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VAMOS A CONTAR HISTORIAS.
Jose Jesus Morales
Jose Jesus Morales
25-08-2014 01:01

La sintética

Por coincidencia ambos leían en voz alta el periódico. El suceso de un alienado atropellado al dar una voltereta lo oímos a dúo en el salón de té, y coincidimos en aplaudir al finalizar la lectura.

Jose Jesus Morales
Jose Jesus Morales
25-08-2014 00:42

Con dobles colaboraciones llegamos a las siete palabras, pero estamos dispuestos a suprimir alguna si aparece otra palabra que rompa el celofán. Aquí les presento la lista de esta semana que promete textos interesantes.

Alienado.
Coincidencia.
Coincidir.
Periódico.
Salón.
Suceso.
Voltereta.

Estela
Estela
24-08-2014 06:43

Salón


Hace tanto que los tengo abandonados que no logro recordar mi contraseña para entrar
Rodrigodeacevedo
Rodrigodeacevedo
22-08-2014 20:19

LOS REFLEJOS DE LA CIUDAD.

(dedicado a nuestra querida compañera Despistes, en agradecimiento por haberme dado tantas y tan ricas pistas en la búsqueda de artistas pintores.)

Hoy he conocido a una pintora; para ser exactos he conocido la obra de quien creo es una gran pintora. Se llama Elinore Schnurr; es norteamericana, de Ohio. Para seguir siendo exactos puede que tampoco sea una gran pintora y que yo sea muy tolerante en mi juicio. Puede que la crítica especializada le llegue a denegar ese calificativo; en ausencia de mayor información y como suelo hacer, la impresión subjetiva que me produce su obra me es muy favorable. Pinta ambientes urbanos -sigamos siendo precisos: pinta los reflejos que los alumbrados urbanos producen en escaparates y superficies acristaladas en general que tanto abundan en las grandes ciudades- y eso a mí, que me reconozco un “voyeur avant la lettre” me resulta muy morboso y subyugante: es como si viese la ciudad desde una perspectiva íntima, escondida, con la garantía absoluta de no ser visto.

Puede que lo mío sea un trauma infantil; nunca se lo confié a ningún especialista porque no lo considero algo denigrante ni perverso; es simplemente, a mi juicio, una cierta forma de curiosidad. Por otra parte mi campo de acción de esa llamémosle peculiaridad, no afecta en modo alguno a la intimidad de nadie. Es, tomando a Cortázar como referencia, una especie de curiosidad similar a la de un entomólogo, o la de quien contempla peces exóticos en un acuario (sus famosos ajolotes.) Los humanos, cuando no nos sentimos observados, ampliamos con libertad nuestras pautas de comportamiento, somos más espontáneos y eso merece ser discretamente observado. Un tartamudo hablando con sus amigos en la familiaridad de una mesa de café suele reducir o incluso eliminar su tartamudeo. Eso le pasaba a mi amigo de juventud el Antonio, también pintor, que además de tartaja se reía hacia dentro, en un curioso fenómeno de inversión fonética que llamaba mucho la atención.

Pero yo empecé hablando de la pintura de los reflejos de la ciudad. En esos cuadros, detrás de las vidrieras iluminadas, se ven seres humanos totalmente ajenos a esa inspección óptica a las que están sometidos. Imaginemos que el escaparate sea el de una tienda de sombreros, sobre todo si son femeninos. Entonces el juego es mucho más divertido; hay que tener una cierta experiencia para saber escoger el punto de fuga de la perspectiva. Desde ese lugar, anónimo y privilegiado, uno puede colocar sobre las cabezas de las féminas los diferentes sombreros que se exponen al otro lado del cristal. Aunque desde luego los más atractivos y sugerentes son los de bares y cafeterías. En esas inmensas peceras la fauna humana adquiere una triple dimensión: la real, la virtual como imagen sobre el espejo del cristal y otra virtual (esa ya para los muy exigentes, como yo) vista a través del humo que generalmente envuelve esas imágenes. Aunque gracias a nuestras autoridades las exigencias sanitarias están eliminando esa riquísima posibilidad.

Hay una deliciosa escena en la obra “El campesino de París” de Louis Aragón, en la cual el observador, deambulando por los pasajes de aquella ciudad de portentos, se para a contemplar un escaparate de pipas de fumador. Y empiezan a nacer las imágenes que aquellas pipas le sugieren: jóvenes náyades, delicadas sirenas, prodigiosos monstruos inofensivos en un continuo ascender y descender, vagarosas criaturas nacidas de una imaginación libre de convenciones.
Porque, queridos amigos, si al margen de las eventuales libertades que ciertos productos que expende Adolfo nos pueden facilitar, lo cierto es que nuestro vivir es un reflejo en un cristal, una realidad irreal deformada y deformante, aceptada por nuestra cobardía y sometimiento a las leyes de la caverna. Platón nunca las hubiese aceptado.

