Comentar es mas difícil que escribir y lo hago desde mi subjetividad.
Hay muchísimas disgreciones y se pierde lo que quieres contar. En el texto se presiente la esperanza de la vida en forma de mujer, pero en uno de los paréntesis utilizas las palabras consumar el estropicio de vivir con esa mujer y no se comprende ya la posibilidad de un futuro ni de la ilusión de vivir con esa mujer
Jose Jesus Morales
12-07-2013 18:06
Equilibrio
Comentar es mas difícil que escribir y lo hago desde mi subjetividad.
De un ambiente bucólico, descriptivo y en apariencia intrascendente se pasa de golpe a el cambio fundamental de una vida, o quizás de dos. Interesante el giro, que logras darle, pero me parece que la palabra cargazón se siente impuesta.
Jose Jesus Morales
12-07-2013 17:56
Presencias
Comentar es mas difícil que escribir y lo hago desde mi subjetividad.
La excusa para utilizar las 7 palabras es muy valida, la palabra cargazón se nota impuesta y al final no se comprende si saliste de la maquina de coser, el juego de copas, eliminando ese parrafo no se crearia esa confusion y dejando el final por supuesto.estaria mas redondosi el y la
Jose Jesus Morales
12-07-2013 17:47
Herencia
Comentar es mas difícil que escribir y lo hago desde mi subjetividad.
El argumento logra integrar casi todas las palabras, menos cargazon, que desentona y en algun momento se siente que pierde fuerza el relato, o tu no le pones suficiente entusiasmo, como si quisieras salir de la tarea pronto.
Estela
12-07-2013 07:44
HERENCIA
Lucía recibió una carta, donde le comunicaban que había heredado una enorme fortuna; se empezó a reir a carcajadas; ¿ella heredera?¿pero de donde habían sacado esa noticia?
Después de enormes esfuerzos,había logrado tener una pequeña casita, con una CARGAZÓN enorme de CACHIVACHES, como a ella le gustaba; ¿ y ahora por alguna de esas extrañas vueltas de la vida, se convertiría en un personaje de ABOLENGO?
Ella era una bohemia, que había logrado CONSUMAR su deseo de vivir sola, en total libertad, sin que nadie le impusiese horarios, arreglándose como podía,todo eso, logrado con tanto esfuerzo¿se lo iban a convertir en un ESTROPICIO?
Mucha gente le decía que era un tanto PINTORESCA, pero eso la tenía sin cuidado.
A pesar de todo, investigó sobre la herencia, y en efecto, era dueña de una enorme fortuna. Puso en la BALANZA, su libertad y su riqueza recién estrenada.
La comodidad,el dinero, las joyas, los yates, la deslumbraron, y olvidó rápidamente sus sueños, sus proyectos, sus esperanzas, sus esfuerzos.
Diez años después se preguntaba que había hecho de su vida.
Hace tanto que los tengo abandonados que no logro recordar mi contraseña para entrar
Ana Alonso
09-07-2013 18:00
PRESENCIAS
Hace tiempo que quiero decidirme a poner un poco de orden en el cuartito de los cachivaches; me acuerdo que siempre hablábamos de la costumbre de guardar y no lográbamos ponernos de acuerdo, porque vos solías desprenderte de todo lo que no fuera estrictamente necesario. Yo, en cambio, siempre fui de aferrarme más a las cosas. Es que los años pasan y cuesta no conservar algunos objetos hasta que el tiempo y sus telarañas terminan haciendo un estropicio con ellos y deciden por nosotros. Sin embargo es difícil poner en la balanza su utilidad, porque están íntimamente relacionados con nuestros mejores recuerdos, pero como bien dicen, es agotador llevar la cargazón del pasado junto con la del presente, y además la del porvenir, que nunca falta la preocupación por el futuro, porque así somos.
