Jo, Juan Fozara; excepto en lo del "elevado grado de inteligencia", es que me has clavao el retrato, tío. Y eso que trato de disimular con el búho que pongo en el avatar. Mu bueno lo tuyo.
juan fozara
20-09-2013 12:25
Mi palabra es CHIMPANCÉ.
Mono antropoide de unos 150 cm de altura, pelaje pardo negruzco, cabeza grande,, brazos largos, ojos hundidos y nariz aplastada; tiene costumbres arborícolas y terrestres y vive en el centro de África formando pequeños grupos; es fácilmente domesticable y muestra notables cualidades mentales y afectuosas: el chimpancé es el animal más estrechamente emparentado con el ser humano desde el punto de vista anatómico, y muchos experimentos demuestran su alto grado de inteligencia.
" La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño ": Nietzsche.
Rodrigodeacevedo
20-09-2013 11:41
Hola, compis: Feliz finde, venturoso y aventurado. Con este final de verano o principios de primavera, según se mire; siempre los cambios suelen ser arriesgados pero enriquecedores. Vivamóslos con intensidad.
Nueva convocatoria de palabritas;
la mía:
HECHIZADO/A
Del verbo hechizar:
hechizado es el participio.
tr. Ejercer una influencia maléfica con poderes y prácticas mágicas: una bruja hechizó al príncipe.
Embelesar, cautivar, despertar admiración: ese cuadro le ha hechizado.
lluvia
20-09-2013 09:02
El conventillo II
(No sé si corresponde, ya me dirán, pero escribí un par de relatos para esta ocasión y en realidad ninguno de los dos me convenció del todo, o mejor dicho casi nada,Y aunque estuve a punto de "pasar" esta vez, al final sin poder escoger entre uno y otro decidí dejarles los dos, para que la tortura sea completita, jajaj)
Cuando los vecinos del conventillo recibieron la notificación del desahucio, doña Choli —una italiana de armas tomar— agarró la sartén por el mango y organizó la protesta. Al Vasco le pareció una locura, en realidad todos pensaban que ella tenía "varios caramelos derretidos en el frasco" que le pegoteaban las ideas, sobre todo después de aquel día en que corrió a escobazos hasta la plaza del barrio a un transeunte por atreverse a piropearla al grito de: “¡Maledetto!¡Vete a decire esa merda a la sua mamma!”, pero esta vez, a lo mejor, su vulgar locura podía servir de ayuda; así que desestimaron los pataleos del Vasco y armados de tachos, palos y cacerolas, los catorce inmigrantes salieron a hacer cachengue* por las calles con la idea de instalarse frente al caserón de los dueños del conventillo. Todo el vecindario sabía que esa noche la hija menor de los dueños del inquilinato celebraba su compromiso y que la mansión de los susodichos estaría minada de pitucos* y cogotudos* emperifollados con sus mejores galas.
Terrible fue el disgusto de la señora Matilde al ver a toda esa gentuza haciendo batifondo* frente a su propiedad, faltaban solo un par de horas para que sus invitados de la alta sociedad comenzaran a llegar para el festejo. La niña Angélica no paraba de llorar y gritar al borde de la histeria suplicando a su padre que hiciera algo pronto para que toda esa chusma desapareciera de su vista o arruinaría su sueño de la gran fiesta. Don Aristóbulo, mientras trataba de calmar a su hija, envió a su mayordomo para que intentara convencer a los manifestantes de que se retiraran o se vería obligado a dar aviso a las autoridades. Lo único que logró conseguir el pobre empleado fue una lluvia de huevazos que impactaron en su cabeza, sus ropas y en las paredes del frente de la casa.