Ilust.: "Blue nocturne".
Elinore Schnurr

Rodrigodeacevedo
Rodrigodeacevedo
22-08-2014 14:08

Mis palabras venéreas (de los viernes, ojo). No es que proponga dos; la segunda es consecuencia o explicación de la primera. Se pueden utilizar cualquiera de ellas o sendas ambas las dos.

coincidencia.
1. f. Acción y efecto de coincidir.

coincidir.
(De co- y el lat. incidĕre, caer en, acaecer).
1. intr. Dicho de una cosa: Convenir con otra, ser conforme con ella.
2. intr. Dicho de dos o más cosas: Ocurrir a un mismo tiempo, convenir en el modo, ocasión u otras circunstancias.
3. intr. Dicho de una cosa: Ajustarse con otra, confundirse con ella, ya por superposición, ya por otro medio cualquiera.
4. intr. Dicho de dos o más personas: Concurrir simultáneamente en un mismo lugar.
5. intr. Dicho de dos o más personas: Estar de acuerdo en una idea, opinión o parecer sobre algo.

Jose Jesus Morales
Jose Jesus Morales
22-08-2014 13:19

Viernes y no viernes santo. Viernes de nuestras siete palabras, que nos mostraran horizontes desconocidos.

Palabra propuesta

Periódico

por si faltara

Suceso

caizán
caizán
22-08-2014 12:50

ALIENADO

VOLTERETA

Jose Jesus Morales
Jose Jesus Morales
21-08-2014 19:45

Denegar, Tolerante, Trauma, Sombrero, Ascendente, Tartamudo Ausencia.

Visito a un Especialista

Nunca hasta hoy me han preocupado las ausencias, los vacíos, las faltas. No tengo, o no conozco familiares ascendentes, ni siquiera cercanos, y tampoco descendientes. Aunque parezca increíble soy uno de los muchos que no pueden construir un árbol genealógico, si sirve de algo la imagen, soy una rama suspendida en el aire, sostenida a fuerza de voluntad sobre los caprichos del viento.

Intento explicarle a la enfermera mi situación y devuelvo el papel sin haber logrado escribir una sola respuesta. Con ironía y una sonrisa, con un remedo de sarcasmo le digo: Soy hijo de la Dictadura y realmente no tengo la información para poder rellenar este formulario apegado a la verdad.

Desde sus ojos negros, sus veinte años, su boca pintada en espera de un beso liberador. Desde la lógica que impone su uniforme. Desde las oportunidades y tranquilidad que proporciona la Democracia y también, desde la ignorancia absoluta de lo brutal de la Dictadura, me amenaza:

Debe llenar el formulario para ser atendido.

Sin traumas por mi condición, que conozco desde hace mucho, con paciencia y sin renegar del absurdo de este trámite, acostumbrado a lidiar con las exigencias administrativas, intento explicarle con la menor violencia posible, que me es imposible cumplir con este requisito.

Sentencio en voz muy baja: Deben existir excepciones, una norma debe dejar siempre un espacio para lo imposible, lo inverosímil, lo extraordinario.

Aunque parezca inconsecuente con mi propia causa, desde el mismo momento que reconocí mi situación soy más tolerante, menos intransigente, miro la vida desde una ventana abierta a mil posibilidades, sin saber cuál de ellas me corresponde.

Mirando el vacío, como quien habla solo comento:

Mi madre en algún momento y por razones desconocidas, se presume que políticas, fue detenida, no se sabe si estaba ya embarazada o si quedó embarazada luego de continuas y sistemáticas violaciones a las que pudo haber sido sometida como forma de tortura, con el único fin de quebrar su voluntad. Detenida, presa, violentados todos sus derechos, hoy es un nombre en una lista de cientos de miles de desaparecidas por la Dictadura.

A pesar de los terribles momentos que vivió, dio a luz un varón y el varón fue dado en adopción a sus mismos captores. Soy como le dije antes, hijo de la Dictadura y decidí denegar del nombre y apellidos que estoy seguro no me corresponden. En lo que supongo un acto de absoluta rebeldía, quemé mi documento de identidad.

Sin saber que decir, con la voz apagada y tartamudeando una disculpa se perdió tras una puerta para buscar ayuda.
Regresó y me hizo pasar a un cubículo en donde me esperaba un Doctor.

