La plaza central de mi pueblo, LUCENA, recuerda por momentos que fue parque; recuerda que antes, sus exiguos parterres de césped ajado de ahora, fueron lustrosos y extensos llanos de hierba verde y fresca, con flores, y árboles entre cuyas ramas saltaban ardillas y anidaban pájaros. Pero la plaza sabe que ahora su color, exceptuando los tristes trozos de naturaleza urbana, tiene el tono blanquecino de la ciudad.
El sol luce alto en los primeros días de marzo, días de olores ya primaverales. La tarde calienta tímidamente todo cuanto encuentra a su paso.
Un reloj en la torre de la iglesia preside el conjunto. Un reloj que no mide el tiempo como era su ORIGINAL cometido, porque se paró un día, de un mes, de un año que nadie recuerda, a las seis horas y siete minutos, y los que por allí pasean nunca saben si esa hora es de madrugada o de tarde.
Abuelos, niños, jóvenes, parejas... vidas coincidentes, amores y desamores, encuentros y desencuentros, pululan por doquier, van y vienen por la plaza que quiere ser parque. Se sientan en los bancos, acompañados o solos... cada uno cargando con la mochila de sus recuerdos y anécdotas.
Una mujer joven en un banco solitario en mitad de la calma de este caos, escucha música a través de sus auriculares mientras escribe en un grueso cuaderno, con trazos grandes, sus vivencias sensuales. Sus ojos se entrecierran para acostumbrarse a los rayos de luz de este atardecer que sueña con ser primaveral; con escaparse del ABISMO invernal que aún lo aprisiona. Su pelo rubio reluce a la luz de este sol que aún calienta, y sonroja sus mejillas de melocotón. Sus ojos negros que se clavan como dagas en el cuaderno, miran de vez en cuando al reloj parado en lo alto de la torre de la iglesia.
Sabe que, efectivamente, falta poco para que sean las seis horas, siete minutos, y que entonces, todo se restaurará, y solo por un minuto, la vida volverá al reloj olvidado de sus dueños, quizá porque ellos también duermen olvidados en la eternidad. Quizá ese día que se paró a las seis horas y siete minutos, ocurrió algo que no debió perderse en el lógico transcurrir del tiempo, algo que no debió ocurrir, y el reloj, en un gesto de solidaridad y comprensión, no quiso dar más vueltas de esfera y quedó estancado como recuerdo de lo ocurrido en aquel momento.
Pero hoy, por un minuto, tal como le ocurre dos veces al día, madrugada y tarde, tal como hace cada día... se romperá su hechizo y por ese minuto, la vida se restaurará en sus agujas y girará también la vida en la plaza que quiere ser parque.
Esta tarde, le ha tocado a la rubia sensual de cabellos de oro y GENIO alegre, ser la creadora de esa ruptura de hechizo, tan solo armada con su cuaderno y su pluma. Ella será la que rompa el maleficio en el reloj de la plaza.
Ya son las seis horas siete minutos. Un joven sale de una de las casas, se despide con un gesto de su mano, de su novia apoyada en el ALFÉIZAR de la ventana y prosigue su camino hacia el centro de la plaza; vuelve su mirada hacia el reloj de la torre, comprueba su reloj de pulsera y continúa su andanza. Se lleva en la memoria que el reloj está en hora, que todo está en el sitio que debe estar. El reloj le sonríe desde su atalaya, porque, por un minuto, ha conseguido palpar la gloria de saberse útil y exacto, y rebosar de vida.
De súbito, más movimiento en la plaza. Gentes nuevas que aparecen en un extremo y salen por otro; unos niños juegan y meriendan ruidosos, y... mientras, los abuelos se pasan el ZAQUE de uno en uno, recordando a Dioniso.
Desde su banco, la rubia sonríe mirando el reloj con un guiño cómplice, mientras que la música sigue sonando y acariciando sus oídos. ¡Qué sensación! No hay maleficio que no pueda ser vencido por una pluma sobre un papel y una música que no cesa.
Son las seis horas, ocho minutos, y la vida en la plaza que quiere ser parque vuelve a dormirse para el reloj. Pero esta vez, sabe que mañana a la misma hora, el hada de cabellos de oro estará allí con su cuaderno y oirá el ruego que le devolverá por un minuto, la majestuosidad que le fue robada un día... a las seis horas y siete minutos...
Pronto, anochecerá. La mujer rubia tendrá dulces sueños, otros ciudadanos consultarán con la ALMOHADA, y la plaza que quiere ser parque, quedará desierta una noche más...
Me gusta soñar despierto... dormido tengo pesadillas.
