No sé lo que vi
Estacioné de mala manera, bajé del auto con temblores, el cuerpo de gelatina. No puedo negar que el miedo me domina, el terror se apoderó de la lógica y la coherencia que siempre me acompañan, el pánico que experimento no me permite razonar y me obliga a permanecer envuelto en la niebla de lo absurdo.
La providencia me condujo hasta las puertas de este bar de carretera, no soy dueño de mis actos, el terror que siento controla y obliga mis movimientos. Entre las sombras de la medianoche voy a tropezones y entro al bar sin mirar a ninguna parte, camino con torpeza, sin prisas, con la sensación de no poder alcanzar la silla más próxima, me domina el vértigo.
Sigo con paso torpe sin volver la vista, los nervios en desorden, logro sentarme con todo el susto encima, que no me abandona. Desde la torre de la iglesia suenan doce campanadas, la medianoche. En este pueblo de los llanos venezolanos los habitantes permanecen en sus camas, suspendidos en sus sueños sin sobresaltos, sin saber de amenazas, ni de espantos que zumban sobre sus casas.
Sentado bajo la luz amarilla de una lámpara, pedí una botella de ron Pampero y un vaso de vidrio. En ese momento recordé esa vieja costumbre nuestra, de servir en los funerales a familiares y amigos del difunto, en pequeños vasos plásticos, un fondo de ron, una medida de un dedo apenas, suficiente para brindar por ese viaje sin retorno que emprende quien descansa en el ataúd. El miedo se intensifica al recordar la muerte y sus innumerables rostros y regreso una vez más a la niebla, a las sombras, a los misterios de la noche. Revivo los sucesos terribles que acabo de atravesar sin llegar a comprenderlos totalmente, me es imposible borrar esos momentos. La intensidad del recuerdo no me ayuda en absoluto.
En silencio, el dueño del bar deja sobre la mesa la botella de ron. Con brusquedad quito los sellos originales que envuelven la tapa de la botella y con mano temblorosa me sirvo. El color ámbar del ron llena el vaso y de inmediato, sin pensarlo, sin respirar, me bebo tres tragos.
Un anciano de sombrero, con la piel curtida y arrugada, flaco hasta el hueso, de camisa negra y abotonada hasta el cuello, único cliente del bar, se sentó con toda confianza a mi lado y a manera de presentación, dijo.
-Parece que acaba de ver un espanto el amigo-.
-No sé lo que vi-.
Respondí con sinceridad.
-Estoy aturdido todavía por la experiencia-.
-Juro, que no puedo explicar con palabras lo que me acaba de pasar-.
-Mis recuerdos son latigazos, destellos incomprensibles, no logro ordenar el pensamiento, el miedo me impide establecer alguna coherencia-.
Sin esperar ser invitado, mientras yo hablo, el viejo, con toda confianza se sirve generosamente de mi botella de ron.
Necesito con urgencia hablar, un compañero, alguien que tenga la paciencia suficiente para oírme y no me importa que este desconocido beba conmigo, trato de entender el trance por el que acabo de pasar, me obligo a establecer la línea de los hechos y hablo en un susurro, casi sin voz, con la intención, de que este hombre mayor, con la experiencia que dan los años, encuentre las respuestas que mí inteligencia no me permite y dije.
-Yo soy un cobrador, ese es mi oficio, mi trabajo-.
-Todos los meses recorro miles de kilómetros, atravieso el país para cobrar las deudas atrasadas de los comerciantes que hacen pedidos a la compañía y luego, no cumplen los compromisos adquiridos. Yo los visito, les hago notar su falta y la necesidad de enmendar su error-.
-Los pagos deben hacerlos únicamente en efectivo, no acepto cheques y puedo asegurarle, que lo más peligroso para un hombre que lleva dinero ajeno en sus bolsillos, son las mujeres, por lo tanto, las evito, prácticamente huyo de las mujeres-. -En mis viajes de negocios cumplo tres reglas básicas: por ningún motivo me detengo en la carretera, viajo completamente solo, sin compañía, huyo de las mujeres-.
El anciano intenta adivinar lo que yo balbuceo con poca o ninguna coherencia para él. Me escucha con atención y bebe ron con la misma velocidad que yo, o quizás un poco más rápido.
