MENTALIDAD ESCOLAR Y PSEUDO-INICIACIÓN – Rene Guenon
Una de las señas características de la mayor parte de las organizaciones pseudo-iniciáticas modernas es la forma en la que utilizan ciertas comparaciones tomadas de la “vida ordinaria”, es decir, en suma, de la actividad profana bajo cualquiera de las formas que reviste corrientemente en el mundo contemporáneo. No se trata aquí solamente de analogías que, a pesar de la molesta banalidad de las imágenes así empleadas y del hecho de que estén tan alejadas como es posible de todo simbolismo tradicional, podrían todavía ser más o menos válidas con ciertos límites; más o menos, decimos, pues no debe olvidarse que, en el fondo, el punto de vista profano como tal conlleva siempre en sí mismo algo de ilegítimo, en tanto que es una verdadera negación del punto de vista tradicional; pero lo más grave es que estas cosas son tomadas de la manera más literal, llegando hasta a una especie de asimilación de pretendidas realidades espirituales con formas de actividad que, al menos en las actuales condiciones, son propiamente lo opuesto a toda espiritualidad. Es así cómo, en ciertas escuelas ocultistas que antaño conocimos, se planteaban continuamente “deudas a pagar”, y esta idea era llevada hasta la obsesión; en el teosofismo y sus diferentes derivados más o menos directos, se trata constantemente de “lecciones que aprender”, y todo es descrito en términos “escolares”, lo que nos conduce de nuevo a la confusión entre el conocimiento iniciático y la instrucción profana. El Universo entero no es concebido sino como una vasta escuela en la cual los seres pasan de una clase a otra a medida que han “aprendido sus lecciones”; la representación de estas clases sucesivas está por otra parte íntimamente unida a la concepción “reencarnacionista”, pero no es este punto el que nos interesa ahora, pues es sobre el error inherente a estas imágenes “escolares” y sobre la mentalidad esencialmente profana de la que proceden que nos proponemos llamar la atención, independien¬temente de la relación que pueden tener de hecho con tal o cual teoría particular.
La instrucción profana, tal como está constituida en el mundo moderno, y sobre la cual están modeladas todas las representacio¬nes en cuestión, es evidentemente una de las cosas que presentan en mayor grado un carácter anti-tradicional; se puede incluso decir que no está hecha en cierto modo sino para ello, o al menos que es en este carácter donde reside su primera y principal razón de ser, pues es evidente que es uno de los instrumentos más potentes de los que se puede disponer para llegar a la destrucción del espíritu tradicional. Es inútil insistir aquí una vez más sobre estas consideraciones; pero hay otro punto que a primera vista puede parecer menos evidente, y es el siguiente: incluso si tal desviación no se hubiera producido, semejantes representaciones “escolares” serían aún erróneas cuando se pretende aplicarlas al orden iniciático, pues la instrucción exterior, aunque no fuera profana como lo es actualmente, sino por el contrario legítima e incluso tradicional en su orden, no deja de ser, por su naturaleza y su destino, algo completamente diferente de lo que se relaciona con el dominio iniciático. Habría aquí entonces, en todos los casos, una confusión entre el exoterismo y el esoterismo, confusión que demuestra no solamente una ignorancia de la verdadera naturaleza del esoterismo, sino también una pérdida del sentido tradicional en general, y que, en consecuencia, es, en sí misma, una manifestación de la mentalidad profana; pero, para comprenderlo mejor, conviene precisar un poco más de lo que lo hemos hecho hasta aquí ciertas diferencias profundas que existen entre la instrucción exterior y la iniciación, lo que hará por otra parte aparecer más claramente un aspecto que se encuentra ya en ciertas organizaciones iniciáticas auténticas, pero en estado de degeneración, y que naturalmente está, con mayor razón y acentuada hasta la caricatura, en las organizaciones pseudo-iniciáticas a las cuales hemos aludido.