Nada de lo que hay ahí puede haber pertenecido a un rancio abolengo; son cosas de escaso valor monetario, nadie daría nada por ellas y no las aceptarían ni regaladas, sin embargo reviso una vez y vuelvo a revisar y todo sigue en su sitio. ¿Cómo podría desprenderme de la vieja bicicleta que ya no uso pero con la que nos divertíamos tanto yendo y viniendo del vivero a la Agronomía? Y la bufanda que me tejiste ese último año, que me quedó tan larga que tenía que darle varias vueltas para no arrastrarla. Y las sandalias con taco que casi me obligaste a comprar porque decías que te encantaba cómo me quedaban y que nunca me puse, porque odio los tacos tan altos. Los cuadros que pinté cuando me había encaprichado en enchastrar bastidores, porque nunca supe pintar ni un florero con una margarita, pero a vos te encantaba verme con el pincel y la paleta en las manos y no te cansabas de sacarme fotos (a mí, no a los cuadros).
En fin, que me falta valor para consumar el sacrilegio de desprenderme de todo lo que todavía permanece impregnado de nuestros buenos momentos, lo que me recuerda tu presencia en mi vida pero también tu ausencia, porque hay en ellos un presente en el que ya no estás y un futuro en el que no sé si volveré a disfrutar tanto de la vida con alguien. Así que ahí se quedan aunque no resulten pintorescos y ocupen un espacio que podría ser más útil para otras cosas. Y es porque no hay algo que necesite tanto como alargar tu permanencia, y porque además en ellos no hay nada que tenga que ver con la tristeza. Lo triste queda más allá, viene después de ese largo viaje que emprendiste en el que yo no pude acompañarte.
El juego de copas talladas incompleto, la colección de revistas de arquitectura, la licuadora que nunca voy a decidirme a arreglar, son cosas que se pueden ir. Ya mismo busco unas cajas y las meto en ellas como para poder decir que hice algo útil. Las dejo cerca de la puerta para sacarlas a la hora que pasa el recolector de residuos. Después me preparo unos mates.
No puedo dejar de preguntarme qué opinarías de todo esto. Y aunque conozco de memoria la respuesta, me seguiré negando a escucharla, al menos mientras pueda.
Eratalia
09-07-2013 17:43
EL EQUILIBRIO
Conducía con desgana, medio abstraída en mis pensamientos y ajena a la monotonía de la carretera, cuando, justo al salir de una curva, un pintoresco pueblecito apareció ante mis ojos, sacándome de mis cavilaciones.
En realidad no pensaba en otra cosa que no fuese mi deseo de huir y perderme, al menos durante los días que durasen mis vacaciones. Había tomado la decisión de salir disparada, sin previsiones, sin reservas de hotel, sin ruta prefijada, siguiendo el camino que me fuese marcando mi propio albedrío.
Aquel pueblecito de casas encaladas, pequeñas y blancas que parecía refulgir bajo la canícula de agosto, atrajo poderosamente mi atención haciendo que me desviase de la carrerta principal por un angosto camino.
He llegado, pensé. Aquí es dónde me voy a instalar para olvidarme de todo. Este aire tan limpio me despejará los sentidos y se llevará mis preocupaciones: por fin desaparecerá esta horrible cargazón que me pesa en la cabeza y en el alma.
Me apeé del coche delante de una construcción algo diferente al resto de las casas de alrededor y ligeramente apartada de ellas: el edificio tenía dos plantas y una cierta apariencia de vetusto abolengo.
La verja que lo rodeaba estaba abierta; constaté que la puerta principal, también. Deduje por tanto que la antigua vivienda estaba ahora dedicada a la hostelería y penetré en ella sin dilación alguna.
