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VAMOS A CONTAR HISTORIAS.
Rodrigodeacevedo
Rodrigodeacevedo
14-08-2013 20:25

PAISAJE SIN EDAD

Posiblemente la edad de aquel castaño fuese igual a la suma de las edades de los tres ancianos que día tras día se sientan bajo su sombra: unos trescientos años, pero no hay datos que abonen esta suposición. Inmenso, acogedor, como un sueño desplegado en hojas u ojos siempre avizores, como los tres ancianos y, como ellos silenciosos. El castaño de la plaza, como un inmenso noray donde se han amarrado siempre las vidas de los habitantes de aquel puebecito, desde el que, una vez desamarrados por los vientos de la zozobra o por las engañosas brisas del amor, estos habitantes zarpan como nubes a viajes que nunca les llevan a la vida que ellos sueñan como Vida.

Aquellos tres ancianos son, desde nadie sabe ya cuanto tiempo, como una excrecencia del propio árbol, un relieve denso y duro, como un pórtico hierático de las entrañas de aquel gigante vegetal, una tríada inanimada que, sin embargo, son el latido callado y sutil de la vida del pueblo. Nadie se recuerda de su llegada; desde cuando el poyete que rodea al árbol les sirve de asiento. Sólo se sabe que aparecen con el sol y con el sol discretamente desaparecen. A mediodía las lagartijas juguetean entre sus rústicos zapatones, dibujando extraños jeroglíficos sobre el polvo del pavimento que nadie se atreve a interpretar.

La cadencia de las horas y los días, con sus tristezas y su monotonía, es como el apagado latido de ese grupo de ancianos que son, a pesar de todo, el latir del propio pueblo, el latido de uno de esos pueblecitos callados, perdidos entre los campos de pan llevar que indefectiblemente los nuevos tiempos van arrumbando en el polvo que viene siendo el habitante estéril de esos campos.

Queda el castaño; quedan algunos chopos y una humilde y prodigiosa higuera. La enfermedad y la ruina vienen a ser sus compañeros cotidianos. Y los tres silenciosos ancianos. Ahora, en plena canícula, ellos siguen embozados en sus zamarras de viejos pastores; aunque hay quien los ve como revestidos de aquellas negras chaquetas de pana de los días de fiesta mayor. Pero sólo son las sombras quienes ahora los contemplan. Y ya se sabe, las sombras no suelen tener ojos porque no tienen cabezas, son acéfalas. Ellos, los ancianos, sí las tienen y unos ojos cansinos y apagados que son como medusas adheridas al invisible plasma del tiempo.

Hoy la plaza y su castaño están inmersas en un duro silencio y ellos, los tres ancianos, como un extraño grupo fósil, esperan una vida nueva, esa vida que los más jóvenes fueron a buscar fuera de la sombra protectora del castaño y de los fértiles prodigios de la higuera. Ellos, los viejos, saben que esa vida prometida no es tal, sólo un fraude; pero algo les impide decirlo. Algo tan minúsculo como la casi imperceptible sonrisa escéptica de alguien, la turbia mirada de un decrépito perro, incluso.

Porque los ancianos hoy tal vez sean sólo un sueño, el mismo en el que ellos mismos sueñan al pueblo donde, humildemente poderoso, el castaño gotea sus lágrimas cada otoño; lágrimas erizadas de dolor que, como el mundo, generosamente otorga como alimento. El viento ábrego sigue trayendo sus lluvias porque sabe que el castaño aún existe, y los ancianos que bajo él se amparan. Pero un día será el abrasador solano quien jugueteará con el polvo y los resecos esqueletos de las retamas.

Entonces el castaño llorará sus últimas lágrimas y la higuera prodigiosa dejará los milagros de sus frutos como regalo de despedida a los tres ancianos. El sueño habrá terminado.

