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Rodrigodeacevedo
Rodrigodeacevedo
22-05-2024 00:01

Hola, Adolfo: te veo alegre; se nota que has tenido visita, nuestro buen Jota, que ya te echaba de menos. Y a tu exquisito ron Matusalen
Nos deja un ramillete de versos con su sello característico. versos de una humanidad casi metafísica.
Yo te voy a dejar otros en plan Wagon-Lits-Cook, por si te apetece viajas a ...Venecia. yo la conocí hace años; otra gran dama decadente y bellísima. Anímate

SOÑAR VENECIA

En la canónica espiral que circunscribe
pasiones enraizadas
cúmulos y túmulos
aves del paraíso y diamantes.

En la derramada espiral que es nebulosa
fontanas de límpidas aguas
cohortes de cocodrilos
y alguna montaña azul.

El fakir desgrana la rueda de oraciones
ante la cobra asombrada
la religión se esconde
y los músicos del alba se difuminan en arpegios.

Es Venecia y sus milagros
metempsícosis ante el Duomo
y los canales llorando
llegan camellos con la arena redentora.

Turíbulos oferentes manejados por alondras
confusión de antiguas cloacas
y el viajero que renuncia
a la accesis contratada.

Sueño y pasión de Venecia
paseo surreal por los canales quebrados
los clásicos interpretados por libélulas
y aguas fosforescentes.

Plañideras de niebla
la luna riela en las aguas oscuras
como la luz de otro sol
y mi amante adormecida entre las sedas y el opio.

La fálica majestuosidad del Campanile
como el dedo de un dios
hecho ladrillo
ah los leones de melena hirsuta

Vivaldi y Monteverdi
y un finale con tutti
no me despiertes amor
sigo soñando Venecia...

jota jota
jota jota
20-05-2024 17:38

20182024

El recuerdo:
luminosa resurrección
de los instantes.
La distancia mide
los afectos y los odios
depurados hoy
en el tamiz del tiempo.
Juegan en las sombras
y se pierden entre grises
en el falso
equilibrio de la memoria.

Rodrigodeacevedo
Rodrigodeacevedo
15-05-2024 19:53

Un intento de retrato con matices surreales del paisaje donde ahora se esparcen mis huesos.
Soy eco de mis propias palabras y compañero de mi sola soledad.

SIERRA MEDITERRÁNEA

Con su núbil perfil la sierra innúmera
con su perpetua preñez de vértigos
y el hambre misterica de los antiguos griegos
Sierra de acceso fácil
como mujer del oficio

Paridora de vocablos que nunca tendrán su asiento
la sierra como un vuelo de alcaudón
que esparce ceniza al vuelo
Territorio con vocación de desierto
que convoca a las serpientes
de ojos donde anida el cruel engaño

Profundidad de eco o grito
alimenta tus entrañas
sierra que escapa a cualquier
función trigonométrica
o constricción matemática

Circunvoluciones pétreas como dibujos de niño
esparcen las delicadas sinclinales
Polvorientos se hacen los pensamientos humanos
que tratan de descifrarte

Las crisálidas de la mnemotecnia
rompen con sus tercerolas de vidrio
los corroídos espejos
que alojan los ojos vidriosos
de los amantes de débil espíritu

Parto telúrico inconcluso
un ratón humildemente magnífico
verá la luz el próximo plenilunio
y se añadirá al panteón de paranoias
que regula la vida de los hombres.

Rodrigodeacevedo
Rodrigodeacevedo
14-05-2024 20:41

Un silencio ominoso me recibe al entrar en este viejo templo. Alguna telaraña vibra con el eco de mis pasos y el viejo Adolfo me observa desde más allá de sus ojos. Apenas la danza de las partículas de polvo que brillan con el rayo de luz que penetra por una ventana entreabierta pone una nota de vida en este recinto que tanta vida derrocha por vivir.
Hoy mi poema es un desgarro de nostalgia. Los meses pasados en la dehesa extremeña, entre las piedras centenarias de un pequeño pueblo serrano, han calado visceralmente en mí.
Afronto a mis nuevas circunstancias con la alegrái de lo vivido.
Como Rayuela

VIEJO PUEBLO

Ennegrecidas las piedras
flotaban sobre sus últimos suspiros
los campos yermos se inundan de prodigios
mientras caen en gozosa turbamulta
los primaverales insectos.

