Hace tanto que los tengo abandonados que no logro recordar mi contraseña para entrar
caizán
08-03-2013 23:26
Mi palabra es: VEREDA
juan fozara
08-03-2013 21:44
Mi palabra es HUIR v. intr.
Creo que no hacen falta definiciones.
Valen verbos ¿no?.
P.D.Esta semana parece que vamos bien con las palabras,
de momento...
" La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño ": Nietzsche.
Eratalia
08-03-2013 19:56
Me he tomado una semana sabática, pero sigo acechando desde la sombra.
Mi palabra: devastador, ra
adj. Que devasta y arrasa:
fuego devastador.
Imparable y rotundo, que no da lugar a réplica:
Con rimas y a lo loco
Rodrigodeacevedo
08-03-2013 19:49
De nuevo viernes. Otra semanita más para poner a prueba nuestras imaginaciones en los relatos. La marcha del hilo es verdaderamente ilusionante.Ojalá sigamos así.
Mi palabra:
PRÓLOGO
m. Introducción a ciertas obras para explicarlas al lector o comentar algún aspecto de las mismas.
Lo que sirve para introducir alguna cosa,a modo de presentación o preparación: la ceremonia de apertura fue el espectacular prólogo de las olimpiadas.
juan fozara
08-03-2013 12:49
El encajador de palabras.
Había pasado una mala noche pensando en como encontrar las palabras adecuadas para escribir un cuento que le había encargado la editorial Rayuela.
Por más que se devanaba los sesos no las encontraba.
De mañana,por la fresca,tuvo una idea,no era muy deportiva pero no le quedaba otra opción.Decidió ir a visitar a su amigo,el encajador de palabras,un anciano de barba blanca que disponía de un de un gran almacén para tal menester.
La mañana era radiante,le sirvió para alejar sus temores.Iba a cometer una pequeña falta pero que le iba a hacer.
Decidió hacer el paseo a pie.La avenida era amplia,a los lados se erguían enhiestos pequeños bosques de ABEDULES.Vio cruzar un avión por el cielo y a unos niños jugar al balón,alegres,sin preocupaciones.Era verano,tiempo de vacaciones.Qué época aquella en que él también las disfrutaba.La LAXITUD de la tarde en la orilla del río.El bocadillo de jamón york y queso que le daba amorosa su madre en la merienda.Recuerdos del TÚNEL del tiempo.
Por fin,a lo lejos,como un castillo encantado se erguía el almacén del encajador de palabras.Hacía tiempo que no se acercaba por allí.Sus últimos cuentos le habían salido con relativa facilidad.
El almacén tenía varias entradas.Algunas grandes,a veces tenían que entrar los camiones con su cargamento de palabras.Otras pequeñas para que entraran furtivos como él.Tendría que agacharse y hacer una GENUFLEXIÓN para entrar,una pequeña DEGRADACIÓN pero no se encontraba en disposición de elegir.
Al traspasar la puerta se encontró en una gran estancia,donde destacaba una enorme PANOPLIA.Este hombre siempre está en todo,pensó el poco inspirado escritor.Parece que me lee el pensamiento.Una HIERÁTICA armadura se encontrba en el medio del pasillo que conducía al despacho del encajador.
Llamó a la puerta con unos suaves golpes.
-Adelante-contestó el encajador.
El escritor abrió con timidez la puerta.
-¡Hombre,Ocaña!,cuánto tiempo.¿Qué te trae por aquí?.Problemas con las palabras,¿no?-dijo mirando por encima de sus lentes al dubitativo escritor.
-Sí,pero el camino me ha inspirado un poco-se justificó el escritor.
-Has entrado por la puerta de sevicio,mal asunto.
-Y tan malo,hay palabras que no me encajan,por eso acudo a ti,ya me has sacado de algunos apuros.
-Lo recuerdo,por cierto,te veo con buen aspecto,creo que tu recorrido por el almacén va a ser corto.¡Anda!,date una vuelta,ahora estoy con un crucigrama que me encargó un cliente,después si encuentras lo que buscas vienes a despedirte,ya conoces el camino.
-Gracias encajador.
