Se complican, se lían, se enredan los hilos. A deshoras y sin éxito busco señales y decido anotar estas palabras y esperar una semana a que se recompongan las ideas.
Acuerdo
Caverna
Lumbre
Misterio
Enredo
Trenza
Idea
Jose Jesus Morales
31-10-2014 04:59
Para cerrar el mes de octubre y celebrar el día de todos los muertos propongo
Lumbre
Si es necesario y en la misma tónica
Misterio
Jose Jesus Morales
31-10-2014 04:54
Gracias Estela de dos en dos vamos dando saltos y llegamos sin atosigarnos. La ultima palabra es para tu compromiso con el scrable.
Estela
31-10-2014 04:28
Como sigo aún enredada, te envio la palabra que corresponde al viernes(aunque en ARgentina es jueves a la noche todavía)
CAVERNA
Por si hiciera falta una segunda(después que todos propongan su palabra
ACUERDO
Hace tanto que los tengo abandonados que no logro recordar mi contraseña para entrar
OMAR
30-10-2014 16:15
2.- Al otro lado de las Montañas Azules
Apenas terminada la colocación del Anillo Real a Vialem, la tercera princesa, cesó la lluvia en Coltad. Una señal con defensores y detractores divididos. Los primeros con la teoría de que los prodigiosos irrigaron la ceremonia con la intención de hacer florecer y crecer el reino. En cambio los segundos se enfocaron en que esa era otra de las señales anónimas que venían apareciendo desde la llegada de aquellos hombres del cielo.
Vailem pidió a su padre que la escuchara, ¡cuántas cosas tenía para decirle! Ya como princesa anillada tenía el derecho de encender uno de los candelabros de la mesa real, y de ser escuchada. Pero no quería exponer allí nada de lo hablado con uno de esos «llegados del cielo», como no cesaban de llamarles. Especialmente con Frymer ella había desarrollado una química interesante, lo que ese joven contaba la fascinaba; quizás por lo improbable o por lo maravilloso, no sabía. Quizás fuera inventado, o tal vez real. Lo cierto es que escucharlo le encantaba.
—Yo he convocado la reunión de inmediato y sería desajustado por mi parte retrasarme —le respondió el rey-padre—, al ser la primera después de tu anillación, puedes no asistir. Pero tendrás en tu candelabro un señalamiento amarillo cuando volvamos a reunirnos que te obligará a explicar por qué no estabas —las últimas palabras fueron dichas ya separado varios metros de su hija.
Vailem esperó que su padre entrara al salón y fueran descubiertos los dos faroles con forma de luciérnagas que señalaban la imposibilidad, a partir de ese momento, de interrumpir la cámara real. Entonces fue hasta el lugar acordado con Frymer en las afueras de la aldea.
Él la esperaba allí hacía un rato, le había prometido adentrarla en los secretos de la nave e intentar que entendiera ese mundo digital que le era tan ajeno, pero había otra nueva más importante:
—¿Cuántos reinos existen en tu mundo? —con esa interrogante comenzó el encuentro.
La expresión de sorpresa en el rostro de Vailem dio la respuesta al joven, pero quizo escuchar:
—Mi padre es el único rey en Coltad.
—¿Puedes acompañarme hasta las Montañas Azules? —otra pregunta. Así llamaban a un accidente geográfico representativo del reinado y que prácticamente mantenían como su límite, porque ningún rey había ordenado investigar del otro lado; ¿por miedo?
—¡Las Montañas Azules! —ahora sí el estupor se apoderó de la expresión de Vailem.
Al darse cuenta intentó repararlo. Como princesa esas expresiones no podían suceder frente a cualquier persona, y menos delante de un extraño.
—Pero eso nos llevará al menos cuarenta rotaciones, están muy lejos.
—Si vamos en la nave no… —Frymer decidió hacer silencio, ahora no sabía cómo definir la expresión que observaba en el rostro de la princesa: quizás susto, sobresalto. Vailem se notaba ridícula, estrafalaria, risible. Por eso no habló más.
Un buen rato mantuvieron ambos silencio.
—Mañana bien temprano salimos —dijo Vailem sin preguntar el tiempo de viaje, el motivo, nada. Y partió de regreso al castillo.
Frymer esperaba tantas preguntas y dudas para aclarar que esta vez le tocó a él asombro.
Amaneciendo el siguiente día volvieron a encontrarse y pidiéndole que no tocara nada el físico-astrónomo, que ahora haría las veces de piloto, acomodó a la tercera princesa de Coltad a su lado.
Veintidós unidades mínimas de tiempo duró el viaje. Y Vailem, que había mantenido los ojos cerrados todo el tiempo, no podía creerlo: estaba en la cúspide de las Montañas Azules.
Miró a Frymer y lo vió hacer, tocando botones de aquí y de allí, pero sin atreverse a decir palabra.
—Mira esa imagen princesa —era un monitor donde se observaba claramente el centro agitado de una aldea ubicada bien distante.
—¿Quiénes son ellos? —preguntó Vailem.
—Algunos de los vecinos que tiene Coltad.
«...solo el amor convierte en milagro el barro...»