-Esta noche, de regreso a mi casa, yo conducía por la autopista 5 Sur, el ojo brillante de la luna me vigilaba sin pestañear, al llegar a la salida de Guanare me encontré con el cruce cerrado, no había letrero, ni advertencia alguna-. -Unos troncos enormes impedían el paso y obligado por el imprevisto tomé el único camino posible, un desvío, una herida abierta a un camino de piedras-.
-Apenas había recorrido por ese estrecho camino un kilómetro y de improviso, al final de una curva, se cruzó un perro, un lobo, un animal peludo que se detuvo frente al auto y allí se quedó enseñándome los dientes, puedo asegurar que sus ojos despedían chispas-. -Frené con tanta fuerza, que el cinturón de seguridad me cruzó el pecho y aún me duele-.
-Asustado por la posibilidad de reventarme contra el animal y despedazar el auto, sin salir del sobresalto, temblando todavía, detenido bajo la luz de la luna llena en un camino solitario, con la cobranza completa, tomo un respiro antes de seguir adelante y para completar la noche de las sorpresas, en medio de la nada, entre las sombras, una mujer de cabello negro y largo, tan largo que le llega a la cintura, vestida con un camisón, con una saya blanca, apareció en el costado del camino-.
-El perro desapareció sin dejar el menor rastro-. -Es la primera vez que me sucede una cosa semejante, contra mi voluntad me encuentro en un camino desconocido, en medio de la noche, con una mujer tan sola y deslumbrante como la luna, una mujer que me vigila entre las sombras bajo un cielo despejado. En ese momento, aunque no me crea, tuve la sensación, por extraño que parezca, que la mujer me esperaba, que tenía un siglo esperándome-.
-Intenté encender el auto y escapar, huir como acostumbro de las mujeres, pero el auto no respondió-. -La mujer dejó el borde de la carretera en donde se encontraba y se acercó al auto, golpeó con suavidad, con los nudillos de los dedos, con insistencia, golpeo la ventana del auto y me obligó a mirarla-.
-Resignado, con desconfianza, bajé la ventanilla del auto-. -En ese momento, tuve plena conciencia de incumplir las sencillas reglas que me impuse para no tener que arrepentirme, para seguir vivo-.
-Romper la regla solo puede traerme desgracias, la perdición, pero con el auto descompuesto no tengo ninguna opción y me vencieron las circunstancias-.
-Puedo ayudarte a encender el auto, no necesitas salir, solo abre la tapa del motor-. Dijo la mujer: con dulzura, con seguridad, con voz de conocer el problema y saber como resolverlo.
-Al mirarla tan cerca, descubro que solamente está cubierta por la saya blanca, que no tiene mayores prendas de vestir y que es de una belleza inusual, solo posible con la combinación de los genes provenientes de razas distintas-.
-Acepté de mala gana, abrí el capó del auto sin bajarme y ella se estuvo un rato con la cabeza dentro de la caja del motor-. -Sin saber que hacer, incumpliendo mis propias reglas, me mantuve agarrado con ambas manos al volante del auto, había convertido el volante en un escudo de protección. Inmóvil, me repetía una y otra vez: eres un imbécil-.
-Aferrado al volante sufría el bombardeo incesantemente de mis pensamientos, convertidos en feroces enemigos de la lógica-. -Los pensamientos me atacaron sin cesar en diferentes direcciones y todos, sin excepción alguna, predicen que voy a terminar esta noche gravemente perjudicado-.
-En un momento pensé-.
-Esta mujer debe estar descomponiendo el auto y dentro de poco se acercarán los compinches para asaltarme y matarme-.
-Quizás la enviaron mis enemigos y es parte de una componenda para sacarme del negocio, pero, y el animal que apareció de la nada y desapareció en la nada-.
-A ratos volvía a serenarme y trataba de comprender lo que me estaba sucediendo, encontrar una razón lógica, una respuesta racional a la situación a la que me enfrentaba-. -Desde toda perspectiva mi posición resultaba confusa y por supuesto incomprensible-.
-Conozco la sensación del miedo-. -Se inicia con una insignificante alerta por un detalle menor, un detalle que no has calculado, que se escapó entre las previsiones y se sueltan en tu cabeza los pensamientos sin dirección, para recorrer por su cuenta extraños vericuetos hasta hacerse dueños de tu imaginación-. -La imaginación, siempre contraria a la realidad, te dicta las más extraordinarias y sorprendentes posibilidades y eres dominado por el miedo, por el pánico de estar en un mundo desconocido, ficticio, que tú mismo has creado, los temores te invaden, se apoderan de todos tus pensamientos y te empujan en muchos casos a acciones desesperadas, o a la inmovilidad total-.