Ocaña ya conocía el camino,se dirigió al almacén principal.Allí había unos magníficos predicados nominales colgados del techo como ristras de chorizo.Unos sujetos tirados por el suelo haciendo una pequeña siesta.Los verbos volaban por la estancia,alguno despistado chocaba contra el amplio ventanal queriendo buscar la luz.Los artículos estaban bien ordenados en sus estanterías y las "preposiciones"las había de todo tipo,honestas y deshonestas.Había pocos adverbios,pero no estaban en temporada.Los puntos seguidos enormes,parecían guisantes y los puntos y aparte,melones.Las comas,eso sí,un poco comidas por la carcoma.
Ocaña metió cuanto pudo en los bolsillos,se maldijo por haberse olvidado la maleta,pero contento al fin y al cabo,se dirigió de nuevo al despacho del encajador de palabras.
-¿¡Qué!?,¿has encontrado lo que querías?
-Ya lo creo,tu surtido es el mejor,¿cuánto te debo?
-Mmmmm,me han dicho que en la editorial Rayuela te deben algunos atrasos,de momento no me pagues nada,cuando lo hagan me haces otra visita.
-Gracias encajador,espero entonces volver pronto.
-De nada muchacho,sabes que te tengo simpatía,por cierto este crucigrama se me está complicando hasta a mí.
-Que tengas suerte.
-Eso espero.Adiós.
-Adiós.
Ocaña salió alegre por la puerta pricipal.Que contento se iba a poner Rodrigo.Su jefe en Rayuela.
" La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño ": Nietzsche.
Ana Alonso
05-03-2013 19:23
REVERENCIAS
En los últimos años el bosque había ido sufriendo una degradación notable y ahora apenas blanqueaban los abedules en los escasos sitios poblados; el resto era un triste páramo donde ya ni anidaban los pájaros, pero se intuía su grandeza ancestral y era como si el cuerpo se inclinara y respondiera con una genuflexión respetuosa, una reverencia agradecida en la que se unían la admiración y la pena por ese remanso antes majestuoso y ahora solo la sombra de lo que podría haber sido.
El hombre detuvo la camioneta y se quedó observando. Conocía aquel sitio pero no lograba recordar cuándo había estado ahí. Nunca había ido por su propia voluntad (eso podía jurarlo) sin embargo cada uno de sus rincones venía a evocarle una entrañable sensación familiar, una placidez en la que se mezclaban los rituales y las primeras sensaciones de la juventud. Una laxitud a la que no quiso poner resistencia le fue aflojando los brazos y decidió dejar el volante y bajar a descansar. Se sentó en un tronco seco y sus ojos se fueron tras las hormigas que a sus pies continuaban su tarea sin dejarse avasallar por el intruso. Vio un pequeño montículo de tierra y en el medio un túnel por el que entraban y salían, infatigables. Y de pronto recordó.
El hombre dejó la camioneta a un costado del camino y recorrió a pasos lentos los pocos metros que lo separaban de la casa. Su rostro hierático no dejaba adivinar la conmoción interna que se había despertado en su conciencia. Por la ventana entreabierta alcanzó a ver una panoplia y un poco más allá algunas armas antiguas colgadas en la pared. Siguió mirando, pero no estaba al alcance de su vista lo que pensaba encontrar. Golpeó la puerta.
Una mujer de rostro apacible salió a recibirlo. Tras la sorpresa, lo invitó a entrar. Habían pasado muchos años desde la última vez que se habían visto. En aquella ocasión hubo sólo algún intercambio de palabras, las necesarias teniendo en cuenta la situación en la que se encontraban. Su marido había sido entrenador de esgrima en aquellos agitados años, apenas pasada la adolescencia. Le había levantado la autoestima y además de enseñarle estrategias que mejoraron su rendimiento se hizo por algún tiempo su amigo personal. Y en los momentos de esparcimiento recorrían juntos lugares tan especiales como aquel bosque, donde se detenían a conversar largo rato sobre el deporte que tanto los apasionaba. Tal vez por la admiración que sentía (nunca pudo ni quiso pensar en eso) surgió entre los dos una competencia que desembocó en un accidente mientras practicaban.
