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VAMOS A CONTAR HISTORIAS.
Jose Jesus Morales
Jose Jesus Morales
14-07-2016 05:01

Gracias por esas caricias positivas, de ser quien te de algunos empujones en este transito, tuyo, que de apoco comienza a despejarse. un abrazo.

Rodrigodeacevedo
Rodrigodeacevedo
12-07-2016 19:21

Estimulado por la creatividad de J.J. dejo aquí mi relato de la 1ª quincena de julio, que luego se me va a olvidar.

EL CUARTO DE ATRÁS

Sobre la pared, amortiguadas por las cortinillas que celaban tras sus encajes aquella intensa luz de un mediodía de verano, las móviles sombras de las blondas daban la impresión de algún baile del teatro negro de la lejana Praga, aunque, desde luego, mucho más tenue, más liviana en sus juegos de brillos y opacos. La habitación, en silenciosa penumbra, era el refugio que tras cuidadosa elección, había escogido el ex-sacerdote para retirarse a reflexionar sobre su, tal vez, desafortunada decisión. Pues ahora, en las largas horas de retiro, repasando en su atormentada mente las circunstancias que le habían llevado a ella, tenía ocasión de comprobar que aquella coyuntura de infidelidades y renuncias era mucho más peligrosa de lo que él, atento a otros avatares, había supuesto. Era una especie de suicidio a plazos. Si se había equivocado en esta ocasión, habría matado irremesiblemente treinta años de su vida.

La habitación en la que ahora sometía a riguroso análisis los últimos acontecimientos de su azaroso devenir era testigo mudo, pero sensible, de muchas etapas de su vida; en ella se inició en los éxtasis que le producían sus primeras experiencias eróticas; pero también, como reflejo inevitable de la dualidad en que siempre habría de desarrollarse su existir, de los éxtasis religiosos a los que le llevaban sus meditaciones en la oscuridad de la uterina habitación. Aquel cuarto que se asomaba a través de la ventana enrejada al huerto familiar, al fondo del caserón de piedra en el que habían nacido y se habían reproducido tantas generaciones familiares. Aquel cuarto, en el que murieron sus abuelos, tenía para él un siniestro encanto. Allí creyó encontrar la vía mística por la que sus padres trataban de conducirlo; sus padres, incluso el confesor de la familia, el encargado de dar fondo espiritual a aquellos cuerpos tan proclives a apegarse al barro de aquellas tierras suyas, tan duras y poco agradecidas. Pero algún acontecimiento imprevisto acababa por alejarlo de aquel luminoso camino.

A veces, en tardes como ésta, absorto en la contemplación de los reflejos de luces que animaban la enorme higuera que crecía en el centro del huertecillo, creía descifrar ese lenguaje divino que lo llamaba: luces, sombras, murmullo sereno del agua en la acequia, el alborozado piar de los pajarillos que despertaban del calor canicular. Paz. Allí, entre aquellos escasos y rudos muebles, en el ambiente casi monástico que tan grato le era, leía, meditaba, se acercaba a la trascendencia. Y entonces, al borde de lo inmaterial, un discreto golpe en la puerta le advertía de la taimada operación del Enemigo. La presencia, temida y deseada, de alguna de las sirvientas de la casa que preguntaba al “señorito” si necesitaba algo. Y aparecía la nube que oscurecía los recientes resplandores. Sí; el señorito la necesitaba a ella, a sus carnes prietas y lozanas, a su olor a hembra gozosa y deseosa de ser gozada. Al principio no tuvo conciencia de pecado; una sirvienta que se ofrecía al hijo del amo era equivalente a alguno de los apetitosos higos que le ofrecía la umbrosa higuera; algo natural, inmediato, dentro de las leyes de la Naturaleza. Pero después las advertencias del Confesor le advirtieron del peligro. Aquel acto impuro ensuciaba su alma; la de ella importaba menos, no era más que un cuerpo joven que quería agradar a quines la mantenían.

Y así su vida transcurrió entre deseos y dudas, entre el anhelo de lo sublime y el efímero disfrute de la carne. Y ahora, después de los últimos acontecimientos, cuando todo el edificio de valores espirituales y materiales de la familia se le había venido abajo, allí, en aquel humide y sombrío cuarto, cómplice de tanta vida allí vivida, el ex-sacerdote tenía que tomar una decisión. Solo, sin ayudas ni consejos, buscando desesperadamente la señal que lo orientase. Los últimos reflejos del sol poniente transverberaron a través del follaje tupido de la higuera toda una sinfonía de luces reflejadas sobre aquella pared de enfrente, en la que jugueteaban las sombras de los encajes. Los pajarillos despertados de la caliginosa siesta comenzaron su alocado piar. La vida desbordaba en la paz de aquellos campos. La vida, sí. La del higo que estaba al alcance de sus dedos sin pedir nada a cambio. El ex-sacerdote, desprovisto de sus hábitos, se lanzó a disfrutarla. Había percibido la señal.

