Vamos a comenzar el mes de junio con un trabajo nuevo y la suerte de encontrar, justo, el que más me acomoda.
La suerte de encontrar un empleo perfecto
Yo cumplí diez años el día que mi padre desapareció, ese día, como cada día, mi padre salió rumbo al trabajo, pero no volvió. Esa primera semana no fui a clases y sobreviví comiendo sándwiches de atún que yo mismo preparaba. Mi madre, en cambio, caminaba por toda la casa sin poder encontrar la salida y se quedó encerrada en el círculo oscuro de la desesperación, al borde de la locura. Mientras yo me sostuve con sándwiches de atún, ella logró mantenerse bebiendo café negro y con un cigarrillo encendido entre los labios, se olvidó por completo de su arreglo personal, de peinarse, de cambiarse la ropa y también de mí, enmudeció y se perdió en el vacío del tiempo sin retorno, en una pena de lágrimas y humo.
Yo despertaba a la medianoche y la miraba caminar sonámbula, intentando alumbrar el caos al que había sido empujada por las circunstancias, iluminar su propia devastación con la punta del cigarrillo encendido. Mi madre perdió el sentido del tiempo, vagaba por las horas, dormía poco y despertaba en cualquier momento, siempre entre sollozos.
Ella, mi madre, subsistió bebiendo café negro y fumando. Se gastó todo el brillo de sus ojos negros en las sombras, detrás del humo de sus cigarrillos, en la inútil busqueda del esposo desaparecido. Mi madre fumaba frenética, en un intento desesperado por olvidar el aroma que aquel hombre había dejado en su piel.
De esa catástrofe nos rescató un tío y la vida siguió su rumbo errático, sumando desastres. Mi madre se entregó con obstinación al servicio de la iglesia y se convirtió en una de esas velas pálidas y delgadas que encendía para alumbrar a los santos, velas que terminaban consumidas por la pequeña llama encendida. A mi madre, en cambio, no la consumió el fuego, se fue secando y en apenas seis meses se la llevó la pena.
No volví a la escuela y lo poco que sé, terminé por aprenderlo en un puesto del mercado vendiendo pescado con mi tío. Mi tío es un hombre grande, de pocas palabras y ningún amigo, ignora por completo la importancia de dar y recibir afecto, se guía por un estricto sentido del compromiso, por viejos códigos dictados por la rutina. Sin saberlo, mi tío vive en un naufragio permanente, al que me llevó de la mano y en donde aún permanezco, braceando en un océano sin horizonte ni esperanza, por el puro instinto de sobrevivencia.
A media tarde, al finalizar la jornada en el mercado, comíamos en silencio encerrados en nuestros silencios, sin nada que decir. Dando vueltas en un círculo sombrío hacíamos el camino de regreso a la casa. Mi tío anotaba en líneas irregulares los números de las cuentas, al finalizar sus anotaciones miraba por la ventana las formas de las nubes, nunca me lo dijo, pero estoy seguro que en ese momento decidía que pescado vendería al día siguiente. Luego dormiamos, sin otras opciones que esperar el nuevo día, siempre igual, sin variación alguna, de lunes a lunes, cada día exactamente igual, sin cambios. Mi tío y yo hablamos justo lo necesario, con una economía asfixiante de palabras.
Soy incapaz de entablar una conversación con alguien, de intimar, de establecer un nexo, de hacer o mantener una amistad, ni siquiera puedo ser parte de una pandilla, para eso, también es necesario una mínima capacidad de grupo y yo no desarrollé esa facultad, carezco por completo de la posibilidad de socializar. No tuve tiempo de aprenderla, tampoco quien me la enseñara.
Una madrugada, de camino al puerto en busca de la recompensa de pescado fresco para la venta, a la luz de una luna menguante, mis manos parecían estar cubiertas de escamas brillantes, en esa oscuridad relucían con destellos de plata. Más adelante, en la transparencia de un espejo colgado en una tienda, se reflejaron por pura casualidad mis ojos y me extraño ese rostro picudo de ojos grandes y planos que me devolvió el espejo. Para completar la imagen, para colmo de males, para rematar mi asombro, descubro en mi rostro una boca ridículamente redonda y pequeña incapaz de una sonrisa. Con preocupación, asustado, observo frente a ese espejo, que parezco un Pejerrey.
