Acaso en el ocaso
Incapaces de ver más allá de las fronteras convencionales, no le prestamos ninguna atención a los indicios que el destino nos señala, con el fin de ayudarnos a tomar el camino correcto y conducir nuestros pasos al éxito, al triunfo, que tanto deseamos. Esa miopía nuestra nos lleva directamente a equivocarnos continuamente. Ignorantes y prepotentes, desconociendo los avisos del destino, nos colocamos en su contra asumiendo riesgos innecesarios.
Yo asumí esos riesgos innecesarios y me expuse ante el destino en desventaja y ahora espero un cambio de mano, otra posibilidad diferente a la muerte temprana, que es lo más inmediato que las circunstancias me presentan.
Quienes me conocen, saben que me gusta el mar desde la orilla. Siento vértigo al notar que mis pies no están firmemente apoyados sobre la arena, soy un hombre de tierra firme. Me fascina la playa a primera hora de la mañana y observar el espectáculo que nos regala el nuevo día, justo en el momento en el que el sol se levanta en el horizonte por encima de las aguas, como un poderoso Dios de fuego. También me gusta contemplar, siempre desde la seguridad de tierra firme, con los pies tocando tierra, la paciencia del mar y su hora de la venganza, el mar espera durante todo el día y hasta el final final de la tarde, para tragarse de un solo bocado, a un Dios, que ha perdido la batalla y se entrega derrotado y resignado a su destino de sombras.
En la playa, frente al mar, me sorprende la magia de la ingeniería, que logra mantener pesadas embarcaciones deslizándose graciosamente sobre las aguas, rompiendo en espuma las olas, en cambio, yo, me hundo irremediablemente, no consigo mantenerme a flote por mis propios medios y pataleo en el agua y doy brazadas sin sentido y siempre corro el riesgo de morir ahogado.
Debo confesar, que respeto profundamente esa masa de agua en constante movimiento, que le temo, y mucho. Me da pavor no sentir la tierra bajo mis pies y entro en estado de pánico, cuando el agua sobrepasa mis hombros. Nunca fui capaz de aprender a nadar, por más que lo intenté. Tampoco me interesé en conocer la jerga marinera, por lo tanto, desconozco los códigos de ese lenguaje que parece universal: proa, popa, estribor, babor, eslora, amarra, vela, esas son palabras que no tienen sentido práctico para mí y en cambio, son indispensables para moverse en una embarcación y de esto no te percatas hasta que estás en medio del mar, lo supe hoy, y ya es tarde para aprenderlo, y también tarde para arrepentimientos.
Mi esposa ganó unos boletos para embarcar en un crucero y visitar una isla nudista. Su entusiasmo me empuja a esta aventura a pesar de mi miedo al mar, a la profundidad de sus aguas, a la oscuridad de lo desconocido. No le menciono a mi esposa lo que pienso: a nuestra edad, el cuerpo no nos ayuda para enfrentar la hazaña nudista, las carnes nos cuelgan, donde no sobra grasa, falta músculo y lo único firme en nosotros dos, es la voluntad de mi mujer.
Yo me entrego a este viaje con resignación, únicamente, por ver la satisfacción en el rostro de mi mujer cuando le comente a sus amigas la aventura de haber paseado desnuda por la playa y haber contemplado con naturalidad, sin ningún temor, otros cuerpos en cueros expuestos al sol.
Poco había que preparar para este viaje, pero para mi esposa, nunca es fácil tomar la decisión de los zapatos adecuados, ella dudaba de llevar sandalias, o tenis, incluso, cuál color es el más conveniente para esta ocasión. Debo comentar, que siempre me ha impresionado la cantidad de zapatos que necesita una mujer, finalmente, empujada por mi ansiedad y la posibilidad de perder el crucero, sin poder decidirse, metió en el bolso seis pares de zapatos para caminar desnuda por una isla nudista. Ante estas situaciones, que se repiten con frecuencia, yo me obligo al silencio, para evitar herir a mi mujer con inútiles reclamaciones, pero la toma de decisión a última hora, nos hizo perder tiempo y llegamos tarde para embarcar en el crucero. Sentí alivio al ver al crucero en medio del mar, sin nosotros, de no arriesgar la vida en esa aventura marítima, pero mi esposa quiere ir a toda costa y yo me empeño en complacerla siempre.
Sin detenerme en el costo, logré convencer al dueño de una lancha rápida, para que nos acercara al crucero de nudistas aventureros.
Apenas puse los pies en la lancha, pedí con el temor reflejado en la voz un chaleco salvavidas, sin ocultar su sonrisa ante mi miedo, el dueño de la lancha, curtido de sol y de sal, con aires de Capitán de Goleta, nos entregó los chalecos y dijo en tono de burla y sin dejar de sonreír: -abróchense bien los chalecos, nunca se sabe cuándo caeremos al agua-.
La lancha salió del embarcadero persiguiendo la estela del crucero, yo me aferraba hasta con las uñas del borde de la lancha en un intento desesperado de no terminar en el agua. Apenas se desdibujó la costa, nuestro valiente Capitán, soltó el timón y se agarró el pecho. Por un instante pensé que bromeaba, pero al ver su rostro contraído, supe que tenía dificultades, serias dificultades. Por encima de mi miedo, de un salto, logré sujetar al Capitán para que no cayera al agua, él no tenía salvavidas. Intenté preguntar al Capitán que le sucedía, pero me encontré con sus ojos oscuros sin una chispa de vida, conozco la muerte y esta vez se presentó en medio del mar y tomó sin pedir permiso a vida del Capitán, el corazón lo abandonó para seguir la pista que le dejó el suspiro de una ola.
-Haz algo-. Dijo mi esposa. -Debemos alcanzar el barco-. Yo quería quitarme de encima los ojos congelados del Capitán de Goleta y todavía abatido por su mirada y mucho más, por mi incapacidad, por mi miedo al agua, comenté:
-Yo nunca he conducido una lancha, la verdad, yo no sé como manejar en el agua, ni siquiera sé nadar-. -Vamos a esperar que alguien nos rescate-.
-No debe ser tan difícil-. Insistió mi mujer. -Tiene que ser más fácil que manejar en la ciudad, aquí no hay contra quien chocar-. Y sin darse tiempo para pensar en lo que estaba haciendo, agarró el timón con decisión y copió los movimientos que había observado del piloto de la lancha, y que yo, ocupado en no caerme al agua, ni siquiera había visto.
En unos minutos mi esposa logró poner en marcha la lancha en dirección al crucero, que se alejaba pesadamente sobre un mar tranquilo y nos deslizamos con torpeza sobre las olas. Con el entusiasmo de ver al barco tan cerca, mi esposa aceleró la marcha y la lancha se disparó en persecución del enorme barco, de pronto, chocamos contra la punta de una roca sumergida en el agua.
El cuerpo del Capitán sin nombre se hundió en las profundidades de ese mar tranquilo y dulce, desapareció junto con su lancha despedazada, a la hora en que el mar se traga de un bocado al sol y nosotros, estamos flotando con nuestros chalecos salvavidas bien abrochados, a la espera de la misericordia.