La primera en llegar al festejo fue la señora Mercedes, madre de Aristóbulo, que al ver semejante desmadre en plena calle no se animó a bajar del automóvil. Al verla, doña Choli se acercó para explicarle las causas que los habían llevado hasta allí, ella sabía que la anciana tenía toda la sensibilidad que a su hijo le faltaba y decidió jugarse una última carta puesto que los uniformados no tardarían en llegar. Luego de escuchar los reclamos intentando entender el malísimo español de su interlocutora, la mujer prometió interceder por ellos ante su hijo solo si se retiraban del lugar; la italiana vaciló un instante pero al final decidió confiar y acabó por aceptar. En ese momento se oyó cerca a la policía y todos comenzaron a correr para escapar; doña Choli también lo intentó pero, menos ágil, no tardó en ser alcanzada por el mismísimo comisario, quien al reconocerla no dudó en darle varios días tras las rejas a pan y agua.
Cuenta el Vasco que la jornada siguiente, cuando fue a visitarla al calabozo, la desdichada no paraba de lamentarse: ¡Porca fortuna la mea venire a dare con la scopa giusto giusto al comissario!
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* Jergas y modismos de Argentina
Cachengue: lio, pelea // fiesta.
Pituco: niño bien // joven elegante
Cogotudo: adinerado // oligarca
Batifondo: alboroto // griterío// confusión
lluvia
20-09-2013 06:08
El conventillo
La crisis económica del '30 se llevó a mi padre: tras el disgusto y la preocupación por quedarse sin empleo se agravó su problema cardíaco impidiéndole volver a trabajar. Mi viejita tomó la sartén por el mango y trató de sacarnos adelante pasando día y noche sobre la máquina de coser, pero fue insuficiente. La notificación de desahucio por falta de pago de la hipoteca fue el golpe final para que el corazón del viejo dejara de latir. Viuda, con un hijo de doce años y perdido el sueño de la casa propia, mi madre, se vio obligada a vender lo poco que nos quedaba. Solo con lo puesto y algunos trapos más salimos de la casita de Flores que me vio nacer rumbo a un inquilinato en Balvanera.
Llegamos al conventillo una tarde de julio, yo no podía creer el panorama que tenía frente a mí: una vivienda a la que llarmar vulgar sería halagador. Tenía ganas de salir corriendo de ese sitio donde nos abrió la puerta el olor a puchero mezclado con mondongo, frituras, pesto y estofado, y un extraño bullicio producto de voces en diferentes idiomas y dialectos, el llanto de un bebé y un tango sonando en la radio a todo volumen.
Nos recibió doña Berta, una alemana sesentona, rolliza y de sonrisa sin dientes que poco sabía de hablar en español y a la que no le entendía ni jota; por suerte mi madre fue más ágil que yo, o al menos simuló entenderla, y la saludó con soltura. Pronto se acercó doña Asunta trayendo de la mano a su hijo Giácomo que parecía tener mi edad, ella tampoco hablaba bien nuestro idioma pero por suerte tenía al Tanito -nacido en Buenos Aires- que le hacía de intérprete, y fue gracias a él que logramos entendernos sin dificultad. Ambas mujeres nos invitaron a pasar al patio desde donde se podían ver todas habitaciones (incluído el único baño y la única cocina de toda la casa) y al menos quince personas curioseando a los recién llegados desde el corredor. Aun con nuestros humildes atuendos nuestra apariencia contrastaba con la de ellos, y no creo que haya pasado desapercibido el gesto de mi rostro presa de la desilusión y el desconcierto. Sentí que el mundo –mi mundo– se me venía encima; de no haber sido por la mano de mi madre que con firmeza sostenía la mía y por la entereza que ella demostraba me habría puesto a llorar. En ese momento el marido de la germana se ofreció a subir la maleta hasta la pequeña pieza que en adelante sería nuestro hogar y el Tanito me invitó a conocer a los otros niños que jugaban en el patio del fondo. Mi madre soltó mi mano y me dijo que fuera con él, por un instante pude ver sus ojos llorosos pero inmediatamente levantó la mirada y subió las escaleras tras el hombre que la aguardaba unos escalones arriba. Al verla alejarse la noté muy delgada... recordé entonces la promesa que le hiciera a mi padre antes de morir: siendo yo el único “hombre de la casa” -así vistiera pantalones cortos- debía ser fuerte y cumplir con el compromiso de cuidar a mi madre.