Eratalia
Eratalia
14-08-2013 13:01

LA VISITA AL MUSEO

Cuando le expliqué a mi madre que pensaba pasar el día fuera hice hincapié en lo del museo y en lo apasionante que me parecía visitar las ruinas de una acrópolis romana.
-¿Tú y él, en el barco, solos? ¡Ni se te ocurra!
-Mamá, que ya soy mayorcita, sólo quiero que sepas que no vendré a comer. Y no iremos solos, tranquila, vienen con nosotros, Ascen y Marite. Total es un viaje de pocas horas, a la caída de la tarde estamos de vuelta.
De todos modos mamá se había quedado rezongando. No es que Eduardo no le gustase, era educado, amable y estaba a punto de terminar arquitectura, lo que no le gustaba era pensar que sus hijas pudieran hacer locuras a tan temprana edad.
Cuando salí de casa, me sentía feliz por la perspectiva de estar toda la jornada a solas con él, aunque algo apesadumbrada por haberme rebajado a utilizar la mentira. Lo primero era mandar mensajes a los móviles de mis amigas para advertirles que bajo ningún concepto se atreviesen a pasar por mi casa ni a preguntar por mí, pues se suponía que estábamos juntas.
Llegué rápida al embarcadero, sofocada por la carrera, tanta era la gana que tenía estar con Edu, y me paré en seco a poca distancia. Él se hallaba doblado sobre el noray, desamarrando la embarcación, el torso desnudo, moreno, atlético, tan atractivo que se me hacía difícil respirar –y no era por el cansancio del trayecto-, así que me demoré unos instantes en su contemplación, hasta que se enderezó y me descubrió allí, pasmada y hasta me temo que un poco boquiabierta.
-¿Vienes o te quedas? ¿Serás capaz de dejar a un capitán sin tripulación?
Corrí los escasos metros que nos separaban y le eché los brazos al cuello.
-A sus órdenes, mi capitán, se presenta su segunda de a bordo.
Nos besamos, riendo, y acto seguido la embarcación empezó a moverse con suave cadencia.
Estaba encantada de estar allí, tanto que había olvidado que un suelo inseguro bajo los pies me suele provocar reacciones poco apetecibles, y al momento comencé a sentirme mal.
-Me estoy poniendo verde, ¡qué mal me encuentro!, todo me da vueltas. Necesito que esto deje de balancearse…
Aunque intentaba sonreír, realmente pensé que mi soñado y maravilloso día se iba a arruinar a causa de un prosaico imprevisto.
-Marinera de agua dulce -me dijo con sorna-, si quieres doy la vuelta y te llevo a casa.
-Ni se te ocurra -contesté yo-, resistiré lo que haga falta. Sólo es un mareo, no es ninguna enfermedad… ¿Llevas el abono?
Eduardo era un enamorado del arte y había adquirido un abono que le permitía, por un módico precio, la entrada a todos los museos de la región.
El plan era bordear la costa, fondear en el puerto deportivo de Cartagena, dar una vuelta por la ciudad, visitar el museo del teatro romano, comer en alguna terraza soleada y de nuevo hacernos a la mar hasta regresar por la noche a casa. Plan perfecto que, a medida que el aturdimiento se iba instalando en mi cabeza y la nausea en mi estómago, iba perdiendo intensidad y brillo. Tres horas sobre aquel vaivén se me antojaba una proeza insufrible, antes de poner pie a tierra. Y después habría que volver. Agónico.
¿Y total para qué? Para ver como Moneo había remodelado el teatro romano, echar un vistazo a las aras dedicadas a la triada capitolina, algunas esculturas acéfalas...
-Me voy a tirar por la borda –dije con un hilo de voz-, no intentes impedírmelo, es mejor el suicidio que la muerte lenta.
Eduardo se acercó por detrás y me envolvió con sus brazos.
-Si vomito, lo último que quiero es que me pongas la mano en la frente –le advertí.
-Pero si no venía para eso, simplemente pensaba empujarte al agua, ya que veo que no te decides.
Y ambos reímos. Me mantuvo abrazada mientras el barco navegaba suavemente hacia mar abierto y cuando pareció estabilizarse -o es que yo comenzaba a acostumbrarme al balanceo-, me estrechó un poco más.
-He encontrado unos folletos fantásticos sobre el Museo teatro romano, llenos de fotos a todo color y con unas explicaciones detalladísimas. Si quieres, detengo la embarcación, bajamos al camarote y los miramos detenidamente. Te aseguro que a la vuelta podrás explicar la visita como si la hubieses hecho –añadió, guiñándome un ojo-, y hace un día espléndido para disfrutarlo sin movernos de aquí, ¿no crees?
No me hice de rogar y, aunque el mundo se moviese bajo mis pies, recuerdo que aquella fue la visita a un museo más apasionante de toda mi vida.


Con rimas y a lo loco
Gregorio Tienda Delgado
Gregorio Tienda Delgado
12-08-2013 20:16

EUTANASIA. ¿SÍ, O NO?

INFORME POLICIAL.

Me miraba de frente. Su mirada dura, hiriente. Su frente altiva. Su semblante fuerte y determinante. Su boca cerrada. Labios finos, apretados, en un rictus mezcla de desafío, amargura y desdén. De su lado izquierdo caía un mechón de pelo lacio y tupido que ocultaba casi la mitad de su rostro. Lo despejó con un enérgico movimiento de la cabeza.
Respondía las preguntas, indiferente y con brevedad:
─¿Por qué lo hizo?
─Su vida no tenía sentido. Estaba sufriendo mucho. El desorden de su mente era constante. Estaba casi ACÉFALO, ─Confesó.
─Eso no lo puede decidir nadie. Sólo la muerte natural ─Dije.
─Yo, sí. Su ENFERMEDAD, alzhéimer, era galopante y la CADENCIA de sus movimientos era cada vez más decadente hasta quedar sin movimiento, salvo el de sus ojos que en momentos fugaces de lucidez hablaban con gestos.

