LAS FALSIFICACIONES DE LA IDEA TRADICIONAL II - Rene Guenon
Puede señalarse que la «contrainiciación» se dedica a introducir a sus agentes en las organizaciones «pseudoiniciáticas» a las que de esta forma «inspiran», a espaldas de sus miembros ordinarios e incluso, con bastante frecuencia, de sus jefes aparentes que son tan inconscientes como los demás de los fines a los que se les destina en realidad; no obstante, conviene decir que, de hecho, también les introduce de forma parecida en todas las partes, en todos los «movimientos» más exteriores del mundo contemporáneo, sean éstos políticos o no, e incluso, como antes decíamos, hasta en las organizaciones auténticamente iniciáticas o religiosas cuyo espíritu tradicional está demasiado debilitado como para poder aún resistir tan insidiosa penetración. No obstante, a pesar de este último caso que permite ejercer de la manera más directa una acción altamente disolvente, el de las organizaciones «pseudoiniciáticas» es sin duda alguna el más llamado a retener la atención de la «contrainiciación», convirtiéndose en objeto idóneo de sus esfuerzos, por el hecho mismo de que la obra que se propone sea sobre todo antitradicional y que en realidad sea a este propósito al que se reduce por entero.
Probablemente ésta es la razón de que existan múltiples vínculos entre las manifestaciones «pseudoiniciáticas» y toda otra suerte de cosas que, a primera vista, parecerían no tener la menor relación con ellas, pero que son representativas todas ellas del espíritu moderno en algunos de sus aspectos más acentuados; pues ¿cuál sería entonces la razón, si no ocurriese esto, de que los «pseudoiniciados» desempeñen constantemente tan predominante papel en todo el proceso?
Podría decirse que, entre los instrumentos o los medios de todo tipo que han sido utilizados para alcanzar el objetivo, la «pseudo iniciación», por su propia naturaleza, debe lógicamente ocupar el primer lugar; es evidente que sólo es un engranaje, mas se trata de un engranaje que puede mandar sobre otros muchos, una pieza sobre la que las demás se engranan recibiendo de ella su impulso. En este caso todavía prosigue la falsificación: con esto, la «pseudo iniciación» imita la función de motor invisible que, en el orden normal, es propia de la iniciación; no obstante, hay que tener muy en cuenta lo siguiente: la iniciación representa verdadera y legítimamente el espíritu, animador primordial de todas las cosas, mientras que, en lo referente a la «pseudo iniciación», el espíritu está verdaderamente ausente.
De ello se deduce inmediatamente que la acción así ejercida, en lugar de ser verdaderamente «orgánica», sólo puede tener un carácter puramente «mecánico», con lo que queda justificada la comparación con un ingenio de tal índole que acabamos de utilizar; además, ¿no es precisamente este carácter, como ya hemos visto, el que se encuentra por doquier y de la forma más sorprendente en el mundo actual donde la máquina lo va invadiendo todo cada vez más y en el que el propio ser humano se ve reducido, en toda su actividad, a parecerse lo más posible a un autómata, dado que se le ha privado de toda su espiritualidad? Mas es aquí donde se pone de relieve toda la inferioridad de las producciones artificiales, incluso cuando una habilidad «satánica» ha presidido su elaboración; pueden fabricarse máquinas pero nunca seres vivientes porque, una vez más, es el propio espíritu el que falta y faltará siempre.
Ya hemos hablado de «motor invisible» y, aparte de la voluntad de imitación que se manifiesta una vez más desde este punto de vista, hay en esta especie de «invisibilidad», por muy relativa que sea, una indudable ventaja de la «pseudo iniciación», en cuanto al papel que acabamos de indicar, sobre cualquier otra cosa que tenga un carácter más «público». No se trata de que la mayoría de las organizaciones «pseudoiniciáticas» tengan mucho cuidado en disimular su existencia; las hay incluso que llegan a hacer abiertamente una propaganda perfectamente incompatible con su aspiración de alcanzar el esoterismo; mas, a pesar de esto, siguen siendo lo menos aparente y lo que mejor se presta al ejercicio de una acción «discreta» y en consecuencia aquello con lo que la «contrainiciación» puede entrar más directamente en contacto sin tener que temer que su intervención pueda ser desenmascarada tanto mas cuanto que, en estos medios, siempre es fácil encontrar algún procedimiento para preservarse de las consecuencias de una indiscreción o de una imprudencia.
