Desde sus inicios la axiología ha tratado una cuestión fundamental, formulándose una pregunta clave: ¿Tienen las cosas valor porque las deseamos, ¿nos agradan o nos interesan? o, por el contario, las deseamos porque tienen valor? Esta cuestión ha originado dos posiciones enfrentadas: La primera opción defiende que los valores son subjetivos, es decir, que su existencia depende del sujeto que valora; son los sujetos los que otorgan o no valor a las cosas: los sujetos crean los valores y, por lo tanto, son dependientes de ellos (los valores
son el resultado de las reacciones, individuales y colectivas). El subjetivista se pregunta ¿puede algo tener valor si nadie lo ha percibido ni puede percibirlo?; a lo que contestará que no, que el valor no tiene sentido ni existencia propia sin que exista el sujeto que los valora; según el subjetivismo, los valores no existen en si y por si, sino que son meras creaciones de la mente, existen solamente para nosotros; lo que hace a una cosa valiosa es el deseo, el agrado o el interés individual o social por aquellas cosas que valoramos. La segunda opción defiende que los valores son objetivos, es decir, que existen independientemente del sujeto que valora y que los valora; éste lo que hace es descubrirlos, pero, incluso en el caso de no descubrirlos, los valores están ahí con plena independencia del sujeto que los valora: los sujetos no crean los valores y, por lo tanto, son independientes de
ellos