El tanito insistió en que lo acompañara: en el otro patio –el de tierra– un puñado de niños de diferentes edades corría tras una pelota de trapo en una canchita improvisada con arcos de caña. En el otro extremo, debajo de la higuera cercana al gallinero, tres niñas jugaban a la rayuela. Al verme todos corrieron a darme la bienvenida entre risas y palmoteos, y al rato yo también corría tras la pelota. Pude ver a mi madre sentada en el patio principal conversando con un par de mujeres que le ofrecían un tazón de sopa caliente y pan casero. Sonreí y seguí jugando: tal vez no sería tan malo vivir allí -pensé- después de todo a esos inmigrantes les faltarían muchas cosas materiales pero les sobraba hospitalidad y cortesía; eso estaba demostrado.
Mi paso por el conventillo fue fugaz, pronto nos trasladamos a la estancia que un tío de mi madre tenía en Rosario, pero los muchos ejemplos de buena gente que dejaron en mí aquellas familias de laburantes*, llegados a mi país desde Europa para “hacer la América”, no se borrarán jamás.
*Laburante: en glosario de argentinismos y mexicanismos: trabajador, chambeador.
Estela
20-09-2013 04:08
LA CENA DE LOS RODRÍGUEZ
Ernesto tenía el SUEÑO de reunir a todos los Rodriguez; y se le ocurrió que sería muy ÁGIL poner un aviso en los periódicos;muchos le contestaron y asumieron el COMPROMISO de asistir; por ese mismo medio, fijó una fecha y ese día temprano, se sentó en la puerta de su estancia, a esperar que llegaran los primeros invitados.
Empezó a sentir DISGUSTO porque habían pasado varias horas y no llegaba nadie; no obstante, a media mañana llegó un omnibús cargado de Rodriguez, y muchísimos Rodriguecitos que los acompañaban; se alegró mucho, y se dijo: -Parece que mi idea ha dado sus frutos.
Y otros llegaron por tren, helicópteros, autos, motos, bicicletas, monopatines, biplanos, aviones, ómnibus, y la estancia comenzó a llenarse; los jardines, las habitaciones, los Rodriguez pululaban en todos los rincones, y era difícil reconocerse, pero como los había de las mas diversas profesiones, el Rodriguez experto en Relaciones Humanas, se había ido provisto de tarjetas movibles, para identificar el lugar de origen de cada uno,y eso les permitía encontrarse, abrazarse, contarse sus respectivas vidas, enterarse de que eran parientes muy cercanos.
Al mismo tiempo, los Rodríguez cocineros llegaron a la cocina, y empezaron a circular ollas, cucharones, SARTENES,porque querían poner en conocimiento del resto de los Rodriguez sus magistrales recetas, cosa que resultó por demás complicada, porque no todos los Rodriguez eran españoles; todos ellos habían venido de distintos lugares del mundo, y entonces reclamaban sus comidas peruanas, colombianas, africanas,orientales,rusas... !Sí, que hay Rodríguez por allí también; es que ASÍ SON LOS RODRIGUEZ!, pero finalmente encontraron la forma de dejar conforme a todos, y se sentaron a comer.
Nuevo conflicto: ¿Quién iba a servir? tuvieron que empezar a preguntar si había Rodriguez mozos.Por supuesto, los había. ¿Pero quién iba a decir cuáles eran los mejores vinos, para acompañar esa cena "rodriguezca?" ¿Había por allí, Rodriguez enólogos? !Por supuesto!
