Por mí que se conjugue como se desee, el caso es matar, al malo, claro.
" La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño ": Nietzsche.
Rodrigodeacevedo
30-08-2013 13:49
Nueva oportunidad para los palabristas habituales y para los que están deseando participar, que sé que son muchos. Abrimos el saco palabreril una semana más.
En esta ocasión yo me atrevería a sugeriros que las palabras tengan alguna relación con el final de las vacaciones de verano (aquí, en el boreal; en Chile ya sé que ha nevado en el desierto de Atacama.)El nuevo curso académico o el nuevo período de trabajos siempre requieren estímulos y reconocimiento por parte de los que ya estamos al borde del tablero.
Mi palabra:
PRIVILEGIO.
m. Ventaja,gracia o prerrogativa especial de que goza una persona: privilegios diplomáticos.
Situación o hecho agradable: es un privilegio escucharle.
Documento con que se concede un privilegio.
Os dejo como propina un pensamiento de O.W. Ya veis que lo de echarle imaginación a las palabras no es cosa mía. "Detesto la vulgaridad del realismo en la literatura. Al que es capaz de llamar pala a una pala, deberían obligarlo a usar una. Es lo único para lo que sirve".
Oscar Wilde (1854-1900), escritor irlandés
Feliz semana a todos y especialmente a los que tienen el privilegio de tener trabajo.
Estela
30-08-2013 04:53
HUANQUELÉN
Corría, corría Huanquelén por las montañas, retozaba en los valles, jugaba bajo la cascada; sobre su piel morena los rayos del sol brillaban como estrellas, en las gotas de agua que se escurrían sobre su cuerpo después del baño, bajo el manto rumoroso y cristalino. Andaba como un gamo sobre las hojas secas del otoño, escuchando el canto de los pájaros, comiendo frutos silvestres; había trabajado durante largo tiempo, juntando palos bien derechos, que había LIJADO y raspado con sus HERRAMIENTAS , realizando muchísimos CÁLCULOS para lograr su deseo, de construirse en uno de los árboles más altos, una preciosa atalaya.
En sus constantes exploraciones había descubierto una enorme GRIETA que se abría hacia la cueva, en la cual una loba había tenido cría; tenía mucho cuidado de entrar solamente cuando la madre no estaba; sabía Huanquelén qué celosas son las mamás con sus hijos; cuando ella salía en busca de comida, allá iba él a estar con “sus” lobitos; así transcurrían sus días, en medio de la naturaleza, feliz y libre.
Un día, entre la cortina brumosa de una fuerte LLUVIA,observó desde su atalaya el desembarco de personas extrañas, entre las cuales vió a una niña de piel y ojos claros de alrededor de siete años; se escondió y a menudo los espiaba como aquel día; cuando le preguntó a su madre quienes eran, le contestó que no lo sabía, pero que seguramente venían del otro lado de las montañas, y le advirtió que por nada del mundo se acercara, porque ni ella ni su papá estaban tranquilos, si se alejaba demasiado.
Pero él era muy travieso y curioso,y siguió espiando a la niña que caminaba siempre cerca de algo que sabía que se llamaba fuerte; porque Hnuanquelén escuchó a la madre de la niña hablar con ella, y decirle cosas que él no comprendía, pero había escuchado esa palabra; Huanquelén se MALICIABA que siendo una mamá, como lo era la suya, le recomendaría que no se alejara.
Mientras tanto, Aurora, que así se llamaba la niña, había observado que alguien la espiaba, y ella también decidió salir a investigar, pero cada vez que le parecía ver un movimiento detrás de un arbusto o de una pequeña roca, al llegar ya no había nadie.
Pero seguía insistiendo, y tanto Huanquelén como Aurora comenzaron a recorrer los mismos lugares, en distintos momentos; hasta que un día se enfrentaron y la mano morena de Huanquelén y la mano blanca de Aurora se unieron, y allá van por los valles, por las montañas, por el río, corriendo, jugando, riendo, porque las barreras del idioma y las costumbres, todo se supera, con los símbolos universales de la sonrisa y la amistad.
Hace tanto que los tengo abandonados que no logro recordar mi contraseña para entrar
Jose Jesus Morales
29-08-2013 18:05
La Scientist Technique AgencY
Huyo de mi imagen reflejada en los espejos, no me miro en ellos, temo no poder reconocerme y descubrir que me perdí en una grieta de este laberinto al que entré por voluntad propia hace exactamente ocho meses.