También hay que decir que gran parte del público, si bien conoce más o menos la existencia de organizaciones «pseudoiniciáticas», no tiene una idea demasiado clara de lo que pueden ser y no está demasiado dispuesta a conferirles importancia por no ver en ellas sino simples «excentricidades» sin una influencia seria; además, esta indiferencia también sirve a los mismos designios, si bien de forma involuntaria, como podría hacerlo un secreto más riguroso. Hemos intentado hacer comprender, con la mayor exactitud, el papel real aunque inconsciente de la «pseudo iniciación» y la verdadera naturaleza de sus relaciones con la «contrainiciación»; también convendría añadir que, al menos en ciertos casos, ésta puede encontrar en la primera un medio de observación y de selección para su propia leva de adeptos, mas no es éste el lugar más indicado para insistir sobre ello. De lo que no se puede dar una idea ni siquiera aproximada es de la multiplicidad y la complejidad increíble de las ramificaciones que de hecho existen entre todas estas cuestiones, cuyas exactas proporciones sólo podrían apreciarse mediante un estudio directo y minucioso; debe, empero, quedar claro que lo que aquí nos interesa es el «principio». Pero todavía no hemos concluido: hasta ahora hemos visto la razón por la que la idea tradicional es falsificada por la «pseudo iniciación»; ahora nos queda por ver con mayor precisión cómo ocurre esto, y es lo que examinaremos en la segunda parte de este estudio.
Uno de los medios más simples de que disponen las organizaciones «pseudoiniciáticas» para fabricar una falsa tradición destinada a ser utilizada por sus adeptos, es sin duda, el «sincretismo», que consiste en reunir como buenamente se pueda una serie de elementos tomados de un lado y otro, yuxtaponiéndolos hasta cierto punto «desde el exterior», sin ninguna comprehensión real de lo que verdaderamente representan en las diversas tradiciones a las que en rigor pertenecen.
Como es preciso conferirle a este ensamblaje más o menos informe cierta apariencia de unidad, con el fin de poder presentarlo como una «doctrina», se hará un esfuerzo en agrupar a tales elementos en torno a algunas «ideas directrices», que esta vez no estarán originadas en la tradición sino que, por el contrario, pertenecerán al acervo de las concepciones profanas y modernas y por lo tanto puramente antitradicionales; ya hemos observado a propósito del «neo-espiritualismo» que, sobre todo la idea de «evolución», desempeña a este respecto un papel preponderante.
Es fácil comprender que con ello las cosas se agravan sustancialmente: en estas condiciones, ya no se trata de construir una especie de «mosaico» sobre la base de los fragmentos de las diversas tradiciones, lo que en definitiva podría no ser más que un juego perfectamente absurdo, si bien prácticamente inofensivo; de lo que se trata verdaderamente es de adulteración y también podríamos decir que de «desviación» de los elementos tomados a préstamo, puesto que de esta forma no quedará más remedio que darles un sentido que quedará alterado, para armonizar así con la «idea directriz», hasta enfrentarse directamente con el sentido tradicional.
Además, debe quedar perfectamente claro que los que actúan de esta forma pueden no ser claramente conscientes de ello, ya que su mentalidad moderna puede provocar en esta cuestión una verdadera ceguera; en todo esto hay que discernir, en primer lugar, la parte de la incomprehensión pura y simple debida a esta misma mentalidad y, después, y tal vez deberíamos decir que sobre todo, la de las «sugestiones» cuyas primeras víctimas son los propios «pseudoiniciados», antes de contribuir por su parte a inculcárselas a los demás; mas esta inconsciencia en nada altera el resultado ni atenúa en modo alguno el peligro que implican tales cuestiones que no por ello dejan de servir, aunque sólo sea posteriormente, a los fines que se propone la «contrainiciación».
No mencionamos aquí el caso en que los agentes de esta última, mediante una intervención más o menos directa, hubieran provocado o inspirado la formación de «pseudotradiciones» semejantes; sin duda también podrían encontrarse algunos ejemplos, lo que no quiere decir que, incluso en este caso, tales agentes conscientes hayan sido los creadores visibles y conocidos de las formas «pseudoiniciáticas» de que se trata, pues resulta evidente que la prudencia les aconseja esconderse siempre que ello sea posible detrás de simples instrumentos inconscientes.
