Cuento de Navidad
Hoy es 24 de diciembre, un día como hoy, un hilo de esperanza ilumina a un mundo desobediente. Mis dos pequeños hijos, como lazarillos, toman mis manos y me conducen por las calles. Enceguecido por la intensa luz de este verano inclemente, con lágrimas nublando mi visión, entro a esta iglesia. Al trasponer las enormes puertas, la penumbra calma el ardor de mis ojos. Camino directamente al confesionario, me arrodillo y sin esperar la voz de bienvenida del confesor, hablo con firmeza:
Vengo a pedir ayuda, ayuda divina, esos dos niños que hoy me acompañan, son mis hijos y me necesitan, no puedo faltarles y siento que estoy a un paso de fallarles, a ellos y al Señor, los demonios me impulsan a cometer un pecado capital.
Educado en el profundo conocimiento de la conducta humana, el padre guarda silencio. En apariencia, se ha sumido en una íntima conexión con Dios y espera con la paciencia aprendida de Job, que me descubra. Este hombre oculto tras el visillo del confesionario, sabe que en algún momento le daré una clave, una llave, que le permita reconfortar mi espíritu atormentado, conducirme de nuevo a la serenidad que vine a buscar.
Continúo mi confesión, mejor dicho, la catarsis, la liberación de angustias y miedos que me oprimen.
Soy un extranjero, digo. Un paria sin futuro y sin camino. Llegué a este fin de mundo a buscarme la vida, estoy huyendo de la violencia desatada en el Caribe por un Teniente Coronel resentido, que abrió heridas profundas, distorsionó el sentido de justicia, dejó entrar a los demonios, sembró odios y acabó con la paz, que siempre es frágil.
Escapé de la violencia huyendo de Satanás, sabe que tengo la sangre encendida y corre a borbotones a punto de reventar mis venas, que soy un genuino heredero de los Caribes, que la impotencia me ciega y empuja al desatino.
Hace exactamente cuatro días, el Doctor Roberto Sibira me revisó de emergencia en su consulta, le comenté, que de la noche a la mañana mis ojos miopes distorsionan las letras, deforman las figuras y aun con lentes me es imposible ver con nitidez, con claridad. Que ahora habito entre las sombras.
Luego de revisarme y dilatar mis pupilas me dijo:
Para realizar un diagnóstico acertado debe hacerse un examen de la retícula, eso me permitirá saber el origen de la mancha en la mácula del iris, que es lo que le está impidiendo ver y me entregó una orden para que el laboratorio de la misma clínica hiciera el examen requerido con urgencia.
Inmediatamente solicité el examen y me lo hicieron al otro día, me aconsejaron que debía ir acompañado, pero no pude cumplir esa recomendación.
Mi esposa, al llegar a este país, contrajo una extraña enfermedad que le impide moverse y está prácticamente postrada en la cama. Ella y los niños cuentan conmigo para sobrevivir y yo debo estar sano, no puedo darme el lujo de enfermarme ni un minuto. Me he convertido en un inválido, un inútil, con una responsabilidad imposible de cumplir y también imposible de evadir.
Con los exámenes en la mano fui directamente a la consulta del Doctor, quiero que revise los resultados y finalmente me saque de esta oscuridad. Me informan que el Doctor atiende la consulta el 24 de diciembre, que llame por teléfono a la consulta ese día, que atenderá entre las nueve y las doce de la mañana y que tiene el cupo lleno.
La paciencia requiere humildad, amor y fe, utilicé todas mis reservas y esperé hasta hoy, con mucho esfuerzo logré marcar los números del teléfono y me comuniqué con la clínica, pedí hablar con el Doctor, pero me informan que no puede atenderme, porque está con pacientes, me aconsejan, que deje el mensaje y él devolverá mi llamada.
Una hora más tarde vuelvo a llamar, me explican que le han pasado mi mensaje y me llamará al terminar la consulta. La voz de la secretaria repite la oración aprendida: no se preocupe, el Doctor lo llamará.
Vuelvo a comunicarme con la clínica al finalizar la consulta y me confirman que el Doctor ya no está y que regresa en una semana, al finalizar las fiestas.
La impotencia enciende mis palabras, se sale la sangre de su cauce, atropello a la indefensa secretaria encadenada a un trabajo de intermediaria, a ser la fuerza de contención, a calmar con sonrisas y palabras suaves la impaciencia impertinente de los pacientes. Con el tono de voz convertido en trueno, no oigo explicaciones, exijo que alguien me atienda, arrinconado por la impotencia, en el mismo tono pido hablar con el Jefe de Sala, pero hoy es 24 de diciembre y está de vacaciones hasta mediados de enero, sin ninguna cortesía, sin consideración alguna, perdida la compostura, clamo por respuestas, la voz impersonal y calmada detrás del teléfono me informa:
Puede hablar con el Departamento de Reclamos y sin esperar, huyendo de mi enojo, me comunica inmediatamente.
En el Departamento de reclamos me atienden de inmediato con amabilidad estudiada y pregunta cuál es mi denuncia.
Le explico que no quiero hacer ninguna denuncia contra el Doctor, que lo único que aspiro es que alguien revise mis exámenes y me dé un diagnóstico, una salida a esta ceguera repentina.