Quienes se cruzan conmigo en las aceras piensan que estoy loco por esta facha miserable, luzco arruinado, lo sé, toda esta mugre acumulada y compacta de tierra, sol, lluvia, viento y arena, han formado una costra áspera sobre la ropa que llevo encima ocultando sus verdaderos colores, han transformado mi piel suave y clara en una lija oscura que me hace irreconocible, incluso, ante mis amigos más cercanos y termino en definitiva con este aspecto de mendigo.
He visto sin pizca de asombro los ojos de aquellos que pasan a mi lado mirarme con malicia, cuando de improviso atravieso la calle dando voces con riesgo de ser atropellado por los vehículos, no saben ¿cómo van a saber? ni siquiera imaginan; que he realizado cálculos precisos y sé que voy a encontrarme con un espejo, o una lámina que va a reflejar mi rostro y yo debo evitarlo a toda costa.
La verdad no soy un indigente aunque lo parezca con estos harapos, tengo enormes diferencias con esa horda de parásitos, vividores, pedigüeños, que abundan en la ciudad.
Si aquellos que me juzgan se dignasen siquiera seguir un mínimo ejercicio de observación, podrían perfectamente diferenciarme de esa ralea de gorrones, abusadores, mangantes.
Aunque parezca un desatino no estoy solo en este inclemente deambular por calles sin rumbo, y no precisamente porque pertenezca a esa cofradía de pordioseros, cuyas únicas herramientas para sobrevivir son: la mano extendida, ese tono lastimero y la mirada suplicante de perro apaleado, actitudes, conductas, formas y técnicas aprendidas para representar el acto indigno de vivir sin trabajar.
No me han visto, ni me verán cerca de las puertas de las iglesias implorando lástima, caridad y jamás rebusco en la basura, la dignidad me lo prohíbe.
Soy parte de un experimento, cuyos resultados serán de vital importancia para los tiempos que enfrentará el hombre luego del exterminio producto de guerras sin sentido. Trabajo en la S.T.A. Scientist Technique Agency, soy físico de profesión y fui seleccionado luego de duras pruebas entre cientos de trabajadores de la Agencia, que llegaron desde todas partes del mundo con deseos de ser el elegido para enfrentar este reto. Poseo extraordinarias cualidades mentales, la disposición necesaria y sobre todo el interés científico para cumplir con éxito este experimento.
Se trata de vivir en la calle solo, durante un año, sin ningún tipo de ayuda de la Agencia, debo mantenerme vigilante, atento a cualquier indicio, el mínimo rasgo de desequilibrio, por eso fundamentalmente evito verme en los espejos. No consumo drogas, que circulan con pasmosa libertad en todas las calles, no fumo, ni bebo licor, me mantengo alerta.
Recojo información del comportamiento humano, tanto del mundo externo, como de mi mundo interior, las respuestas a problemas inmediatos, la posibilidad cierta de poder visualizar próximos acontecimientos y prepararme para enfrentarlos. Toda la información que soy capaz de observar la almaceno en espacios departamentales de la memoria, que luego por procedimientos físicos matemáticos serán expuestos para el estudio del equipo multidisciplinario encargado de este experimento.
Se me informó que en la muñeca derecha llevo un chip con todos mis datos, con GPS incluido a fin de ser monitoreado por la Agencia, además, que suministrarían mis datos a todos los entes de la Seguridad Nacional, para que me presten la ayuda necesaria en caso de ser arrestado, o detenido. Con mis huellas dactilares podrán acceder a la base de datos de la Agencia y encontraran información suficiente y bastante sobre mi persona y lo que deben saber sobre este experimento, lo que les permitirá dejarme en libertad plena de movimiento.
-Efectivamente, tengo aquí sus datos señor Gallardo, puede irse.
-Gracias Teniente.
Lo veo caminar con paso seguro por entre los escritorios, salir por la puerta y leo nuevamente el informe que solicité.
Nombre: Francisco Gallardo.
Cédula de Identidad: 3.271.295
Edad: 32 años
Oficio: Escritor
Desaparecido. Ninguna persona o Entidad lo busca.
Nota: Hace ocho meses desapareció; perseguido, o persiguiendo una historia.
juan fozara
29-08-2013 11:50
Rodrigo, desde que perdí un relato dos veces seguidas, siempre procuro editar puntos supensivos y tenerlo amarrado ya a la página. ¿A que soy listo? Bueno y otra cosa también.