No había nadie, la semioscuridad que proporcionaban las persianas casi bajadas, confería a la estancia una deliciosa sensación de frescor que contrastaba con el asfixiante bochorno del camino. Lo primero que llamó mi atención fue un descomunal mosaico en la pared, donde, bajo una enorme balanza, formada toda ella por pequeñísimas teselas de colores, se podía leer la siguiente máxima:
“Situado en alguna nebulosa lejana hago lo que hago, para que el universal equilibrio de que soy parte no pierda el equilibrio.” Antonio Porchia
En un instante dejé vagar mi inquieta mirada por el resto de la espaciosa pieza que hacía las veces de recepción. Sobre el original mostrador taraceado con conchas marinas, una ingente cantidad de pequeños cachivaches se hallaban diseminados sin orden ni concierto, dando una sensación de cuidado descuido. Algunos folletos turísticos que exhibían maravillosas vistas de la zona y unos maceteros de rústica apariencia con plantas de interior, acababan de dar un toque a aquel lugar que comenzó a gustarme de inmediato.
En medio del maremagnun observé una pequeña campanita de bronce, desmayada sobre un cenicero y pensé si sería lo propio utilizarla para descubrir mi presencia en la casa. La agité, primero con timidez, luego con más bríos, sin obtener respuesta, pero al momento una voz modulada llegó hasta mí, pidiendo paciencia, lo que me hizo sentir absurdamente impetuosa.
Entonces salió. Con un marcado acento argentino me preguntó si deseaba alojamiento, y el tiempo que tenía pensado permanecer allí, algo que incluso yo misma ignoraba: ¿Dos días, tres, una semana, varias? Opté por decir una semana, aunque siempre estaba a tiempo de arrepentirme. Me pidió la documentación y me rogó que firmase un impreso.
Me adelanté decidida hacia el mostrador, del que había permanecido separada unos pasos. Aunque mis ojos ya se habían acostumbrado a la semipenumbra, no había reparado aún en los dos estrechos escalones que se erigían ante él, al estilo de los altares de las iglesias; avancé decidida y contenta por haber hallado aquel local que tan agradable me resultaba, cuando, sin constatar aún qué estaba pasando, me ví de bruces sobre la superficie taraceada; en mi deseo ciego de asirme a algún punto de equilibrio, barrí literalmete todo lo que se encontraba a mi paso y, para consumar el estropicio, la preciosa kentia se vino abajo, volcando el contenido íntegro de la maceta sobre el montón de objetos que yacían ahora desparramados y rotos sobre el suelo.
Me sentía tan ridícula que no atinaba ni a balbucir palabras coherentes de disculpa. A punto estaba de darme la vuelta para salir corriendo y olvidar el despropósito, cuando el argentino, rodeando el mostrador, empezó a recoger los pedazos del suelo, entre divertido y regocijado ante mi cara de estupor y el destrozo reinante, mientras decía:
-Por fin una buena razón para poder quitar del medio esta colección de recuerdos de mi vida, no sé por qué, pero parece que, de pronto, me he liberado de un montón de cosas... me pregunto si tu pérdida de equilibrio, no habrá ayudado a que yo recupere el mío.
Agradecida y tranquilizada por sus palabras, me acuclillé a su lado y comencé a recoger yo también los trozos rotos de mi antigua existencia...
Con rimas y a lo loco
Rodrigodeacevedo
08-07-2013 20:43
AQUELLA VIEJA CANCIÓN.
Supongo, sólo supongo, que existirá un cierto guiso de carne al estilo cordillerano. Alguien, algún compañero del hemisferio austral, ese compendio de amplitudes y cielos inescrutables, me habló de él un día.
No sé porqué, a estas alturas de la noche, huero como estoy de pensamientos, se me ocurre esta digresión a mis estudios sobre el apasionante tema de los logaritmos. Quizá sea un consuelo inconsciente a mi estado de inanición desde hace muchas horas. La carne tiene sus exigencias y la cargazón mental que lo abstruso del tema que estudio me produce, exige como compensación una bocanada de aire nuevo. (Si; Rosalinde, mi aire nuevo, tú y aquella vieja canción...)
Leo: “La interpolación sería muy laboriosa para el cálculo de senos de ángulos muy pequeños...”
