LAS FALSIFICACIONES DE LA IDEA TRADICIONAL I - Rene Guenon
LAS FALSIFICACIONES DE LA IDEA TRADICIONAL*
Llamábamos la atención, en nuestro último artículo, sobre el carácter de “falsificación” que implica el abuso que se hace, en nuestra época, de ciertas palabras tales como “principios”, “tradición”, “religión”, y muchas otras todavía, abuso inconsciente en el mayor número, sin duda, pero que no deja claramente de responder a los designios de subversión de todo orden normal según los cuales es dirigida toda la mentalidad actual. Se podría incluso decir que ese carácter se encuentra, de manera mucho más generalizada, y bajo múltiples formas, en todo el conjunto de lo que constituye propiamente la civilización moderna, donde, cualquiera que sea el punto de vista con el que se considere, todo aparece cada vez más artificial, desnaturalizado y falsificado; muchos de los que hoy hacen la crítica de esta civilización están tocados por ella, incluso cuando no saben ir más lejos y no tienen la menor sospecha de lo que se oculta en realidad tras todo eso. Bastaría sin embargo, nos parece, con un poco de lógica para poder decir que, si todo se ha hecho tan artificial, la mentalidad misma a la cual corresponde este estado de cosas no debe serlo menos que el resto, que debe ser “fabricada” y no espontánea; y, desde que se hubiera hecho esta misma reflexión, no podrían dejarse de ver los indicios concordantes en tal sentido, multiplicarse por todas partes y casi indefinidamente; pero hay que creer que desgraciadamente es bien difícil escapar tan completamente a las “sugestiones” a las cuales hemos hecho alusión, y a las cuales, en definitiva, debe su existencia el mundo moderno como tal.
Hemos dicho también que ese carácter de “falsificación”, constituye, por sí mismo, una “marca” muy significativa en cuanto al origen real de lo que está afectado por ella y, por consiguiente, de la desviación moderna entera, de la cual pone bien en evidencia su naturaleza verdaderamente “satánica”. Ya nos hemos explicado suficientemente, en otras ocasiones, sobre el sentido que damos a esta palabra, para que pueda haber algún equívoco: Se aplica, en suma, a todo lo que es negación e inversión del orden, en el dominio que sea, y son ésos, sin la menor duda, los efectos que podemos comprobar alrededor de nosotros.
Pero, al mismo tiempo, no hay que olvidar que este espíritu de negación es también, y en cierto modo por necesidad, el espíritu de mentira; reviste todos los disfraces, y frecuentemente los más inesperados, para no ser reconocido por lo que es, para hacerse incluso pasar por todo lo contrario, y es aquí precisamente cuando aparece la “falsificación”; ¿no se dice, en efecto, que “Satán es el simio de Dios” y también que “se transfigura en ángel de luz”?
Ello viene a significar que, a su manera, es decir, alterándolo y falseándolo de modo que siempre pueda servir para sus fines, imita aquello mismo a lo que desea oponerse: por lo tanto, se las arreglará para que el desorden adopte la apariencia de un orden falso, disimulará la negación de todo principio con la afirmación de unos principios falsos y así sucesivamente. Naturalmente, todo esto no puede ser en realidad más que un simulacro e incluso una caricatura, si bien presentada con la suficiente habilidad como para que la inmensa mayoría de los hombres se deje engañar por ella; ¿cómo asombrarse de que así ocurra cuando se está presenciando hasta qué punto las más groseras supercherías consiguen imponerse con toda facilidad a la muchedumbre y hasta qué punto resulta difícil, en cambio, llegar posteriormente a sacarla de su engaño? «Vulgus vult decipi», decían ya los antiguos; y, sin duda se han encontrado siempre, ia pesar de no haber llegado nunca a ser tan numerosos como en nuestros días, gente dispuesta a añadir: «¡ergo decipiatur!»
No obstante, al decir falsificación también se dice parodia: son casi sinónimos; en todas estas cuestiones hay invariablemente un elemento grotesco que puede ser más o menos aparente pero que, en todo caso, no debería escaparse a la perspicacia de unos observadores un poco perspicaces, siempre y cuando las «sugestiones» que sufren inconscientemente no destruyesen su natural perspicacia.
Éste es el aspecto que hace que incluso la más hábil mentira no pueda menos que revelarse; y, por supuesto, esto también constituye una «marca» de origen, inseparable de la propia falsificación, y que normalmente debe permitir reconocerla como tal. Si quisiésemos citar
* "Les contrefaçons de l´idee traditionnelle"". Publicado en Études Traditionnelles, París, noviembre y diciembre de 1936. Nota del Editor. (Traducción italiana en René Guénon, La Tradizione e le tradizioni, Mediterranee, Roma, 2003. Reelaborado por el autor para formar los capítulos XXIX y XXXVI de Le Règne de la Quantité: “Desviación y subversión” y “La pseudo-iniciación”. Nota del Traductor).