Con este propósito, debemos decir en primer lugar que hay, en la propia enseñanza universitaria, o más bien en su origen, algo que es mucho menos simple e incluso más enigmático de lo que se cree de ordinario, a falta de plantearse una cuestión que debería no obstante presentarse inmediatamente al pensamiento de cualquiera que sea capaz de la menor reflexión: si hay una verdad evidente, en efecto, es que no se puede conferir o transmitir a los demás algo que no se posee(1); ¿cómo entonces los grados universitarios han podido ser instituidos en principio, si no es mediante la intervención, bajo una forma u otra, de una autoridad de orden superior? Debe entonces haber habido aquí una verdadera “exteriorización” (2), que puede también ser considerada al mismo tiempo como un “descenso” en este orden inferior al cual necesariamente pertenece toda enseñanza “pública”, aunque esté constituida sobre las bases más estrictamente tradicionales (la llamaría¬mos de buen grado “escolástica”, según el uso de la Edad Media, para reservar preferentemente a la palabra “escolar” su sentido profano habitual); y es por otra parte en virtud de este “descenso” como esta enseñanza podía participar efectivamente, en los límites de su propio dominio, con el espíritu mismo de la tradición. Esto enlaza, por un lado, con lo que se sabe de los caracteres generales de la época a la cual se remonta el origen de las Universidades, es decir, de la Edad Media, y también, por otro lado, y más particularmente, con el hecho demasiado poco observado de que la distinción en tres grados universitarios está manifiestamente calcada sobre la constitución de una jerarquía iniciática (3). Recordemos igualmente, a este respecto, que, como ya hemos hecho notar en otro lugar (4), las ciencias del trivium y del quadrivium, al mismo tiempo que representaban, en su sentido exotérico, divisiones de un programa de enseñanza universitaria, estaban también, mediante una transposición apropiada, puestas en correspondencia con grados de iniciación (5); pero no hace falta decir que tal correspondencia, respetando rigurosamente las relaciones normales entre los diferentes órdenes, no podría en modo alguno implicar el traspaso, al dominio iniciático, de cosas tales como un sistema de clases y exámenes como el que comporta forzosamente la enseñanza exterior. Apenas hay necesidad de añadir que, habiendo sido las Universidades occidentales, en los tiempos modernos, completamente desviadas de su espíritu original, y no pudiendo entonces tener el menor contacto con un principio superior capaz de legitimarlas, los grados que han sido conservados, en lugar de ser como una imagen exterior de los grados iniciáticos, no son sino una simple parodia, al igual que una ceremonia profana es la parodia o la falsificación de un rito, y que las ciencias profanas mismas son, bajo más de un aspecto, una parodia de las ciencias tradicionales; este último caso es, por lo demás, totalmente comparable al de los grados universitarios, los cuales, si se han mantenido de forma continua, representan actual-mente un verdadero “residuo” de lo que han sido en su origen, tal como las ciencias profanas son, como hemos explicado en más de una ocasión, un “residuo” de las antiguas ciencias tradicionales.
Hemos aludido hace un momento a los exámenes, y sobre este punto quisiéramos ahora insistir un poco: estos exámenes, como se puede comprobar por su práctica constante en las civilizaciones más diferentes, tienen su lugar y su razón de ser en la enseñanza exterior, incluso tradicional, donde, en cierto modo por definición, no se dispone de ningún criterio de otro orden; pero cuando por el contrario se trata de un dominio puramente interior como el de la iniciación, se convierten en completamente vanos e ineficaces, y no podrían normal¬mente tener sino un papel exclusivamente simbólico, casi del mismo modo que el secreto relacionado con ciertas formas rituales no es sino un símbolo del verdadero secreto iniciático; son por otra parte perfecta¬mente inútiles en una organización iniciática en tanto que ésta sea verdaderamente lo que debe ser. Unicamente, de hecho, es preciso tener en cuenta ciertos casos de degeneración, donde no habiendo nadie capaz de aplicar los criterios reales (sobre todo en razón del completo olvido de las ciencias tradicionales que son las únicas que pueden proporcionar¬los, tal como hemos dicho a propósito de las cualificaciones iniciáticas), se les ha reemplazado hasta instituir, para el paso de un grado a otro, exámenes más o menos similares en su forma, si no en su programa, a los exámenes universitarios, y que, como éstos, no pueden en suma aplicarse sino sobre cosas “aprendidas”, al igual que, en ausencia de una autoridad interior efectiva, se instituyen formas administrativas comparables a las de los gobiernos profanos. Ambas cosas, no siendo en el fondo sino dos efectos de la misma causa, aparecen además como estrechamente unidas entre sí, y se las encuentra casi siempre simultáneamente en las mismas organizaciones; se las encuentra así a ambas asociadas, no solamente en la realidad, sino también en tanto que representaciones imaginarias en las organizaciones pseudo-iniciáticas: así, los teosofistas, que usan tan de buen grado imágenes “escolares”, conciben por otra parte lo que ellos llaman el “gobierno oculto del mundo” como dividido en diferentes “departamentos”, cuyas atribuciones se inspiran manifiestamente en las de los ministerios y administraciones del mundo profano.
