Recien llegadita de mis pagos, aunque sea cortito, quería dejar un texto.
Que bueno ser mujer.
Me pasaste a buscar. Te pregunté si querías pasar y saludar a mi familia. Como quieras, me dijiste. Que linda estas, me dijiste y no supe que decir. Quería salir pronto para reencontrarme con vos a solas para hablar de todo lo que no habíamos hablado estos dos últimos años.
Que lindo coche, exclamé al subirme, aunque no tenía ni idea que marca era. Yo solo los veo lindos o feos hasta que toca el turno de comprarme uno, cosa que solo ha pasado unas pocas veces en mi vida. Ahí investigo pero luego me tienen sin cuidado, no me importan.
Dejaste de fumar, te pregunté. No había olor en el coche y, como ex fumadora que soy, se que se impregna el olor. No, no lo habías dejado. Solo, no fumabas más en el coche.
Pasaron diez minutos y ya nuestra familiaridad comenzó a manifestarse, atrás se quedo el malestar. Es que siempre nos hemos querido, Un día una gran tormenta azotó nuestra relación. Malas épocas, dicen. Y así perdimos contacto.
Habías reservado mesa en una parrilla. Me encantó de solo verla por la calle. Un lugar acogedor, con mucha madera, poca luz blanca y una carne para el mejor paladar.
Una mesa pequeña para dos, una fuente con poco contenido, nunca comemos mucho, cerveza y vino que no faltaron y hablamos de todo, de lo de siempre y lo de ahora. Cuando llegamos había muchas mesas libres, luego se fueron llenado, al irnos solo había dos.
Fue bonito, brindamos por nuestro reencuentro, nos dimos unos besos, el mozo miró al pasar, nos reímos mucho. Nos dimos la mano. El mozo volvió a mirar.
Le comenté ”el mozo creerá que somos lesbianas”. No, es que somos amigas y habíamos estado distanciadas. Y a tí, él que estas leyendo, que te creías que eramos pareja, también te despisté.
Para ella, para Claudia, para mi amiga.
Ana
14-07-2012 15:01
El texto no está basado en una experiencia personal, pero sí observada y vivida como propia.
PERDIDOS
Mi padre me esperaba en el geriátrico. No era el mejor lugar para encontrarnos, pero su estado de salud no le permitía alejarse mucho del lugar, aunque me habían dicho que podía entrar y salir cuando quisiera sin tener que dar explicaciones a nadie de donde iba.
Había dado con su paradero un par de meses atrás, y después de una larga lista de trámites y malabarismos burocráticos, por fin íbamos a estar juntos al cabo de una larga vida sin saber de él. Mientras lo esperaba en la sala de estar, vagando en meditaciones y sentimientos contradictorios, miré distraída como un escarabajo intentaba con gran esfuerzo arrastrar una bola de desperdicios hacia un rincón. Era extraño ver a un insecto de este tipo en un lugar tan aséptico. El escarabajo intentó al fin escalar una pared de aquella habitación, pero resbalaba una y otra vez hasta caer agotado. Pensé que tal vez se sentiría solo y sin saber cuál era su lugar en el mundo.
Recordaba a mi padre como lo había visto durante años en una fotografía amarillenta tomada una tarde durante unas vacaciones en la costa. Tendría yo entonces unos cinco años, y mi padre me corría por la playa. El día estaba ventoso y la arena formaba remolinos que seguro arrastraron con ellos todo lo demás, porque me quedaba sólo el recuerdo de ese juego, y la foto que nunca me permitió olvidarlo.
Después, vinieron tiempos complejos; mi padre tuvo que emigrar por motivos que no comprendí del todo, y una mañana de invierno fuimos con mi madre a despedirlo. Es curioso, pero aunque intenté muchas veces reconstruir aquella partida, nunca pude rescatar del olvido el timbre de su voz y ni sus últimas palabras. Sólo recuerdo que se fue, y que el ruido de nuestros pasos acompañaba como una canción de despedida al barco que se alejaba, mientras nosotras también nos íbamos del muelle.
Y ahora estábamos a punto de volver a vernos, y no sabía cuál iba a ser su reacción, pero me alegraba el haber tenido la suerte de encontrarlo todavía con vida, y eso era más de lo que podía pedir.