Él estaba seguro de que no había sido intencional, pero algo en su interior se lo reprochaba, por eso, cuando el otro se negó a recibirlo, después de asegurarse de que no era nada grave y que pronto sanaría, se alejó, cambió sus rumbos y no volvió nunca más a practicar la esgrima. Tampoco regresó para conocer la evolución de su compañero de entrenamiento.
Y ahora, treinta años después, necesitaba saber de él o que alguien le confirmara su recuperación y que no le habían quedado secuelas de aquella herida.
La mujer lo tranquilizó. Todo había terminado bien, y actualmente se encontraba retirado de la enseñanza y sólo escribía de vez en cuando alguna colaboración para una revista deportiva. Le dijo que no tardaría en llegar y si quería esperarlo.
Los dos hombres se miraron sin rencor. Había pasado toda una vida y el tiempo se había llevado cualquier resentimiento que pudiera turbar aquel reencuentro. Recordaron las conversaciones que mantenían y el disfrute de las prácticas; lo bien que se sentían después de cada una de ellas. Sin haberlo decidido previamente, llegaron caminando hasta aquel claro del bosque donde solían detenerse a conversar y buscaron refugio bajo la magra sombra de los abedules. Como el viejo bosque, ahora venido a menos, los dos tenían un intenso pasado para reverenciar.
Cada uno a su manera estaba saldando una vieja deuda que no sabía que tenía, y es que a veces la vida y sus imprevistos te dan una estocada en pleno pecho que te devuelve la alegría, a cambio de algún agravio que causaste sin querer.
Rodrigodeacevedo
04-03-2013 20:50
EL PINTOR DE ICONOS
Amanece en la estepa rusa. Una tenue coloración rosada va iluminando el horizonte, delimitando su línea sobre la llanura nevada y tiñendo de suave color los blancos troncos de los abedules. El monasterio también amanece. En su mole imponente ya hay señales de actividad; algunas columnas de blanco humo se unen a otras columnas, invisibles, pero armónicamente perfectas, las de los cánticos de los monjes.
Un pequeño bulto oscuro se arrastra sobre la nieve, acercándose a la enorme portalada, a la que golpea desesperadamente. Un pequeño portillón se abre y un monje se inclina sobre el informe bulto.
Así llegó al monasterio, allá por los inicios del siglo XV, un pequeño fugitivo de las bárbaras incursiones de los tártaros en las inmediaciones de Moscú. No sabía su nombre ni su procedencia; así que fue bautizado con el nombre de Andrei, en honor al santo del día. El higúmeno Vassili lo tomó bajo su protección, esforzándose en recuperar aquella pequeña piltrafa humana que Dios había traído hasta él.
Pronto Andrei manifestó su carácter, enérgico y reservado, dando muestras de una inteligencia despierta. A su corta edad y aplicando mucha más energía de la que su pequeño cuerpo aparentaba, ayudaba en los trabajos más duros. En el huerto, en la cocina, en la limpieza. Pronto dio muestras de una gran capacidad para el aprendizaje de los sagrados textos y, en especial, para la pintura. En actitud hierática, impasible, se pasaba horas observando el trabajo de los monjes en la pintura de iconos y en la iluminación de los pergaminos.
Vassili, consciente de la gran valía de aquel muchacho, lo iba introduciendo en esas técnicas, así como procuraba conducir su espiritualidad para incorporarlo a la comunidad religiosa, tratando de evitar que fuese afectado por la laxitud de costumbres que estaba secularizando la comunidad. En los primeros oficios de la mañana. Andrei pasaba delante del altar mayor y haciendo una doble genuflexión se retiraba a las zonas más oscuras del templo para meditar y acompañar desde allí los cánticos. Mientras su formación como pintor se perfeccionaba. Pero Andrei estaba permanentemente insatisfecho. Los rostros de sus vírgenes eran toscos y amanerados, carentes de espíritu. Intuía que le era necesario atravesar alguna suerte de túnel que le condujese hasta la verdadera luz. En los ejercicios de meditación, en la oscuridad de las bóvedas, transportado por los intensos aromas del incienso, utilizaba su concentración para llegar a esos estadios de espiritualidad en los que creía poder encontrar la gracia que su inspiración y su técnica no le concedían.