Cuando hablamos de inconsciencia, entendemos esta palabra sobre todo en el sentido de que, los que de esta manera elaboran una «pseudo-tradición», en general hacen gala de una perfecta ignorancia acerca de su utilidad real; en cuanto se refiere al carácter y al valor de esta producción, es más difícil admitir que su buena fe sea completa y sin embargo también aquí es posible que a veces sean víctimas hasta cierto punto de una ilusión, como en el caso que acabamos de mencionar en último lugar.
También con bastante frecuencia es preciso tomar en consideración ciertas «anomalías» de orden psíquico que contribuyen a complicar las cosas y que, por otra parte, constituyen un terreno particularmente favorable para que las influencias y sugestiones de todo tipo puedan ejercerse con la máxima intensidad; nos limitaremos a apuntar a este respecto, sin insistir sobre ello, la nada despreciable función que los «clarividentes» y otros «sensitivos» han desempeñado con cierta frecuencia en todo esto.
Pero, a pesar de todo, casi siempre hay un punto en el que la superchería consciente y el charlatanismo se convierten para los dirigentes de una organización «pseudo iniciática» en una especie de necesidad: así, si alguien llega a darse cuenta, y ello no es demasiado difícil, de las adquisiciones que han sido hechas más o menos burdamente a una u otra de las diversas tradiciones, ¿cómo podrían reconocerlo sin verse por ello mismo obligados a confesar su calidad de simples profanos? En general, si se presenta este caso no vacilan en invertir los términos y declaran con toda audacia que es su propia «tradición» la que representa la «fuente» común de todas las que en su beneficio han sido saqueadas; y si no llegan a convencer de ello a todo el mundo, al menos siempre encuentran algunos ingenuos que les creen bajo palabra y se hallan en número suficiente para que la situación de «jefes de escuela», a la que en general suelen aferrarse por encima de todo, no quede en entredicho y ello tanto más cuanto que suelen considerar bastante poco la calidad de sus «discípulos» y que, según la mentalidad moderna, la cantidad les parece bastante más importante, lo que por otra parte bastaría para demostrar hasta qué punto se hallan lejos incluso de la más elemental noción del esoterismo y la iniciación.
Apenas es preciso decir que todo lo que describimos aquí no responde solamente a unas posibilidades más o menos hipotéticas sino a unos hechos reales y perfectamente observados; la enumeración de todos ellos se haría interminable y en el fondo resultaría bastante poco útil; bástennos algunos ejemplos característicos.
Por medio del procedimiento «sincrético» al que acabamos de referirnos se ha construido una supuesta «tradición oriental», la de los teosofistas, que no tiene de oriental más que una terminología mal asimilada y peor aplicada; además, como este mundo, por emplear la frase evangélica, sigue estando «dividido contra sí mismo», los ocultistas franceses, por puro espíritu de contradicción y de competencia, emprendieron a su vez la elaboración de una supuesta «tradición occidental» del mismo estilo, muchos de cuyos elementos, sobre todo los extraídos de la Kábala, apenas sí pueden ser denominados occidentales en cuanto a su origen, ya que no en cuanto a la forma especial en que fueron interpretados. Los primeros presentaron su «tradición» como la expresión misma de la «sabiduría antigua»; los segundos, tal vez un poco más modestos en sus pretensiones, intentaron fundamentalmente hacer pasar su «sincretismo» por una «síntesis», pues pocos han abusado tanto como ellos de esta última palabra. Si de esta forma los primeros se mostraban más ambiciosos, tal vez ello se deba a que en el origen de su «movimiento» había influencias bastante enigmáticas cuya verdadera naturaleza hubiera resultado de difícil determinación incluso para ellos mismos; en cuanto a los segundos, demasiado bien sabían que no había nada que los respaldase, que su obra no era en realidad sino el resultado de la acción de algunas individualidades reducidas a sus propios medios y si, no obstante, llegó también a introducirse «algo» en ella, esto sólo sobrevino mucho más tarde; no sería demasiado difícil de aplicar a estos dos casos, considerados bajo este punto de vista, lo que antes hemos dicho y podemos dejar que cada cual deduzca por sí mismo las consecuencias que le parezcan más lógicas