Senos muy pequeños, deliciosos, suaves, de albinacientes turgencias, senos, senos cordilleranos, interpolados entre mis manos en esta noche de atroz vigilia. (Rosalinde: ¿cómo consumar sin tí este estropicio que es vivir?)
Me impongo a mí mismo, una vez más, la inexcusable tarea de recuperar la concentración en mis (reconozco que áridos) estudios sobre logaritmos. Sigo, de la página 9 de las Tablas de Schrön: “Sean L y L' el logaritmo inmediato inferior y el inmediato superior de la Tabla, y sea D la diferencia...” La diferencia...
(Oh, Rosalinde, mi bella mulata, la diferente. Nos conocimos en la huelga de noviembre, recién llegada a la universidad desde su lejano país (¿o tal vez sea la universidad la que está lejana, muy lejana de aquel país que produce especímenes tan bellos, tan deliciosos como Rosalinde, mi bella y añorada Rosalinde? Aquí y ahora, con sus senos no especialmente pequeños, pero de admirable arcotangente, sería la derivada perfecta, lo menos infinitesimal de esta noche en la que su ausencia es la más sangrienta sátira de mis hambres de amor y guisos cordilleranos, en este cuchitril que aún me cobija, entre los cachivaches a los que tú diste sentido, Rosalinde, pequeño logaritmo mío...)
Mientras que esa su ausencia se materializa en la tumefacción del órgano viril, inoportunamente despierto, Juan Sebastián Bach me reclama con su “Partita en re” el regreso a las altas esferas de la espiritualidad, desde las cuales únicamente puedo poseer la esencia bellísima del logaritmo del número “e”, de ese arcano de la mente humana que, groseramente, Schrön ha llamado, así sin más, “M” e incluso tiene el atrevimiento de mensurarlo con el valor (¿pero es que la belleza puede medirse?), con el valor, decía, de M= 0,434 2945, afuera, en la noche castellana, cientos de penitentes, cubiertos con sus caperuzos morados, o blancos, o rojos color de la sangre que estos días se derrama para nuestra salvación, me mortifican y soliviantan con sus rítmicos golpes de los cirios humeantes, de las cadenas que muchos arrastran con sus pies lacerados, sobre los fríos y húmedos adoquines centenarios. (¿Porqué esta terrible concupiscencia de los espíritus convulsos me trae de nuevo al sueño? Me veo; yo y mi abolengo ya renunciado en un platillo de la injusta balanza; en el otro Rosalinde y sus subyugantes ojos. Pero no; los platillos de la balanza son los ojos, ahora crueles, de Rosalinde, sobre el fiel de su nariz pequeña y provocativa en su altivez. Caemos al horrendo precipicio entre números que despiertan a nuestro paso. Rosalinde, Rosalinde, oh, cierra ya tus claros ojos...)
Vuelvo a Schrön: “Si el logaritmo dado...” (Oh, carne, amada y deseada carne, Rosalinde, cordero cordillerano...) pero, absurda e incongruentemente me acaricia mis dañadas neuronas aquella vieja canción, la que una noche de especial pasión, eternizada por la lluvia inextinguible, en cualquier pintoresca taberna del barrio, entre humos y lascivia, hicimos nuestra Rosalinde y yo.
caizán
07-07-2013 19:33
INMIGRANTE
Acabo de ver, por enésima vez, la película”Buena vista social club” en la que Ray Cooder revive a los viejos soneros cubanos.
Ellos, como yo, tienen sobre sí una cargazón de años, pero su abolengo musical les permitió consumar este pintoresco film, dónde uno no sabe qué poner en la balanza al momento de juzgarlos. Sus muchos años de vida no los convirtió en cachivaches, lucen portentosos, porque no hizo de ellos un estropicio, el sol de su talento brilla sin cesar. La mayoría han muerto. Este introito es solo para rendirles homenaje.