Esta última indicación nos conduce además a reconocer cuál puede ser el principal origen de los errores de este género: y es que los inventores de las organizaciones pseudo-iniciáticas, no conociendo, siquiera desde fuera, ninguna organización auténticamen¬te iniciática aparte de las que han llegado a ese estado de degeneración (y es natural que así sea, puesto que son las únicas que subsisten todavía en nuestros días en el mundo occidental), no han creído poder hacer nada mejor que imitarlas, e, inevitablemente, las han imitado en lo que tienen de más exterior, que es también lo más afectado por la degenera¬ción en cuestión y donde ésta se afirma más claramente a través de cosas como las que acabamos de considerar; y, no contentos con introducir esta imitación en la constitución de sus propias organizaciones, la han proyectado mediante la imaginación, por así decir, en “otro mundo”, es decir, en la representación que se forman del mundo espiritual o de lo que ellos creen que es tal. El resultado es que, mientras las organizacio¬nes iniciáticas, en tanto no han sufrido ninguna desviación, están constituidas a imagen del verdadero mundo espiritual, la caricatura de éste se encuentra, a la inversa, en la imagen de las organizaciones pseudo-iniciáticas, las cuales, queriendo copiar a ciertas organizaciones iniciáticas para guardar las apariencias, no han tomado en realidad mas que las partes deformadas por préstamos tomados al mundo profano.
Tratándose de organizaciones iniciáticas más o menos degeneradas o de organizaciones pseudo-iniciáticas, se ve que lo que se produce así, mediante la introducción de formas profanas, es exactamente lo inverso del “descenso” que considerábamos al hablar del origen de las instituciones universitarias, y por el cual, en una época de civilización tradicional, el exoterismo se modelaba en cierto modo sobre el esoterismo, y lo inferior sobre lo superior; pero la gran diferencia entre ambos casos es que, en el de una organización aminorada e incluso desviada hasta cierto punto, la presencia de estas formas parásitas no impide que la transmisión de una influencia espiritual exista siempre a pesar de todo, mientras que, en el de la pseudo-iniciación, no hay tras estas mismas formas sino el vacío puro y simple. Lo que los promotores de la pseudo-iniciación ciertamente no dudan es que, traspasando sus ideas “escolares” y otras cosas del mismo género hasta en su representa¬ción del orden universal, han puesto simplemente sobre éste la marca de su mentalidad profana; lo más lamentable es que aquellos a quienes se les presentan estas concepciones fantásticas no sean capaces de discernir esta marca, la cual, si pudieran darse cuenta de lo que significa, debería bastar para ponerles en guardia contra tales maniobras e incluso para disuadirles para siempre.
NOTAS:
(1). Hemos visto a un escritor masónico afirmar que "fue preciso que el primer iniciado se iniciara a sí mismo", y ello con la intención evidente de negar el origen "no humano" de la iniciación; sería difícil llevar lo absurdo más lejos, como hemos demostrado al explicar cuál es la verdadera naturaleza de la iniciación; pero, en el dominio que sea, no es apenas menos absurdo suponer que alguien haya podido darse a sí mismo lo que no tenía, y con mayor razón transmitirlo; ya hemos planteado en otro lugar una cuestión de este género con objeto del carácter eminentemente sospechoso de la transmisión psicoanalítica (Le Règne de la Quantité et les Signes des Temps, cap. XXXIV).
(2). Ya hemos hablado de tal "exteriorización", en otro orden, a propósito de la relación existente entre ciertos ritos exotéricos y ritos iniciáticos.
(3). Los tres grados de bachiller, licenciado y doctor reproducen la división ternaria frecuentemente adoptada por las organizaciones iniciáticas, y que se encuentra especialmen¬te en la Masonería con los tres grados de Aprendiz, Compañero y Maestro.
(4). Ver L'Esotérisme de Dante, pág. 10-15.
(5). Hay entonces otra división, no ternaria, sino septenaria, que estaba en uso especial¬mente en la organización medieval de los "Fedeli d´Amore", y también, en la antigüedad, en los misterios mitraicos; en ambos casos, los siete grados o "escalones" de la iniciación estaban igualmente puestos en relación con los siete cielos planetarios.
Versión original publicada en "Etudes Traditionnelles", febrero de 1940.
Retomada para el Cap. XXXIV de “Apercepciones sobre la Iniciaciòn”
Me gusta la chacra dar de comer a los patos rezar el rosario y levantarme temprano