Y aparecieron los Rodriguez cantantes, plomeros, ingenieros, electricistas arquitectos,profesores,directores de orquesta,y es que siendo tantos, fueron necesarios los servicios de cada uno, dado que cuando aparecía algún nuevo problema,también tenían allí, al alcance de la mano, a quien podía resolverlo.
La mujer de Ernesto, que cuando se enteró de la idea de su marido,le dijo que le parecía demasiado loco y VULGAR lo que quería hacer, cuando en los aviones, avionetas, autos, camionetas, triciclos, bicicletas,motos, jeeps, comenzaron a retirarse los Rodriguez ,le dijo:
- Estaba equivocada,Ernesto, ha sido una excelente idea,el año que viene organizo yo la reunión, que por algo me apellido Perez.
Hace tanto que los tengo abandonados que no logro recordar mi contraseña para entrar
OMAR
19-09-2013 19:18
La mujer del carpetero
Esa mañana, antes de que saliera el sol, sentí el COMPROMISO moral de contarle mi SUEÑO al carpetero del hotel. Bajé muy ÁGIL las escaleras para hacer sonar las campanillas que lo llamaran. Con tremendo DISGUSTO reflejado en el rostro y además con la cara de pocos amigos que demuestra cualquiera al ser despertado, salió para atenderme.
—Amigo, ¿puedo hacerle una historia?
—Adelante —respondió él secamente.
Todo comenzó cuando llegué por primera vez a este pueblo y me recomendaron este hotel. Usted no atendía la carpeta por esos días; porque según me dijo la muchacha adolecía de un tremendo mal de estómago. Ella procuró muy amenamente que yo me sintiera a gusto en el hotel; incluso me acompañó hasta la habitación y me mostró cada detalle.
Mi estancia en el pueblo, por cuestiones de trabajo, sería solo de dos días; pero me sentí hechizado por ella y solicité a mis oficinas que extendieran el plazo de mis labores para que el estudio que debía realizar tuviera una mayor calidad.
Mis visitas se repitieron y siempre buscaba la manera de que fuera ella quien me atendiera cuando llegara al hotel; y no usted. Además me percaté que ella también hacía su esfuerzo por hacerlo. Nada que al parecer había una química de atracción entre nosotros que crecía sin parar.
En una de las ocasiones que me acompañó a la habitación esa química se desbordó y terminamos haciendo el amor.
El carpetero me miraba muy fijo y sus ojos crecían de tamaño. Pero no hablaba y yo continué.
Mi jefe comenzó a preguntar por qué no entregaba el informe, pero solo tenía que pensar en ella para que apareciera una historia convincente y además el permiso para un nuevo viaje hasta el pueblo. Incluso iba recomendado para otros hoteles de mayor categoría, pero yo tenía el mío «propio». Su hotel, este.
Allí de nuevo a encontrarnos y amarnos. La manera que ella encontraba para que el dueño, su marido no apareciera nunca en la habitación donde nos entregábamos no quise saberla en ningún momento, quizás un egoísmo de mi parte...
No pude continuar, con un SARTÉN que apareció de no sé dónde el hombre me golpeó en la cabeza e interrumpió mi historia, y de una manera extremadamente VULGAR, para no llamarla grosera me obligó a firmar mi DESAHUCIO del hotel.
—No soporto más su burla, soy viudo hace más de dos años y si no se aleja ahora mismo no respondo de mí.
Por supuesto que me fui, después mandaría por mi ropa, e incluso intentaría explicarle a ese hombre que solo quise hacerlo partícipe de la historia que había soñado aquella noche.
«...solo el amor convierte en milagro el barro...»
S.Rguez
juan fozara
19-09-2013 11:49
MORTADELO Y FILEMÓN.
Tenía un sueño, ser escritor, se presentaba a concursos, esta vez debía relatar una pelea. Era muy impaciente e impulsivo y al hallarse sin inspiración agarró una SARTÉN y la estampó contra su propio relato, ¡Plafff!, en el medio y medio del cuaderno.