Pasados unos minutos que se me hicieron eternos, un anciano apareció por la puerta lateral y se acercó, mirándome directamente a los ojos. Me encantaría poder decir que nos reconocimos y nos abrazamos como si nunca nos hubiéramos separado, pero ese hombre llevaba demasiados años detrás de una bruma tediosa que no le permitía ver más allá de su presente, y en ese presente yo no era más que una extraña que reaparecía en su vida para desordenar su endeble estabilidad emocional.
Con un gran esfuerzo de ambas partes, nos saludamos cortésmente y mantuvimos una conversación formal. Después apuré la despedida porque entendí que la rutina de su almuerzo era en ese momento más importante que mi presencia. Y me fui, caminando calle abajo, sin saber si me atrevería a volver. Tal vez era mejor quedarme con el hombre feliz de la fotografía que reía entre las olas del mar, que era el que siempre había permanecido conmigo, porque este nuevo padre no parecía necesitarme para nada. Era probable que él también tuviera a una hija de cinco años riendo en una foto, y con ese le bastara. Pero ahora a esa imagen feliz de la infancia, se superponía la del encuentro con la realidad.
Mientras desandaba el camino que había hecho para llegar, me vino a la mente el recuerdo del escarabajo, tan fuera de lugar y perdido como yo en este universo desconcertante, plagado de misterios y decepciones por el que tendríamos que seguir transportando nuestra carga, aunque no entendiéramos el cómo ni el porqué de sus designios.
Castelo
13-07-2012 23:40
Para esta ocasión voy a poner un texto que escribí hace bastante tiempo ya y que supongo se adapta a lo propuesto sobradamente.
Me disculpo de antemano por la pobre redacción del mismo. Actualmente sería capaz de escribirlo mejor; más homogéneo, mejor estructurado y rico, pero honestamente creo que si en su día, con los hechos que narro aún frescos en mi memoria, lo hice así, así debe quedar. Gracias por la paciencia de leerlo, amigos.
PSIQUIATRÍA
No era como en las películas, sino peor. Más denso, asfixiante, con olor a drama. Es lo que tiene lo real, que de cierto, horroriza. Aunque había sufrido muchas situaciones desagradables en mi vida, aquello fue, sin duda, el espectáculo más dantesco que mis ojos presenciaron hasta la fecha, con la atenuante de estarlo padeciendo por imbecil.
Me encontraba, tras unas arrogantes pretensiones suicidas propiciadas por una etapa deprimente, caótica y autodestructiva, en la planta psiquiatrica del hospital clínico de Madrid.
El cerebro es, sin duda, uno de los órganos que mas deberíamos cuidar. Su enfermedad nos conduce a la destrucción de la persona, y jamás he visto sufrimiento tan extremo como el de un enfermo mental, pues se es hasta un cierto punto consciente, hasta el punto de la percepción del dolor que transmite la tristeza, el vacío y la impotencia.
Paseando por sus galerías, observaba el variopinto catalogo de personas desubicadas totalmente de su sitio en la vida, y sentí vergüenza. Vergüenza de mí, asco de mi presuntuosa enfermedad, y de ser consciente de mis actos. Cualquiera de esos locos, esquizofrénicos, paranoicos, era mas decente que yo. Esa era su planta, yo un intruso. Ellos no se habían buscado esa tortura; mas yo, ¿con que derecho quería renunciar a mi vida, si poseía todavía la razón? Fue, a buen seguro, mi mejor cura, ese paseo en el desconcierto.
Al final del corredor estaba él, dando vueltas sobre si mismo. Acercándome, le reconocí, a pesar de su extrema delgadez;
-Mario, no jodas, pero si tu eres Mario.
- Yo te conozco…-, me dijo, con voz temblorosa. Claro que me conocía, era un antiguo compañero de instituto. De esos que no se olvidan, por superior, o por distinto.
Inteligente y educado, recuerdo. Nunca tuvimos una gran amistad, pero si buen trato, y además, éramos vecinos, con el intercambio de apuntes que eso conlleva.
Un buen día, le perdí la pista, y ahora, veinte años después, aquí estaba, desfigurado, envejecido y evidentemente trastornado.
Me puso al día;
- Tengo esquizofrenia paranoide… ¿y tu, por que estas aquí?
- ¿Yo?... por güillipollez galopante, supongo.
Por lo visto, le había dejado su novia, con la que convivía desde muy joven. Fue la primer ostia, la segunda se la dio un tripi, que, tomado de “bajón”, le termino de girar el cerebro. Ahora vivía con su madre. Bueno, hasta hacía poco.