" La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño ": Nietzsche.
Rodrigodeacevedo
29-08-2013 11:14
¿.........?
(Juan, se ruega aclaración.)
juan fozara
29-08-2013 10:19
HÉROES.
Paco y Manuel eran INDIGENTES, pero no unos indigentes cualquiera. Paco los tenía bien plantados, era alto atlético, fuerte y decidido, algunos le llamaban "el Atila". Manolo era ingenuo pero imaginativo, algo bajo y algo calvo, no muy guapo pero con cara simpática.
Ambos eran traviesos. Decidieron un día dar el golpe de su vida. Su última aventura fue robar un coche de bomberos blindado,lo nuevo en el mercado.Hábiles los dos, no les resultó demasiado difícil.
- Tú conduces, Paco, dale que ya vienen detrás corriendo, acelera.
- Tranquilo, Manolo, ahí va, la primera, brrooouuum, la segunda, la tercera y la cuarta, brrooouuum. Vamos a hacer una sonada, no habrá nada igual.
- Pon la sirena Paco y las lucecitas, yo de pequeño quería ser bombero.
PIII POOO PIII POOO...
- Mira, Paco, mira como se apartan los coches, ¿le damos a alguno, aunque sea despacito?
- Ya encontraremos alguno que merezca la pena.
- Mira, un coche de los de Tráfico, dale.
- ¿Qué crees que vamos a hacer?. Le voy a dar un toque de medio lado.
¡Plam, craf, crof, craf...
- Ja ja ja Manolo, ahí salen del coche los policías, no están heridos, pero su coche ha destrozado a todos los de la calle, ¡qué tío!
- Yo sé cómo hay que dar y a quién hay que dar, ¿ves aquel furgón de allí?.
- ¡El furgón blindado donde llevan el dinero al Banco!, ¿probamos?
- Probamos, agárrate.
- ¡Por detrás Paco, por detrás, dale por detrás, hazme caso, saltará la puerta!
BRRROOOUUUM
- Cedió, Manolo, menuda GRIETA, mira las sacas del dinero.
- Coge solo una Manolo, quizás no tengamos oportunidad de disfrutarlo, ¡venga, salta!
- Ya la tengo, Paco, ¿cojo más?
- ¡No, sube rápido!
- Brrmm, jajajaja
- Cuánto dinero, Paco, ¿qué haremos con él?...estooo...Paco...
- ¿Qué?
- Quiero ir a p.utas.
- No me fastidies con p.utas.
- Es que hace mucho tiempo que no mojo, tengo la HERRAMIENTA dura.
- No tenemos tiempo.
- Tengo una idea, te diriges a la calle Ballesta y te paras en el veintisiete, allí en el tercer piso trabaja Maruja, me han dicho que lo hace muy bien, apenas nos pararemos, tu accionas la escalera directamente a la ventana del tercero, yo subo por ella, salto, lo hago y bajo.
- Me pierdes, Manolo, te doy lo que dura un cigarro.
- ¡Ahí está, para! Dale a la escalera, que subo.
Manolo subió y saltó por la ventana pero al momento sacó la cabeza fuera.
- No está sola.
- Pues tíralo por la escalera que has subido.
Hecho, brrriiisss. Paco vio correr a un hombre en calzoncillos y un traje colgado del brazo y unas botas en el otro. Manolo volvió a asomarse por la ventana.
- ¡Paco, Maruja grita!
- Enséñale el dinero de la saca.
Manolo vuelve a asomar la cabeza de nuevo.
- Se calló.
- Pero venga, ¡a lo tuyo!
Le daré el tiempo de lo que dura el cigarrillo, espero que no se me vaya a MALICIAR, pensó Paco mientras maquinaba su próximo plan. Cerca de llegar a la colilla se oyó un cuerpo deslizarse por la escalera, brrriiisss.
- Ya estoy aquí, Paco.
- ¡¿Ya?!
- Es que estaba muy necesitado, bueno y ahora qué, ¿qué hacemos?
- Ahora empieza la juerga, la vamos a armar, vamos a mandar todo a la m.ierda, estoy hasta las narices de toda esta injusticia, pobreza, guerra, corrupción, tantos indigentes sin tener porqué. Estoy harto de esas palabras.
- ¿Y qué vas a hacer?
- Las voy a destruir, ¿tú sabes dónde se fabrican esa palabras?
- Me parece que en la Real Academia de la Lengua, no está lejos.
