Los nativos norteamericanos en el cine - Mª Dolores Clemente Fernández
Tratamiento y evolución del personaje del “piel roja”
La imagen de los nativos norteamericanos ofrecida por el cine ha ido evolucionando a lo largo del tiempo, oscilando entre el prejuicio y la mitificación.
Cuando se habla de cine sobre nativos norteamericanos, en seguida vienen a la mente los consabidos westerns sobre “indios y vaqueros”. Imágenes estereotipadas de salvajes feroces y pintarrajeados que asaltan caravanas de pioneros inermes, que acechan en bosques umbríos o que cabalgan mientras disparan flechas y ululan como animales.
El género del western condensó, ya desde sus orígenes, toda la épica asociada a la génesis y crecimiento de los Estados Unidos. Elaboró una historia cargada de heroísmo acerca del avance hacia el Oeste y de la colonización de extensos territorios; o, dicho de otra forma, de cómo se fue estableciendo (y de cómo fue avanzando) la “frontera” que delimitaba los espacios “civilizados” de los “salvajes”, habitados por los indios.
En su recreación del pasado histórico-mítico del país, el western elevó al pionero a la categoría de héroe nacional, a la vez que presentó la ocupación de territorios como una misión sagrada, amalgamando la creencia de la Tierra Prometida contenida en el Antiguo Testamento con el mito del “Destino Manifiesto”.
Este tratamiento tan autocomplaciente, que justificaba la subyugación de los pobladores aborígenes, empezó a matizarse a partir de los años cincuenta. Películas como “La puerta del diablo” (“Devil’s Doorway”, Anthony Mann, 1950) o “Flecha rota” (“Broken Arrow”, Delmer Daves, 1950) fueron los primeros exponentes del denominado “cine revisionista”, que abogaba por una visión del nativo más compasiva y comprensiva.
El nativo, un obstáculo para el progreso
Muchos filmes revisionistas presentaban al indio como un personaje noble pero perteneciente al pasado. Desgraciadamente para él, el “piel roja” formaba parte de una sociedad atrasada, por lo que no podía sino ser arrastrado por el avance de la civilización (del hombre blanco).
En este sentido, la derrota de los “pieles rojas” solía ser observada como el triunfo de la civilización sobre el salvajismo y la superación de un estadio primitivo de desarrollo.
“Una gran figura que camina, aplasta muchas flores inocentes, destruye por fuerza muchas cosas, a su paso” (Hegel, Lecciones sobre filosofía de la historia universal). El progreso y la mejora de la sociedad, irremediablemente, deja muertos en el camino; las víctimas, por tanto, forman parte del coste de la historia. Esta visión late tras muchas de las producciones que recrean el imparable choque entre los universos blanco e indio, interpretando la (inevitable) derrota del segundo siempre desde el prisma del vencedor.
Algunas películas, las menos, atacan con crudeza esa concepción de progreso. Una de ellas es “La última cacería” (“The Last Hunt”, Richard Brooks, 1956), en la que se critica el sadismo y materialismo de un mundo occidental que se autodestruye destruyendo inmisericordemente a la Naturaleza y a los seres que la habitan.
Una responsabilidad histórica
Habría que esperar hasta los años setenta para que el cine comenzara a barajar abiertamente la tesis del genocidio. De la misma forma, se empezaron a cuestionar el concepto de progreso y su justificación moral.
Obras como “Pequeño Gran Hombre” (“Little Big Man”, Arthur Penn, 1970) o “Soldado azul” (“Soldier Blue”, Ralph Nelson, 1970) denuncian claramente el exterminio de los pueblos amerindios perpetrado por el gobierno de los Estados Unidos.
En ocasiones, se toma la figura del indio como el símbolo de la comunión con la Naturaleza y del respeto al medio ambiente. En esta interpretación de corte ecológico y nostálgico, el “piel roja” se asemeja al “buen salvaje” y se funde con su entorno, por lo que su muerte o arrinconamiento se observa como la ruptura del hombre occidental con la Naturaleza.
Tal es el caso, por ejemplo, de la película “El Nuevo Mundo” (“The New World”, Terrence Malick, 2005), que presenta la fundación de la colonia de Jamestown como el pistoletazo de salida de la dominación occidental y de la subsiguiente opresión y aniquilamiento de los aborígenes norteamericanos.
Denunciando las injusticias del pasado
El cine se ha revelado como una herramienta muy valiosa para denunciar los abusos del pasado y para reparar, al menos en parte, los daños resultantes de la manipulación y falseamiento de la imagen y la historia de los pueblos nativos (redimiéndose de paso como principal generador de imágenes distorsionadas).
Al convertirse en una figura estereotipada en la literatura y posteriormente en el cine, el indígena norteamericano sufrió un proceso de transformación, en el que su realidad y su historia se simplificaron y adulteraron.
El cine elaboró un retrato de los nativos desde la óptica del vencedor. El apodado “piel roja” u “hombre rojo” (“redskin” o “redman”) se revistió de un manto de exotismo primitivo y su sojuzgamiento se interpretó como la lógica consecuencia de su incapacidad a la hora de adaptarse al mundo occidental. De esta forma, en muchos filmes se infería que la trágica “desaparición” de los indios era culpa de ellos mismos.
Otras producciones han tratado de denunciar las enormes injusticias cometidas con los pueblos aborígenes. Así sucede en la exitosa “Bailando con Lobos” (“Dances with Wolves”, Kevin Costner, 1990), en donde el protagonista (Kevin Costner), un oficial nordista hastiado de la guerra, establece una relación de amistad con una tribu lakota.
Obras como “Bailando con Lobos” o la mencionada “El Nuevo Mundo” rechazan una noción de progreso que “sólo puede mantenerse destruyendo especies, contaminando los mares, polucionando el aire y, sobre todo, produciendo víctimas. Y eso ¿por qué? Porque lo que importa es la conquista de nuevas metas y lo que no importa y carece de significación es el coste humano, social y material de las conquistas” (Entrevista a Manuel-Reyes Mate).
En este mismo punto de vista se sitúa la reciente “Avatar” (“Avatar”, James Cameron, 2009), película de ciencia-ficción que plantea la colisión entre los humanos y los Na’vi en Pandora, la luna de un lejano planeta llamado Polifemo. Los invasores humanos arriban a Pandora dispuestos a arrebatar sus riquezas minerales arrasando todo a su paso. Los aborígenes deberán luchar por su supervivencia y por la de todo su mundo.
“Avatar”, que versiona libremente la historia de Pocahontas, metaforiza la opresión sufrida por las poblaciones indígenas a manos del colonialismo, de las conductas imperialistas de las principales potencias y de la actitud depredadora de las grandes corporaciones.