Por supuesto, nunca ha habido nada que se haya llamado auténticamente «tradición oriental» o «tradición occidental», por ser tales denominaciones manifiestamente demasiado vagas como para poder aplicarse a una forma tradicional perfectamente definida, ya que, a menos que nos remontemos a la tradición primordial que en este caso no consideramos por razones obvias y que además no puede ser catalogada como oriental u occidental, hay y ha habido siempre unas formas tradicionales diversas y múltiples tanto en Oriente como en Occidente. Otros han creído proceder mejor e inspirarse más confianza apropiándose del propio nombre de una tradición que hubiera existido realmente en una época más o menos lejana y etiquetando con ella una construcción tan heteróclita como las anteriores, ya que si utilizan normalmente lo que pueden llegar a saber de la tradición que han seleccionado, han de verse obligados a completar las informaciones fragmentarias e incluso hipotéticas en parte, recurriendo a otros elementos tomados aquí y allá o incluso completamente imaginarios. En todos los casos, el más superficial examen de todas estas producciones basta para poner de relieve el espíritu específicamente moderno que ha presidido su elaboración y que se traduce invariablemente por la presencia de algunas de esas mismas «ideas directrices» a las que hemos aludido antes; por lo tanto, no habría necesidad alguna de llevar más lejos las investigaciones y de esforzarse en determinar exactamente y con todo detalle el origen real de tal elemento o tal otro dentro de un conjunto como éste, porque esta simple observación muestra ya bastante bien y sin dejar la menor duda el hecho de que nos hallamos en presencia de una falsificación pura y simple.
Uno de los mejores ejemplos que se pueden dar de este último caso son las numerosas organizaciones que, en la época actual, se autodenominan «rosacrucianas» y que, como es evidente, entran en plena y recíproca contradicción, combatiéndose incluso más o menos abiertamente, al mismo tiempo que pretenden ser igualmente representativas de una única e idéntica «tradición». De hecho, podemos dar la razón a cada una de ellas sin ninguna excepción, cuando denuncian a sus competidoras como ilegítimas y fraudulentas; y ocurre frecuentemente que, en esas disputas, tanto más curiosas cuanto que se producen en medios donde no se hace más que hablar sin cesar de “fraternidad universal”, se ve salir a la luz documentos ¡verdaderamente muy edificantes sobre unos y otros!
Como quiera que sea, no ha llegado nunca a haber tanta gente que se denominase «rosacruciana», e incluso «Rosa-Cruz», sino a partir del momento en que desaparecieron las auténticas; añadiremos incluso que ese fenómeno del “pseudo-rosacrucismo” constituye en realidad una de las mejores pruebas de que esas designaciones, así como la forma especial a la que se vinculaban, no están en uso en ninguna iniciación que hay guardado hasta nuestros días una existencia efectiva. En efecto, si hubiera todavía alguna organización verdaderamente rosacruciana, tendría ciertamente a su disposición los medios necesarios para reducir a la nada todas esas falsificaciones, y sin tener necesidad de recurrir para ello a denuncias públicas; pero es mucho menos peligroso hacerse pasar por la continuación de algo que pertenece enteramente al pasado, sobre todo cuando los desmentidos son tanto menos de temer cuando aquello de lo que se trata ha estado siempre, como es el caso, envuelto por cierta oscuridad, de modo que su final no es más conocido que su origen; ¿y quién, pues, entre el público profano e incluso entre los “pseudo-iniciados”, puede saber lo que fue en realidad la tradición que durante determinado períoodo se calificó de rosacruciana? Observaciones similares se aplicarían también, digámoslo de pasada, al abuso que se hace actualmente de nombres que designan a ciertas “personificaciones”, y que fueron empleados antaño por organizaciones iniciáticas; desde que tal abuso es posible, se puede concluir de ello que el uso legítimo ha cesado definitivamente. Por el contrario, esto no concierne a un caso como el de la supuesta «Gran Logia Blanca», que, como hemos señalado en diversas ocasiones, cada vez se menciona con más asiduidad, pues tal denominación, en efecto, nunca ha llegado a tener en ninguna parte el menor carácter auténticamente tradicional y, si este nombre convencional puede servir como «máscara» a algo que tenga el más leve atisbo de realidad, no es ciertamente en el lado iniciático donde conviene buscarlo.