- Mi puto psiquiatra-, me decía, -mira que estaba bien el plan…y va y me trae aquí-
-¿Qué plan, Mario?
-Matar a mi madre- me soltó, bajando la voz
- Estaba todo calculado; nadie se iba a dar cuenta, pero no le gustó. Al terapeuta no le gusto, no se por que….
-..Eh, joder, Matías- imaginadme, sin saber ni que decirle, desencajado. Me lo dijo tan natural que aquello no era broma - ¿Y aquí que te han dicho?
- Que estoy loco, tío…pero eso ya lo se.
- Ya, ¿y ahora, que vas a hacer, te lo has pensado mejor, estas tranquilo?…yo que se
Bajando más la voz aun, mientras me robaba un cigarrillo, continuó;
- Estoy diseñando un nuevo plan, a ver si este le gusta mas al medico…
Cuando aun estaba digiriendo la primera, me suelta la segunda;
- Y si no le “mola”, tengo otro para el. Por chivato…
Fin de anécdota, a los tres días me dieron el alta. A Mario, jamás le volví a ver.
Gregorio Tienda Delgado
13-07-2012 01:02
Amigas y amigos escribidores. Dos días para publicar relatos. El domingo empezamos con los comentarios.
Saludos.
Me gusta soñar despierto... dormido tengo pesadillas.
caizán
12-07-2012 02:36
REENCUENTRO
--Don Alberto, me complace que hoy tenga un buen día, pudimos conversar amablemente, supongo que la medicación ha hecho lo suyo, me alegro por usted y su familia, ellos quieren verlo y los voy a llamar para que vengan a visitarlo y aprecien su buen estado general.
Don Alberto le dio la mano al médico y éste salió de la habitación. Encendió el televisor y buscó algún programa que le gustara, no había. Lo apagó.
Se abrió la puerta y entró un muchacho de unos quince años, preguntó:--¿Puedo pasar?
--¡Sí, claro! Se acaba de ir mi médico, me encontró mejor y tu llegada me ha levantado el ánimo ¿Te fuiste enojado, la ultima vez?
--No. Mamá no me deja venir solo, y yo no quiero venir con ella ni con papá, cuando ellos me traen no podemos hablar, acaparan todo tu tiempo; en cambio, cuando vengo solo podemos hablar de nuestras cosas tranquilos, compartir recuerdos y picardías.
--Es cierto, con vos puedo hablar, decir lo que siento, lo que pienso sin temor alguno, con los mayores no puedo, me reprimen y termino quedándome callado; eso también los enoja. La verdad, no se como actuar.
--Vine para contarte lo que me pasó hoy.
--Dale ¡Dale! Contá—Se sentó en la cama y puso almohadas en la cabecera, para apoyar su espalda. Estaba exultante.
--Hoy la acompañe a Liliana hasta su casa. Seguí tus consejos y tuve éxito, aceptó mi pedido de acompañarla y quedamos en ir al cine el sábado que viene, va a venir con una amiga, para que la mamá se quede tranquila.
--¡Me alegro, Albertito! Viste que yo tenía razón, ella siempre te miró con buenos ojos. El problema eras vos, que tenías miedo de enfrentarla. Eso sí, se respetuoso y educado, ella no se merece otra cosa
--Pero ¿Por quién me tomás? Ya sé que uno debe comportarse como un caballero, no hace falta que me lo repitas. Eso lo aprendí de mis padres.
--Yo también.
--Hemos sido bien enseñados los dos.
--Es cierto, debemos darle gracias a Dios, que nos dio los padres que tenemos.
--No te conté lo mejor.
--Contá ¿Qué pasó?
--Cuando nos despedimos, me dio un beso en la mejilla y salió corriendo. Pensé que
me moría de la emoción. Salió todo igual a lo que me dijiste.
--Te dije que me creyeras, que no te podía fallar, a mi no me falló, a vos…--Entró el médico, para anunciarle la llegada de sus hijos. Don Alberto, siguió hablando con Albertito:--… tampoco te puede fallar, toda esa escena la tengo muy clara.
El médico se quedó parado junto a la puerta cerrada, Don Alberto seguía hablando con Albertito, ignorando la presencia del doctor, éste giró, abrió la puerta y se enfrentó a los hijos del paciente.