El río corre displicente
obediente a los designios de su trazado
marcado por el albur de algún dios
viejos sauces y alguna rana olvidada
adornan la frente presurosa
de mi amada.

Mi amada con sus brazos torneados
por los pliegues que las sombras de la luna
dibujaron sobre ella
Mi amada de ojos refulgentes me mira
desde sus cuencas vacías ocupadas ahora
por mariposas ensartadas en una larga espina.

Mi amada ya obsoleta renace a veces
entre las páginas roídas de una novela de amor
Llegan desde lo lejos
los balidos de las apacibles ovejas
junto a indistinguibles acordes de una sinfonía de Mozart.

Es sin duda la irreverente llegada de la Primavera
que ya anunció Boticelli para adornar
dramáticamente los bolsos de las señoras
Frívolas reminiscencias de las canciones de aquellos
jugosos juglares juguetones con los neumas.

El viejo pueblo se recompone de sus ruinas
para celebrar la llegada del turismo,
consumación de los ritos y evanescencia de los viejos tiempos
Se precipitan vencejos al vacío
buscando suicidios imposibles
Retiembla la campana cascada
con sonidos ateridos como escarchas
del pasado invierno.

El viejo pueblo renace
como ave fénix que alberga el calor
imprevisible de los eternos amantes.
Ennegrecidas las piedras…
etc.etc.

Rodrigodeacevedo
Rodrigodeacevedo
08-05-2024 10:48

Como la mendiga de mi siguiente poema, con luz escasa y voluntad resiliente, avanzamos verso a verso.

UNA MENDIGA

Avanza la mendiga
por la noche lujuriosa
Avanza como lámpara que agoniza
o luciérnaga macilenta
envuelta en brocados imperiales
y en suntuosos armiños para recoger
las limosnas...
...Una mendiga

Se perfila el palacio
que emerge de las aguas
como un barco naufragado
como una tormenta apaciguada
por la dulce canción
del mirlo o del silencio.

Se extiende ante mis ojos ciegos
el desierto como telón de fondo
del drama eterno
El desierto que mantiene tibios
a los amantes
el desierto como magnífica orla
donde empiezan tus cabellos

Mujer hecha de espigas
en la profundidad de tus pechos
está el manantial
del que brotan los mármoles
para construir los palacios
del imperio

Acaba la callejuela
por la que avanza la mendiga
Acaba en un punto negro
desde el que nace la luz
que devora las tinieblas
y da forma de león rampante
a la mendiga que es tan solo una luz trémula
que se apaga

Siempre renacerán las mendigas
envueltas en sus brocados
imperiales y en armiños para guardar
sus limosnas...

Rodrigodeacevedo
Rodrigodeacevedo
02-05-2024 21:19

El litoral, la dehesa inacabable, granito en sus formas tumultuosas, farallones de caliza que tiñen de blanco las tardes asoleadas... Todo es la Madre Tierra con sus bellezas mutantes. El origen de la inspiración sigue inmutable, anclado en raíces que el poeta desconoce. Una bellota que cuelga indolente del apéndice de un roble; la elegante insignificancia de las hojas del lentisco; esa mano pluridígita y equívocamente agresiva de las hojas del palmito (margalló aquí lo llaman...)
Lo importante , Jota, es tener este ignorado rincón desde el que podemos expresar nuestros deliquios poéticos.
Yo, de momento, planteo un renacer de aquella nada que hoy somos universo. Casi nada...

INVENCIÓN DE UN NUEVO GÉNESIS

Es la distancia entre tu sonrisa y el aspecto carnal
de aquella nube
Es la esquizofrenia amarilla de las olas moribundas
Un vaso tan solo un vaso en equilibrio inestable
puede vaciar de deseos
la noche pluscuamperfecta.