Me saqué el sombrero y le mostré el estado lamentable de mi cabeza enferma,y dije:

Dicen que mi enfermedad es hereditaria, estoy buscando a mi madre desaparecida y quiero saber cuál información clínica debo cruzar para encontrarla, que datos me permitirán acercarme a una verdad que me fue arrebatada.

Gregorio Tienda Delgado
Gregorio Tienda Delgado
20-08-2014 12:40

COMPAÑEROS DE VIAJE.

Hace tiempo que siento la necesidad de contar esta historia. ¿Qué quiero contar? ¿Algo sobre el amor? No, hoy no. Contaré sobre mí. Es un tema que por atrayente se ha convertido en costumbre: me encanta mirarme al espejo. Pero te advierto querido lector, que te puede cansar. Estás a tiempo de DENEGAR la lectura, y cerrar la ventana; dejar de leer.

Un cocinero loco, un mafioso de pacotilla, un romeo, y un joven, se reunieron en la mesa de un bar de barrio hace unos veinticinco años para planificar su futuro. Curiosamente, todos tenían el mismo nombre. Y, aunque parezca extraño, nombraron jefe al joven y le instaron a que marcara un plan de actuación para ASCENDER en sus aspiraciones. El joven, frunció el ceño y, fijando sus ojos en el mar, asumió el mandato, TOLERANTE, y se dispuso a pensar cómo organizarlo. Mientras el joven pensaba, el cocinero charlaba distraído con el mafioso sobre la posibilidad de que un incendio, “de forma accidental”, quemara uno de sus futuros restaurantes que pudiera entrar en quiebra y evitara un TRAUMA en su futura economía. El romeo, ajeno a casi todo, llevaba un rato trabajándose a base de miradas a una chica con pinta de estudiante americana que se reía abiertamente. Por alguna razón que desconocía, las estudiantes americanas se pirraban por él.

Suavemente, casi oculta por el rumor de las olas, se escuchó la voz del joven que dijo:
─tengo que encontrar nuestro lugar en este cruel mundo al que pertenecemos. ¡Tengo que encontrar nuestro sitio! Nadie puede sobrevivir mucho tiempo en esta situación; ya empiezo a notar trastornos de personalidad.

El cocinero y el mafioso dejaron su tema pendiente, y el romeo suspiró; notó que el contacto norteamericano se esfumaba.

Así partieron, como en las novelas de héroes, cada uno por su lado para encontrar el sitio que les pertenecía en la vida. Y de esa forma pasaron días, y días de incertidumbre, días de búsqueda, de rutina, y del descubrimiento y la derrota. Digamos que veinticinco años después, en un lugar como el Hotel Palace de Barcelona, se volvieron a encontrar.

─¿Cómo os ha ido en estos años de AUSENCIA? ─Preguntó el joven.
El cocinero contó que le habían embargado todos sus restaurantes, por lo que se había dedicado a viajar por el mundo para escribir un buen libro de cocina. Regresaba moreno, algo triste pero con un cierto aire de aventurero soñador. Dejó encima de la mesa una foto con un paisaje de montañas arboladas, bajo el cielo luminoso de una mañana de primavera.

El mafioso había pasado unos años en la cárcel. Allí, a través de un curso de reciclaje para discapacitados sociales, consiguió trabajo y se había dedicado a hacer desaparecer a los capos que no querían integrarse por las buenas en la sociedad. También dejó sobre la mesa, la foto de una casa encalada. La casita tenía un pequeño huerto que daba al sur y en él aparecía una tumbona bajo un árbol.

El romeo no habló de sus andanzas. Se quitó el SOMBRERO, lo depositó sobre la mesa, y junto a él, dejó la foto de una niña sonriente y desdentada y musitó: es mi hija. El joven tomó las tres fotos y con una sonrisa dijo: falta mi parte…

Para terminar, querido lector, sólo quiero decirte que si alguna vez pasas por una zona de montañas arboladas en primavera, en esos días de sol resplandeciente, probablemente verás una casita blanca recién encalada, con un huerto que da al sur.

Allí, si te fijas bien, en una tumbona debajo de un árbol, un hombre sonriente estará haciendo payasadas mientras lee un libro a una niña.



Me gusta soñar despierto... dormido tengo pesadillas.
Rodrigodeacevedo
Rodrigodeacevedo
18-08-2014 21:10

Mi sintética (y mi felicitación por la excelente acogida dada al compañero J.J., a quien deseo una singladura venturosa)

Era tolerante por ausencia de traumas; ascender en el Gotha le permitía mantener el sombrero puesto y denegar el saludo a los que antes se burlaban de él: era tartamudo, pero ahora también el Rey.

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