--¿Le dijo que estábamos nosotros, que queremos verlo?—preguntó el hijo.
--Doctor, estamos ansiosos, no esperábamos tan pronta mejoría- agregó la hija.
Por toda respuesta, los hizo sentar y de pie, junto a ellos, explicó:
--Creo que su padre no está en condiciones de recibirlos ahora, esta con una visita inesperada, se ha rencontrado con una viejo amigo y no esta disponible para nadie.
Los dos hijos, al unísono, dijeron: --¿Qué amigo?
EL NIÑO QUE FUE.
JSM
Rodrigodeacevedo
08-07-2012 21:29
Queridos amigos: Os propongo un viejo texto que alguno quizás ya leyese en GB. Es un texto al que tengo especial cariño porque en él he tratado de reproducir una experiencia personal realmente vivida, con todos los filtros físicos, que no emocionales, necesarios para "guardar la intimidad".
Es una pena que la edición de textos sea en esta página tan rudimentaria (por no decir inexistente). Por otra parte las palabras aparentemente censuradas (----) que ya aparecieron en un texto de Arturo en mi caso son (!) sustitutos de "------", inocuo calificativo al que ha sido aplicada una censura inicua. En fin; ya se irán arreglando estas pequeñeces.
Espero que disfrutéis con mi texto.
Rodrigo
EL REGRESO
Él había visitado aquella ciudad hacía mucho tiempo, cuando su edad estaba en esa difusa frontera entre la adolescencia y la primera juventud. Allí había visto el mar por primera vez. Nacido y recién llegado de las áridas tierras del interior, aquella primera visión de la inacabable superficie reverberante, facetada por la luz del abrasador sol del mediodía, le produjo una especie de vértigo singular, que le hizo recordar su también primer y no lejano conocimiento del sexo.
Ahora, en edad ya ------, había vuelto, justificando su regreso con algún improbable negocio. Lo cierto era que sus actividades profesionales lo habían acercado a aquellas tierras y en una sofocante noche de hotel, insomne, habían acudido a su memoria multitud de antiguas sensaciones, que tenía por olvidadas, vividas en aquella su primera visita, cuando descubrió el mar. Esos recuerdos redivivos determinaron su decisión de visitar nuevamente la ciudad que había sido el escenario, durante casi un verano, de una parte de su iniciada juventud, feraz, a la vez que lamentable, en su encuentro con la vida. Al levantarse, con las telarañas del sueño aún celando sus ojos, antes de la reparadora ducha, se miró al espejo. Las brumas aún no disipadas de la semivigilia nocturna le hiciceron ver como dos figuras reflejadas: una, antigua, casi irreconocible, juvenil, impetuosa; otra, la actual,la de un personaje anodino, de carnes fláccidas, ojeras dentro de un rostro impersonal.
Como imágenes descolgadas de la noche insomne, ya casi olvidada, se le vinieron a la imaginación algunas conversacion con su amigo Dionisio, ardiente poeta y fervoroso revolucionario, allás por los años en los que la revolución llamaba a derribar los muros que, tercamente, encerraban la libertad. “Tú siempre, le decía Dionisio, vivirás en la áurea mediocritas, en tu indolencia carcomida por inquietudes que nunca afrontarás.” Era, ciertamente, muy críticamente duro con él, Dionisio, que era a su vez pura mística y voluntad.
Y como otro flash entre los destellos del sol que ya abrasaba las calles vio a Mariluz, su mujer, allí, en el adosado mesetario, jugando con sus hijos en la piscina o, tal vez, conduciendo su todoterreno camino del centro comercial. Sí, aquello era la dorada medianía, la aurea mediocritas, que le vaticinó Dionisio.
Llegó a la ciudad donde transcurrió aquel recordado verano. Pasó parte de la mañana paseando las calles, tratando de recordar. Todo estaba muy cambiado. De vez en cuando, entre los edificios de moderna traza, un relámpago de memoria rememoraba alguno de aquella otra época. Finalmente, entretejiendo aquellos vislumbres, con la paciencia de un arqueólogo, recompuso el antiguo paisaje urbano, tan difuso ya en su recuerdo. Allí estaban: el Parque, con sus inmensos árboles y parterres de evónimos y rododendros, la plaza de la Catedral, el Teatro Principal, la calle Mayor…La calle de “El Paseo”…
De pronto, con especial intensidad, recordó. María Josefa e Inés. Inés y María Josefa. ¿Qué habría sido de ellas?. María Josefa había sido, también aquí la primicia, su primera novia, en pugna con Inés. Pero María Josefa era más... como a él le gustaban. No tan rozagante como Inés, más delicada, casi angelical. Ahora recordaba (o creía recordar) aquellos sus enormes ojos oscuros y su cuerpecillo adolescente. Recordaba (imaginaba) sus ligeras protuberancias y las tenues curvas que habían provocado en él esas pulsiones de sexo inaugural, experiencias, en su pureza, casi desconocidas para él.