Una mañana acompañó al hermano cillerero hasta la aldea vecina. Necesitaban recoger como limosna algunos panes, algo de carne, todo aquello que aquellas gentes sencillas pudiesen ofrecerles. El hermano cillerero era un monje de aspecto brutal, de enormes barbas negras y un voluminoso vientre. Era dado a los “excesos de la carne”, una secuela de la degración moral que corroía la Iglesia, siendo por ello objeto de fuertes reprimendas por parte del Abad. Mientras su compañero trasegaba buenas cantidades de vodka en la posada, Andrei esperaba pacientemente junto al fuego. A poco cruzó la sala una muchacha, una hermosa joven allí alojada. Andrei jamás había visto a una mujer joven. Ni en el monasterio ni en sus escasas salidas a la aldea. Tan solo a algunas rudas campesinas envueltas en sus andrajos.
Aquella aparición le trastocó completamente. Cuando volvió el cillerero le preguntó por la causa de su turbación. La muchacha era una joven de vida alegre que había llegado con ocasión de la visita de un regimiento de cosacos que reprimían a los tártaros. Estaba, pues, a disposición de quienes dispusiesen de algunos rublos para conseguirla. El cillerero habló en voz baja con el posadero y al poco tiempo le indicó a Andrei que “un ser celestial” obraría un milagro con él. Andrei pasó a un pequeño apartado donde, sobre un colchón astroso, le esperaba, blanco, luminoso, el ser celestial anunciado. La joven mujer, advertida de la absoluta inocencia del monje, hizo su trabajo a conciencia, desplegando toda una panoplia de habilidades y refinamientos, y, desde luego, Andrei quedó convencido de haber llegado a algún paraíso desconocido. Aquel era el túnel deseado, el que trascendía la tosquedad de la materia y lo llevaba, por fin, a la gloria iluminada de los santos.
Desde entonces las vírgenes que pintaba Andrei en sus iconos adquirieron en sus semblantes una iluminación especial, un poco sensual a juicio del higúmeno. De vez en cuando, si su inspiración se debilitaba, Andrei acudía a su ser celestial para reforzarla. Alguien en el pueblo, más tarde, cuando la fama de Andrei lo llevó al mismo Moscú para pintar iglesias, hizo observar el asombroso parecido de las vírgenes de Andrei con la mujer de los cosacos que una vez vivió en la posada.
Gregorio Tienda Delgado
04-03-2013 15:13
LA VENTANA.
Ana se desvestía todas las noches delante de su espejo lentamente, y frente a la ventana de su vecino. En su adolescencia descubrió cómo su cuerpo se fue moldeando con unas formas perfectas de mujer. Sabía que era muy bella. Ella, su espejo y la ventana del vecino. Nadie más la veía desnuda. Su madre no entendía que a los doce años, se encerrara en el cuarto de baño y hasta que ella salía nadie podía entrar, ni siquiera su hermana, que era dos años, menor.
Cada noche el mismo ritual; se desnudaba y se quedaba un rato, mirándose en el espejo y controlando por el rabillo del ojo la ventana del vecino que siempre estaba con la persiana bajada, pero con suficientes rendijas para que él la viera desnudarse cada noche antes de acostarse en su cama de madera de ABEDUL. No conocía a su vecino ni sabía su nombre porque realmente nunca vio su cara. Pero Ana sabía que él estaba celebrando la cita diaria, viviendo aquellos minutos tan placenteros de cada noche. Se desvestía imaginando cómo sería el que la miraba. Seguro que estaría tan excitado como ella, -pensaba- mientras se quitaba las bragas y se ponía lentamente el pijama.
Aquella ventana que daba directamente a su habitación era del bloque de al lado, y nunca la vio abierta de par en par; nunca supo como era su vecino. Siempre estuvo con la persiana ligeramente bajada, posibilitando que pudiera verla directamente en todo el esplendor de su belleza juvenil.
