Historia Prohibida
En un sucio callejón que comunica la Avenida Solano López, con el Bulevar de Sabana Grande, Estrella y el Pelucas fuman con ansiedad de la misma pipa. Al calor del fósforo encendido el cristal se resquebraja, la piedra se abre y en el silencio de las tres de la mañana el leve sonido del crack los estimula, se enciende la sangre en las venas, se dispara a mil el corazón y se disponen a cazar, a cobrar por la fuerza deudas pendientes.
Cada madrugada en las calles del Bulevar de Sabana Grande se esconden hondos silencios y profundos secretos, en cada esquina una amenaza, el peligro se disfraza de brisa para envolver las horas. Los cazadores permanecen ocultos, al acecho, esperan con paciencia su oportunidad de obtener un triunfo, son los dueños de la noche. Estrella y el Pelucas caminan sin decir una palabra, están seguros de encontrar una presa, son muchos los bares que aún permanecen abiertos a esta hora, pero ellos son menores de edad y tienen prohibida la entrada. Merodean confundidos con las sombras en las cercanías de las tascas, de las cervecerías, se mantienen en constante movimiento mientras aparece el desprevenido borracho, que envalentonado con los vapores del alcohol deja la seguridad de los locales y con paso inestable intenta llegar a su casa, para encontrarse de improviso en una de las tantas esquinas con estos menores, que sin perder tiempo le arrebatan la cartera.
Estrella y el Pelucas son de hábitos, con la práctica han desarrollado una rutina que no falla, un plan sencillo, que ejecutan con la precisión de la costumbre, con la seguridad de la sorpresa, con la confianza de las sombras, con la certeza de los cuchillos, con la solidez de grupo, con la convicción cierta, que la vida no vale nada, con la evidencia de ser menores y para ellos no proceden los castigos.
Localizado el objetivo evalúan su condición y sus posibilidades, caminan y se colocan a los lados de la presa y en un instante graban la imagen de las posesiones: anillo, cadena, reloj y con los cuchillos en la mano exigen también el celular y la cartera. En segundos cambia de dueño la fortuna y propietarios de tesoros ajenos se pierden en las esquinas que conocen de memoria.
Al final del Bulevar de Sabana Grande, en las puertas del Colosseo, dos hombres fuman sin decidir su rumbo, hace rato pasaron la frontera de la lucidez, se detienen para despedirse, fumarse la madrugada y seguir cada uno por su lado.
Estrella reconoce a uno de ellos, la emoción se confunde con la ira, en sueños ha forjado cien venganzas brutales contra este hombre y hoy, antes de amanecer el décimo día en que juró matarlo, cumplirá su promesa, su palabra inquebrantable. El recuerdo pesa y no hay lugar para la resignación.
Estrella habla con el Pelucas, cambian los planes, es otra distinta la estrategia, es diferente el riesgo, son otros los peligros, pero sobre todo, es incomparable el premio. El Pelucas silba en medio de la noche, su silbido se repite y el eco recorre el Bulevar de Sabana Grande, la Avenida Solano, la Casanova y se pierde en la Plaza Venezuela, el llamado de grupo, de manada, enciende las alarmas.
Hace exactamente nueve madrugadas, este mismo hombre que hoy celebra sus triunfos sin ningún remordimiento, cumple su oficio de verdugo, viste uniforme militar, está armado y protegido por un chaleco antibalas, el rostro cubierto con una aterradora calavera reluciente.
Hace nueve días amaneció sábado y más de doscientos cuarenta hombres, con pasamontañas, enmascarados con la muerte, despiertan a los habitantes de los Jardines del Valle a los gritos, revientan las puertas de las casas, disparan.
Esa noche, como otras veces, Estrella visitaba a su hermano en los jardines del Valle, él la ayudó a esconderse antes de que destrozaran la puerta. Desde su precario refugio vio al militar disparar contra su hermano, uno, dos, tres y pierde la cuenta. El hombre se quitó la máscara por un momento amparado en la ausencia de incómodos testigos. El rostro del asesino de su hermano se grabó con la fuerza de todos los odios para siempre.
Su hermano le lleva apenas tres años, quiere que ella deje las calles, que vuelva a la seguridad de la casa, que esperen juntos el regreso de su madre. A su hermano lo sacaron muerto, se llevaron su cuerpo y ya no pudo recuperarlo. No hay respuestas para una niña, nadie presta atención a las lágrimas de sus quince años.
Estrella sabe que estos hombres son el gobierno, son intocables, son peligrosos y se amparan en la impunidad del uniforme, pero hoy están borrachos y ella no está sola, la acompañan los desamparados cachorros y ella tiene un plan. Estrella está acostumbrada a los riesgos y el odio la ha convertido en el Ángel de la venganza.
En las puertas del Colosseo los hombres fuman sin importarles la hora, la noche, el peligro, cada uno de ellos lleva un bolso deportivo. Estrella sabe que esta gente está armada, pero intuye, descubre, con ese olfato de cazador callejero, que los hombres llevan las armas en el bolso deportivo.
A la carrera el Pelucas le arrebata el bolso a uno de ellos. Con pasos lamentables los hombres intentan perseguir a los dos niños que ganan con rapidez la esquina Pascual Navarro. Se estrechan los caminos, se angosta el tránsito de la vida, se ensanchan los peligros.
Estrella los encara en la Pascual Navarro, salta al cuello del Sargento asesino de su hermano y lo acuchilla, una, dos, tres y pierde la cuenta, no hay testigos y aparecen los cachorros, en sus pequeñas manos de ocho, diez, doce años, empuñan con firmeza sus puñales letales.
Se hacen cargo de la muerte sin máscaras, con el rostro descubierto ante una luna estupefacta por el asombro. La Banda de los Cachorros ha subido un peldaño, abandonan los cuchillos ensangrentados, ganan el derecho de usar las pistolas robadas a otros asesinos.