Entró en un bar. Recordaba perfectamente el nombre y ambos apellidos de María Josefa. Quizá buscando en la guía telefónica pudiera encontrar algún indicio. Pidió, con su café cortado la guía de teléfonos y, a la luz de un nuevo recuerdo inquirió al camarero:
Oiga, por aquí circulaba un pequeño tren, La Panderola creo que lo llamaban, que llevaba al puerto. ¿Sabe usted si sigue circulando?.
El camarero, con marcado acento centroeuropeo, preguntó a un compañero de más edad, que estaba en el interior.
¿La Panderola? Sí, el trenet. No señor, eso ya hace tiempo que dejó de funcionar. Ahora tenemos autobuses.
“Ahora tienen autobuses, vaya por Dios y por el progreso”. Mientras tanto, hojeando sin demasiado entusiasmo las páginas de la guía, sus ojos se encontraron con las palabras que allí puso el destino. Allí estaban: el nombre y los dos apellidos, con la dirección completa de la persona que buscaba, sin confianza en hallarla y con el temor de encontrarla.
Una extraña turbación invadió su cabeza. De nuevo, como tantas otras veces, el temor y el temblor, la inseguridad ante un episodio que podía desbordarlo. Trató de racionalizar la situación y sus contradictorios sentimientos. En realidad no tenía el menor sentido que tratase de encontrar a aquella su primera novia. Ella, con toda seguridad, ni le recordaría. Fue un amor de verano, prolongado con algunas cartas románticas durante el otoño, al cual ella puso fin cuando le envió, por correo, un frasquito con su perfume predilecto y una carta, emocionada, de despedida. Pero, en aquella época, 700 kilómetros, eran demasiados kilómetros y 16 años eran demasiado pocos años para continuar aquella ficción de amor.
Él - ahora lo recordaba, o imaginaba recordar- pasó muy malos días. Además era el principio del curso escolar y el mundo se le vino encima.
Pero como dice el dicho italiano: “El primer amor no se olvida nunca”. Ahora, inopinadamente, había resurgido, después de tanto tiempo larvado en el fondo de su memoria, para traerle desconcierto y confusión en su ya metódica vida. ¿Quién le mandaría a él hacer turismo sentimental? Ni la ciudad le había traído emociones especiales, ni el mar era ya lo que fue y, además, este enervante recuerdo de María Josefa. Decidió volver a su coche, abandonar la ciudad y regresar al hotel y a sus quehaceres. Devolvió la guía, abonó la consumición y, decepcionado e incómodo, abandonó el local.
Callejeando distraídamente en busca del vehículo, sus ojos leyeron accidentalmente el rótulo que designaba la calle por donde caminaba. Un sobresalto atroz, un vuelco del corazón, le hicieron detenerse y apoyarse sobre la pared. Era la calle donde vivía ella, su antigua novia. En un primer impulso decidió salir corriendo hacia la luz que, al final de la calle, inundaba una plaza ajardinada. Pero una atracción misteriosa, casi sobrenatural, le paralizó en el lugar donde se encontraba. Con la boca seca, pálido, con los pulsos acelerados, situó el número de la casa temida y, ahora, deseada.
El creía, de manera ciertamente irracional, en la inexorabilidad del destino, o del azar. En su caso, el destino era haber decidido volver a esta ciudad y alumbrar los viejos recuerdos y el azar… encontrarse exactamente frente a la vivienda de su primer amor.
Como un pelele, como el reo al que llevan de manera inevitable al cumplimiento de su última pena, él llamó al timbre del automático que estaba rotulado con las iniciales “M.L.B.L.” Mientras pedía a sus manes protectores que nadie contestase a la llamada, se enjugaba el sudor que, no por el calor, brotaba de su rostro.
