Más con respecto a la alfabetización; uno habría supuesto que es de primera importancia ser capaz de bien la lengua propia de uno, y ser capaz de comprender bien lo que se dice en ella, y que es de importancia secundaria, por muy importante que sea, ser capaz de leerla. Pienso que nadie se atrevería a mantener que los primeros de estos resultados se hayan alcanzado en ninguna parte por la educación elemental obligatoria; por otra parte, muchos testigos
competentes nos han asegurado que —por ejemplo, en Escocia, en Ceilán, y en las remotas islas del Pacífico— los analfabetos son generalmente maestros de su lenguaje, expertos que usan un vocabulario muy rico —no meramente «básico», tal como el que hubo de inventarse para el beneficio de los estudiantes de Harvard— con una competencia perfecta. A esto debe agregarse que en las culturas analfabetas de todas partes se encuentran sorprendentes facultades de memoria, y que los recitadores a menudo son capaces de repetir una literatura tradicional que habría requerido muchos volúmenes impresos; y no podemos pasar por alto que una confianza demasiado grande en los libros «de referencia», a menudo sólo significa que aunque uno sabe donde encontrar una cosa, uno no conoce la cosa misma, o que los pueblos alfabetizados sólo son capaces de entendérselas con sus «cien mejores libros» de esta manera, a saber, como libros de «referencia».
Como señalaba Platón hace mucho tiempo, la alfabetización puede no significar nada mejor que un sustituto de la memoria en el caso de un hombre perezoso. Todo esto debería convencernos de que las estadísticas del analfabetismo no son de ningún valor real como pruebas de la profundidad de las culturas; y que imponer la alfabetización sobre la cultura, meramente por la alfabetización misma, puede ser, como ha sido a menudo, el medio de destruir la cultura mucho más que el medio de extenderla.
* Este artículo se expuso por primera vez como una conferencia en el Kenyon College, Ohio, en 1946; posteriormente se publicó en (Ohio, 1947).
En cualquier caso, en un país como la India, donde la educación se ha basado sobre una concepción definida del significado y del propósito de la vida, y donde se ha dirigido más hacia la adquisición de la sabiduría que hacia la conquista de la naturaleza, una estimación de la cultura en los términos de la alfabetización sería singularmente inapropiada; pues en la India, en los círculos más cultivados, la instrucción oral se prefiere todavía mucho más que la enseñanza con libros, y —si se hace caso omiso de aquellos que se han hecho más o menos «ingleses en cuanto a los gustos, opiniones, costumbres e intelecto»— hay todavía un acuerdo pleno y general con Platón en que para la comunicación de materias realmente serias la escritura no es un medio adecuado, y que es adecuada la relación vital que subsiste entre un maestro y un discípulo. Ciertamente, esta relación, en la que el discípulo nace de nuevo de su maestro más realmente que de sus padres, es básica para la totalidad del concepto indio de una educación espiritual; es una relación que ahora es casi imposible de concebir en occidente, donde la educación es una cosa que se puede comprar o vender y donde el discípulo no rinde ningún servicio personal a su maestro.
Quizás no haya dogmas con los que un hindú estaría más concienzudamente de acuerdo que con los de Cicerón, a saber, que «todos los preceptos de la filosofía se refieren a la vida», y que «la sabiduría es el arte de vivir»; y sin duda, si surgiera la cuestión, se argumentaría que puesto que la filosofía ya no se enseña en las universidades occidentales como un tema serio, sino sólo como la historia de las opiniones, no puede hacerse ningún gran daño por lo que se ha llamado, más bien rudamente, «echar perlas falsas a cerdos reales», o más gentilmente en francés la «vulgarización»: todo concuerda en una civilización que se basa en un concepto de la «conquista de la naturaleza» que muchos describirían como un «pecar contra la naturaleza», y que se ha descrito como una «barbarie organizada». Como dice Van Straelen, «nosotros hemos devenido meros engranajes de las grandes máquinas… veo a esas masas agitadas… y las compadezco como a pobres esclavos… que no conocen otro reposo que ese tipo de entretenimiento “enlatado” puesto ante ellos por las gentes de inclinación aprovechada en ambientes polucionados e insalubres. Y es a esto a lo que nosotros llamamos progreso, desarrollo y civilización; y despreciamos a las áreas sin industrializar de la superficie de la tierra como si fueran países atrasados habitados por razas inferiores… estancadas y que no cambian» —como si debiera admirarse cambio, sin que importe si es para mejor o para peor.
Éste es el tipo de vida, ésta es la utopía que un vicepresidente de los Estados Unidos ratificó recientemente cuando habló de esta América como una nación que tendrá «el privilegio de ayudar a las naciones más jóvenes (!) a emprender el camino hacia el industrialismo». Cuantísimo más realistas eran las palabras del inglés que dijo que «por mucho que los individuos sufran, debe darse libre curso al progreso en línea con la empresa de la civilización industrial»: al menos, este hombre sabía que la «civilización» y la «felicidad de los individuos» pueden significar dos cosas muy diferentes
Fragmento del artículo “¿DE QUÉ HERENCIA Y ANTE QUIÉNES SON RESPONSABLES LOS PUEBLOS DE HABLA INGLESA?” Retomado en la compilación *
“LA DOCTRINA INDIA DEL FIN ÚLTIMO DEL HOMBRE”
Me gusta la chacra dar de comer a los patos rezar el rosario y levantarme temprano