(Sing. formado a partir del pl. lat. aborigĭnes).
1. adj. Originario del suelo en que vive. Tribu, animal, planta aborigen.
2. adj. Se dice del primitivo morador de un país, por contraposición a los establecidos posteriormente en él. U. m. c. s. pl.
Me gusta soñar despierto... dormido tengo pesadillas.
Rodrigodeacevedo
07-09-2013 13:24
RECORDATORIO a las buenas gentes y personal en general que dan vidilla a este hilo. Nos faltan DOS palabrejas de nada y damos el pistoletazo de salida para comenzar a relatear. Me permito dirigirme en especial a las nuevas incorporaciones; ya sabéis. Que no se diga.
Eratalia
06-09-2013 22:31
AUSENCIA
(Del lat. absentĭa).
1. f. Acción y efecto de ausentarse o de estar ausente.
2. f. Tiempo en que alguien está ausente.
3. f. Falta o privación de algo.
4. f. Der. Condición legal de la persona cuyo paradero se ignora.
5. f. Med. Supresión brusca, aunque pasajera, de la conciencia.
6. f. Psicol. Distracción del ánimo respecto de la situación o acción en que se encuentra el sujeto.
Con rimas y a lo loco
caizán
06-09-2013 20:03
VUELCO
Del verbo: volcar.
Tigana
06-09-2013 16:42
Palabra:
AGUA
Fuera de los límites de la raza canina, el libro es el mejor amigo del hombre; dentro de los límites del perro no hay suficiente luz para leer. Groucho Marx
Jose Jesus Morales
06-09-2013 14:45
Palabra propuesta:
Sospecha
Rodrigodeacevedo
06-09-2013 11:22
Salud, buenas gentes:
Una nueva semana nos convoca alrededor del saco palabreril. Una semana crítica dado que varios componentes de esta amistosa grey se han incorporado a sus trabajos habituales. (Ya sabéis: "primum vivere deinde phiilosophari")
Así que esperemos que dejéis todos un huequito para regar este espléndido hilo.
A lo que vamos: las palabras.
DESPEDIR
tr. Acompañar a la persona que se marcha y decirle adiós. También prnl, con la prep. de: se despidió llorando de su familia.
Echar a una persona de su trabajo: la han despedido sin explicaciones.
Prescindir de los servicios de algo o alguien: despide al transportista, todavía no puedo entregarle la mercancía.
Deshacerse de una persona que resulta molesta o negativa: a estos pesados los despido yo en medio minuto.
Desprender, difundir, esparcir: el guiso despide muy buen aroma.
Soltar, arrojar una cosa, echar fuera de sí: el volcán despide humo y cenizas.
prnl. col. Perder la esperanza de conseguir algo: como no lo acabes a tiempo, despídete de las vacaciones.
despedirse a la francesa loc. Marcharse sin decir adiós: es un maleducado, se marcha despidiéndose a la francesa.
♦ Irreg. Se conj. como pedir.
Así que ahora, con el apoyo teórico del excelente hilo que ha abierto Lidia, tenemos en nuestro pequeño y querido hilo un magnífico campo de prácticas. Aprovechémoslo.
Jose Jesus Morales
05-09-2013 23:16
Argumento de un Suicida
Llego a las puertas de esta Catedral al final de la tarde, con un sol arrebatado de intensos colores que se niega a ocultarse, veo al cielo ensangrentado y la tarde que se resiste a convertirse en sombra, en noche, con un escándalo de tonos rojos, violetas, dorados, hace reventar contra los inocentes vitrales esta inconformidad de su destino.
Miro esta tarde por última vez y entro decidido, vengo con un rosario de quejas, reproches, demandas, resentimientos. Ni súplicas, ni lamentaciones, ni siquiera busco, o quiero respuestas. Con la fuerza de la ira, de la rabia, de un enojo que me consume hasta la sangre, vengo a exigir, a protestar, a levantar mi voz hasta ser escuchado por el único responsable de esta condena que no merezco, de esta vida que no estoy dispuesto a continuar ni un minuto más, bajo las nuevas y diferentes condiciones impuestas, un cambio brutal que me empuja a un despeñadero.
Quiero exponer mi descontento sin ser importunado, perturbado, interrumpido, observado. No deseo por supuesto ser inoportuno y por eso son bienvenidos a este recinto en este momento, el silencio, la soledad, la ausencia, el vacío que no permanezca ningún ser vivo por pequeño que sea, en las grietas de las piedras, en los intersticios de los confesionarios, no quiero testigos, no busco lastima, vengo a terminar con todo de una vez y para siempre.
Yo que nací bajo la protección de una familia de trabajo, con el estigma de un color oscuro, tostado, quemado sobre mi piel, pondero el esfuerzo por encima del desaliento, privilegio el tesón contra la dejadez, la voluntad por encima del desánimo, el empeño contra el ocio. Desde que me conozco he luchado a brazo partido para ganar un lugar entre los hombres y no puedo permitirme desmayos y flaquezas, no quiero ni puedo aceptar esta condición que me impone el destino, este rincón a donde me han empujado fuerzas que desconozco y maneja quien representa esta casa. He tomado una decisión y vengo a cumplirla.