- Pues la vamos a eliminar, estrellaré el camión a toda velocidad por el medio y medio de la puerta, van a salir volando, seremos kamikazes, jeje.
- Paco, que nos pierdes, no seas loco, allí fabrican también palabras buenas, paz, amor, bondad, justicia...
- Pon el megáfono, avisa a las palabras buenas que se aparten.
- Paco, que nos pierdes.
- Hazme caso,¡leche! y ponle arte, que les den LIJA y no te pongas a hacer CÁLCULOS, ya vamos a 120.
- Está bien Paco...Se ruega a las palabras buenas hagan el favor...
- Manolo, ¡déjate de tonterías!
- Se aparten las buenas, c.oño,...Paco, la pereza no sale.
- Esa es mala.
- Pero yo soy vago.
- Para lo que te queda, dame la mano, Manolín, estamos a 200, moriremos luchando.
- Pues vamos allá, que la historia...
BRRRRROOOOOUUUUUMMMMM
Paco y Manuel abren lentamente los ojos y ven caer una LLUVIA de estrellas, comienzan a oír, tímidamente primero y después con fuerza, aplausos.
- ¿Qué pasa, Manolo?
- Hemos ido a parar al Ayuntamiento de Oslo...nos van a dar el Nobel de la Paz por haber destruido las palabras malas.
- Grrr, ¿quiénes son aquellos de allí?
- Los reyes de Noruega.
- ¡Voy a por ellos!
- ¡Que nos pierdes, Paco!
" La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño ": Nietzsche.
Rodrigodeacevedo
27-08-2013 19:48
LA SIESTA DE DON MAURO.
- Buenas tardes, Don Mauro. ¿Lo de siempre?
- Hola, hijo, sí. O, mejor, no. Hoy es mi cumpleaños ¿sabes? Y quiero celebrarlo con una “palomita” de anís. Algunas veces, esa nubecita blanca que se forma en el agua me recuerda a los cisnes que vi en Francia, cuando joven, y otras me malicio que escondidas en ellas, suaves y perfumadas y también recuerdo de aquel París de mi juventud, está alguno de mis amoríos, recordándome. Vas a pensar que soy un viejo verde, amigo Tomás, pero sabes que sólo soy un soñador trasnochado.
- Nada de eso, Don Mauro, es usted un poeta. Lo que ocurre es que aún no ha dado a la luz esos versos maravillosos de lo que ha sido su vida. Enseguida le sirvo, Don Mauro.
El anciano caballero se retrepó en su sillón, el de todas las tardes, saludó con una leve inclinación de cabeza a los parroquianos próximos y colocó sobre el mármol frío y brillante del velador su sempiterno libro, sus lápices y el viejo cuaderno de negras tapas de hule, herramientas con las que trataba de disimular su indigencia espiritual, el vacío en el que, sin asideros, flotaba su vida. Pronto el sopor de la digestión, acrecentado por el fuerte calor de agosto, lo hizo caer en un duermevela del que atolondradamente salía para recibir su bebida o responder a algún inoportuno saludo.
Y en aquel intranquilo amodorramiento empezaba el revivir de Don Mauro. Soñaba, fabulaba, exprimía, acrecentaba en su imaginación aquellos escasos vestigios de los pocos hechos importantes que hubo en su vida; cuando se fugó a París con la doncella de sus padres y el escándalo que aquello suscitó; su corta vida militar, en el frente de Talavera, oficial del ejército sublevado. Apenas nada y lo poco que hubo erosionado ya por la implacable lija del tiempo.
Don Mauro adormecía en la cotidiana grieta del desvencijado sillón del casino aquella vida gris y mortecina, de funcionario de provincias, desplazado en su ocaso por los primeros latigazos de la tecnificación de la burocracia. ¿Cómo y quién iba a imponerle a él, a un Aguirre de Losada, ese monstruo de máquina para hacer cálculos que suma, resta, multiplica y divide con sólo accionar una manivela?. A él, que resolvía sumas de veinte o más sumandos con una velocidad y precisión portentosas ... A él, que era descendiente directo de los condes de Marialbilla, que aún tuvieron derecho de pernada. Pero aquello era ya tan antiguo, tanta era la mengua de sus privilegios y patrimonio... Y el sueño se le volvía inquieto, se rebullía en el incómodo sillón y sus manos se agitaban como tratando de rechazar algún peligro incierto, antiguo y persistente.