S.Rguez
Rodrigodeacevedo
28-10-2014 20:39
TURISMO DE SOBREMESA
Desde mi confortable sillón articulado veía la noticias en la tele. La voz de una anónima reportera nos hablaba de un nuevo bombardeo en Alepo. Alepo, Halab. Siria. Muerte y devastación cotidianas, allá en otro confín del mundo, mientras que nosotros, occidentales, cumplimos el sacrosanto rito de la consternación y la indignación callada. Eso sí, durante una agradable digestión o, como yo, desde un cómodo sillón en el que acabaré, adormilado, haciendo una buena siesta. Me duermo con las últimas imágenes en el plasma, con bellos colores, de niños reventados, de edificios destruídos, de estrafalarios fanáticos barbudos con ametralladoras en sus manos, con bultos cubiertos de ropajes oscuros que son mujeres, puros objetos degradados de su nobilísima misión de ser compañeras, amigas, amantes de hombres que hoy son fieras corrupias en su más salvaje acepción. Me duermo. Estoy en Alepo; el poderoso y aromático café de sobremesa ha hecho el milagro. Estoy recorriendo la ciudad antigua, que me recuerda a la mía, allá en Extremadura. Por el prodigio del sueño todo está intacto. Me dirijo a la Ciudad Vieja, a los zocos, a la inextricable red de callejuelas rodeadas por el enorme foso en la que encuentro, pacíficos y sonrientes, numerosos vendedores fumando su narguilé. Tapices, alfombras, candelabros, bordados, joyas... toda una fastuosa artesanía que se ofrece a los ojos y al capricho del visitante. Me siento junto a uno de esos grupos de comerciantes que hablan mi mismo idioma, mejor dicho, hablan una variante sefardita que nos permite entendernos. Sigo mi tranquilo paseo hacia la Ciudadela, con sus siete puertas, como la antigua Tebas. Dentro otro dédalo de calles (alguien lo definió como un dulce caos) que no me lleva a ninguna parte, pero me sitúa en el centro del mundo. El supremo encanto de estas viejas ciudades orientales, con sus noches perfumadas por aromas de especias y los más suaves, pero igualmente embriagadores, de las flores. El magnífico espíritu del Bizancio decadente. Llego finalmente al río Queiq, manso, adormecedor, junto al que se levantan fresquísimos jardines en los que las luciérnagas, que ya empiezan a alumbrar, constelan los setos y los parterres. Alguien me susurra un nombre: Baños de Yalgamma. Un desconocido rodeado por un extraño aura que disipa cualquier desconfianza se ofrece a guiarme. ¡Oh! Quien no conozca las delicias del hamman, del baño turco, no puede hacerse idea de la grandiosidad y el regalo que ofrecen estos edificios al extranjero. Nuestros ridículos “spa” debieran ser retirados de la circulación por ofender al espíritu auténtico de estos baños. He de continuar; algo me inquieta. Seco y limpio, con una desconocida sensación de ligereza en el cuerpo, me dirijo a reponer fuerzas: el kebab, los kibbebs, los deliciosos pastelillos alepinos, los licores aromáticos... Va cayendo la noche y he de regresar, aunque no se a dónde. No recuerdo ni hotel no alojamiento alguno. Tampoco recuerdo equipaje. Puede que en el Gran Bazar, entre sus paredes, a las que los fanales del techo dan tonalidades amarillas encuentre algún improbable acomodo. Mientras recorro las calles el paisaje cambia; aparecen las ruinas. El espíritu de la guerra me amenaza entre cadáveres y edificios que son escombros. Miro mi reloj digital, pero por alguna circunstancia en mi muñeca no aparece. Me estremece un calofrío de terror. Una voz amable, femenina, trata de tranquilizarme. Sudoroso, agotado, despierto a la llamada de mi esposa. “Miguel, cariño; has debido tener una pesadilla.” Me levanto tembloroso, acaricio la suave piel de mi mujer y voy a la ducha. Sigo siendo un ciudadano occidental ajeno a los terrores de esas bárbaras guerras.
Rodrigodeacevedo
28-10-2014 13:57
Ruborizado me habéis, querido J.J., con tu comentario halagador en demasía. Y todavía sigo enrojecido hasta las pestañas. A las palabras hay que darles alma y contenido; sin ellos no son más que manchitas negras sobre papel o en la pantalla del ordenador. Creo que a las mías -simple ejercicio de encaje verbal- les has puesto el alma tú, con esa bella organización poética que les has dado. Eso sí que es merecedor de elogio y agradecimiento. Los míos los tienes, amigo mío.
Una estrafalaria aparición anónima y provocadora me solicita un encuentro. Improbable fuera del ámbito digital, además, exige iluminarnos con la luz amarilla de las luciérnagas entre candelabros silenciosos.
Jose Jesus Morales
27-10-2014 20:47
Permíteme por favor un cambio óptico de tu sintética sin tocar una coma, para que algún desprevenido que pase por Rayuela se maraville de tu genio. Que únicamente con el cambio de forma se pueda leer tu texto en forma de sintetifrase, micro cuento o poema. imprimes un ritmo, un movimiento especialísimos, logrando imágenes de lujo, o como se dice en estos predios de antología. Felicitaciones.
Ya se han ido las últimas anónimas luciérnagas,
improbables candelabros
que en esta época,
digital y estrafalaria,
iluminaban la hiedra del jardín
puntuando sus hojas de un amarillo espectral,
como estrellas apeadas de otros cielos.
Rodrigodeacevedo
27-10-2014 13:03
Las ocasionales apariciones de Despistes y/o Eratalia, iluminan como frescos amaneceres la agobiante monotonía del foro. Son la alegría y la esperanza de estos Sísifos que con renovada fe en el futuro seguimos cada semana elevando la piedra, que queremos hacer liviana, que nos asignan los dioses. (Pero no nos vendrían mal una ayudita, ¿ehÓjalá reapareciesen otras sentidas ausencias.)
Mi sintetifrase:
Ya se han ido las últimas anónimasluciérnagas, improbables candelabros que en esta época, digital y estrafalaria, iluminaban la hiedra del jardín puntuando sus hojas de un amarillo espectral, como estrellas apeadas de otros cielos.