Jose Jesus Morales
Jose Jesus Morales
12-07-2016 03:55

Elección. Impresión. Juego. Operación. Ocasión Testigo. Vía

El hilo de un recuerdo

A mis hermanos

El pájaro voló, aproveché la ocasión para irme entre nubes con alas prestadas en busca de lo que no se me ha perdido, como decía mi abuela Carola, y la recordé sin ningún esfuerzo.

Entre costuras sin elección, menuda entre los encajes, sedas, popelinas y paños de algodón. Envuelta en el humo de aquellos cigarrillos que le compraba, que venían compactos en una cajetilla dura y la impresión de letras gruesas: Alas con Filtro.

Sesenta años después, desaparecidos los cigarrillos, tirado en esta cama, solo, la imagen grabada en un recodo oscuro de mi memoria hoy se ilumina.

El humo gris se desprende de esos cigarrillos Alas, pasa por el delicado filtro, intacto su aroma, ella aspira su encanto y en un instante le crecen alas y puede volar y hasta desaparecer, desvanecerse y dejar los hilos enredados en sus carretes y olvidarse del chiquicha, chiquicha, chiquicha, de la máquina de coser Singer, que apaga el susurro de su voz, esa voz que se precipitó al vacío de lo desconocido, que se perdió con en el humo de la pólvora sobre una mesa de apuestas, y quedó su cuerpo en silencio, tirado en el suelo, junto al juego de cartas ensangrentado.

Algunos testigos tocaron con insistencia su puerta y corrió con sus escasos veinte años, descalza y en camisón de dormir por las calles polvorientas del pueblo, sus dos hijos pequeños quedaron en las manos compasivas de una vecina, que vigiló sus sueños y Carola se quedó para siempre viuda y mi padre huérfano.

No recuerdo la sonrisa, ni las lágrimas de mi abuela Carola, no lloraba ni tampoco reía, concentrada en su mundo de nostalgias, con sus sencillos vestidos de medio luto, cuello cerrado, corte en A y el dobladillo debajo de las rodillas.

El humo de esos cigarrillos que yo compraba, que ella se fumaba, esa columna gris asciende hasta la mesa en donde esperan las tijeras, la escuadra, las tizas y los pliegos de papel verde en donde traza los patrones. El humo se disipa sobre la radio de tubos encendidos, sintonizada en una única emisora: Radio Reloj Continente.

Mi abuela fumando en la madrugada, arropada con el humo de los cigarrillos espera a mi padre, la acompaña el rítmico y monótono chiquicha, chiquicha, chiquicha, de la máquina de coser, y el pavor de revivir otra pérdida.

Oye pasos en el zaguán, se levanta más tranquila y camina a la cocina, calienta la comida y la sirve y lo acompaña en silencio, sin una queja, sin un reproche.

Oigo los consejos de mi abuela, en la distancia me repite con voz pausada:

La vida hay que vivirla puntada tras puntada y no debemos dar puntada sin dedal.

Aparece la enfermera, revisa la vía en silencio, sin gestos y se marcha sin hacer ruido con sus zapatos blancos.

No tengo tiempo de volver a los recuerdos, al salir la enfermera el Doctor entra, camina directamente a la cabecera de la cama, me mira a los ojos y dice:

Revisé los últimos exámenes, la operación no es posible, una intervención en tu condición únicamente prolonga el sufrimiento y no vale la pena ese sacrificio, nos queda esperar la hora final, falta poco. Voy a indicar algo más fuerte para los dolores.

Miro al doctor, asomo una mueca que intenta ser una sonrisa y le digo:

Seguramente me voy a morir en un mal momento, mi abuela Carola decía:

Los viejos somos imprudentes hasta para morirnos.

Jose Jesus Morales
Jose Jesus Morales
10-07-2016 04:09

No hay drama, el verano, el calor, y tantas otras cosas a veces nos descolocan, pero lo importante es estar aquí. Y yo estoy seguro de que estamos presentes. Un abrazo a todos y a mantener sobre todo esta amistad que nos reúne en este foro.

Rodrigodeacevedo
Rodrigodeacevedo
05-07-2016 19:51

Tienes toda la razón, J.J. A tu esfuerzo por seguir animando nuestra Rayuela no le corresponde esta pasividad con la que, en esta ocasión, hemos respondido. En mi caso, aún pasando casi a diario por el foro y habiendo leído tus primeras tres palabras, se me fue "el santo al cielo" y me quedé en el rincón del olvido. Perdón a todos. Voy a compensar en algo mi desidia y dejo mi sintetifrase:

"Tenía la impresión que esa operación era la ocasión para resarcirse de las pérdidas del juego, una vía sin testigos con una única elección: robar al ladrón."

Jose Jesus Morales
Jose Jesus Morales
05-07-2016 17:44

Las palabras de este mes se hacen escasas, el verano, la independencia de Estados Unidos, (4) Venezuela (5) la Eurocopa, los atentados del Estado Islámico, las elecciones en España juegan en nuestra contra.