Una voz que, aunque deformada por el metálico timbre del mecanismo, se adivinaba dulce, respondió:
-¿Quién es?
-¿María Josefa B.? apenas pudo articular ante el micrófono.
Sin otra respuesta, la puerta se abrió. Él penetró en el portal y subió torpemente los dos pisos hasta la planta donde se encontraba la vivienda de ella. Su turbación iba en aumento. Llegado al rellano vio una puerta entreabierta. Al tratar de llamar nuevamente, la puerta se acabó de abrir y una mujer de ------ y decadente belleza se mostró en el hueco. Una bata de raso, chillonamente estampado, cubría apenas su aun apetecible cuerpo, dejando una pierna, blanca y luminosa, completamente al aire. En el ajado rostro lucían, con un cierto brillo tristemente lascivo, dos hermosos ojos negros.
-Uuuummmm, sí? ¿Me habías llamado antes?
-¿María Josefa?, apenas musitó él.
Claro, rico, pasa. Te estaba esperando, pero no te imaginaba así.
Un aturdimiento mezclado con la sensación electrizante de inmovilidad le mantenía absorto frente a la mujer. Le parecía estar bajo una enorme cúpula, una campana de vacío, que lo aislaba del mundo y lo dejaba indefenso y a merced de aquel ser humano.
Perdona, oye. Se trata de una confusión, de una estúpida confusión. Una broma estúpida de uno de mis amigos. Lo siento, lo siento de veras.
Atropelladamente bajó a todo correr los dos pisos de escaleras, dejando atrás la risa descarnadamente cruel de aquella mujer. No era la primera vez, ni mucho menos, que él utilizaba ese tipo de servicios. Pero esto… esto…¿Qué cruel broma era ésta?
La deslumbrante luz del Mediterráneo lo cegó al trasponer el portal. Era la misma luz que hacía reverberar aquel mar que allí vio por primera vez. La luz del mismo sol, que en los atardeceres, paseando con María Josefa tomada de la mano por la calle de “El Paseo”, iluminaba el rostro de ella, un poco cetrino, y hacía destellar sus negros ojos, tan plácidos, donde - él ahora imaginaba, recordando- también brillaba el asomo de un limpio e incipiente amor primerizo.
Gregorio Tienda Delgado
08-07-2012 15:18
ENCUENTRO CON MI LUGAR DE ORIGEN.
Después de muchos años, regresé al pueblo donde nací. Recordaba los colores particulares de la naturaleza del entorno, los olores, aquella curva peligrosa en la carretera de acceso antes de llegar a ella, aquella recta de un kilómetro que me dejaba ver el paisaje completo. Antes de llegar, cuando me iba aproximando, tuve la sensación de haber equivocado el camino. No había curva peligrosa ni recta de un kilómetro. En su lugar, una recta de muchos kilómetros, los campos despojados de sus bosques, lo que permitía ver en lontananza un pueblo tan grandote que me frustró todos mis recuerdos.
Los cambios me desmoralizaron. El pueblo se había triplicado. Barrios de nueva construcción, donde antes había bosque y campos de cultivo. En la parte que conocía, en lo que antes era el pueblo donde nací, edificios nuevos, calles desaparecidas por ensanches, habían derrumbado casi todas las casas de una y dos plantas, y construido edificios de pisos. Yo, nativo allí era un visitante extraño en un lugar desconocido. Hubiera querido subir por mi calle, entrar en mi casa, subir las escaleras, hasta mi habitación y recuperar mis antiguas pertenencias. Pero la casa no estaba, y la calle tampoco porque fue absorbida por una gran avenida. Paseando por la nueva ciudad, a veces, evitaba mirar para no ver que casi todo era distinto de como lo dejé.
En el barrio donde viví mis primeros veinticinco años, no reconocí a nadie. Los que eran mayores que yo, habían desaparecido o estaban irreconocibles por su edad. Los que eran de mi edad o menores, casi niños, habían cambiado tanto como yo, supongo, y tampoco los reconocí. Cuando al fin me decidí a preguntar y conseguí reconocer y que me reconocieran algunos, las arrugas en sus rostros me hicieron ver que el tiempo había pasado para todos, y también me sentí más envejecido. Entendí que tampoco conocía al que cada día durante todos los años transcurridos desde mi marcha veía cada día al otro lado del espejo.