-Asustado, paralizado por el miedo, me mantuve aferrado al volante, mientras una mujer desconocida, apenas vestida con una saya blanca, salida de la nada, intenta hacer funcionar mi vehículo-.
-Intenté calmarme, centrarme únicamente en salir de esta carretera con vida-. -La mujer finalmente sacó la cabeza del motor, me indicó por señas que lo encendiera y apenas pasé la llave, el auto respondió-.
-La mujer me pidió que la llevara a su casa-. -No podía negarme, pero al aceptar llevarla ya me había arrepentido y comencé a lamentar en silencio mi debilidad-.
-Volví a repetirme: eres un completo imbécil-.
-Mantengo la vista fija en el camino, no miro a la mujer, tampoco le hablo, toda mi atención está concentrada en la peligrosa ruta de ese estrecho camino de piedras-. -Me mantengo atento a la carretera, a las curvas que se repiten con frecuencia, a posibles contratiempos y al mismo tiempo, alerta ante cualquier movimiento de la mujer, a la que no le tengo ninguna confianza-.
-Quiero llegar a su casa y dejarla en la puerta y sin bajarme del auto seguir mi camino y olvidarme de este asunto y volver a la tranquilidad de estar solo-.
-Siento que la mujer me vigila en silencio-.
-Intento controlarme, pero persisto en pensar que mis enemigos la enviaron, que uno de los deudores la envió para asaltarme y recobrar el dinero que acaba de pagar.-
-La mujer se arrima hacia mí, coloca una de sus manos en mi pierna y pide que le encienda el cigarrillo que sujeta entre los labios-. -Su rostro está muy cerca del mío, reconozco que no sé de dónde pudo sacar el cigarrillo y le respondo secamente con la verdad, sin mirarla-. -No fumo-.
-En ese momento un grito espantoso rompe la noche, instintivamente frené, la mujer, o lo que era, se había transformado y convertido en niebla y huesos, abrió la puerta y se lanzó fuera del auto, dejó el eco de un llanto desconsolado, un grito que entristeció hasta el viento y ese llanto, ese lamento, ese dolor intenso se me metió en la sangre y es lo que intento sacar con este ron-. -La luna, que hasta ahora había iluminado sin descanso la noche, aprovechó y se escondió entre nubes espesas y oscuras, presagio de tormenta-.
El anciano se sirvió lo que quedaba en la botella y dijo con seriedad de plomo derretido.
-Tuvo suerte el amigo, se encontró con la Sayona, si le hubiera encendido el cigarrillo no la estaría contando-.
Dueño de toda mi atención y del momento, el anciano pidió otra botella de ron y esperó en silencio. Con mano experta quitó los sellos de la nueva botella, sirvió dos generosos vasos de ron y contó esta historia.
-Usted no es de estos rumbos, no es de los llanos-. -Usted es de la ciudad y no conoce la historia de la Sayona, es una historia real, que se ha convertido en leyenda-.
-La mujer con la que usted se encontró nosotros la llamamos Sayona, porque viste únicamente esa saya blanca que usted me refiere, pero su nombre real, cuando vivía, era Casilda-.
-Casilda vivía por los lados de Arichuna, era de una belleza singular, era tan bella como celosa-. -Cuenta la historia que sus celos eran terribles, violentos y rabiosos-. -Casilda estaba casada con un llanero, un hombre de a caballo, de nombre Severino-. -Casilda prestó sus oídos a una habladuría, a un insidioso chisme, a una mentira-. -El rumor que le trajo el viento, las voces de la sabana, aseguraban que su esposo tenía un amorío con su propia madre-. -Enloquecida por los celos, con un machete asesinó a su marido y luego, fue a casa de su madre, con el machete en la mano, ciega de celos y rabia, a los gritos, reclamó su conducta y sin oír la súplica, sin aceptar la verdad, sin contemplación alguna, hundió el machete en el cuerpo de su madre-. Antes de morir, la madre de Casilda la maldijo: Sayona serás por el resto de los días, y hasta la eternidad vagarás sin descanso como un espanto, persiguiendo a hombres infieles.
-Usted, mi amigo, se salvó de la furia de la Sayona al negarse a cumplir su deseo-.
El viejo se bebió el último trago de ron y se marchó.