La necedad de un gran número e incluso de la mayoría de los hombres, especialmente en nuestra época, y cada vez más a medida que se generaliza y se acentúa la decadencia intelectual característica del último período cíclico, es quizá lo más difícil de soportar que hay en este mundo. Es preciso añadir a este respecto la ignorancia, o, más precisamente, una determinada clase de ignorancia que le está por lo demás estrechamente ligada, aquella que no es en absoluto consciente de sí misma, que se permite afirmar tanto más audazmente cuanto que sabe poco y comprende menos, y que es por ello mismo, en aquellos que la sufren, un mal irremediable (1).
Necedad e ignorancia pueden en suma estar unidas bajo el nombre común de incomprensión; pero debe quedar claro que soportar esta incomprensión no implica en modo alguno que se deba hacer ninguna concesión, ni tampoco abstenerse de señalar los errores a los cuales da nacimiento y hacer todo lo posible para impedir su expansión, lo que por lo demás a menudo es una tarea muy poco grata, sobre todo cuando uno se encuentra obligado, en presencia de la obstinación de algunos, a repetir muchas veces cosas que normalmente debería bastar con ser dichas una sola vez. Esta obstinación con la cual se tropieza no siempre está exenta de mala fe; y, a decir verdad, la mala fe implica forzosamente una estrechez de miras que no es en definitiva sino la consecuencia de una incomprensión más o menos completa, y así ocurre que la incomprensión real y la mala fe, como la necedad y la maldad, se mezclan de tal manera que a veces es muy difícil determinar exactamente la parte de una y de otra.
Al hablar de concesiones hechas a la incomprensión, pensamos especialmente en la vulgarización bajo todas sus formas; querer "poner al alcance de todo el mundo" cualquier verdad, o lo que se considera al menos como verdad, cuando ese "todo el mundo" comprende necesariamente una gran mayoría de necios y de ignorantes, ¿puede en efecto ser algo en realidad distinto? La vulgarización procede además de una preocupación eminentemente profana, y, como toda propaganda, supone en quien se entrega a ella cierto grado de incomprensión, relativamente menor sin duda que aquella del "gran público" al cual se dirige, pero tanto más grande cuanto que lo que pretende exponer sobrepasa en mucho el nivel mental de éste.
Ésta es la razón de que los inconvenientes de la vulgarización sean más limitados cuando lo que se difunde es igualmente de un orden profano, como las concepciones filosóficas y científicas modernas, que, incluso en la parte de verdad que pueden llegar a contener, no tienen con seguridad nada de profundo ni de trascendente. Tal caso es, por lo demás, el más frecuente, pues es esto sobre todo lo que le interesa al "gran público" debido a la educación que ha recibido, y también lo que más fácilmente le da la agradable impresión de un "saber" adquirido con poco esfuerzo; el vulgarizador deforma siempre las cosas por simplificación, y también afirmando perentoriamente lo que los propios sabios no consideran sino como simples hipótesis, pero, adoptando tal actitud, no hacen en suma sino continuar los procedimientos en uso en la enseñanza rudimentaria que es impuesta a todos en el mundo moderno, y que, en el fondo, no es otra cosa que vulgarización, y quizá la peor de todas en un sentido, pues ofrece a la mentalidad de quienes la reciben una impronta "cientifista" de la cual muy pocos son capaces de deshacerse después, y que el trabajo de los vulgarizadores propiamente dicho no hace apenas sino mantener y aún reforzar, lo cual atenúa en cierta medida su responsabilidad.
Hay actualmente una especie distinta de vulgarización que, a pesar de no alcanzar más que a un público muy restringido, nos parece presentar peligros más graves, aunque no sea sino por las confusiones que amenaza provocar voluntaria o involuntariamente, y que apunta a lo que, por su naturaleza, debería estar lo más completamente posible al abrigo de semejantes tentativas, es decir, a las doctrinas tradicionales y más particularmente a las doctrinas orientales. A decir verdad, los ocultistas y los teosofistas ya habían emprendido algo de este género, pero no habían llegado sino a producir groseras imitaciones; esto de lo que se trata ahora reviste apariencias más serias, diríamos incluso más "respetables", que pueden imponerse a mucha gente que no habría sido seducida por deformaciones demasiado visiblemente caricaturescas.
Hay por otra parte, entre los vulgarizadores, una distinción que hacer en lo que concierne a sus intenciones, si no a los resultados en los cuales desembocan; naturalmente, todos desean igualmente difundir lo máximo posible las ideas que exponen, pero pueden ser planteadas por motivos muy diferentes. Por un lado, están los propagandistas cuya sinceridad no es ciertamente dudosa, pero cuya actitud misma prueba que su comprensión doctrinal no podría llegar muy lejos; además, incluso dentro de los límites de lo que comprenden, las necesidades de la propaganda les inducen forzosamente a acomodarse siempre a la mentalidad de aquellos a quienes se dirigen, lo que, especialmente cuando se trata de un público occidental "medio", no puede hacerse sino en detrimento de la verdad; y lo más curioso es que la necesidad de ello es tal que sería completamente injusto acusarles de alterar voluntariamente esta verdad.
