Encuentro afortunado CC
Carlos Castaño frecuenta a diario y en horas de la noche un bar. La rutina se hace costumbre y la cita se convierte en compromiso impostergable. Para cumplir con ese deber impuesto, recorre con pasos premeditados cuatro calles, que conoce de memoria y separan su casa del bar.
La Espuma Derramada es el nombre del bar y allí las horas se contabilizan en botellas de güisqui, que beben a discreción quienes, como Castaño, pertenecen a la Cofradía de las Letras Mojadas. Algunos son artistas, otros fotógrafos, también concurren escritores, periodistas, intelectuales y uno que otro opinador de oficio.
Desde hace unos días, un muchacho de apenas veinte años deambula por las calles que Castaño recorre para cumplir su cita.
El joven parece perdido y expone con crudeza un desamparo indigno. No pide ni acepta limosnas, pero camina sin detenerse por las mismas calles desde la mañana hasta la noche. No le hace daño a nadie, pero poco o nada se sabe de su destino.
A diferencia de otros días, hoy Castaño no contempla los colores de la tarde. Camina a cumplir su cita completamente sumergido en un pozo de palabras; busca en sus recuerdos con obsesivo afán una palabra, que se escabulle en los rincones de su memoria, se sumerge en las profundidades de un pozo, para terminar escondida en sus oscuras arenas. Con insistencia revuelve los recuerdos en un intento desesperado de pescar esa palabra que se escurre entre los pliegues de su vasto conocimiento.
La palabra debe ser precisa y la necesita para culminar una estrofa que le parece brillante y con la que espera sorprender a la Cofradía, pero no logra alcanzarla y desaparece en el humo de su cigarrillo. Desecha, por obvias, las palabras: trasto, cacharro, utensilio, artefacto, artilugio.
Su pensamiento lo interrumpe una voz desconocida, acostumbrada a los susurros, que le dicta al oído: «Chisme».
Y en el mismo tono afirma: la palabra que está buscando es «chisme».
Se ilumina la frase que Castaño vocea entre dientes con la palabra que acaba de oír y, asombrado, mira al joven, que continúa su recorrido habitual sin detenerse.
Castaño corre, le da alcance, camina al lado del muchacho y pregunta:
—¿Cómo supiste que buscaba esa palabra?
—Por un momento creí que me hablaba —dijo el muchacho, y continuó—: Luego entendí que usted habla solo, o con su otro yo, con duendes, fantasmas o sombras, y por puro impulso, por costumbre, por ayudar, le dicté esa palabra que faltaba en su lista.
Castaño permanece junto al muchacho; es incapaz de detenerse y camina a su lado. Insiste con otra pregunta:
—¿Quién eres?
—Soy huérfano; me educaron en un convento, en una construcción parecida a esa que está en la esquina, en una calle semejante a esta, con su bar imprescindible y rodeado de casas similares a estas, con puertas de dos hojas y grandes ventanales con vidrios de colores. En esta calle me reconozco.
Y como si le hubieran soltado la lengua contenida por un sortilegio, el muchacho continuó:
—Desde el momento en que aprendí a leer, ya no pude abandonar los libros y me convertí en guardián de la biblioteca de ese convento.
—En horas poco habituales se reunían en la biblioteca quienes intentaban diseñar un futuro en libertad y una noche, congregados todos, la terca historia del hombre se repitió. Encapuchados y armados, la opresión y la injusticia tomaron por asalto la biblioteca y prendieron fuego con todos nosotros adentro. Intenté inútilmente apagar la candela con mis manos, con mi cuerpo, y no pude. En un instante me vi encerrado en un círculo de fuego.
Por azar, por orden del destino, por el vencimiento de los metales, los libros cayeron de las estanterías y formaron una especie de pasadizo, un cerco efímero de papel y de ideas, por el cual pude escapar. Corrí y no me detuve hasta que pisé esta calle, que es una copia de la calle en donde viví.
Escapé con vida y soy solo humo; no supe ser guardián de aquellos libros que decidieron salvar mi vida y se convirtieron en un recuerdo de cenizas.
Sin pensarlo, conmovido por lo extraordinario de la historia, Castaño dice al indefenso muchacho:
—Tengo una biblioteca enorme y necesito un guardián. Ven conmigo.
Una vez más, los libros abren un camino al desamparo.