Rodrigodeacevedo
23-04-2013 13:26
VISION DE DIÓTIMA VESTIDA POR KARL LAGERFELD
En el salón, casi a oscuras, con las veladas luces filtradas por los alabastros de las pantallas, la bella Diótima se encuentra sentada sobre las hermosas almohadas de raso chino, recordando sus tiempos como activa partícipe en las veladas literarias de Platón, mientras espera la llegada de Hyperión, a quien piensa “darle puerta” por la deriva insoportable a la que está llevando sus relaciones amorosas. Como fondo una original música de boleros, interpretada por siringas y el aletear rumoroso de los tamborcillos pastoriles de La Argólida, que crean el contrapunto dramático para el episodio de amores rotos que se avecinaba.
Lucía la bella Diótima un exquisito y original modelo de Chanel, diseñado para la ocasión por su genio, el gurú K.L.; un ajustado vestido de lamé plata, ceñido a sus antes fastuosas curvas, hoy decadentes y esmirriadas, (fané y descangayada, dirían en un tango famoso), pero que, en todo caso, ahora preconizan mejor su teoría de belleza depurada, de belleza ideal, esa tendencia al platonismo cavernícola, cuyos enunciados tantos y tan buenos ratos proporcionasen a Platón, a Sócrates y a ella misma en aquella Atenas pervertida y procaz, donde tan bien se lo pasaba la gente que después se llamaría la “inteligentsia”, mientras corría de mano en mano el zaque conteniendo las ambrosías de los dioses.
Ahora esperaba a Hyperion, un “colgado” sentimental empecinado en seguir aquellos antiguos dictados del amor ideal, manteniendo la porfía socrático-platónica y escurriendo el bulto de una manera sospechosa a la hora de la verdadera batalla amatoria: nada de arrumacos y cantos yámbicos bajo la lechosa luz lunar de decorado hollywoodense; ella necesitaba en este su nuevo avatar unos buenos revolcones que la dejasen en otros cielos más cercanos a su crepuscular carnalidad. Apoyada en el alféizar, cuyo soporte compartía con un decadente loro blanco, metáfora de ella misma, contemplaba el ocaso sobre el mar Egeo, metáfora asimismo de sus reflexiones: por un lado el recuerdo que se hunde y apaga de su dorada época ática; por otro la premonición que emerge del abismo anunciando su futuro renacer desde el idealismo romántico de Hölderlin.
Pero estaba bella la Diótima, exquisitamente bella, enmarcada por el melifluo fluir de los boleros y esa luz como de aura que diluía sus contornos y desvanecía sus pronunciadas angulosidades. Sería por el acierto del modelo de Karl Lagerfeld, sería porque el sugestivo decorado lumínico-musical era el adecuado, lo cierto es que, al verla, al bueno de Hyperión casi le da un vahído. -¡Qué buena está la tía, pensó, dejándose de aquellas espiritualidades que tan mal iban llevando su asunto amatorio- Pero frente a ese oxímoron de la belleza claudicada, Hyperión se rebela como hombre libre. Recuerda el estado absolutamente escuálido de sus cuentas corrientes y decide embarcar para América, dejando a Diótima a punto de compartir la cicuta con Sócrates.
- ”Otra vez será” , pensó la bella que llegó a tiempo de ver la subrepticia salida del casto Hyperión, dejándole al esclavo nubio un sobre con su carta de despedida.
Rodrigodeacevedo
21-04-2013 12:45
Gracias Gregorio. Esta semana has cerrado tú la lista de palabros. Así da gusto trabajar.
Pues la citada lista es la siguiente:
ABISMO
ALFÉIZAR
ALMOHADA
GENIO
ORIGINAL
ZAQUE
Así que los impacientes e impacientas ya tenéis tajo. A relatear.
Feliz semana, compis.
Gregorio Tienda Delgado
20-04-2013 21:06
Bueno, pues, aquí va mi palabra.
ABISMO.
1. m. Profundidad grande, imponente y peligrosa, como la de los mares, la de un tajo, la de una sima, etc. U. t. en sent. fig. Se sumió en el abismo de la desesperación.
2. m. infierno (‖ lugar de castigo eterno).
3. m. Cosa inmensa, insondable o incomprensible.
4. m. Diferencia grande entre cosas, personas, ideas, sentimientos, etc.
5. m. Heráld. Punto o parte central del escudo.
6. m. Nic. Maldad, perdición, ruina moral.
Me gusta soñar despierto... dormido tengo pesadillas.