A lo lejos el humo de todos los fumadores dibuja
con pincel en claroscuro
la curva inacabable de tus caderas jocundas por las que el barco se desliza
Las crines al viento de los caballos impedía la circuncisión
de los nuevos catecúmenos
Los pentagramas de delicada curvatura se negaban a alojar
a las corcheas y a las fusas.

Era la revolución de las luces que se apagan
de las orquestas celestes que interpretan a la luz de las farolas
Era -peut-être- la armónica distorsión de los fumadores de opio
de las páginas alborotadas por el viento de poniente
de los libros subvertidos en sus ansias de ser pinturas al óleo
eran caballos salvajes que mansamente piafaban sus silencios
ante antiguos facistoles
Era la reinvención de la música bachiana por los trompetistas negros
Paisaje de rocas calvas con inscripciones eróticas
que apesadumbran a los lagartos ocelados que suelen dormir sobre ellas.

Errantes en el vacío cósmico la luz de las constelaciones extintas
proponen ecuaciones de abstrusa interpretación
Abolidos los viejos conceptos y los teoremas básicos
que dieron fama a los clásicos
sólo la trigonometría esférica reinterpretada a la luz agónica del ocaso
puede fiar al acaso este génesis interruptus.
La hoguera de la Creación necesita…
… más madera...

jota jota
jota jota
01-05-2024 17:01

Un texto para conmemorar el día del trabajador

El Gavilán

El Gavilán vive en las alturas de Quenepe, desde allí el mar es una apacible franja azul, un apresurado brochazo bajo un cielo atormentado. El Gavilán es un mulato grande, de pelo ensortijado, que camina como un pescador de redes vacías. Inquietos y traviesos los brazos danzan a los costados de su cuerpo recio, la cabeza en alto y el pecho abierto. Para más señas es Cumanés, comedor de cazabe, de ají chirel con caraotas negras, arroz blanco y pescado salado.

El ojo izquierdo del Gavilán es azulado y permanece abierto con autonomía de movimiento. Por ese ojo perdido no ve colores, ni formas, ni siquiera siluetas, sólo sombras. El ojo derecho, en cambio, es profundo y oscuro, intenso, como el mismo fondo del mar.

El Gavilán no vuela, pero ha rodado por el mundo y sabe de todos los oficios habidos y por haber, sabe de trabajo duro. Se le endurecieron los pies en el camino de sus treinta y ocho años, siempre calzado con pesados zapatones de punta de hierro. El pellejo se le curtió de llevar el sol a cuestas sobre el lomo descubierto.

Sencillo, llano, como la punta de una playa, el Gavilán cuando te ve en medio de la pista, entre los enormes aviones y por encima del ruido de las turbinas encendidas, los arrancadores, los motores de los camiones te grita: “Y queeeeee amistaaa” y de una vez, sin mayores formulas, te pide un cigarrillo, mirándote a los ojos con su mirada de cíclope, sin temerle a los aviones que permanecen al acecho, esos inmensos animales que nos vigilan desde el acero pulido ondeando sus banderas extranjeras de signos extraños.

Con la mano extendida y abierta, el Gavilán te da un apretón fuerte, familiar, de hermano, de cielo franco, como si todo Cumaná te tomara la mano, sus manos son ásperas, de echar maletas sobre las correas eléctricas, manos que fueron juntando piedra, arena, cemento, mezcla y listones de madera hasta lograr construir esa casa que desafía vientos y tempestades, allá arriba en Quenepe, en donde se acaban las escaleras.

Su casa es una suerte de milagro arquitectónico, la sustenta la esperanza y por eso no se desbarranca cerro abajo con todo los corotos, con la mesa cubierta con mantel plástico de flores grandes y rojas y el frasco de boca ancha lleno hasta el tope de picante, como si fuera un faro atento en medio de la nada. La casa se mantiene entera desafiando aguaceros y protege la cocinita de kerosén, la cama de hierro, con su chiquichá, chiquichá, cada vez que le metes ritmo a la mujer. Amparados bajo el techo sin goteras, permanecen el colchón con la sombra grabada de los cuerpos y los muebles que le compraste al turco por cuotas y ya no le debes nada, porque no eres hombre de deberle a nadie, salvo aquel día sin fecha en el recuerdo, pero vivito en la memoria. Algunas noches, cuando te encuentras hundido en el silencio, repetido por tu sombra, camino a tu casa, tiembla incontrolable el ojo izquierdo al recordarlo.