- Carlos, ¿qué es ese ruido?
- Nada, necesidades del guión.
- No me fío, voy a ver...¡Ay, madre! La sartén nueva, ¡qué DISGUSTO!
Marylú tomó la sartén y ¡doinggg! le arreó un sartenazo en la cabeza al presunto autor.
El escritor de pronto tuvo ideas y un gran chichón. Quizás sufriera un DESAHUCIO por parte de la literatura, pero no se iba a arredrar. Iba a relatar esa pelea, una pelea al estilo de Mortadelo y Filemón, sus héroes de los tebeos, pero una disputa al fin y al cabo.
- Si, rompí la sartén, total, ibas a freír pescado, otra vez pescado no.
- ¿Pescado no?
Marylú agarró la bolsa con los jurelitos y se la vertió por encima a Carlos.
- Pescado sí - exclamó Marylú -, estoy harta de ti, voy a romper nuestro COMPROMISO, tienes la cabeza llena de SUEÑOS. Mira todo lo que hay que hacer y tú... escribir...escribir.
Carlos agarró un cuaderno de tapas duras y se lo lanzó con ganas. Marylú, ÁGIL, se agachó y ¡craccc! la lámpara del techo.
- ¡Ahhhhh! La lámpara de la abuela.
Marylú cogió la silla preferida de Carlos y ¡craft! la rompió contra la mesa de su estudio.
- ¡Ahhhhh! Mi silla, mi mesa, ¡gorda!
- ¿Gorda yo? Esquelético, chupatintas. ¡Fuera de casa!
- Claro que me voy...¡plafff!...portazo.
Carlos se encontró en la calle, solo, sin pertenencias, con un chichón en la cabeza y hambre, pero pescado no. Se dirigió a una pastelería muy próxima y pidió una gran tarta de nata.
- No hace falta que me la envuelva - dijo Carlos a la empleada.
Carlos enfiló el camino de regreso a su casa, subió en el ascensor mirando la tarta con pena pues tenía hambre. Llamó a la puerta de su casa, ding dong.
Abrió Marylú, secándose las lágrimas de cocodrilo con un pañuelo.
Carlos levantó el brazo con la tarta, esta vez acertaría en el medio y medio de su cara...
- ¡Carlos! Has traído una tarta para nuestra reconciliación y además de nata, las que a mí me gustan.
Carlos dudó, bajo la guardia y se quedó un tanto perplejo con la tarta en la mano. Mala la hubo, Marylú aprovechó para arrebatársela y estampársela en la cara ¡plafff!
- Jajaja, te crees que después de tantos años me vas a engañar...¡Anda, entra!
Carlos entró, titubeando pero entró, dio los primeros pasos y ¡clac! Marylú le puso la zancadilla. Carlos trastabilló y fue dando tumbos hacia la televisión ¡croffft!, allí incrustó su cabeza.
- ¡Ahhhhh! Mi televisor, mi telenovela...Oye, falta mucho para terminar tu relato, mira como estamos poniendo la casa y después dices que no te ayudo a escribir. Tienes que relatar una pelea y yo te complazco para que sea realista, ¿te valió?
- Peleas muy bien, casi tanto como friendo el pescado.
- Déjate de tonterías, ¿falta mucho?
- Ya casi acabo.
Clic, llave de la puerta, plaf, ligero portazo.
Entró Carlitos, su hijo.
- ¡Hola papá! ¡Hola mamá! ¿Qué hay para comer hoy? Espero que no sea pescado otra vez.
- No hijo, esta vez nos vamos a comer a un restaurante.
" La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño ": Nietzsche.
Rodrigodeacevedo
17-09-2013 14:23
NOCHE ACIAGA.