Se ha criticado con bastante frecuencia la forma en que algunos relegan a los «Maestros», de los que dicen depender, a alguna región prácticamente inaccesible de Asia central o de cualquier otra parte; efectivamente, es éste un medio bastante fácil de hacer de sus asertos algo completamente incomprobable, mas no es el único, y el alejamiento en el tiempo también puede desempeñar un papel exactamente comparable al del distanciamiento en el espacio a este respecto. Por ello, otros no vacilan en pretender integrarse con alguna tradición enteramente desaparecida y extinta desde hace siglos, e incluso desde hace milenios; es cierto que, a menos que se atrevan incluso a afirmar que esta tradición se ha perpetuado durante todo este tiempo de una manera tan secreta y oculta que nadie que no sea de los suyos podría descubrir la menor huella de su existencia, ello les priva de la bastante apreciable ventaja que supone el hecho de poder reivindicar una filiación directa y continua que ni siquiera tendría ya las apariencias de verosimilitud que podría cobrar si se tratase de una forma completamente reciente como la tradición rosacruciana; no obstante, este defecto parece tener bastante poca importancia para ellos; pues ignoran hasta tal punto las verdaderas. condiciones de la iniciación que de buena gana se imaginan que una simple pertenencia «ideal», sin ninguna transmisión regular, puede sustituir a una pertenencia efectiva; hemos ya explicado suficientemente lo que hay de eso, a propósito de la transmisión iniciática. Por lo demás, está bastante claro que una tradición habrá de prestarse tanto mejor a todas las «reconstrucciones» de fantasía cuanto más perdida y olvidada esté y cuanto menos se sepa a qué atenerse sobre la verdadera significación de los vestigios que todavía subsisten y a los que de esta forma se podrá hacer decir casi todo lo que se quiera; naturalmente cada uno proyectará sobre ellos lo que más de acuerdo esté con sus propias ideas; sin duda no hay razón mejor que ésta para dar cuenta del hecho de que la tradición egipcia sea objeto de particular «explotación» por este concepto y de que innumerables «pseudo-iniciados», pertenecientes a muy diversas escuelas, testimonien a su respecto una predilección que de otra forma no se comprendería. Hemos de precisar, para evitar toda falsa aplicación de cuanto aquí se dice, que estas observaciones no se refieren en modo alguno a las referencias a Egipto o a otras cosas del mismo tipo que a veces también pueden encontrarse en algunas organizaciones iniciáticas, y su función en ellas es la de «leyendas» simbólicas, en modo alguno alardean de tales orígenes; sólo aludimos a lo que se ofrece como una restauración, válida como tal, de una tradición o de una iniciación que ya no existe, restauración que, por otra parte, incluso si se admitiese la hipótesis imposible de que fuese completamente exacta y completa, no tendría tampoco mayor interés en sí misma que el de una simple curiosidad arqueológica.
Detendremos aquí estas consideraciones, pues bastan ampliamente para explicar en qué consisten todas estas falsificaciones «pseudoiniciáticas» de la idea tradicional: una mezcla más o menos coherente, más bien menos que más, de elementos en parte tomados a préstamo y en parte inventados, quedando la totalidad dominada por las concepciones antitradicionales características del espíritu moderno, con lo cual no pueden en definitiva servir más que para divulgar todavía más estas concepciones haciéndolas pasar, a los ojos de algunos, como tradicionales, por no hablar del engaño manifiesto que consiste en presentar como «iniciación» algo que en realidad sólo tiene un carácter perfectamente profano, por no decir «profanador». Si después de todo esto se señalase, como una especie de circunstancia atenuante, que casi siempre y a pesar de todo se dan aquí algunos elementos cuyo origen es verdaderamente tradicional, responderemos lo siguiente: para llegar a ser aceptada, toda imitación debe adoptar al menos algunos de los rasgos de lo que simula ser, mas esto es precisamente lo que aumenta el peligro; ¿acaso no es la más hábil y también la más funesta de las mentiras precisamente aquélla que combina inextricablemente lo verdadero con lo falso, esforzándose con ello en utilizar aquél para el triunfo de éste?