Ese día era viernes, día de pago. Terminó el turno de las ocho horas y todo tu grupo se quedó trabajando tiempo extra y tú con ellos y con el pago de la semana arrugado dentro de un bolsillo del pantalón, los billetes dentro de su sobre marrón, con la grapa pegada todavía, resguardado de tanto amigo de lo ajeno y del sudor, de correr apurando la tarde, alimentando la panza de los aviones, de saltar y encaramarte a los camiones en marcha, de agacharte y volver a levantarte sin descanso.

La ley de los viernes es trabajar hasta reventar, los aviones llegan en bandadas como pájaros que emigran, toman un respiro y siguen espantando los cielos con sus rugidos terribles.

Esa noche no quisiste ir al Sambo con los muchachos, ni tampoco a la Pedrera en donde te espera Luisa, casi desnuda, con sus labios gruesos pintados de rojo encendido, del color de las semillas del cundiamor, con su piel blanca y fina como la arena de las playas en Río Caribe y el repetido “mi amor, bríndame un palito” pedido en un susurro, acercando su boca a tu rostro, acariciando tu nuca atravesada por líneas tejidas como cabuyas.

Tampoco quisiste la cervecita que te ofreció Trago largo. Estabas pendiente de cuidar como ningún otro viernes el sobre con los billetes arrugados y sudados, te habías comprometido con tu mujer de entregarle el sobre intacto y tú eres hombre de una sola palabra.

Saliste derechito, sin mirar a los lados, huyendo a la tentación y te pusiste en la cola del transporte, ni siquiera quisiste bañarte, ni cambiarte de ropas. Allí, en la cola, estabas con la misma ropa de dril teñida de azul, como el mar, un azul pesado que se confunde con las sombras, con la noche.

En uno de los bolsillos el sobre y en el otro el acero, inseparable compañero, fiel como ninguno, para cortar las mallas que protegen la carga, o abrir la panza a una que otra caja que te guiñe el ojo, o saltarle los seguros a alguna linda y bien cuidada maleta de primera clase, siempre que se descuide el personal de seguridad y no te sorprendan.

En silencio, sentado en uno de los últimos asientos hiciste el viaje sacando cuentas. Con los números bailando todavía en tu cabeza, bajaste del autobús en la esquina de siempre y comenzaste a subir cansado las alturas de Quenepe, arropado con el miedo a los fantasmas.

Los fantasmas aparecen en las noches con el silencio, con la falta de otros pasos que sigan a los tuyos por esos rumbos que marcan tu vida y te invade el miedo y se pega a tu piel, a tus huesos. El temor te sube desde el estómago para ahogarte, es un cosquilleo que se hace dueño de tu cuerpo y en ese momento te dominan los escalofríos. El susto lo llevas por dentro bien escondido y aparece apretando tu garganta en medio de la noche, cuando te encuentras íngrimo y solo entre las sombras, obligado por el trabajo, por los turnos, por la mujer y los muchachos, por esa cadena de responsabilidades que te sujeta a esta vida y te impone caminar la noche enfrentado continuamente tus temores.

Gavilán miedoso convertido en gallina. El miedo que enfrentas está alimentado con los recuerdos de los velorios en Cumaná, allá, en una rueda los mayores contaban de aparecidos, de fantasmas, de ánimas buenas, pero siempre desconocidas, impredecibles, espíritus burlones. Velorios de humo, licor y cuentos. Se contaba para acompañar al muerto en su viaje a lo desconocido, de voces sin cuerpo que arrastraba el viento, de lamentos y ruidos de cadenas y del hombre sin cabeza, que pasaba todavía chorreando sangre a borbotones. Velorios buenos aquellos, de carterita y caña clara, velorios que dejaron ese miedo sembrado en tus huesos.