Un evento imposible, un accidente me malogró la vida. Según el Doctor un átomo de anestesia se coló y atoró en el sistema límbico entre la corteza cerebral, el septo y el hipotálamo, me dejó invalido para siempre, no tengo ninguna posibilidad ya que es impracticable operar sin causar daño cerebral, ese imprevisto mató al animal del que siempre estuve orgulloso y mostraba sin pudor, ese gran cabezón con casco alemán es improbable que vuelva a la vida, que el pipe renazca, que la morcilla engorde y crezca, que la morronga se endurezca como un palo, que el nabo se entierre cada vez que lo pidan labios complacientes. Entre las piernas me queda una tripa con una vena y de solo mirarla dan ganas de ponerse a llorar.
El deseo de coger, de practicar el viejo mete y saca se ha convertido en un vicio imposible de calmar, una necesidad un apetito voraz de sexo me domina y no puedo hacer absolutamente nada. Quiero y no puedo, necesito con apremio y se me hace imposible, la paloma no responde, perdí la fortaleza de la verga y es imposible entrar con esta manguera floja en ninguna caverna.
Vine con cien razones y ninguna salida, debo hacer justicia por mi propia mano y contravenir lo que expresamente está prohibido en esta casa, a terminar con todo y que mi reclamo no sea un sordo lamento, por el contrario, es imperativo que mi último acto acuse la indolencia del dueño de casa, que me dejó el libre albedrío para poder justificar sus carencias de poder supremo, desenmascare el falso lema “pide y te será concedido” en este acto mi cuerpo sin vida, la cabeza destrozada de un balazo debe quedar expuesto en la nave central y que sirva para exponer la verdad contra el engaño.
Casi en la inconsciencia, sobre la cama de una clínica, sin entender nada, oigo a mi Doctor repetir:
¡Es un milagro, un verdadero milagro!
La mano de Dios intervino y sostuvo tu arma contra la sien, la bala pasó rozando la cabeza justo para liberar el átomo que impedía la función del Pene.
¡Debes dar gracias a Dios!
Rodrigodeacevedo
02-09-2013 20:18
NENÉ
- ¡Don Prudencio, cuánto bueno por aquí! ¿Dónde se había metido, hombre de Dios?. Ni que hubiese tomado hábitos de clausura…
- Querida Basi, sí que hacía tiempo…Ya sabes, los negocios no siempre me traen por la ciudad. Pero tú sabes que si yo tomo hábitos será en este convento, con dos en la celda y cuatro zapatos debajo de la cama…
- ¡Ja, ja, ja…!Siempre tan ocurrente, Don Pruden. Siempre de buen humor. Espere, que aviso…¡Chicas, Nené, venid corriendo. Ha vuelto Don Prudencio….!
A las voces de la dueña, aparecieron como amables esperpentos, bellos en su decadencia, sus precarias ropas revueltas tapando apenas torsos y traseros, las seis pupilas del meublé. Sin apenas maquillaje, ojeras color violáceo, carnes fofas y cabellos revueltos, aquellas Venus desvaídas, traídas, algunas, de países lejanos y otras, las más, desde recónditos pueblos, engañadas por señuelos, para ellas deslumbrantes, eran sin embargo un compendio de ternura y sencillez para los que, como yo, éramos clientes asiduos y antiguos de la casa. La Loli, la Feli, la …y Nené. Mi dulce y entrañable Nené. Qué recuerdos…
Nené hacía la calle con sus apenas dieciocho años. En uno de mis viajes a la ciudad, con aquel viejo cachivache que por entonces manejaba, la encontré una noche por la zona de la Muralla, aterida por el relente, empapada por la humedad de la noche, tiritando, pero aguantando estoicamente para conseguir algún dinero que llevar a su chulo y evitar así una paliza cierta. Sin ningún tipo de estímulo sexual, me movió, en cambio una cierta conmiseración hacia aquel pálido monigote. Entró en mi coche y la cubrí con mi gabardina. Apenas habló. Quiso iniciar rápidamente su trabajo, manipulando hábilmente mi bragueta y aproximando su rostro a ella.
Arrebatado por una inmensa rabia y una especie de piedad insólita que se apoderaron de mí, la obligué a retirarse, no sin cierta violencia. Nené, con sus grandes ojos de enferma, me miró con una súplica muda. Eran años de represión, miseria y dolor. Yo frecuentaba hacía tiempo el prostíbulo de La Basi, bien instalado, limpio y acogedor. Y Doña Basilia me debía muchos favores, que trataba de pagarme con la carne aún fresca de sus pupilas y otros privilegios menos explícitos. En aquella casa, tradicional y decente, donde la práctica del sexo era una especie de servicio complementario, una válvula de escape a las rígidas convenciones sociales y religiosas que lo proscribían, en esa casa de tolerancia en el más amplio sentido de la palabra, aún se rezaba el rosario casi todas las tardes.