Por otro lado, hay quienes, en el fondo, no se interesan sino muy mediocremente en las doctrinas, pero que, habiendo comprobado el éxito que tienen estas cosas en un medio bastante extenso, encuentran bueno aprovecharse de esta "moda" y han realizado una verdadera maniobra comercial; éstos son por otra parte mucho más "eclécticos" que los primeros, y difunden indistintamente todo lo que les parece propio para satisfacer los gustos de cierta "clientela", lo que evidentemente es su principal preocupación, incluso cuando creen deber hacer alarde de algunas pretensiones a la "espiritualidad". Por supuesto, no queremos citar ningún nombre, pero pensamos que muchos de nuestros lectores podrán fácilmente encontrar por sí mismos algunos ejemplos de uno y otro caso; y no hablamos de simples charlatanes, como se encuentran sobre todo entre los pseudo esoteristas, que engañan a sabiendas al público presentándole sus propias invenciones bajo la etiqueta de doctrinas de las cuales ignoran casi todo, contribuyendo así a aumentar aún más la confusión en el espíritu de ese ----------- público.
Lo que hay de más molesto en todo esto, aparte de las ideas falsas o "simplistas" que son difundidas así acerca de las doctrinas tradicionales, es que mucha gente no sabe siquiera hacer la distinción entre la obra de los vulgarizadores de toda especie y una exposición hecha por el contrario fuera de toda preocupación por agradar al público o por ponerse a su altura; colocan todo sobre el mismo plano, y llegan incluso a atribuir las mismas intenciones a todo, incluido lo que está en realidad más alejado de ello. Hasta aquí, nos hemos ocupado de la necedad pura y simple, y a veces también de la mala fe, o más probablemente de una mezcla de ambas; en efecto, por tomar un ejemplo que nos concierne directamente, después de que hemos explicado claramente, cada vez que la ocasión se ha presentado, cómo y por qué razones somos resueltamente opuestos a toda propaganda, así como a toda vulgarización, puesto que hemos protestado numerosas veces contra las afirmaciones de algunos que, a pesar de ello, no dejaban de pretender atribuirnos estas intenciones propagandísticas, cuando vemos a estas mismas gentes o a otras que se les parecen repetir indefinidamente la misma calumnia, ¿cómo sería posible admitir que actúen realmente de buena fe?
Si al menos, aún a falta de toda comprensión, poseyeran un mínimo de espíritu lógico, les pediríamos que nos explicaran qué interés podríamos tener en pretender convencer a alguien de la verdad de tal o cual idea, y estamos seguros de que jamás podrían dar a esta cuestión la menor respuesta un poco plausible. En efecto, entre los propagandistas y los vulgarizadores, unos son tales por el efecto de un sentimentalismo fuera de lugar, y los otros porque encuentran un provecho material; ahora bien, es evidente, incluso por la forma en la cual exponemos las doctrinas, que ninguno de estos motivos nos concierne siquiera mínimamente, y que, por otra parte, suponiendo que nos hubiéramos propuesto hacer una propaganda cualquiera, habríamos entonces adoptado necesariamente una actitud totalmente opuesta a la de la rigurosa intransigencia doctrinal que ha sido constantemente la nuestra. No deseamos insistir más, pero, comprobando desde diversos sectores, durante algún tiempo, una extraña recrudescencia de los ataques más injustos e injustificados, nos ha parecido necesario, aún a riesgo de atraer sobre nosotros el reproche de repetirnos demasiado, situar una vez más las cosas en su justo lugar.
NOTAS:
1) la tradición islámica, es en tolerar la necedad y la ignorancia humanas en lo que consiste haqiqatus-zakâh (la "verdad" de la limosna) es decir, su aspecto interior y más real ( haqiqah se opone aquí a muzâherah, que es solamente su manifestación exterior, o el cumplimiento del precepto tomado en sentido estrictamente literal); esto deriva naturalmente de la virtud de "paciencia" (eç-çabr), a la cual está unida una importancia muy particular, como lo prueba el hecho de que es mencionada 72 veces en el Corán.
Publicado en "Etudes Traditionnelles", octubre-noviembre de 1949 . Retomado para el Cap. 1 de la compilación “INICIACIÓN Y REALIZACIÓN ESPIRITUAL”
Me gusta la chacra dar de comer a los patos rezar el rosario y levantarme temprano