Bajaste del transporte pasada la medianoche, a esa hora ya no subía "Jeep" al cerro, ningún "Pirata" que te acercara a tu casa y tuviste que subir contando los pasos por calles oscuras y estrechas, por escaleras apretadas de basura y hediondas a meaos.

Intentabas espantar el miedo con oraciones y allí mismo, al final de uno de los escalones, casi encima de ti, en donde decían que aparecía el fantasma de Arévalo los viernes, pidiendo un trago, una sombra entre las sombras saltó de la nada y apareció frente a ti, un fantasma de cuerpo presente, pistolita en mano, que con voz pedregosa te pide el sobre, los billetes, el esfuerzo de toda la semana.

El acero no brilló en esta noche de cielo huérfano y sin luna, con la mano firme sorprendiste al aparecido y lo abriste de derecha a izquierda y se desvaneció escaleras abajo, mientras un Gavilán asustado volaba al nido.

jota jota
jota jota
26-04-2024 18:41

Que imagen fantástica y surreal la de las escrituras que deja la lluvia en la noche sobre una ventana cerrada y para complemento todo el contexto y la mujer que sueña y es imposible leer sus sueños, al igual que es imposible leer las líneas que escribe la lluvia sobre una ventana cerrada. Y en las calles que fueron campos de batalla, hoy en sus encrucijadas acompañas a una dulce viejecita. Que gustazo leerte Rodrigo, que viaje emocionante al que me llevaste.

Estoy confundido, pensé que dejabas el litoral y regresabas a tus tierras extremeñas, pero según tus palabras al principio de este texto, es lo contrario.. Lo mejor es que estemos en donde estemos, seguimos vivos y escribiendo.

jota jota
jota jota
25-04-2024 17:21

04252024

Avanzo con paso familiar
a la encrucijada próxima,
llegaré una madrugada
sin equipaje
con el peso de la luna
sobre la espalda.
Y es tanto lo vivido,
tantos los años,
que me pierdo en la cuenta.
Tanta la distancia
de fronteras inflexibles,
que olvido las ciudades
y el color de sus cielos.
Tanto zapato roto
en el trayecto,
tanto olvido voluntario
dejado en el camino.
Y para mi sorpresa,
en el espejo de esta tarde
se refleja alucinado
todo mi cariño intacto.

Rodrigodeacevedo
Rodrigodeacevedo
23-04-2024 19:51

Cambio de registro, compañeros. Para superar el trauma emocional que ha supuesto mi tralslado desde las íntimas y rudas tierras extremeñas hasta las plácidas y luminosos, pero de algún modo extrañas, tierras del litoral mediterráneo, me refugio en los recuerdos, aquellos ya lejanos viajes de juventud, que son alimento nutricio para el vivir surrealista.
Que is guste.

LLUVIA NOCTURNA EN VIENA

¿Quien descifrará las nocturas escrituras
que deja la lluvia sobre las ventanas cerradas?
¿Quien interpretará esas partituras
de ausentes pentagramas?
No la mujer dormida que ajena sueña en su cama
agitada por húmedos sueños
arropada por la llama cimbreante de su roja cabellera.
No el reloj palpitante que desmenuza la noche
desde su posapié de mármol.

La lectura interrumpida de una vieja carta de amor
como oración recurrente y preludio de sus sueños
es en la mujer que sueña
como un gato ronroneante
como un caballo que esquiva el beso frontal del aire.

Llegan ecos luminosos y arco iris fugaces
Desde la Viena que llora su grandeza
Iconos descabezados interrogan al viandante
¿Donde está mi stradivarius?
Exóticas plantaciones confunden al conserje
del hotel atormentado por un crimen de su pasado.

Desvencijadas encrucijadas de calles que fueron
sangrientos campos de batalla
enderezan los caminos del viajero que camina junto a la anciana.

Viena embrujada y remota como aleluya infantil
Viena donde perdí mi inocencia en vez de hacerlo en París.
La mujer dormida se rebulle como si un orgasmo
llevase su sueño al cenit.
El misterio de los sueños como el de la imposible lectura
de esas páginas que deja la lluvia
sobre el vidrio macilento de una ventana cerrada.

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