SUS LABIOS... EN LA CÁRCEL
Sentada frente al minúsculo espejo de su celda, Carla se arreglaba. No le gustaba usar maquillaje, apenas una discretísima sombra de ojos. Pero sí pintaba sus labios de un fuerte color rojo.
Pasaba la barra de carmín suavemente, acariciándose más que pintándose, recreando su imagen en el espejo. A sus labios les gustaba el sabor de la barra, les gustaba el tacto de la crema. Con el perfilador terminó su obra, unos labios perfectamente decorados.
La palidez de su cara hacía resaltar sus labios de una forma insolente y, eso pretendían.
Sabía que en el funeral iban a decir cualquier cosa sobre ella, y ninguna buena, así que por lo menos les molestaría con su presencia todo lo que le fuera posible.
El vestido negro se le ceñía al cuerpo igual que el carmín a sus labios. Parecía que estaba pintada de negro y rojo. Para terminar, un poco de perfume, pero no demasiado. Se puso un sombrero y se colocó un velo negro para ocultar su rostro. Sería más efectivo que se viera al levantarlo.
Los vigilantes vienen a buscarla. Hora de ir al tanatorio y estar por última vez con quien fue su marido hasta hace unas horas. Seguro que a Carlos le habría gustado el adorno de sus labios, pero ya no puede verlos.
Allí se encontró con sus cuñadas, con sus caras de nutrias adocenadas. Nada más verla, se marcharon. “Bueno, que se vayan, no las va a echar de menos su querido hermano”. De aquellos labios no salió ni una sola palabra, ni buena ni mala, aunque podrían haber dicho muchas.
Había más familia del difunto y ella estaba sola, siempre ha estado sola con Carlos. Lo que pasa es que el difunto, Carlos en vida, nunca ha estado solo, siempre buscaba compañía y, lo que es peor, la encontraba, y a ella eso no le gustaba, a su cuerpo no le gustaba, a sus labios no les gustaba. Hablaban con ella diciéndole cosas de Carlos que resultaban duras de creer, sus labios le decían con qué otra mujer estuvo aquella tarde, con cual aquella otra, quién viajó con él en aquella ocasión, entonces sus oídos se cerraban y rechazaban cualquier sonido que saliera de aquellos labios mentirosos y poco dados a la poesía.
¿O no mentían? ¿Y si todo era cierto? Porque a los labios no les hacía falta el camino de los oídos para hacerse entender, sus ojos los leían frente al espejo en el que los pintaba; y a los labios no les importaban los ojos cerrados, porque el corazón, acuciado por la tristeza, siempre escucha.
Hasta que llegó el momento en que se le acabó la paciencia. Fueron muchas discusiones, muchas horas de sueño perdidas para no conseguir apenas nada. Sus labios decían palabras que parecían no tener sentido para él, pues Carlos siempre tenía una disculpa y ella no podía consentirlo.
Pero ya nada importa, no hay vuelta atrás, él sólo lamentará no volver a besar los labios rojos de Carla. A ella le da igual, nunca ha podido decidir, son sus labios los que le dicen cómo debe pintarlos, de qué color y para quién. Son sus labios los que tienen el arbitrio de su vida, y no volverán a solicitar una miserable audiencia con el embustero.
Y ella obedece.
Sus labios componen y ordenan sus palabras, aceptan o rechazan otros labios.
Y ella obedece.
Unos días le piden que se pinte para agradar, otros no debe pintarse… Hoy sus labios le habían pedido que se pintara para darle el último homenaje a Carlos.
Y así lo hizo.
Ayer le dijeron que se pintara para matarle. Hoy sus labios se aislan de cualquier palabra.
Y ella ya no está.