Mis entrañables paisanos -97-
Los domingos son días para hacer las cuentas, para emparejar los números, para arreglar los desajustes de la semana, para enfilar ordenadamente los pasos hacia otros cinco días continuos de horarios inflexibles.
El domingo, también, es un buen día para visitar a los amigos. Ayer domingo, en la mañana, mis entrañables paisanos llamaron por teléfono y me invitaron a cenar en su casa, una de sus hermanas, recién había llegado del pueblo en donde nacimos, venía a la Capital para hacerse unos exámenes médicos.
Las buenas costumbres no se pierden y alimentan el espíritu. Candelaria, la hermana de mis paisanos, como dicta la buena educación en Carúpano, se trajo desde el pueblo, dando tumbos en el autobús, unas tortas de cazabe, cuatro kilos de frijoles barcinos recién cosechados, media docena de morcilla carupanera y dos frascos con dulce de leche, todo perfectamente acomodado en una caja amarrada con cabuyas.
Cuando llegué a la casa de mis amigos, ya los frijoles se estaban ablandando en la hornilla y el guiso, picado muy menudo, con ají dulce, ajo, cebollín, cilantro, cebollas y un chorrito de aceite onotado, estaba en la sartén sofriéndose a fuego lento.
A las ocho de la noche comenzamos a comer, los frijoles quedaron de chuparse los dedos y las morcillas negras, negrísimas, bien condimentadas, con un toque dulce y un punto de picante, invadieron con su penetrante olor todo el edificio. Comimos con cazabe mojado, como si el mundo se fuera a acabar mañana. Hicimos como los indios, no guardamos nada para el otro día y sin preocuparnos por la hora, por lo pesado de la comida, entre risas y los recuerdos del pueblo y sus personajes inolvidables, con el café, nos comimos también el dulce de leche.
Regresé a mi casa y dormí profundamente, sin sobresaltos, no sentí malestar alguno por la comida y desperté como siempre, con un hambre atroz. Me bañe con dignidad, me vestí para el trabajo, corbata de seda, impecable camisa blanca y traje de casimir inglés.
Desde la madrugada, una llovizna persistente se empeña en no dejar la ciudad, corre un viento frío y a esta hora hay poco tráfico, protegido bajo un paraguas hice dos cuadras completas con paso rápido y llegué sin contratiempos a la Estación del Metro. Caminé por el ancho pasillo y de improviso, sin aviso previo, sentí un pequeño vacío en la boca del estómago que recorrió mi intestino, fue apenas una sensación vaga, sin susto, ni apremio alguno.
El trayecto de mi casa a las puertas del trabajo son apenas veinte minutos, dos estaciones cortas en el subterráneo y luego, un trecho caminando, tengo el tiempo medido para llegar justo a la hora de entrada, pero con la lluvia, el Metro se retrasa, es bastante inusual y claro, al retrasarse la llegada del tren, la estación se llenó de usuarios, unos pasajeros con más prisa que otros.
Mientras espero paciente la llegada del vagón, siento una leve torsión de tripas que enciende las alarmas, el cuerpo avisa serios inconvenientes en el estómago, problemas que debo resolver de inmediato. Se anuncia el retraso del Metro en los parlantes y mis complicaciones son mayores.
En el estómago se suceden serios acontecimientos, movimientos inusuales, contracciones, me preocupan los espasmos que se repiten con mayor frecuencia, ante un desagradable imprevisto tomo la precaución de alejarme, de aislarme, pero la estación está llena y siguen llegando usuarios por puños, doy pasos cortos en un intento de aplacar el estómago y para mi mayor alegría el Metro finalmente llega. Una corriente compacta de cuerpos, brazos, manos y piernas, me mueven hasta dejarme instalado dentro del vagón, no hay asiento disponible y viajamos sostenidos por cuerpos ajenos a los nuestros.
Con tanto ajetreo y movimiento se alteran las tripas mucho más de lo que quiero y siento esta vez, alarmado, que se cuela como soplo, un vacío dentro del intestino, se detiene por momentos en medio de las tripas, logra filtrarse, encuenta espacios vacíos y rápidamente recorre el intestino en busca de salida, llegamos a la primera estación y nos compactamos todavía más. Sudo, me asfixio, siento escalofríos, los parlantes anuncian, para mi mayor alegría, la llegada a la estación en donde debo bajarme, falta poco para salir decorosamente de una situación bastante desagradable.
Un nuevo corrimiento de aire en el intestino me obliga a cerrar instintivamente el esfínter, pero no pude contener el soplo y su afán de libertad, sin escándalo, se escurre despacio un aire caliente y pesado fuera de mi cuerpo, lo que me permite respirar tranquilo, pero noto con asombro, con asco, que un vaho nauseabundo de cloaca, se esparce dominando el vagón, pegándose a la piel, a la ropa. Los gritos no se hacen esperar, los insultos y las malas palabras tampoco. Todos se miran con asco y odio contenido, se tapan la boca y las narices con las manos, se acusan unos a otros. Yo mantengo una digna compostura detrás de mi corbata de seda y paso desapercibido ante las miradas de odio y los insultos. En ese momento se abren las puertas del vagón y entre gritos y empujones, en una verdadera estampida, el vagón queda completamente vacío. Quienes intentan entrar no pueden cruzar las puertas y a pesar del retraso, de las urgencias de los pasajeros que esperan impacientes, el pestilente olor les impide entrar, el vagón cierra las puertas con el hedor como único pasajero hasta la próxima estación.