Por la distancia y el tiempo pasado, me miraban de otro modo. Generé indiferencia cuando me fui, y desperté cierta curiosidad cuando volví, pero de ahí no pasó. Después del reencuentro, en los pocos días que permanecí allí, el trato fue frío y distante. Hola y adiós. La modernización y la expansión afectaron también a las personas. Se había perdido el trato cordial y campechano típico del pueblo mediano que fue. Cuando indagué los lugares particulares, aquellos lugares secretos, los escondrijos que visitábamos en la adolescencia... ni rastro de ellos.
Me alegré por ellos, porque habían progresado, pero la melancolía hizo mella en mí por haberme marchado. Me marché forzado por las circunstancias, y volví por propia voluntad. Y aunque me sentí decepcionado, aunque sólo fui un visitante desconocido, supe que el lugar al que había vuelto era mi lugar de origen...
Me gusta soñar despierto... dormido tengo pesadillas.
Cesar Garcia Cimadevilla
05-07-2012 19:43
REENCUENTRO CON UNA RUBIA
Corría el año 1979, en plena transición, una época convulsa y compleja. Yo vivía por entonces en Madrid y trabajaba en la zona de Atocha. Y fue allí cerca, creo recordar que acababa de salir del metro Delicias, cuando una dulce voz de mujer me llamó por mi nombre o al menos estaba llamando a otro a quien habían bautizado con mi mismo nombre.
Como suele suceder en estos casos, vuelves la cabeza en un impulso irresistible. Si no soy yo a quien llama puede que se haya confundido y tal vez ella esté buena y tengamos un plan, etc etc La imaginación es como es y la mía siempre fue muy poderosa.
Desde luego la mujer estaba muy buena, y era rubia, y tenía una voz dulce y ... lo que es mucho mejor, se estaba dirigiendo a mí y no a otro. Tardé unos segundos en reconocerla y situarla en el tiempo y el espacio. Era Maite. Tal vez hubieran transcurrido dos años desde nuestro último encuentro. No me costó mucho revivir aquel día. Acababa de llegar a Madrid para tomar posesión de mi puesto de funcionario, conseguido en una dura oposición. No pude dejar la maleta en la consigna de Chamartín porque ETA acaba de poner una bomba, no me pilló de milagro. Así que la arrastré hasta una cabina telefónica y llamé a Maite. Aquella tarde-noche no podíamos vernos, pero me citó para el próximo sábado.
A mis veintiún años yo apenas acababa de salir del cascarón. Tres años antes dejé mi vocación religiosa (iba para cura)y me estaba enfrentando al mundo, el demonio y la carne como un pollito descascarillado. La angustia de la soledad me impulsó a escribir una sobria carta a la revista "Diez Minutos". Recibí casi mil respuestas. Maite fue una de ellas. Tal vez la pusiera entre mis favoritas porque acompañaba una foto.
Cuando abrió la puerta de su apartamento me dije que en persona aún estaba más buena que en la foto. Me invitó a pasar. Había preparado una comida rápida, aunque muy sabrosa, ensaladilla rusa y filetes con patatas y pimientos. Antes de comer me enseñó su hogar, un pequeño apartamento con dos habitaciones y la cocina y el salón unidos. Nos sentamos en un sofá y nos pusimos a charlar como dos viejos amigos. Yo no dejaba de fantasear con la posibilidad de que me invitara a quedarme a dormir. A veces no podía evitar ponerme colorado al mirarla.
Comimos sin dejar de hablar de esto y aquello. Un café nos ayudó a seguir con la cháchara. Antes de que nos hubiéramos dado cuenta ya había oscurecido. Me invitó a pasar allí la noche. No importaba que no hubiera traído pijama ni cepillo de dientes. Ella era la amante o la pareja de hecho, como se diría ahora, de un hombre casado, de buen pasar gracias a algunos negocios. El casado tenía hijos con su mujer y dos hijos con ella. Me dijo que la relación no iba bien y que podían romper en cualquier momento. El apartamento no era suyo. Su futuro estaba en el aire y no parecía importarle demasiado.