Al principio, ─prosiguió─ me amarré a él como barco a un NORAY, pero, ante el paso del tiempo, viendo progresar su deterioro físico y psíquico, y consciente de la pérdida de esperanza por parte de los médicos, no quise ABONAR más su sufrimiento y decidí cumplir lo que me pedía constantemente. Sólo contribuí humanitariamente, a que hiciera cuanto antes y en paz, su último VIAJE. ─Contestó categóricamente.
─¿Cuánto tiempo hace que pensaba hacerlo?
Guardó un profundo silencio durante un minuto. Su mirada vagaba de la mesa a la ventana, y de la ventana al cubilete porta lapiceros que tenía ante sí. Me miró fijamente y pude ver de nuevo su rostro hosco e imperturbable.
─¿Cómo pudo segar la vida de su padre? ¿No tiene remordimientos?
─¿La vida? ¿Qué vida? Él no vivía. Moría cada día un poquito. Se estaba apagando como la llama de una vela encerrada en un recipiente sin aire. No tengo remordimientos, porque hice lo que él me pidió y creí y creo que era justo.

Le pregunté si quería fumar. Su respuesta fue breve:
─No fumo.
─¿Nombre y apellidos?
─Daniela Delgado Flores.
─¿Edad?
─Cincuenta años.
─¿Nacionalidad?
─Española
─¿Estado Civil?
─Casada, tengo un hijo y una hija.

Su rostro cambió de expresión, y mutó en un gesto de resignación. Sus ojos se entrecerraron, su boca perdió el rictus duro y desafiante cuando dijo:
─No lo pensé. Él me lo pedía con sus ojos, todos los días... Sólo unas dosis de más, y su sufrimiento terminaría. Ahora sé que está en paz.

Se hizo un gran silencio. Cogí el informe forense, lo abrí y leí:
Antonio Delgado Torres. Edad 78 años. Fallecido el día 10 de febrero de 2013. Hora del deceso 17,30. Muerte por sobredosis de analgésicos, suministrados por su hija.

Seguí leyendo los detalles del caso mientras Daniela era conducida por dos agentes a los calabozos de la comisaría, a disposición judicial. Hombros, caídos, aspecto vencido. El pelo hacia adelante ocultando su cara. En la comisaría se respiraba compasión, piedad, y solidaridad no comprensibles, pero tristemente compartidos…

Cerré el expediente lentamente y suspiré.



Me gusta soñar despierto... dormido tengo pesadillas.
juan fozara
juan fozara
10-08-2013 12:52

Gracias, Estela y Rodrigo, pero por mi parte con noray me llega y me sobra. Me mareo en barco. Un saludito.


" La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño ": Nietzsche.
Estela
Estela
10-08-2013 04:53

Dice Rodrigo mas abajo:

noray", término náutico donde los haya. Me has llevado a los ya lejanos (y hoy diáfanos) tiempos de mi niñez: Salgari, Julio Verne, Swift... Os propondría un monográfico de relatos a base de palabras del léxico marinero, que no tiene necesariamente que derivar en relatos sobre barcos, mares, puertos y otros argumentos similares. Vosotros diréis.
Sólo es cuetión de tirar de diccionario y de imaginación.

Por mi parte, la idea me encanta, aquello de bauprés, mesana, barlovento,jarcia, eslora, etc,etc es tan precioso, pero de hacerlo , pongamos un plazo "anexo"
-mas extenso- (dentro de este mismo hilo, que sino terminaremos enredados)

Es cierto que estas palabras remiten a los clásicos de nuestra pubertad y adolescencia, sin duda, una época maravillosa.

!Adelante, mis valientes!


Hace tanto que los tengo abandonados que no logro recordar mi contraseña para entrar
Jose Jesus Morales
Jose Jesus Morales
10-08-2013 01:51

Me mantengo despierto con la sintetifrase
Soltaron los amarres del noray, con la cadencia de las olas se inicio el viaje desde Hong Kong, el jefe de la triada abonó el camino con su enfermedad para dejar acéfala a la organización.

caizán
caizán
10-08-2013 00:36

TÍA

No solo el sombrero, el peinado también te queda muy bonito.

Estela
Estela
09-08-2013 23:49

JJ Pues yo también he llegado al filo de las palabras de la semana pasada; en breve me dedicaré a leer las seguramente sabrosas e interesantes historias que todos Uds. han escrito para comentarlas, que sino se me "apilan" y no llego... casi nunca a hacer los comentarios en término.


Hace tanto que los tengo abandonados que no logro recordar mi contraseña para entrar
Eratalia
Eratalia
09-08-2013 23:02

Caizán: ¡Chapeau!


Con rimas y a lo loco
caizán
caizán
09-08-2013 20:11

Abonó el viaje para la tríada familiar. Cuando soltaron la amarra del noray, la cadencia del buque en el mar, lo enfermó. La familia quedó acéfala.

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