Rodrigodeacevedo
20-04-2013 20:14
Me permito recordar a los concelebrantes/as y a la parroquia en general que, aunque Estela ya nos ha dejado su valiosa palabra (que solía ser la última) en esta ocasión no lo es y aún queda sitio para una más; o dos si nos apretamos un poquito. Hay tiempo hasta mañana noche; pero no os despistéis, que luego todo son excusas.
Como premio os dejo una fantástica milonga cantada (y silbada) por José Larralde. Que os guste.
Estela
20-04-2013 02:58
Mi palabra es
ZAQUE (esta también tiene origen árabe!) estamos muy¿arábigos? bueno...algo así.
ZAQUE:
1. m. Odre pequeño.
2. m. Ter. Cuero en que se saca agua de los pozos.
Hace tanto que los tengo abandonados que no logro recordar mi contraseña para entrar
Ana Alonso
20-04-2013 02:42
Mi palabra:
GENIO
m. Carácter, modo de ser de alguien tiene un genio muy vivo;
Humor, estado de ánimo: hoy está de mal genio.
Carácter fuerte:
tiene mucho genio.
Gran ingenio o facultad extraordinaria para crear o inventar cosas nuevas y admirables: aplicó su genio a las artes.
Persona dotada de esta facultad: genio de la pintura.
Inteligencia o aptitud extraordinaria.
Persona que posee esta inteligencia extraordinaria: es un genio de las matemáticas.
Ser imaginario al que se cree dotado de poderes sobrenaturales: pidió tres deseos al genio.
Eratalia
19-04-2013 18:08
Pues a mí me gusta mucho la palabra alféizar
m. arquit. Parte del muro que constituye el reborde de una ventana, especialmente su parte baja o inferior:
se apoyó en el alféizar.
♦ pl. alféizares.
Con rimas y a lo loco
caizán
19-04-2013 15:31
Donde manda capitán...
Si venimos de árabes, digo:
ALMOHADA
Tampoco nos vamos a complicar la vida. jajaja
Ana Alonso
19-04-2013 15:13
EL CAPITÁN
Los chicos del barrio le decíamos Capitán, porque siempre volvía de sus andanzas con varias heridas de guerra: una oreja partida, un par de dientes de menos y la pata trasera que arrastraba al moverse, tan elegante y altivo él, que se desentendía de sus dolores como si no valiera la pena pensar en ellos.
Había aparecido una tarde colándose por la puerta del taller y no sé por qué milagro mis padres no lo echaron; debían estar en limbo, porque nunca habían simpatizado con los gatos. Creo que, muy a su pesar, les debe haber causado gracia su indiferencia, esa pinta de atorrante que desmentía al primer golpe de vista sus actitudes de señorito. Recuerdo aquella primera vez que lo vi, mientras él se acomodaba desfachatado sobre una butaca y comenzaba a lamerse su pata lastimada. Tal vez venía de disputarle alguna hembra en celo a otros mininos algo más avispados, pero el Capitán, que era un gran pendenciero, seguro no se había batido en retirada sin antes dejar atrás a una tropa de gatos derrotados.
Lo cierto es que ni bien logró reponerse ya estaba otra vez buscando nuevas desventuras. Se quedaba con nosotros, siempre a condición de poder entrar y salir cuando quería y nos divertía mucho seguirlo en sus peripecias. Una noche de lluvia y a escondidas de mis padres decidí refugiarlo en mi habitación, y el loco iba y venía maullando sin parar porque no soportaba estar ahí encerrado. Daba gusto ver su felicidad cuando por fin le abrí la puerta.
Un día volvió con un horrible tajo de navaja partiéndole la frente; esta vez no había sido solo una pelea entre gatos, no hacía falta despejar dudas: era la obra de algún patán. La herida empeoraba día a día y él, no se puede creer tanta estulticia, se las arreglaba para volver a abrirla ni bien empezaba a cicatrizar. Entonces ya no hubo caso y la veterinaria nos dijo que no se iba a curar, que la historia de nuestro amigo se terminaba ahí, y punto, no hay remedio. Nos devolvió el puñado de monedas que habíamos reunido entre todos para pagarle y le puso una inyección que lo condujo a la gloria adentro de una caja de zapatos.
La muerte del Capitán se llevó por mucho tiempo nuestra alegría; ya estábamos acostumbrados a sus idas y vueltas, a las desdeñosas ganas con que se dignaba engullir los trozos de milanesa que robábamos para él. Ahora, sobre la tierra que lo cubre, crecieron unas plantas con flores amarillas. Amarillas como los ojos del rubio Capitán que andará por el cielo de los gatos paseándose con todas sus medallas.