Cuando el Autor examinó las palabras seminales y meditó sobre ellas para concebir su relato, la primera idea que acudió a su mente fue la de escribir un sueño a modo de guión cinematográfico, que comenzase en el confín de los tiempos con el dinosaurio y, lentamente, en una especie de ágil secuencia narrase el proceso selectivo de las especies, terminando (por ahora) con la humilde lagartija. Pero le pareció una idea tosca, tópica, manida. Y, además, cuando quiso reelaborarla, el dinosaurio, naturalmente, ya no estaba allí.
Así que una vez tomada conciencia de las limitaciones de su imaginación, estéril por demás en estos días, que le impedían cumplir el compromiso de escribir una narración suficientemente digna (y es que, además, la lista de palabras estaba en las antípodas de las que podrían encajar en aquel proyecto de relato) salió a contemplar la noche, esa noche mediterránea, impregnada de aromas de la vecina sierra y de las flores del propio jardín. Una noche donde los luceros brillan con especial resplandor, con esa alegría casi infantil, como de niños que juegan en esa inmensa pradera celestial, rivalizando en brillos y estimulando las imaginaciones de los enamorados para que vean en ellas, en sus armonías y geometrizaciones, símbolos, trazos donde leen sus felicidades presentes y futuras. Estrellas bondadosas, que tantas ingenuidades permiten.
Pero llovía a cántaros (esta es otra cualidad de las noches mediterráneas que no suele incluirse en los folletos turísticos), por lo que el Autor, para mayor disgusto, volvió a refugiarse en sus meditaciones, ya de tipo fenomenológicas, tratando de convencerse que hoy las musas lo tienen desahuciado.
La noción husserliana de “conciencia intencional” (1) se le apareció claramente definida en esta noche aciaga, en la que la lluvia y la ausencia de ideas y de dinosaurios eran algo más que meras circunstancias, deviniendo en las esencias de su mala leche.
Para acabar de ennegrecer el cuadro ni siquiera podía intentar una excursión arrabalera, pues en aquel bendito pueblo los arrabales están formados por los chalets más lujosos, con puticlubes propios de acceso superreservado.
Pero la literatura, siempre la literatura, vino en su ayuda y consuelo. Distraídamente ojeaba los lomos de los libros de su biblioteca, en la zona más próxima al mueble-bar, puerto ya casi inevitable de aquellas singladuras nocturnas, cuando sus ojos toparon con las palabras redentoras: “Viajes alrededor de mi cuarto y otros relatos” de Xavier de Maistre. Abrió el librito, previa concienzuda limpieza del polvo acumulado por la falta de uso, y (oh, qué fuerte) leyó: “¡Oh, dulce soledad! He conocido las seducciones con que deleitas a tus amantes. Des.graciado del que no puede pasar un solo día sin sentir el tormento del fastidio...” Oh, qué fuerte, repitió. Un alma gemela en un rincón infrecuentado de los estantes de libros. Lo malo es que este relato ya tiene exceso de palabras como para explayar aquella sobrevenida inspiración.
Así que frió en la sartén unas vulgares salchichas (su frigo no solía estar muy bien surtido) tomó la botella de güiski y encendió la televisión. Gracias a los dioses daban un reportaje sobre los pigüinos de la Patagonia, que es de lo poco decente que se podía ver en días como ése en las televisiones españolas.
(1) Esto ya se que es una pedantería; pero para los espíritus inquietos y para aquellos que me quieran sacar los colores redondeo esta petulancia:
“La conciencia intencional tiene tres modos de darse que son: la conciencia actual que aprehende el objeto, la conciencia potencial que percibe el horizonte o fondo de la experiencia en donde encontramos los objetos inactuales, y la conciencia atencional que es cuando la conciencia dirige la mirada a un objeto determinado actualizándolo, la atención hace que el modo potencial se convierta en actual, o lo que es lo mismo, el objeto se hace presente de modo real a la conciencia.”
Comentario.- ¡Hay que ver cómo se complican la vida algunos!
Ilust.:El Autor aceptando la ausencia de sus Musas.