Completo las siete palabras de una sola vez

Elección.

Impresión.

Juego.

Ocasión.

Operación.

Testigo.

Vía

Jose Jesus Morales
Jose Jesus Morales
01-07-2016 04:23

Estoy bastante atrasado. Me invadieron unas visitas y secuestraron mi computador, pero ya es la hora de recolectar las siete palabras para los próximos textos de los quince días de julio.

Testigo

Impresión

Jose Jesus Morales
Jose Jesus Morales
01-07-2016 04:12

La sintética

Contacto. Carga. Distracción. Escalado (adj). Escalada (verb). Garganta. Niebla.

La garganta se me seca, en la niebla intento una escalada y en una distracción pierdo contacto y mi carga del escalado cae al vacío.

Rodrigodeacevedo
Rodrigodeacevedo
27-06-2016 22:03

Además de la sintética he conseguido escribir algunas frases como de relato. Aquí os la dejo para que siga latiendo este pequeño animalito que es nuestro foro.

EL ESCRITOR EN SU NOCHE.

El invierno abrió otra vez sus depósitos de niebla y las esparció abundantes en aquella ciudad junto al río. Nuevamente un aspecto fantasmal transformó sus calles, de por sí como ausentes de vida y actividad. Los pavimentos se recubrieron con esos brillos húmedos como si se hubiesen adaptado para servir de decorados en aquellas viejas películas en blanco y negro de los años 50. La débil iluminación de las farolas puntuaba con un cierto ritmo melancólico las calles vacías, los paseos de árboles deshabitados de vegetación: sus formas ahora recordaban a esculturas salidas de las manos de algún escultor desolado por insoportables tormentos espirituales.
Estremecido por el frío y la soledad en la que de nuevo se encontraba su vida, K. dudó a la salida de aquel cafetín, donde el calor del ambiente y los murmullos de las conversaciones hacían renacer en su espíritu un cierto contacto con sus semejantes, una distracción cada vez más escasa e inane en su monótona vida, o seguir esa senda que ya venía siendo habitual, de los bares de alterne en los que solía encontrar carne barata, que su imaginación adornaba con atributos de belleza y elegancia desde luego inexistentes. Pero la soledad y el alcohol son poderosos creadores de ilusiones y K. las necesitaba.
No obstante decidió volver a casa, a aquel inhóspito y desbaratado cuarto en el que sobre la mesa de trabajo algunas cuartillas, la vieja estilográfica heredada de su padre, y un ordenador anticuado lo aguardaban. Una vez más había comenzado a escribir sin proyecto ni inspiración; la pesada carga de la página en blanco, aquel obstáculo cuya escalada le era cada vez más inaccesible. Apenas en se los últimos días había podido pergeñar algún artículo, alguna crítica, la reseña plana y sin matices de alguna exposición en la galería de arte de algún conocido. Todavía algunos amigos en el mundo editorial le aceptaban esos pequeños trabajos y, a modo de limosna, le retribuían escasamente; con eso y grandes penurias iba sobrellevando su día a día.
Con paso cansino, arrastrando los pies, lentamente llegó a la tercera planta de la casa en la que se encontraba su vivienda. Tenía la garganta reseca; tal vez hubiese sido mejor ir de p.utas. Pero una pequeña idea para redactar un nuevo artículo había alumbrado su abotargado cerebro y quiso retarse a desarrollarla. Abrió la puerta y encendió la luz de la pieza que servía de salón, comedor, dormitorio... Había otras dependencias en la vivienda, pero desde su último fracaso sentimental se abstuvo de utilizarlas. Desde la pared de enfrente la reproducción de un cuadro de Francis Bacon le gritó; fue un grito estentóreo, ultrahumano, como de alguien que le escupía su indecente proceder, su cobardía. Era la reproducción del escalado de un vacuno, sanguinolento, desmembrado, obsceno, al que la escasa iluminación daba un aspecto aterrador. K. Se vio a sí mismo colgado de aquel gancho, desventrado; era sólo carne de consumo, nada de espíritu ni sensibilidad quedaba en aquellos restos. El grito no provenía de aquella lámina monstruosa. Era su propio gritar desesperado el que llegaba a sus oídos desubicados. Era, extraña casualidad, el motivo que pretendía desarrollar en aquel artículo. No pudo soportarlo. Con un desaforado portazo cerró la puerta y se precipitó como un loco escaleras abajo. Sí; decididamente habría sido mejor ir de p.utas.

Rodrigodeacevedo
Rodrigodeacevedo
22-06-2016 14:07

Muchas gracias, J.J. Aquí dejo ya mi sintética.

Contacto.Carga.Distracción.Escalado (adj).Escalada (verb).Garganta.Niebla.

La niebla dificultó la escalada en las paredes de la garganta; cualquier contacto, por distracción, de la carga con los salientes rocosos arrojaría al abismo los escalados que cargabámos.

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