A las cinco en punto, Tomás, el camarero, discretamente hacía un pequeño ruido junto a la cabeza desvencijada de Don Mauro, aquella cabezota con perfil de césar romano, aunque con la barba hirsuta y mal afeitada. El buen viejo abría sus ojillos miopes, reponiendo las gafas sobre su nariz prominente, de rotundo dibujo.
- Vaya, Tomás, parece que me he quedado traspuesto... ¡Caramba, si ya son las cinco! He de ir a recoger al nieto y llevarlo un rato al parque.
Ésa era la invariable respuesta de todas las tardes. Piadosamente, Tomás, fingió creer la torpe y habitual mentira y ayudó a Don Mauro a levantarse y hasta le ajustó el raído lazo de pajarita bajo la sudada garganta, porque además esta tarde llovíade tormenta y don Mauro, entre tantas carencias que ya dificultaban su vivir no tenía nieto, ni familia y tampoco tenía paraguas.
Ilust.: Nicholas Garlab
Eratalia
27-08-2013 17:30
ATRAPADA EN LA RED
Entreabrí los ojos pesadamente. Mis párpados eran dos plomizas persianas que se resistían a mi voluntad. Me incorporé con gran esfuerzo y miré a mi alrededor, me costaba reconocer el lugar donde me hallaba. Ya no estaba acostumbrada a madrugar tanto y me daba la sensación de que la luz entraba aun tan filtrada que lo veía todo en blanco y negro. Oí el repiqueteo de la lluvia. Lo que me faltaba para acabar de animarme —pensé— y me puse en pie.
Me arreglé lo más rápidamente que pude, repasé el contenido de mi maletín y allí seguían mis herramientas de trabajo: rotuladores de color, lápices, gomas, guías didácticas… Lo cerré satisfecha de la inspección y salí.
No me gustaba llegar con la hora justa y menos el primer día. Tenía por delante media hora, pero si encontraba atasco me fallarían los cálculos e incluso podría llegar tarde.
Estaba nerviosa e intentaba abrir los ojos con esfuerzo, pero los párpados eran como espesas celosías que se negaban a desaparecer y que me ofrecían un aspecto distorsionado de las cosas.
Di un acelerón y frené bruscamente. No podía modular los movimientos. Permanecía aturdida y una sensación de irrealidad me envolvía y me encrespaba.
Por fin llegué ante la verja de colegio. La lluvia arreciaba y las imponentes siluetas de los árboles se confundían con las de las farolas que flanqueaban las zonas deportivas.
El agua que caía furiosa chocaba contra las gradas de cemento, rebotando con fuerza. No se veía a nadie.
Llevaba un viejo paraguas en la guantera para los casos imprevistos; al abrirlo, las varillas se separaron violentamente y la tela cayó en jirones como un cuervo al que, de súbito, el viento arrancase las alas. Lo deseché y corrí patio a través intentando guarecerme bajo mi propia cartera.
Entré al edificio. La puerta no tenía la llave echada, pero no se escuchaba ruido alguno. Me asaltó la duda: Quizás me había confundido, era sábado o festivo, o me había equivocado de fecha. Todo podía ser, menos aquel silencio sepulcral en una escuela. Impensable.
La sala de profesores estaba vacía. Pensé darme la vuelta y volver a casa, volver al abrigo acogedor de mi cama, rebobinar el tiempo, pero en vez de eso me precipité escaleras arriba, hacia mi aula. Me maliciaba que algo muy extraño estaba pasando y quería descubrir qué era.
Me detuve sofocada y jadeante delante de la puerta cerrada. La bruma gris envolvía el pasillo, casi me costaba descubrir el pomo. Lo así con mano trémula, lo giré lentamente. Tenía la garganta tan seca que me parecía de lija. Tragué saliva con esfuerzo y abrí.
La sorpresa me paralizó. Los alumnos estaban sentados en sus sillas, silenciosos e inmóviles, treinta pares de ojos que me escrutaban, sus rostros carecían de expresión.
Intenté dar un paso atrás, pero el miedo me mantenía clavada al suelo.
Con torpes, lentos y mecánicos movimientos los niños comenzaron a levantarse. Flemáticos e indolentes, sin mover un solo músculo de la cara avanzaban de manera unánime hacia mí.
Espantada me fijé en sus ropas rotas, sucias, raídas, parecían un hatajo de indigentes alienados. Observé que comenzaban a extender sus manos suplicantes hacia mí. Era como una marea lenta pero inexorable y yo permanecía petrificada.
