar de la contra-iniciación sin decir algunas palabras sobre el psicoanálisis. No me alargaría en este dominio, que no es el mío, si Guénon no hiciera alusión a él siempre que habla de la contra-iniciación.
No sería honesto por mi parte silenciarlo. Guénon veía aquí precisamente una de las influencias inferiores de carácter más sutil y peligroso, y en referencia a ello se expresó a veces con una violencia que sorprende. La rectitud de sus opiniones en otros dominios puede quizás incitarnos a no rechazar demasiado rápidamente sus indicaciones a este respecto, y sobre todo a situarlo en la perspectiva que siempre ha sido la suya, la de la realización espiritual. Si toda ciencia que se desarraiga voluntariamente de la comunicación con las esferas superiores es peligrosa, ¿cómo no va a serlo cuando tiene por objeto el psiquismo del hombre? Ahora bien, es cierto que lo que dice Guénon sobre la confusión entre lo psíquico y lo espiritual es perfectamente exacto y se aplica al psicoanálisis en la mayoría de los casos. No menos exacta es la afirmación de Guénon según la cual un descenso a los infiernos, al que podría ser asimilada una terapia psicoanalítica, no es legítimo ni benéfico sino cuando prepara un ascenso iniciático. Podría apoyar esta opinión con numerosos ejemplos, en los que el tratamiento psicoanalítico ha desembocado en catástrofes o incluso en el suicidio; no lo haré, pues se podría objetar, y frecuentemente esto es exacto, que estos casos son debidos a malas prácticas, y a estos fracasos podrían oponerse éxitos igualmente numerosos. Es entonces de las curas "con éxito" de lo que diré algunas palabras.
Pues, en el mejor de los casos, el antiguo enfermo "desculpabilizado" es reintegrado a "este mundo". Su problema se soluciona con la reinserción en el medio. Su angustia, que quizá era el signo de una saludable insatisfacción, deja lugar a un humor más normal. Sin hablar de los casos extremos, es evidente que el psicoanalizado sanado encuentra su equilibrio en las actividades profanas y sociales, y a menudo es puesto en guardia contra la práctica religiosa. Es grande el número de psicoanalizados que, o bien abandonan toda práctica religiosa, o bien sustituyen a la filiación regular a una tradición la vinculación con grupos u organizaciones más o menos engañosas, con el pretexto de que ellas convienen a su personalidad o les permiten expresarse mejor, lo que en una perspectiva espiritual no basta. Así, adoptar el punto de vista de Guénon sobre el aspecto antitradicional del psicoanálisis no significa en absoluto negar su eficacia, sino cuestionar el objetivo que se propone y que a veces alcanza, y es sobre este punto que yo pediría al Dr. Schnetzler completar estas indicaciones precisando cuál es el fin que puede alcanzar el psicoanálisis conducido en una perspectiva verdaderamente espiritual
Antes de terminar, quisiera señalar otro de esos insidiosos medios que tienen como efecto degradar casi insensiblemente ciertas nociones esenciales; quiero hablar del desarrollo en un cierto sentido anti-tradicional de los estudios lingüísticos. El lenguaje, llamado "Verbo de Dios", "Palabra que sale de la boca de Dios", siempre ha significado en las auténticas tradiciones la potencia creadora, el supremo conocimiento, la manifestación del Principio mismo, y ha sido el vehículo de la enseñanza y de los ritos. No hay necesidad de recordar aquí la potencia de los nombres sagrados, la virtud de los mantras, la de ciertas oraciones, la fuerza de las fórmulas mágicas.
El lenguaje siempre ha significado conocimiento y potencia. Es un eficaz instrumento de la búsqueda espiritual. La lingüística moderna ha menudo es considerada como una ciencia piloto; se acuerda entonces siempre una considerable importancia al lenguaje y, por ello, ¿no aparece la lingüística como un ejemplo particularmente notable de esa inversión de los símbolos, de ese reflejo invertido, que la contrainiciación presenta siempre de las grandes verdades iniciáticas? Aquí, la ruptura con los principios tradicionales finaliza en esa noción del "se dice", propuesta por las teorías contemporáneas. Ya no es el hombre quien dice, "se dice", y es lícito preguntarse con una cierta inquietud qué se oculta tras esa impersonalidad. Es preciso notar que la idea misma del "se dice" es bastante tradicional, cuando está unida a una enseñanza auténtica. Un maestro espiritual puede decir:
"No eres tú quien habla, no eres tú quien piensa, en realidad eres una especie de nudo de pensamientos flotantes, de influencias, de condicionamientos, y eso es tu "yo". Pero se parte de ello para descubrir que el lenguaje no es ese "se", que es necesario reencontrar la palabra perdida remontándose hasta la fuente. Pero si se nos abandona en este nivel, como hace la lingüística, ¿dónde nos encontraremos? Incluso la estética literaria se reduce en muchos casos a una cuantificación confiada a los ordenadores. Y se podrían comparar ciertos juegos literarios actuales con la imagen invertida de las ciencias del lenguaje tales como la cábala.