Se repite la escena anterior y comprendo que estoy indefenso ante el estricto cumplimiento de los protocolos establecidos por la clínica; la persona que atiende mis exigencias me informa que ningún otro Doctor puede darme respuestas, que se van a comunicar con el Doctor Sibira y una vez más se repite la frase que intenta desarmarme “no se preocupe señor, pronto el Doctor lo llamará”
Respondo con insolencia, no me preocupo señorita. Yo me ocupo. Cuelgo el teléfono, me encierro en la cocina impotente, me siento en el suelo y lloro en silencio, estoy seguro que no me llamará y mi familia corre un grave peligro en manos del inútil en que me he convertido.
Por eso necesito ayuda Padre, la impotencia me empuja a cometer actos violentos de los cuales me arrepentiré después, pero cometido el pecado, el arrepentimiento vale poco.
En un tono suave, con seguridad absoluta de lo que está diciendo, con la certeza de ser el mensajero de Dios en la tierra, el Padre responde:
Jesús en su infinita bondad no te abandona hijo mío, con su inmensa misericordia te mostrará el camino, abre los ojos. Vete en paz.
Salgo de la iglesia, nuevamente los destellos del sol hieren mis ojos. Al llegar a la esquina de la iglesia uno de mis hijos señala a un hombre acompañado de una mujer y me dice:
¡Papá! Ese es el Doctor que visitamos en estos días, ese que te puso a leer letras con unos aparatos.
Distingo los cuerpos que entran a un restaurante en la Plaza Mañio, siento a los niños en un banco y les pido que me esperen. Me ciega la ira, la impotencia, mucho más que la mancha en la mácula del iris.
Entro al restaurante, en ese momento, el Doctor Sibira camina hacia el baño, asumo que es la señal de Dios. Camino tras él. Empuño la navaja que llevo desde siempre en uno de mis bolsillos y con claridad me veo cortando la yugular, mientras el Doctor se lava las manos.
Al trasponer la puerta del baño abro la navaja y un destello plateado, un fogonazo en el confín de la memoria repite la vieja y conocida sentencia. Esa que me obligó a dejar mi país y que hoy detiene mi mano:
La violencia es el arma de los que no tienen razón.
Derrotado salgo del restaurante, mi fracaso es aún peor que mi ceguera, pero una idea me anima, me ilumina más que este sol del mediodía y en un impulso regreso al restaurante con los niños tomados de la mano. Esta vez, armado con mi mejor sonrisa. Me siento con los niños en la mesa del Doctor y sin ninguna vergüenza rompo el silencio del salón.
¡Feliz Navidad!
La sorpresa y el asombro se dibujan en el rostro del Doctor, le incomoda esta interrupción a su espacio sagrado. Me reconoce, y se amarga el gesto.
Al hablar escondo la rabia, mantengo la forma, estoy delante de los niños, de la esposa del Doctor, que me es completamente desconocida y en un lugar público. Hago por tanto mi reclamo sin levantar la voz.
No me regresó las innumerables llamadas que le hice hoy.
Intenta una respuesta, quizás una excusa, pero lo interrumpo sin oírlo con una orden directa y firme, en el mismo tono suave, pero visiblemente transformado en fiera que muestra los dientes.
¡Vamos a la clínica ahora mismo y allí me daré la respuesta que necesito!
Ya dejé la consulta, dice, con la arrogancia de un triunfo.
En mis ojos sin luz pongo toda la intensidad de rencores anteriores y respondo con suavidad y firmeza:
Lo sé. Me debe una respuesta y la quiero ahora mismo.
En el rostro del Doctor Sibira me veo reflejado. La impotencia lo domina, sé que quiere saltarme encima, pero una mirada de su esposa lo fulmina. Ella que lo conoce bien sabe que en un segundo perderá la compostura y se transformará en un energúmeno. Ella, que si sabe de gestos y simulaciones, ha visto que mis manos se han crispado sobre los cuchillos dispuestos en la mesa y no quiere ser noticia en los periódicos, le aterroriza el titular, que manchará para siempre de sangre su apellido.
Con dulzura, mediando entre odios le dice: ¡Es un momento Roberto, y hoy es navidad!
Cree encontrar un respiro, una salida inteligente entre cientos de ideas que se le ocurren, en medio de la rabia contenida y la impotencia me dice:
Espéreme en la clínica por favor.
Con la humildad que raya en el cinismo le respondo.
Usted, mejor que yo, sabe que no veo, no puedo ni debo conducir sin arriesgar mi vida y la de estos inocentes, vamos en su auto. Por favor.
No encuentra otra salida y su esposa lo apremia con miradas de reproche.
En silencio llegamos al consultorio, pide los exámenes y los revisa con atención, repasa algunas notas, habla consigo mismo, me sienta nuevamente ante los equipos y concluye:
Vamos a pulir los lentes intraoculares y debe colocarse estas gotas dos veces al día por el resto de su vida.
Gracias Doctor. Digo y agrego: debe agradecer a Dios que contuvo mi mano en el baño del restaurante y no le corte la yugular con esta navaja. Ese es un milagro, que Jesús ha obrado esta navidad para los dos.