Fueron pasando los años de Ana, de su espejo y del vecino, más bien de la ventana, porque nunca lo vio. Las persianas siempre estaban colocadas de la misma manera. Y también, era igual la sombra que ella veía moverse entre las ranuras. Sabía que él cada noche estaba allí, para que ella pudiera ofrecerle el gran espectáculo de su cuerpo. Estaba segura que al finalizar el espectáculo de cada noche, él celebraba la visión con un colosal placer solitario porque le pareció oír más de una vez un leve jadeo. Un jadeo que cada vez imaginaba más cerca y que la acompañaba en sus fantasías sexuales hasta que rendida se entregaba a Morfeo.
Ana no se casó. Tuvo varios novios pero nunca la excitaron tanto como las noches de su cuarto, cuando se desnudaba mientras su vecino jadeaba detrás de la ventana. Pasó el tiempo y ya se había quedado sola. Tenía cincuenta años y la única ilusión era la noche. Aquellos minutos con su vecino, el de la ventana, el del edificio de al lado.
Cuando acababa de cumplir los cincuenta y dos años, con cierta DEGRADACIÓN en su autoestima. Se levantó una mañana y vio la ventana abierta de par en par. Había una mujer en la habitación, que se veía totalmente vacía, acompañada de un hombre. Estaban hablando y se acercó para oír mejor la conversación. La mujer de unos treinta años le decía a su acompañante que la casa llevaba deshabitada más de cuarenta años y que los dueños habían decidido venderla.
El acompañante asintió con la cabeza y se marcharon. Ana se quedó un rato en el comedor, mirando la tabla PANOPLIA con instintos suicidas, pero no pudo consumar su intención. A la hora de desnudarse, lo hizo igual que siempre, delante del espejo y lanzando una mirada HIERÁTICA a la ventana, que seguía abierta de par en par. Cuando acabó su ritual, volvió a mirar la ventana, hizo una GENUFLEXIÓN y se dejó caer con LAXITUD y desconsuelo, sobre la cama.
Una fina lluvia empezó a humedecer su almohada, y sus sentimientos vagaron por el oscuro TÚNEL de la soledad...
Me gusta soñar despierto... dormido tengo pesadillas.
Estela
03-03-2013 05:37
EL VASALLO REBELDE.
Esto de haber nacido en la época feudal, me trae enormes complicaciones; nunca me ha gustado ser vasallo de nadie; tengo un carácter muy fuerte, y es difícil doblegarme; soy de natural alegre, me gusta salir de parranda, no quiero que nadie me diga lo que tengo que hacer, me desagrada profundamente esa actitud HIERÁTICA que tiene este sujeto, que dice que es “mi señor”.
!Habráse visto! Qué descaro! Jamás logrará que yo me incline ante él; no he nacido para andar haciendo ninguna GENUFLEXIÓN;
En ocasiones me río solo, porque este hombre padece LAXITUD ; si le hubiera tocado a él ser vasallo, de seguro que al inclinarse perdía el equilibrio y besaba el suelo.
Lo que realmente disfruto es visitar la PANOPLIA que hay en su castillo; ¡qué gusto! Tiene una colección de armas maravillosa; también es interesante ver la variedad de armaduras, pero ya habrán advertido que este hombre es un desubicado; pretende que yo las revise ,las aceite y las lustre todos los días, que me incline ante él, que le haga la comida, que siembre sus campos, que coseche,y dejarme las migajas, simplemente para que no me muera; en suma, que está convencido que soy su esclavo; aunque le guste ejercitar la DEGRADACIÓN, conmigo se las va a ver en figurillas.
Insiste en que debo obedecerlo, y que no es posible que todos los días salga a dar una larga caminata por el bosque de ABEDULES. Este fulano no sabe disfrutar de las bellezas que nos brinda la naturaleza. ¡Si vieran que hermosos son estos árboles! Como están muy cerca uno del otro, he tenido que hacer una especie de TÚNEL para poder avanzar, porque debo cumplir mi rutina diaria de ejercicio.
!No tendría todos estos inconvenientes si hubiese nacido en el siglo XXI!
Hace tanto que los tengo abandonados que no logro recordar mi contraseña para entrar