Mi amigo Rodrigo CC
A Rodrigo. Con el afecto de las letras.
Mi amigo Rodrigo es español, es poeta surrealista y me comenta que atraviesa por un inesperado episodio de alteración. Que se encuentra al borde del extravío producto de un sueño extraordinario. Él generalmente interpreta señales en los sueños, pero confiesa que en esta oportunidad, no termina de entender plenamente el significado de este sueño.
—Es difícil aceptar los juegos a los que nos somete el inconsciente, le digo. —Incluso para quien, como tú, está dispuesto a traspasar las líneas del racionalismo—.
Me convierto en testigo de lo inexplicable y decido escribir esta nota. Un relato insólito en la vida de mi amigo.
Cuenta Rodrigo, que cuando tenía veinte años, sostuvo en sueños un encuentro brevísimo con una mujer. No puede recordar el rostro de esa mujer, pero en cambio, recuerda la intensa emoción, el corrientazo único, que ambos experimentaron al cruzar sus miradas.
En lo azaroso del sueño y conmocionado por la intensidad de lo vivido, Rodrigo recuerda haber escrito un poema apresurado en un trozo de papel y logró entregar el poema en las manos de la mujer. Confiesa Rodrigo, que esperaba impaciente una respuesta inmediata. Pero al recibir el papel, la mujer desapareció detrás de una puerta impenetrable y él se quedó sin conocer el impacto de sus palabras.
Él necesitaba confirmar que la emoción era compartida, pero sobre todo, necesitaba confirmar la validez de su texto. Rodrigo tiene dudas, no está seguro de poder conmover a otros con sus letras y necesita esa confirmación para seguir escribiendo. Desde ese sueño la duda crece y cada día cuestiona la calidad de sus líneas con más dureza.
Al despertar, la intensidad de lo soñado permanecía intacta, así como la sensación de haber escrito un poema único, irrepetible.
Mi amigo se lamenta profundamente y dice:
—Quizás, es lo mejor que he escrito y no lo recuerdo—. —En esta cabeza mía, ni siquiera asoma una palabra, una idea, desde donde yo pueda retomar el hilo y reconstruir el poema—.
Mi amigo continúa su relato: —Anoche—. Dice Rodrigo.
—Cincuenta años después, volví a soñar con la misma mujer—.
Según mi amigo, el sueño transcurre en esa hora imprecisa en que la tarde se convierte en noche, y un arrebato de sirenas, de luces intermitentes, había convocado a una multitud en una calle desconocida. La inquietud, producto de la incertidumbre, lo dominaba y en medio de la muchedumbre, la intensidad de aquella vieja emoción lo conmovió de nuevo. El rostro de la mujer es difuso, o quizás le está velado en la vigilia, pero recuerda claramente su cabello negro, los ojos claros y al encontrarse una vez más sus miradas, los iguala una emoción de corazones acelerados. En un instante la mano de la mujer se encontró con la mano de Rodrigo, pero no pudo retenerla. La mujer desapareció con el estruendo de las sirenas. El asombro, la incertidumbre y un grupo compacto de desconocidos le cerraron el paso y volvió a desaparecer. En ese momento despertó.
Lo extraordinario, dice Rodrigo, es que al abrir la mano que sostuvo la mano de la mujer de mi sueño, encontré el poema que le entregué cincuenta años atrás. El mismo trozo de papel, la misma letra apresurada y escrito en el reverso del papel, con cultivada caligrafía, este mensaje:
-Tengo una eternidad buscándote en sueños ajenos, para agradecer tus conmovedoras palabras-. -Este encuentro es un gesto inequívoco, mi testimonio rotundo, de que yo tampoco puedo con tu ausencia-.
Mi amigo Rodrigo finalmente se convence de que el sueño es una señal y su deber es escribir hasta que duela, que no puede abandonarse a la falta de musas y debe ceñirse al oficio, que las palabras cumplen siempre su objetivo frente a los corazones.
Leo el poema escrito por mi amigo Rodrigo y me conmueve profundamente, el peso de la palabra convertida en imagen, capaz de atravesar durante cincuenta años las puertas elásticas de los sueños. Esta es la transcripción del poema:
Y si acaso,
en medio de la noche,
un rayo
vertiginoso,
zigzagueante,
atraviesa las sombras
y retumba en tus huesos,
se enreda en tus coyunturas
y se instala como susto
inesperado
en el curso de la sangre
y agita tu corazón,
yo puedo asegurarte,
que ese rayo inesperado
es mi palabra enardecida,
que, incontenible, escapa
del cerco de mi boca
porque no puede
con tu ausencia.