El "oulipo" de quien se hablaba ayer, el "potencial obrador de literatura", no es otra cosa que la literatura del "se habla"; se conoce uno de sus procedimientos, el "X + 7", que consiste en reemplazar en un texto todos los sustantivos por la séptima palabra que le sigue en el diccionario, y, cosa curiosa, se practica sobre todo con los textos sagrados. Señalemos que estos procedimientos, reducidos al ínfimo dominio que debería ser el suyo, podrían encontrar una utilidad en el análisis de las estructuras lingüísticas aplicadas a un aspecto práctico, al uso, a la evolución de las formas del lenguaje. Todo lo que implique búsqueda de conocimiento, a un nivel cualquiera, incluso inferior, es perfectamente legítimo a condición de no hacerlo el "todo" del lenguaje, y de situarlo en su justo nivel; pero desgajado de su principio, tomado sólo como ciencia del lenguaje, esa parodia de lo que significa el grado más elevado del conocimiento, esa "ciencia piloto", aparece como una imagen particularmente significativa de la contra-tradición e incluso de su último grado. Si "Al comienzo era el Verbo", al final no hay más que palabras, ruido. En el principio, Dios habla, y en el final "se habla".
Soy consciente de haber resumido y esquematizado hasta el extremo un tema demasiado vasto. He intentado exponer aquello que permitiría a cada uno desarrollar las implicaciones y discernir los signos de la contra-iniciación en las múltiples falsificaciones de las verdades que nos son propuestas. No he podido abordar todos los aspectos de la cuestión.
Es así que he pasado bajo silencio un dominio extremadamente importante, el del arte, cuya destrucción forma parte del programa ciego de una cierta vanguardia. Basta recordar la importancia del arte en todas las tradiciones (muchos símbolos han llegado hasta nosotros por su mediación), pensar en los monumentos, en los templos, en las catedrales, para percatarse de lo que significaría la desaparición, desde el único punto de vista que nos ocupa, de esos tesoros artísticos y su sustitución por una vaga "creatividad" que no dependería más que de una psicología lúdica. No discuto la utilidad de esta actividad espontánea, pero convertirla en la única creación artística me parece extremadamente grave. Ya no hay lugar para ningún arte tradicional en una tal perspectiva, ya que se trata de construcciones efímeras: se fabrica, se rechaza, se recomienza, uno se divierte, juega; el arte es algo distinto. Hay aún otra noción cuya imagen invertida habría podido ocuparnos hoy, y es la idea de "libertad" o de lo que así se llama en nuestra época, opuesta a la "liberación", objetivo último de la iniciación, y de la cual se nos propone una caricatura.
Me he guardado también de toda anticipación. ¿Qué aspectos revestirá mañana la contra-iniciación, y cómo serán los "últimos tiempos", y especialmente cómo aparecerá el reino del Anticristo? No puedo hacer más que reenviar al capítulo 39 del Règne de la Quantité, del que he extraído dos cortos pasajes que servirán de conclusión. Son apropiados para despertar nuestra vigilancia y para preservar lo que hay de positivo en ciertos movimientos actuales que, tanto pueden convertirse en los gérmenes de una renovación espiritual, como en los vehículos de las peores desviaciones, según mantengan lazos con la auténtica tradición o se dejen investir por las fuerzas contrarias.
He aquí estos dos fragmentos del Règne de la Quantité; hablando de lo que se ha llamado la "espiritualidad al revés", y que no es por otra parte más que una falsa espiritualidad, Guénon declara: "Es esto, en realidad, la "renovación espiritual" de la que algunos, a veces muy inconscientemente, anuncian con insistencia la próxima venida, o aún, la nueva era en la cual se esfuerzan por todos los medios en hacer entrar a la humanidad actual, y que el estado de "espera" general, creado por la difusión de las predicciones de las que hemos hablado, puede contribuir a apresurar efectivamente. La atracción por el "fenómeno", al que hemos considerado como uno de los factores determinantes de la confusión entre lo psíquico y lo espiritual, puede igualmente desempeñar a este respecto un importante papel, pues es por ello que la mayoría de los hombres serán engañados en el tiempo de la "contra-tradición", ya que se dice que los "falsos profetas" que surgirán entonces "harán grandes prodigios y cosas asombrosas, hasta llegar a seducir, si ello es posible, a los propios elegidos".
Y ahora el segundo fragmento, particularmente importante a mi entender, pues nos puede hacer entender tanto los "poderes" reclamados por la "base" en todos los dominios, como algunas expresiones tales como la "calidad de vida", que se comienzan a usar con insistencia, en un sentido bastante sospechoso:
"Ya no será el "reino" de la cantidad, que en suma no era sino el objetivo de la antitradición; será, por el contrario, tras el pretexto de una falsa "restauración espiritual", una especie de reintroducción de la cualidad en todo, pero una cualidad tomada como el reverso de su valor legítimo y normal; tras el igualitarismo de nuestros días, existirá de nuevo una jerarquía visiblemente afirmada, pero una jerarquía invertida, es decir, propiamente una "contrajerarquía", cuya cúspide estará ocupada por el ser que, en realidad, tocará más cerca que ningún otro el fondo mismo de los abismos infernales".