aquí una serie de ejemplos tomados de las diversas manifestaciones del espíritu moderno probablemente el único problema sería el de su elección, desde los pseudo-ritos «cívicos» y «laicos», que tanta extensión han tenido durante los últimos años y que tratan de suministrar a la «masa» un sustituto puramente humano de los verdaderos ritos religiosos, hasta las extravagancias de un supuesto «naturismo» que, a pesar de su nombre, no resulta menos artificial, por no decir «antinatural», que las inútiles complicaciones de la existencia contra las que pretende reaccionar mediante una ridícula comedia, cuyo verdadero propósito no es otro que el de hacer creer que el «estado natural» se confunde con la animalidad; ¡incluso el propio reposo del ser humano ha terminado por verse amenazado de desnaturalización en virtud de la idea, de una «organización del ocio»! Dejamos deliberadamente al margen todos los hechos que no son del dominio público, limitándonos por tanto a cuanto todo el mundo puede comprobar sin ningún esfuerzo; ¿no es verdaderamente increíble que aquéllos que son sensibles, no ya al peligro que implican sino simplemente a su carácter ridículo, sean tan pocos que representan verdaderas excepciones? A este respecto, debería hablarse de «pseudo-religión», «pseudo-naturaleza», «pseudo-reposo», y así con todo lo demás; de hecho, si se pretendiese hablar siempre según la verdad estricta, habría que hacer uso continuo del prefijo «pseudo» en la designación de todos los productos específicos del mundo moderno, para indicar lo que son en realidad: son falsificaciones y nada más, unas falsificaciones cuyo objeto es sobradamente obvio para todos aquellos que se paren a reflexionar sobre ello.
Cualquiera que sea por lo demás la idea más particular que cada uno pueda hacerse de lo que se denomina “Satán”, según ciertos puntos de vista teológicos u otros, ello no podría cambiar nada de lo que acabamos de decir, pues está bien claro que las «personificaciones» no tienen ninguna importancia desde nuestro punto de vista y en modo alguno tienen por qué intervenir en estas consideraciones Lo que hay que considerar, por una parte, es el espíritu de negación y de subversión en que cristaliza «Satán» metafísicamente, cualesquiera sean las formas especiales que pueda adoptar para manifestarse en tal o cual ámbito y, por otra parte, lo que en rigor le representa y «encarna», hasta cierto punto, en el mundo terrestre en donde consideramos su acción y que no es otra cosa que lo que hemos llamado la «contrainiciación». Hay que precisar que hablamos de «contrainiciación» y no de «pseudo iniciación», que es algo muy diferente; pues, en efecto, no conviene confundir al falsificador con la falsificación, uno de cuyos múltiples ejemplos es la «pseudo iniciación» tal y como existe en la actualidad dentro de numerosas organizaciones que en gran parte se integran en algunas de las formas del «neo-espiritualismo» y que merece este apelativo por las mismas razones que los otros casos considerados en diferentes órdenes, si bien, como falsificación de la iniciación, tal vez presente una importancia más especial aún que la falsificación de cualquier otra cosa.
La «pseudo-iniciación» no es en realidad más que uno de los productos característicos del estado de desorden y confusión provocado en la época moderna por la acción «satánica» que tiene su punto de partida consciente en la «contrainiciación»; también puede ser, de manera inconsciente, un instrumento de ésta; mas, en el fondo, en un grado u otro, ello se cumple igualmente en todas las demás falsificaciones, en la medida que son todas como otros tantos medios coadyuvantes a la realización del propio plan de subversión, de manera que cada una desempeña el papel más o menos importante que le es asignado en este conjunto, lo que, por otra parte, constituye igualmente una especie de falsificación del orden y de la armonía contra las que está fundamentalmente dirigido el plan.
Por su parte, la «contrainiciación», ciertamente, no es una mera falsificación completamente ilusoria sino algo muy real dentro de su orden, como lo demuestra perfectamente la acción que ejerce efectivamente; por lo menos no es una falsificación más que en la medida misma en que imita necesariamente a la iniciación como podría hacerlo una sombra invertida de ésta, a pesar de que su verdadera intención no sea la de imitarla, sino la de oponerse a ella. Por otra parte, tal pretensión es forzosamente vana, ya que el ámbito metafísico y espiritual le está vedado, precisamente por encontrarse más allá de todas las oposiciones; no puede más que limitarse a ignorarlo o bien a negarlo y en ningún caso puede ir más allá del «mundo intermediario», es decir, del ámbito psíquico, que es por todos los conceptos el campo de influencia privilegiado de «Satán» en el orden humano; mas no por ello desaparece la intención ni el compromiso que implica de seguir la trayectoria inversa de la iniciación.
En cuanto a la «pseudo iniciación» no es más que una de esas parodia de las que hablamos continuamente, lo que equivale a decir que por sí misma no es nada, que carece de toda realidad profunda o, si se prefiere, que su valor intrínseco no es ni positivo, como el de la iniciación, ni negativo como el de la «contrainiciación», sino simplemente nulo; no obstante, si no se reduce a un juego más o menos inofensivo, como nos veríamos tentados a creer en tales condiciones, ello se debe a cuanto, en general, hemos explicado acerca del verdadero carácter de las falsificaciones y del papel al que están destinadas; también es preciso señalar, en este caso especial, que en virtud de su naturaleza «sagrada», en el más estricto sentido de la palabra, los ritos son algo que nunca es posible simular impunemente. Volvemos así a la cuestión de las falsificaciones «pseudo tradicionales» y de lo que supone su gravedad absolutamente especial, gravedad que alcanza evidentemente su grado máximo cuando esas falsificaciones el lado «interior» de la tradición, lo que constituye su propio espíritu, es decir, el dominio esotérico o iniciático.
Me gusta la chacra dar de comer a los patos rezar el rosario y levantarme temprano