Un miedo terrible de transformarme definitivamente en pescado me recorre y enciende alarmas, mecanismos desconocidos en mi interior se activan y ese mismo día, mientras almorzabamos le dije a mi tío,con cuatro palabras contadas, que agradecía enormemente su apoyo, su ayuda, pero era hora de buscarme la vida por mi cuenta.
Mi tío me miró en silencio, una luz diferente brilló en esa mirada suya, intentó decirme algo, pero no pudo pronunciar palabra y la frase, las vocales y las consonantes se le atoraron en la garganta. Mi tío nunca tuvo la costumbre de dar consejos, ni tampoco de expresar sus sentimientos, únicamente había aprendido a ser solidario y lo era, y mucho. Mi tío extendió sus grandes manos en el aire, señaló el mar y su mirada se fijó en el horizonte abierto lleno de luz.
No volví al mercado y tampoco al puerto, pero tengo presente el sonido de las olas chocando contra las piedras, es la sensación de estar frente a un barranco sin fondo, un abismo del que trato de escapar. Yo vivo a orillas de un precipicio, no tengo amigos, me sobran los miedos y mis recuerdos se pierden entre ausencias y carencias.
Una tarde, en la desesperación de encontrar trabajo, tropecé con una gitana, al chocar los cuerpos, ella por pura superstición, de inmediato, tomó mi mano izquierda, con un solo vistazo concluyó el examen y espantada dijo:
Tienes mirada de cuchillo, de punta de pedernal, das miedo. Tu destino es velar amores ocasionales, amores sin futuro, morirás con violencia en una calle sin nombre.
Desde ese día no miro a nadie a los ojos y camino con la cabeza enterrada en los hombros. Al caminar me miro la punta de los zapatos, no quiero herir a nadie ni producir el miedo que la gitana profetizó y mucho menos causar la ira de quien será mi asesino.
Tengo treinta años, he intentado todos los trabajos ocasionales posibles y esta imposibilidad mía de hablar, de mirar a los ojos, este miedo constante que me acompaña, me obliga a dejar los trabajos, pero existir tiene un precio, continuar vivo, sin otra ilusión que respirar, comer y dejarme llevar a mi destino, requiere un trabajo, obtener un salario que me permita pagar las cuentas. Confío en que algún día encontraré el trabajo que me acomoda, pero no tengo idea de cuál puede ser y hasta que lo encuentre seguiré dando tumbos.
Finalmente la suerte me sonríe y encontré el lugar ideal para gente como yo, para quien la soledad, el silencio, las sombras, son la única alternativa de vida posible.
Mientras otros buscan desesperadamente compañía y son capaces de pagar por esa ilusión fugaz, pagar por un instante y combatir el ensordecedor silencio que los abruma, a mí, en cambio, me aterra la idea de compartir un momento con un desconocido, intercambiar opiniones me hace sudar las manos y confesar alguno de mis recuerdos es un acto impensado.
Este empleo me permite estar a mis anchas, en mi elemento. Me he convertido en recepcionista nocturno de un hotel para parejas ocasionales. En silencio, casi una sombra, anónimo, miro entrar a las parejas con un destello lejano de esperanza reflejado en sus ojos, una emoción en el tono de la voz, pero al salir de esas habitaciones rentadas el destello se ha apagado y en su lugar, se les pinta de nuevo en el rostro el desamparo, ese signo que no los abandona y no pueden ocultar. La emoción se ha convertido en desaliento una vez más.
Rodeado de llaves que me vigilan atravieso las noches. Pocas son las palabras que pronuncio, apenas las justas para recibir el pago por el servicio de cobijo temporal. Durante el día duermo en el mismo hotel y no tengo motivo alguno para salir a la calle, ni dar un paso en busca de lo que no se me ha perdido, trato en lo posible, de evadir el destino que la gitana profetizó y que no olvido.