Intenté correr, huir, dar la espalda, pero mis piernas parecían fosilizadas. Los de las primeras filas ya estaban a pocos milímetros y sus ojos, que de lejos se me antojaron escrutadores, de cerca me parecían absurdamente vacíos.
Entonces la vi. Era una grieta enorme, a mi izquierda, justo en medio de la pizarra digital.
Con un acopio inusitado de concentración y agilidad, salté ante mi propia sorpresa y me introduje certeramente a través de ella. Los vi aproximarse, palpar torpemente la pantalla una y otra vez, con sus pequeñas manos abiertas y desconcertadas. Comprendí que la grieta se había cerrado, que yo estaba atrapada dentro de la estrecha oquedad, del otro lado de aquella lámina blanca que antes era para nosotros una ventana al mundo, a los conocimientos, a la erudición y también a las falsedades de la red.
Desde mi insólito reducto vislumbraba la escena. Uno tras otro fueron girando con parsimonia y en cuestión de segundos volvieron a su posición inicial, retomando sus rígidas posturas.
Un sonido me taladró el cerebro. Lo reconocí. Era la breve sintonía de Windows. ¡El ordenador se estaba poniendo en marcha conmigo dentro! Intenté con denuedo estirar un brazo y las yemas de mis dedos rozaron un artefacto que al principio no reconocí. Pero su tacto fue mágico, la pesada bruma se disipó como por ensalmo y, entre aliviada por salir de la horrenda pesadilla y algo angustiada por mi primer día de clase, salté de la cama y marché descalza camino de la ducha.
Con rimas y a lo loco
Tigana
26-08-2013 19:58
TESORO DE LUZ
Absorta siempre en mis pensamientos, casi ni había reparado en su figura; hoy, quizá motivada por la melancolía que me produce la lluvia, me paré y me puse a mirarle detenidamente.
Era un indigente, vestía un pantalón raído, varios jerseys unos encima de otros, zapatillas de deporte de color indefinido y, en las manos, guantes de lana con los dedos cortados.
Sus ojos negros y vivos brillaban de una forma especial y en su cara lavada, a pesar de las grietas que atravesaban su piel, triunfaba la sonrisa. ¿Qué podía hacerle tan feliz si a simple vista carecía de todo?
Mi curiosidad venció a mi recelo y pude al fin preguntarle:
-¡Hola, buenos días! ¿Necesita algo?
-¡Hola, buen día! ¿Qué si necesito algo? -preguntó extrañado. No parecía acostumbrado a que alguien con mi pinta le parara por la calle- No, nada, muchas gracias.
No podía dejarlo así, necesitaba saber.
-Si quiere entramos en ese bar, usted pide lo que le apetezca comer y yo lo pagaré gustosamente.
-Gracias es usted muy amable -me mostró la mejor de sus sonrisas-. Desayuné hace una hora y más tarde, en el comedor municipal, volverán a darme lo que necesito.
-Perdone, como le vi mirar en el contenedor, pensé que buscaba comida -no me gusta mentir pero la luz de sus ojos, exenta de malicia, me atraía como un imán.
-Ah ¡es eso! No, que va, a veces sí recojo alguna fruta, pero lo que realmente busco son cosas curiosas para mi colección. Usted no sabe los objetos increíbles que me encuentro a veces. Por la noche en el albergue los selecciono, los limpio y disfruto con la idea de que algún día podría exponerlas en la sala de algún museo y todo el mundo admiraría lo que ellos mismos despreciaron.
-Y ¿Dónde almacena los objetos que recoge?
-No, no almaceno nada. Tiro y renuevo. Sólo guardo alguna herramienta y un espejito de plata repujada en el que a veces me miro para no olvidar quien soy y cómo soy. Un objeto interesante, cuando lo rescaté de un contenedor, vi una luz intensa y no sé cómo fue, pero en un segundo me encontraba subiendo unas escaleras de mármol pulido. Llegué, entonces, al museo de mis sueños.
Se quedó transpuesto pensando y juro que no sé qué me llevó a hacerlo. Cogí el espejo de sus manos y salí corriendo.
Asombrada por mis actos me detuve a unas manzanas del recorrido, con el corazón áspero cómo una lija, y en un callejón solitario me miré en el espejo. No me devolvió mi imagen, ¡No! ¡Vi su luz y también subí!
Fuera de los límites de la raza canina, el libro es el mejor amigo del hombre; dentro de los límites del perro no hay suficiente luz para leer. Groucho Marx