Tigana
15-09-2013 18:18
POSTALES
El pasado:
Una mañana de chaqueta de pana. Caminaba por la alfombra de hojas amarillas de la avenida y entré en la librería. Marcos jugueteaba con una edición del 98 del libro del Desasosiego, de Pessoa. Entonces me miró, carraspeó y recolocó con el índice de su mano izquierda las impecables gafas redondas plateadas. Sus huellas quedaron grabadas en la pasta del libro por unos instantes y yo coloqué mis dedos sobre ellas. Se dio la vuelta mientras la gabardina ocre se entreabría permitiéndome ver el alfiler de corbata, lo único vulgar de su apariencia, con forma de espiral ensanchada en la parte exterior. Cogí el libro.
-¿Te lo llevas? -preguntó con cierto disgusto.
-¿Puesto…? -dije tras morder mi labio inferior.
-Me he decidido tarde a comprarlo. Parece que te interesa más que a mí -dijo.
-No conozco el grado de su interés, pero de entre toda esa maraña es lo que más me ha llamado la atención -afirmé.
-¿Ves? Me quedé sin él. Yo siempre tomando indecisiones. Seguro que disfrutarás.
-Tenga usted. Su indecisión esta vez no le conducirá a la tristeza. No puedo cargar eso sobre mi conciencia. Hoy ha tenido suerte -dije, tendiéndole el libro.
Nos reímos, le abracé, compramos el libro y fuimos rápidos al restaurante para celebrar nuestro primer aniversario de compromiso.
El presente:
Una mañana de guantes de lana. Llega a lo lejos, emitiendo señales con el reflejo de sus gafas redondas y sus ojos cargados de sueño. Pienso en un faro y en un barco y en rocas. Piso una vez más la colilla que ahuma entre charco y charco. Un beso. Un abrazo de dos abrigos muy abotonados. Una mirada a la pareja que pasa a nuestro lado abrazándose y riendo. Llueve.
-¿Ves? El día no acompaña -dice.
-No podía ser de otra forma. Planeamos algo primaveral y ya se acabó la estación -afirmo al tiempo que apoyo los codos en la barandilla húmeda.
Marcos hace ademán de ir a coger mi mano. Antes la enguanto. Él señala algo, pero me entretengo retorciendo el plástico de mi paquete de tabaco. Saco un cigarro. El aire apaga el primer intento del mechero.
-Mira, allí es donde te quería llevar, pero con esta lluvia la alameda estará llena de barro -me dice, señalando a lo lejos con el índice.
-Mi estómago está revuelto como el día. No me siento bien. Me voy a casa.
-Vamos -dice solícito.
-No, tú quédate. Cogeré el bus. No te pierdas un festivo -le digo, mientras enlazo mis manos y muerdo mi boca por dentro.
Una joven pasa y Marcos tose. Yo estornudo. Camino desahuciada por la avenida. Un café. Continuo el paseo y en la esquina me detengo. Es Marcos quien contempla el escaparate de nuestra librería. Pero no entra. Yo tampoco.
El futuro:
Una mañana de camiseta. Apagaré mi cigarrillo lentamente en el cenicero de cristal observando mi primera manicura. Llegará Marcos acompañado de su nueva amiga y pedirá un Martini seco. Después prolongará durante unas décimas de segundo el sabor de la bebida en su boca mientras se acentúan las arrugas de mi frente. Me verá y se acercará a mi mesa.
-¿Y cómo fue la primavera? -le preguntaré.
-Encontré nuevos libros en nuevas librerías. Muy interesantes. ¿Y tú? -preguntará mientras sonríe.
-Memorable: El Enigma, de Josefina Aldecoa, pero… a ti no te lo recomiendo -Mi agilidad respondiendo será lo único que me lleve puesto.
El fin.
Fuera de los límites de la raza canina, el libro es el mejor amigo del hombre; dentro de los límites del perro no hay suficiente luz para leer. Groucho Marx