A veces, aun reconociéndose librepensadores que se admitían algunos intersticios de rancia espiritualidad , participaban en él algunos clientes, porque además de la atmósfera de familiaridad que el acto en sí creaba, se añadía el aliciente de las tazas de chocolate humeante y los pestiños calentitos y envueltos en miel (energéticos y reconstituyentes, para matar el frío, decía doña Basi, dirigiendo una pícara sonrisa a los habituales del rezo) todos caseros y elaborados por la Cipri, la más veterana de todas, de la que casi nunca se solicitaban sus servicios, excepto por Don Expósito, coronel retirado, que decía purgar así algún tipo de pecado de juventud.
Allí llevé a una aterrorizada Nené, encargando a Doña Basi que la cuidase especialmente, que era un familiar mío caído en desgracia, allá en la cerrada intolerancia de su pueblo. Desde entonces Nené es para mí una especie de objeto de culto. Siempre que nos vemos, en sus ojos apagados, vidriosos, casi bovinos, se ilumina una tenue lucecita. Mi vanidad, siempre inoportuna, pretende mostrármela como un signo de perenne agradecimiento, tal vez como el hálito de un amor imposible. Pero sólo es vanidad. Yo sólo quiero ver en ella aquel pobre ser humano, enfermo y miserable, que tiritaba bajo la lluvia una ya lejana noche, en Las Murallas. Nunca hemos follado, pero sí, con gran ternura, hemos hecho el amor. Puede decirse que ella es quien remueve en mi conciencia esa parte humana que aún le queda.
Ilust.: Fotografía de Ed Ross.
Tigana
02-09-2013 18:36
¡Ciencia sin conciencia! ¡Qué ocurrencia!
Me llamo Nicolá Flamel y nací cerca de Pontoise en 1330. ¡Sí! No se asombren, para un alquimista como yo es fácil vivir todo este tiempo. No soy inmortal, ¡Qué quede bien claro! Simplemente algunos mortales vivimos más tiempo que otros, tenemos ese privilegio.
Hace algunos años, sobre el 39, me encontré por casualidad con Einstein en Princenton. Durante una velada de intelectuales, amenizada con sones de violín por uno de los más grandes sabios de esa época. Mente musical, diría yo, ni más ni menos que el mismismo Albert tocando “Matar a Fausto". Como les cuento, de esa velada, quiero transcribirles parte de la conversación que allí se entabló en ambiente amistoso, no exento de cierta pasión por el tema tratado. Porque es muy cierto que cuando se habla de ciencia y Alquimia saltan chispas. Para alguien con mi enorme soledad, es el motor de mi existencia. Ya que nada me atrae, ni siquiera el sexo, la tertulia es lo único que me arrebata. Me gusta comprobar cómo se acercan a mi terreno importunando.
-¿La matemática no tiene algo de Alquimia? -increpé a los presentes.
-No, ¡por Dios! es una ciencia exacta -contestó Rosario, mujer de uno de los científicos alli presentes.
-Entonces, según lo ven ustedes, la matemática no es para filósofos -continué yo- No sé si estaría Pitágoras de acuerdo con sus opiniones, ¿no me negarán que fue un gran filósofo y sobre todo un gran místico? Eso no le impidió descubrir la tabla de multiplicar.
Einstein me miraba entre divertido y curioso. Pero no hablaba.
-Y la medicina, ¿no tiene principios de Alquimia? -seguí con mis preguntas más inoportunas para caldear el ambiente.
-Nada más lejos de la realidad -contestó un profesor de física de la universidad.
-Nuestro amigo supongo que quiere llegar hasta Paracelso -al fin intervino Einstein- el padre de la medicina experimental.
-Exacto -me encanta la mente de este hombre- Paracelso fue uno de los promotores de la Alquimia Mística: la que se ocupa de la transformación de la persona. El gran descubridor de la existencia del cinc como metal independiente.
-Una excepción que confirma la regla -contestó un profesor que ya se le notaba los efectos del buen coñac.
-Y tantos otros, ¿qué yo recuerde? ¡Ah sí! Alberto Magno (Alquimista) desentrañó la composición del cinabrio, Basilio Valentín (alquimista) descubrió el antimonio y otros ácidos -fui enumerando- y como dejar de lado al gran físico nuclear y Alquimista conocido por el nombre de Fulcanelli.
Las protestas se elevaron por todo el salón. ¡Alquimistas y física moderna! ¡Qué patraña! ¿De donde ha salido este loco?
Hablamos largo y tendido sobre todas las ciencias, a cada una de ellas yo las relacionaba de forma categórica con la Alquimia.
Para seguir incomodando, comenté:
-Si la ciencia es un conocimiento exacto y razonado de las cosas y este conocimiento estuviera errado como ha pasado en bastantes ocasiones. Y errar es sinónimo de mentir. La ciencia materialista seria falsa y demasiado orgullosa para admitirlo -buscaba un intersticio para sacar a Einstein de su silencio.
-La física -dijo Einstein, dando por terminada la reunión- es la madre de todas las ciencias. Y todo se reduce a una sola fórmula, que dice: “Algo se mueve”.
Einstein abandonó el salón dejando en el aíre esas tres palabras.
Fuera de los límites de la raza canina, el libro es el mejor amigo del hombre; dentro de los límites del perro no hay suficiente luz para leer. Groucho Marx