Nos dimos un beso de buenas noches y cada cual se fue a su habitación. Yo permanecí en la cama, embutido en el pijama de su amante, llamándome idiota y forzándome a llamar a su puerta y decirle que me sentía solo y deseaba dormir con ella. Algo me lo impidió. Ya estaba metido en el budismo gracias a un libro leído unos meses antes, Fundamentos de la mística tibetana del lama Anagorika Govinda. Cada decisión que tomamos en la vida es como elegir un camino en una encrucijada. Algo me decía que acostarme con la rubia sería un error. Por eso permanecí con la luz encendida, leyendo uno de los libros de su biblioteca.
Fue ella quien llamó a mi puerta. Me dijo que le dolía la espalda y si podía darle un masaje. Se tumbó de espaldas en su cama. Bajé su diminuta y trasparente “negligé” y me puse a masajear su espalda como una fiera. Entonces aún no sabía lo que era masaje “shiatsu”, pero creo que lo hice tan bien como si fuera un experto. Mientras acariciaba su espalda mi mano se deslizó a sus nalgas. Ella se dejó hacer, ronroneando. Luego bruscamente se volvió y pude ver sus braguitas. Me miró con ojos brillantes mientras yo acariciaba sus muslos y notaba una violenta tumescencia bajo mis calzoncillos.
Todo parecía dispuesto para una loca noche de placer, pero ella no me invitó a seguir y yo, tímido y dubitativo, no acabé dando el paso definitivo. El masaje terminó y cada mochuelo a su olivo. Nos seguimos viendo durante meses, conocí a su madre, inválida en una silla de ruedas, famosa bailarina de ballet en sus tiempos jóvenes. No llegué a ver a sus hijos porque estaban internos en un colegio. Me internaron una larga temporada en un psiquiátrico por una terrible depresión. Ya no había vuelto a verla.
Aquella mañana nos habíamos encontrado en una acera madrileña, la casualidad o el destino quiso que fuera así. Me presentó a su acompañante, un osote enorme y con cara de bonachón. Era su pareja actual. Ella trabajaba en una barra americana. Escribió las señas en un papel y me las dio.
Mientras me alejaba sin volver la cabeza, como una fiera hambrienta de sexo, no dejé de llamarme idiota hasta cansarme. La imaginé tras aquella barra, dejando que los clientes la invitaran a copas e inclinando el busto hacia delante al servirlas, para que aquellas fieras, tan hambrientas de sexo como yo, pudieran ver sus hermosos pechos rebosantes del atrevido escote. Estaba seguro de que por un precio aceptable ella se dejaría invitar a sus lechos.
Con el tiempo Milarepa me enseñaría que cada decisión que tomamos en nuestras vidas nos trasporta hacia horizontes diferentes. Toda decisión, incluso las buenas, son piedras en nuestra mochila kármica. Las malas pesan más, pero hasta las buenas están ahí, impidiéndonos la ascensión a la montaña. Entonces me llamé idiota por no haber aceptado su cuerpo. Pienso que tal vez aquella decisión me hubiera lanzado a otro camino diferente, donde no estarían mi mujer y mi hija, donde todo sería distinto.
Este breve episodio se convirtió en un largo relato dentro de mi serie "Algunas historias sórdidas". Nunca fui capaz de escribir algo sobre lo que debió de ser el futuro de esta rubia con mala estrella... tal vez porque tema acertar. No la visité en la barra americana y no he vuelto a tener noticias suyas. ¿Qué ha sido de su vida?
Hoy, al tiempo que reflexiono sobre la inextricable cadena que conforman las decisiones humanas, una tras otra, durante días y días, creando una invisible tela de araña que nos lleva hacia el futuro, creo que por fin he asimilado las enseñanzas de Milarepa. Me siento bien cuando pienso en el sabio consejo de Don Juan a Castaneda.
“Un guerrero impecable hace lo que tiene que hacer cuando tiene que hacerlo y espera que las fuerzas poderosas que rigen el universo y que él no puede controlar, le sean favorables”.
Gregorio Tienda Delgado
05-07-2012 01:12
Amigos y amigas escritores.
5 relatos no son muchos ni pocos, teniendo en cuenta que el verano es perezoso.
Gracias por vuestra participación y por vuestros comentarios.
Empezamos una nueva etapa. Lean la propuesta arriba en el inicio.
Saludos.
Me gusta soñar despierto... dormido tengo pesadillas.
Gregorio Tienda Delgado
28-06-2012 01:14
Compañeros y compañeras de letras. Empezamos los comentarios.
El día 5, nuevo tema.
Saludos.
Me gusta soñar despierto... dormido tengo pesadillas.