Los adultos mayores – es una forma elegante de no llamar “viejos” a los viejos – no deberíamos visitar a los psicólogos, les daré dos razones: son muy jóvenes y no saben nada, casi todos son licenciados, en tres años de Freud, Lacán, etc. Salen al ruedo, con más coraje que experiencia. No pueden, a los veinticinco años, juzgar la vida de su paciente que tiene: 60, 70 u 80 años. No importa que tenga falencias culturales, eso no lo hace peor, solo distinto. Él tuvo 25 años, hace tiempo, los vivió de acuerdo a esa época, y si me dicen que juzgará el hoy, no el ayer; les digo que ese hoy es la sumatoria de todos los ayeres. Pero, quizás el profesional no tenga toda la culpa. La familia, que no acepta ni comprende a ese mayor qué no puede manejar ninguna de las modernas máquinas electrónicas que tiene el siglo XXI, se avergüenzan de su incapacidad y lo comparan con su nieto de 6 años, que ya a los 3 las usaba; entonces, los que conviven con él, realizan un conciliábulo y deciden enviarlo a un psicólogo, para que lo actualice y lo convierta en un viejo moderno, que pueda manejar el celular, la notebook, el Wii, el chat y el diario virtual. Él, con humor, preguntará:-- ¿y no sería mejor que estudiara matemática cuántica? Me gusta más—- Nadie es tan sutil para captar la broma, por lo tanto se fija fecha y hora con el profesional – es un nombre apropiado – ya que sin decir nada, dice todo, no es médico, ni abogado, ni ingeniero, es: “profesional”, tiene una profesión, plomero, cerrajero, relojero, etc. Un oficio. Éste, se ocupa de integrarte al siglo XXI, y no es un concepto caprichoso ni atrabiliario. Para que el paciente comprenda su realidad, le dice cuál es la diferencia entre el nieto de 6 años y él,-- menos complicada de lo que cree; su nieto es un nativo y usted, un inmigrante. Paso a explicarle: Su nieto llegó a éste mundo donde ya existen: el celular, la TV y toda la parafernalia electrónica que se ha creado para que su vida sea mejor; seguramente usted le habrá hablado: del balero, las bolitas y si es más grande, del billar; eso para él es extraterrestre, nunca lo vio, no lo entiende. En eso se nivelan ambos, usted y él desconocen unas y conocen otras, por la simple razón que se criaron con ellas, forman parte indisoluble de su vida.
Por eso lo llamamos nativo. Usted para hablar inglés, debe estudiar y un niño de 6 años nacido en Inglaterra, lo habla sin estudiar. Esa es la diferencia entre el nativo y el inmigrante. ¿Entiende el concepto?— El hombre, está un poco sorprendido, no le queda claro si debe estudiar inglés, aprender a usar el Wii, o ambas cosas. Es todo muy confuso. Lo mejor, con estos tipos es decirle que todo está O.K, poner cara de que comprendió muy bien, o-sea con el mejor gesto de inteligente que pueda mostrar, ya que es fundamental que el profesional esté convencido de que el paciente se ha puesto al día con todos los adelantos tecnológicos, de esa forma, cuando le haga la devolución a la familia, quedará demostrada su capacidad, pues en una sola sesión introdujo a un viejo de mierda en este siglo. Eso significará una recomendación para futuros clientes.
El cliente se retirará de allí con una duda existencial ¿Tendrá que hacer un nuevo pasaporte? ¿Es de otro país? ¿De cuál? Esa parte no le quedó clara. Pero no dirá nada, él no piensa viajar al extranjero y si la familia decide ir y llevarlo, ya se ocuparán de tramitarlo. Seguirá con su cara de inteligente, si le resultó con el psicólogo ¿Por qué no le va a resultar con los demás?
JSM
Rodrigodeacevedo
06-07-2013 19:31
¿Qué extraña cargazón le impedía consumar el estropicio? Aquel cachivache pintoresco, con aspecto de balanza, le vinculaba a su perdido abolengo.